CRÍTICA. Happy end

por Jaques de la Brioche
@GacetaBlackout

1

Obra: Happy End
Género: Comedia musical delictual

 

Your love give me such a thrill
But your love don’t pay my bills
Hernán Büchi

Como corresponde con una obra de un autor conmemorado, habrá que empezar con una introducción histórica. Aunque para diferenciarla de otras críticas, me concentraré en los detalles sabrosos de las dificultades del montaje original de Happy End en 1929: creada rápidamente para replicar el éxito de La ópera de tres centavos, se armó un texto a partir de distintas obras extranjeras, recopiladas y traducidas por Elisabeth Hauptmann, colaboradora creativa (y también romántica) de Brecht. Al inicio el mismo Bertold se declaró públicamente como autor del texto. Entre tanto, Brecht se casó con la actriz Helene Weigel, lo que llevaría a Hauptmann a una crisis suicida. Tras su recuperación, Hauptmann renegoció personalmente sus derechos autorales y el texto quedaría registrado bajo el apodo compartido de Dorothy Lane.

Con tanto enredo a cuestas, es fácil imaginarse una película hecha en plano secuencia de los ensayos, con Brecht rondando por los pasillos internos del Theater am Schiffbauerdamm. La obra terminó siendo un escándalo porque Weigel leyó un panfleto comunista en el clímax de la obra (quién sabe si a petición expresa de Brecht) y por la secuencia musical final, “Hossanah Rockefeller”, que parodia a los magnates de la época. El público, burgueses alemanes de entreguerra que les preocupaba la restauración económica del país, reaccionó airado; los críticos despedazaron la obra y las funciones duraron sólo una semana. Un mes más tarde ocurrió el desplome de la Bolsa de Valores de Nueva York. Alemania, dependiente de la ayuda norteamericana tras la Primera Guerra Mundial, zozobraría aún más; lo que impulsaría el auge del nacismo y sería el germen de otra guerra futura.

Pero todo esto es retrofarándula (y la excusa para escribir unos párrafos iniciales llamativos). Si Happy End ha perdurado hasta hoy es mérito de la composición musical de Kurt Weill. El trabajo conjunto de Brecht y Weill en La ópera de tres centavos, Happy End y Auge y caída de la ciudad de Mahagonny es uno de los puntos claves de la unión entre música clásica y música popular en el siglo XX. Aunque en términos de vigencia posterior, y comparándolo con otra trilogía musical berlinesa, Mahagonny y La ópera de tres centavos es a Low y “Heroes”, como Happy End es a Lodger. Es decir, una obra en que las canciones funcionan mejor de manera independiente que dentro del trabajo que las congrega.

3Ya en el caso del montaje que se presenta actualmente, el equipo creativo expresó que las canciones de Weill fueron la chispa motivacional para ponerla en escena. Algo que definitivamente se distingue, porque como espectáculo musical está muy bien logrado, demostrando el avance local del teatro musical en los últimos cinco años. Si se coteja con el montaje de “Cabaret” de 2011 en el Teatro Municipal de Las Condes (por sus proximidades musicales y escénicas), donde un par de intérpretes eran los que se llevaban el espectáculo a cuestas; en cambio, en este montaje de Happy End se destaca un trabajo más cohesionado del elenco en general, funcionando de manera más afiatada como grupo en los momentos corales y coreográficos.

Aun dentro del alto y parejo nivel grupal, hay interpretaciones que sobresalen. Obviamente están los protagonistas: Geraldine Neary (Aleluya Lil, la teniente del Ejército de Salvación) sorprende al enfrentar su primer musical y dominar con encanto las montañas rusas melódicas de “La Canción de los Marineros” y “Surabaya Johnny”. Gabriel Úrzua (el gánster Bill Cracker) demuestra su experiencia en el formato, con la sutil deglaciación desde galán escéptico en “La canción de Bilbao” hasta el enamorado entorpecido que arriesga su libertad y credibilidad al entrar al caótico cuartel del Ejército de Salvación para saciar su obsesión torrencial por Lil.

También resaltan Gabriel Cañas (el truhán Sam), quien tiene sangre innata de showman y vuela liberando su pericia acumulada durante “La canción de Manderley”. Elvira López (la líder criminal La Mosca) disfruta explotando su villanía en “La balada de Lili en el infierno”. López además es la entrenadora vocal del montaje, responsable de la pulcritud y potencia coral. Asimismo, la orquestación musical por Marcelo Vergara recalca el importante pulso rítmico de Weill con una tenue sazón latina.

Ahora, hay que desgranar el punto político de la obra, que parece ser más bien una exigencia silogística. El asunto es que por más que se promocione la obra con esa afamada cita de lo antiético de la creación de un banco (esa frase que les encanta compartir a los indignados digitales), en el texto el discurso antisistémico es esporádico y queda sobrepuesto a la trama romántica. Además Viguera no es del tipo de director que se inmiscuya a intervenir el discurso de la dramaturgia (lo que a su vez le otorga cierta flexibilidad para abarcar obras tan variadas temáticamente como La grabación, Cock y Sunset Limited). Las fortalezas de Viguera van por otro lado: es un buen orquestador, en el sentido de que escoge buenos intérpretes y tiene muy buen manejo del ritmo; que se aprecia en las raudas y fluidas dos horas y media del montaje.

Además actualmente hay un contexto social que resulta más estrambótico y exacerbante que el que propone la ficción. Desde la recesión norteamericana y europea del 2008, pasando por las protestas de Occupy Wall Street y el Movimiento 15-O del 2011, hasta la debacle local de los partidos políticos por sus financiamientos ilegales durante el año pasado, hay una continua crisis del capitalismo del que el montaje se podría haber aprovechado. Incluso durante la temporada han pasado cosas rocambolescas: la desclasificación de los Panama Papers destapó otra vez una olla más que abollada y para rematar hace poco nos tuvimos que tragar el video de Youtube de Andrónico Luksic, un personaje brechtiano por sí mismo. (Pregunta aparte: ¿Alguien se habrá conmovido de verdad con su actuación?)

Ante todo esto, es difícil exigirle a Happy End que supere una realidad ya saturante. Personalmente, cuando vi la obra fui con más expectativas de espectador de musical que de obra política. Aun así, tengo claro que un espectador brechtiano purista demandará que haya menos danzas y más denuncias (confieso que los tiburones en “La canción de los marineros” fue un placer culpable), pero el público general saldrá satisfecho con un espectáculo bien estructurado y ejecutado. Ojalá también se hubiera replicado la costumbre de Broadway de grabar los Original Cast Recording. Yo lo compraría.

Funciones: Jueves a sábado, 20:00 horas; domingo, 19:30 horas. Del 18 de marzo al 15 de mayo en Centro Cultural Gabriela Mistral (Av. Libertador Bernardo O’Higgins 227, Metro Universidad Católica)

 

2_1Ficha artística:

Texto*: Bertolt Brecht y Elisabeth Hauptmann

Texto de canciones*: Bertolt Brecht

Música*: Kurt Weill

Traducción: Omar Saavedra Santis

Director: Álvaro Viguera

Elenco: Geraldine Neary (Aleluya Lil), Gabriel Urzúa (Bill),  Elvira López (La Mosca), Bastián Bodenhöfer (Gobernador), Gloria Münchmeyer (Mayor Stone), Felipe Castro ( Hannibal Jackson), Catalina Martin (Miriam), Gabriel Cañas (Sam), Santiago Rodríguez (Baby Face), Rodrigo Lisboa (Jimmy Dexter), Adriana Stuven (Hermana Jane), Mercedes Mujica (Hermana Mary), Cristóbal Muhr (Hermano Brown) y Natalia Grez (Policía).

Director musical: Marcelo Vergara

Orquesta: Marcelo Vergara, Yohan Aranda, Alfonso Vergara, Diego Morales, Karem Ruíz, Camilo Arriagada, Cristian Molina, Gad Xoyon.

Productora general: Antonia Santa María

Asistente de dirección: Ana Corbalán

Asistente de producción: Alessandra Massardo

Coreógrafo: Gonzalo Beltrán

Diseño de escenografía e iluminación: Rodrigo Ruiz

Diseño vestuario: Andrea Carolina Contreras

Diseño sonoro: Roberto Contreras

Coach vocal: Elvira López

Co Producción GAM y La SANTA Producciones

* Derechos de autor por acuerdo con Feliz Bloch Erben y Universal Edition AG, Viena

Deja un comentario

Buscador
Síguenos