CREACIONES. El cuento del mono

por Diego Becerra

EL CUENTO DEL MONO


Primera parte

El dueño del almacén se levantó muy temprano para verificar la estantería, no miró las latas de atún, no se fijó en la harina, ni en unos arroces medio abiertos que estaban a un costado, su interés se centró únicamente en los quesos añejos que resguardaba todo el día y la mitad de la noche. Tomo el arcabuz oxidado que había heredado de su abuelo, con el que según se contaba, había matado a una anaconda de siete metros y medio, se defendió contra un lobo con rabia entre las rocas de la playa Calabocillos y en otra ocasión casi se mata el mismo por una bala rebelde. Él no estaba seguro si disparaba pero lo había cargado como un general de ejército. Caminó con pasos sigilosos, y lentamente se acercó al mostrador, tomó impulso y llegó con un salto para tomar ventaja de la sorpresa, pero se encontró solo en su pequeño local y con solo la mitad de los quesos. Soltó un grito contra el cielo y juró vengarse del ladrón, del cual no sabía su identidad.

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Durante la mañana buscando por la construcción, encontró detrás de un cajón de frutas un agujero de treinta centímetros de ancho por veinte de alto y asumió que era el lugar por donde se infiltraba el ladrón. Acariciándose la barbilla empezó a deducir qué o quién podría ser, mientras una decena de moscas le rondaba la cabeza y lo sacaba de su concentración de investigador. Al cabo de quince minutos de interrupción decidió que no importaba quién fuera ya que de todas formas tendría que atraparlo, y tomó un paño y se puso a matar las moscas que le zumbaban a cada instante. Después del almuerzo se recostó en su sillón y pensó en estrategias para detener al antisocial, pensó en ir a la ciudad y contratar un guardia pero no le alcanzaba para pagarle el salario, y esa fue la única idea fundada en la razón que tuvo. Luego entre los enredos del sueño pensó en poner unos chanchos para que cuidaran el almacén, ya que había escuchado que cuando se le daba pan con ají se ponían tan agresivos que podían hacerle collera a tres perros medianos juntos, pero descartó la idea porque odiaba tanto a esos animales que prefirió pensar en otra opción. Al rato, en un mayor grado de inconsciencia pensó en cavar un canal desde la noria más cercana para que rodeara al almacén como barrera de contención, y en sus más radicales pensamientos pensó en traer al lobo con rabia, que aún rondaba los roqueríos, luego se durmió.

Lo despertó el canto equívoco del gallo a las cuatro de la tarde, ese que había perdido el juicio durante el último terremoto, y en una luz de ingenio, se le vino a la cabeza la idea que esperaba; cogió un balde y fue a buscar greda de la noria que corría cerca de la casa, lo lleno hasta arriba y volvió al almacén. Se le ocurrió hacer una figura de greda y ponerla justo frente al orificio por donde se escurría el ladrón, se preocupó de todos los detalles, con la mano hizo el tronco, la cabeza y las extremidades, y con un trozo de madera le dibujó con prolijidad los zapatos, la cara y una cicatriz de arma blanca para darle un aspecto más temible. Estuvo todo el día en su trabajo de artesanía y a eso de las once de la noche terminó, dejó su creación en el lugar pensado y se fue a dormir más con esperanza que con sueño.

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Segunda parte

Desde arriba de un árbol vigilaba el Mono, era pequeño, ágil y con una astucia famosa entre todos los animales. Se dice que hace años atrás había contratado a un zorzal, para vender perfumes con esencia de ajenjo que era la nueva moda en los bosques de Europa. En otras ocasiones, mientras los gallos no estaban, el Mono engatusaba a las gallinas con cortejos que había aprendido en sus viajes, mientras les sacaba los huevos recién puestos. En otros tiempos había trabajado de cura en una pequeña comunidad gracias a su increíble talento en las letras y los rezos; se sabía el ave maría, un rosario que le había enseñado un loro fugitivo y varias cánticos de coro.

El menudo almacén estaba a la salida del bosque, él esperaba hasta bien tarde para asegurarse de que el dueño estuviera durmiendo. Ya había hecho de las suyas varias veces en el negocio, así que se dispuso a entrar sin ningún resguardo, escabulléndose por el agujero de siempre, pero esta vez frente a él se encontró con una silueta parecida a la suya y con la obscuridad de la noche creyó que era otro mono que vagaba por el bosque al igual que él.

¡A ver, déjeme pasar, compadre! le dijo a la figura de greda, pero no tuvo respuesta.

Enojado el mono le dijo: ¡yapo, yapo! ¡Muévase socio que ahora me toca a mí!, pero siguió sin respuesta.

Sabe qué amigo, dijo el mono, se está metiendo en serios problemas conmigo, yo aprendí artes marciales así que hágase a un lado, si no, te voy a romper la cara de un solo combo. Pero nuevamente solo hubo silencio.

¡Kiaa! gritó el mono mientras le daba un derechazo a la figura de greda, quedando con su mano pegada en la miniatura. ¡Suéltame, suéltame! le sugirió, con la zurda pego más fuerte, con esta te voy quebrar la nariz, ¡Kiaa! vino el segundo golpe con el mismo resultado.

El rival del mono no respondió a la amenaza de la patada mortal que había aprendido en África, ni tampoco al cabezazo de hierro que le iba a propinar y que le iba a sacar la cabeza. Al cabo de un rato quedó totalmente inmóvil adherido a la figura de greda que había hecho el dueño del almacén. El mono luchó por varias horas pero no pudo zafarse del pegamento, y el hombre había obtenido su victoria.

A la mañana siguiente el dueño del lugar fue a revisar los frutos de su trampa y se encontró con el animal pegado a la figura de greda. ¡Al fin te pillo rotito! así que tú eras el que me sacaba los quesos, pero ya vas a ver. Pescó al mono y lo llevó a la punta de una colina, lo amarró con cordeles de piernas y manos mientras lo maldecía y lo amenazaba con cobrarle por todos sus robos. Cuando decidió que el animal estaba bien sujeto, bajó a buscar un fondo con agua caliente que había dejado calentando y que se disponía a arrojarle al pequeño ladrón.

De esta no me salvo, decía el Mono, mientras recitaba todos los rezos y cánticos que conocía. Llevaba tres ave a María cuando de pronto llega el compadre León y lo vio ahí amarrado en la colina.

¡Pero que está haciendo aquí compadre Mono!

¡No sabe na’ compadre León!, me quieren obligar a comerme una vaquilla gorda, y yo soy muy chico y no voy a ser capaz, mintió el mono.

¡Ah, pero yo me la como compadre Mono!, amárreme a mí y yo lo reemplazo.

El león desató al Mono y éste a su vez amarró firme al felino contra la estaca, mientras le daba consejos para digerir mejor el supuesto banquete que se iba a comer. Dejó bien sujeto el Mono a su compadre y se alejó rápidamente del lugar, trepó el pino más alto que encontró y desde allí se sentó a mirar lo que pasaba.

Al rato, llegó el dueño del almacén con un gran fondo con agua caliente, con la capacidad de cocer tres gallinas gordas al mismo tiempo, vio que su prisionero había cambiado de apariencia, pero con la ansiedad de terminar con todo, dijo enojado “Así que te volviste Lioncito ahora, vamos a ver qué tan gallito eres”.

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¡Aaaahhh! Un grito como la erupción de un volcán, un rugido ensordecedor se escuchó por todo el bosque, más fuerte que la muerte del Chancho Federico, un barraco de trescientos kilos que se había criado con una dieta a base de afrecho remojado en agua de mar, y las sales lo habían hecho engordar hasta un nivel grotesco. Arrancaron lagartijas, saltamontes, ratones y cuanto animal circundaba el lugar, y las amarras dobles que le había puesto el Mono no pudieron retener los tirones desesperados del León en su intento por huir del agua que le pelaba el lomo, saliendo despavorido, corriendo hacia el bosque, tan rápido que adelantó incluso a los animales que habían huido por su grito de dolor y que aún corrían por entre la maleza. Dos lagartijas terminaron lesionadas y una fue muerta por un pisotón que le dio el León en su escape hacia la espesura.

Llegando a un arroyo, donde pudo lavar sus heridas con manchones de piel sin pelo en todo su cuerpo, y un ardor que le duraría por meses, juró el felino, ante una corte de grillos que le hacían una media luna, que desde ese día empezaría su búsqueda incansable hasta encontrar al Mono y vengarse por lo que le había hecho, y que de ser necesario iría hasta el fin del mundo para encontrar a ese desgraciado..

Tercera Parte

Había pasado algún tiempo desde el hecho en la colina, pero el Mono seguía siempre con su vida llena de picardías y aventuras, recorría los bosques con una confianza de dueño de fundo, silbando y cantando tonadas sureñas. Si bien parecía despreocupado, tenía presente el temor de encontrarse con su compadre, debido los rumores que decían que el León lo andaba buscando y no necesariamente para conversar. Y cuando lo vio a unos cien metros de donde se encontraba miró a todos lados, arriba y abajo intentando encontrar la forma de huir. Se encomendó a todos los santos que conocía, y a una pata de conejo que había encontrado recientemente en el bosque, pero finalmente buscó en su lista de artimañas y prefirió recurrir a su astucia para librarse de las garras del que había timado.

El León que poco a poco comenzaba a recuperar su altivez y elegancia felina que había perdido producto de las heridas del agua caliente — y que le habían dado un aspecto semejante al de un perro muy enfermo agobiado por la tiña — caminaba cabizbajo en su ya desesperanzada búsqueda, preguntándole a cuanto animal se encontraba por el camino, y todas las respuestas eran distintas. Unos decían haberlo visto comprándole unos quesos de contrabando a unos ratones tuertos que se infiltraban en los barcos mercantes, otros decían haberlo visto en un pueblo trabajando con un organillero que se le había muerto su loro parlanchín, al que estaría reemplazando con sus cánticos de coro, otros señalaron el almacén, y algunos simplemente no dijeron nada. Por tanto el León no sabía a dónde dirigirse, y pensaba ya en abandonar cuando a lo lejos a un costado de un charco entre un cerro y el agua divisó lo que ansiadamente buscaba, al Mono.

Se acercó muy sigilosamente como cazador experimentado que era, con una concentración casi sublime, y con los ojos clavados en su presa, sin saber que el Mono ya lo había visto. Estaba ya a unos cinco metros de distancia listo para saltarle encima, con sus temibles garras preparadas para hincarlas en su pescuezo, recordó al mirárselas que le quedaban siete ya que había perdido tres en la desesperación de liberarse de las amarras, y más sed de venganza se acumularon en sus pupilas dilatas. Ahí estaba, con su músculos preparados para dispararse como un resorte, raudo y dispuesto para ir por ese pequeño mentiroso. Sin embargo, de un momento a otro sus ojos ya no eran como un rayo, guardó sus garras y su cuerpo tomó un relajo casi hogareño, y se quedó perplejo mirando a su presa con ojos de búho y doblando el cogote como un gallo curioso, desconcertado. El mono al verlo no corrió, no se asustó ni grito ni nada, sino que con sus dos manos hacía presión con toda su fuerza hacia el cerro que estaba al lado del charco.

El león caminando lentamente, con descuido pero recordando a cada instante la traición del Mono, llegó a su lado y le dijo:

¡Aquí te pille Mono desgraciado, de esta no te salvas! ¡Me las vas a pagar toítas!

¡No compadre León! ¡Espérece un poquito! yo sé que usted me quiere comer, pero si no me ayuda aquí nos morimos to’os juntos. Le respondió el Mono con un tono de preocupación.

¿Y a qué querí que te ayude Mono desgraciado? ¿Cómo es eso de que nos morimos to’os juntos? Preguntó el León con una mezcla de enojo y desconfianza.

¡A afirmar el mundo po’ compadre León! ¡Qué se nos viene encima! Dijo el Mono señalando el reflejo del cerro en el charco, que se movía en pequeñas ondas generadas por una rana percherona que flotaba en el agua, y que hacía la ilusión de que el cerro también se movía.

¡Chuuuu! Exclamó el León, y al ver que era verdad lo que decía el Mono se olvidó de su antiguo objetivo, su rostro cambió en un instante y asustado se apresuró a prestar ayuda a su presunta presa, y se pusieron los dos a sujetar el mundo que se venía abajo.

¡Sujete bien fuerte compadre León, que se nos cae! Lo arengaba el Mono.

Habían estado cuatro horas y media en la misma posición cuando el Mono dijo:

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Sabe qué compadre León, los dos solos “ni chita” somos capaces de afirmar el mundo, usted como tiene más fuerza que yo, quédese aquí un ratito mientras voy a buscar unos socios bien forzudos para que nos ayuden a afirmar el mundo. ¡Si no, se nos va a caer esta cuestión compadre León, se lo aseguro!

Vaya no más compadre Mono, pero no se demore tanto que ya me están hormigueando los brazos, respondió el Felino.

Y ahí quedó el León, solo, afirmando el mundo, esperando que llegara el Mono con ayuda, con la única compañía de la rana percherona que lo miraba mientras se daba un baño entre unas hojas de Quillay.

Tres días estuvo forcejeando contra el cerro esperando en vano su llegada, y ya agotado dijo con resignación:

¡Ahh que se venga abajo no má esta cuestión!, luego escondió la cabeza entre sus patas delanteras y comenzó unas frases que conocía del Padre Nuestro mientras esperaba el apocalipsis. Estuvo alrededor de quince minutos con la expectación de que se cayera el mundo, tuvieron que pasar otros veinte y unos siete Padres Nuestros a medio recitar para que se diera cuenta de que otra vez había sido engañado. El mono ya lo había preparado todo.

¡Otra vez me la hizo este Mono desgraciado! ¡Pero me las va a pagar!

Cuarta parte

¡Creo en Dios Padre todo poderoso! Se repetían a coro las oraciones encabezas por el Mono, que comenzaba el rosario con una pericia digna de su reputación. Le circundaban el Compadre Zorro, una pareja de zorzales, algunos grillos, un chancho albino, unos chingues recién casados que se ubicaron al fondo, y la rana percherona que también había querido asistir. ¡Dios te salve María, llena eres de gracia! Proseguía el Mono con una seriedad catedrática, mientras unos sollozos se escuchaban entremedios del afinado acompañamiento de la concurrencia. ¡No somos nada compadre! le decía un grillo al chancho albino que se había acercado al ataúd difunto.

Este habría de ser una de los hechos más recordados por todo los animales del bosque, durante mucho tiempo estuvo en las conversaciones y cuchicheos diarios, avivado por relatos de los que asistieron y posteriormente de cualquiera que haya escuchado de lo ocurrido.

En su penosa odisea el León había recorrido lomas y quebradas en la búsqueda del Mono, día tras día trabajaba en averiguaciones y datitos que obtenía de palomas chismosas y unos tordos mercenarios que tenía a su servicio, y que luego registraba en un mapa que había diseñado con una hoja de nalca. Pero ninguna de estas medidas había prosperado. Así, habían transcurrido casi tres meses desde el último fraude del Mono, y su caza se había vuelto inerte y monótona. Caminaba alicaído por la orilla de un estero cuando se encontró con el compadre Zorro.

¡Hola, pos compadre León! ¿Cómo está? Le saludó el Zorro.

Éste era famoso en el bosque por su astucia, competía con el Mono en pillerías y tenían una especie de rivalidad. En otros tiempos habían trabajado juntos vendiendo licores de murtilla a contrabando en un pueblo porteño, labor que el Mono habría abandonado por considerar muy bajo el porcentaje que recibía de las ganancias. Posteriormente ya cuando el Zorro trabajaba solo, llegó el mono ofreciéndole quince litros de aguardiente que había comprado a mitad de precio en un fundo del litoral, y que supuestamente volteaba a cualquier cristiano con tan sólo dos cortos. El Zorro pensando en que hacía un negocio redondo, compró lo que posteriormente resultaría ser un Agua Bendita que el Mono había robado de una parroquia en donde había sido acólito.

Hola, compadre Zorro, aquí, no muy bien que digamos. Respondió el felino con tono de aflicción.

¿Qué le paso compadre?, preguntó el cánido bigotón.

Pucha Compadre Zorro, lo que pasa es que ese Mono desgraciado me lleva dos fechorías, y no lo he podido agarrar a ese bandi’o.

Acariciándose un bigote con el índice y el pulgar, el Zorro pensó que esta era la oportunidad propicia para cobrar el embauque del Mono, y dándole unas palmadas en el lomo al León lo serenó diciéndole que no se preocupara, que a él también le debía una ese pequeño pillo, y que ahora las iba a pagar, y lo dirigió hacia unas rocas en donde se sentaron mientras compartían un charqui añejo que saboreaban como al mejor filete.

Lo que vamos a hacer, dijo el Zorro al León, con una sonrisa confianzuda en el rostro, es simular que usted está muerto, y como el Mono es re bueno para los rezos y es el único que se sabe las oraciones fúnebres, le pediremos que venga a despedirlo en su velatorio y ahí lo agarraremos cuando esté desprevenido. Luego de unas cuantas preguntas, el León dio su consentimiento y el Zorro echó a correr la noticia del sensible fallecimiento del Compadre León por todo el bosque. La novedad se esparció como el fuego en los pastizales secos, de animal en animal y no tardó en llegar a oídos del Mono, quien con un profundo sentido del deber como ex párroco, acudió a presidir el velatorio del compadre León. De manera que al día siguiente estuvo toda la concurrencia reunida para despedir al que había de partir a mejor vida, y ninguno puso objeción a la idea del Zorro de que el Mono encabezara la ceremonia, sobre un pequeño estrado frente al ataúd de madera de canelo donde se encontraba el León.

¡Gloria al Padre! ¡Gloria al hijo!, ¡Y gloria también al Espíritu Santo! Alzaba la voz el Mono en un discurso que tomaba una emotividad sacramental, se oían llantos, lamentos y entremedio risas acompañadas de abrazos de los asistentes de más al fondo, que empezaban a contar las historias que habían pasado junto al difunto, mientras hacían correr un vaso de vino dulce.

En el momento de mayor emoción mientras el Mono entonaba una canción de despedida, el León empezó a sufrir unos fuertes retorcijones en el estómago que casi no podía soportar, se retorcía de un lado a otro mientras la guata le crujía.

¡Cuando el ángel pase lista! cantaba el Mono con falsete incluido, mientras que desde el ataúd emanan pequeños quejidos, pero nadie los escuchaba en medio de los murmullos y los cánticos. Sin embargo los retorcijones del León se hacían cada vez más irresistibles.

¡Seamos liberados de la muerte eterna!, seguía el Mono serio y solemne, mientras dentro del féretro el León ya no daba más del dolor de estómago y se movía y retorcía como una culebra y con sus dos manos se hacía presión en el vientre.

Levantó aún más la voz el Mono entonando la frase culmine, ¡Por el mismo Cristo nuestro señor! y al mismo tiempo en que decía Amén, !Taaaa! el León ya no aguantó más y se le soltó un peo de proporciones bíblicas, con la potencia del estruendo se destapó el ataúd y la tapa quedo enredada en las ramas de un roble que había sobre el lugar, quedando el León sin resguardo alguno mientras se retorcía de un lado a otro en posición fetal, a la vista de todos los asistentes que se miraban unos a otros con la boca abierta sin entender lo que pasaba.

¡Resucitó! grito el Zorro elevando las manos al cielo y dando gracias por el supuesto milagro, ¡Alabado sea el señor! le siguieron unos grillos que se abrazaban con la Rana. Resucitó compadre Mono, se dirigía el Zorro al que presidia la ceremonia, pero que no se encontraba en el lugar que debía, si no que corría a toda velocidad entre los árboles hasta que desapareció entre unas matas de murtilla.

Después de un rato ya cuando se despidieron a todos los asistentes, y terminaron de bajar el vino en honor a la resurrección del Compadre León, quedaron solos los dos socios.

¡Por la chita, Compadre León! ¿Qué le fue a pasar?, tenía que hacerse el muerto pos compadrito, lo recriminaba el Zorro.

¡Pucha compadre Zorro!, me cayó mal el charqui que comimos y aguanté lo que más pude, pero uno no puede contra los avisos del cuerpo pos compadrito, y se quedaron sentados a un costado del ataúd mirando al piso analizando su fracaso. El mono había escapado.

Quinta parte

Mira, ahí viene el compadre León, conversaban dos Quiques sentados sobre una rama de Peumo que había caído por una ventolera furibunda y que exhalaba una fragancia que impregnaba todo el lugar. ¡Dicen que resucitó con un rayo divino que cayó del cielo!, le decía uno al otro mientras el León se acercaba.

Ahí venía el León, con un aspecto muy descuidado como quien a duras penas había logrado escapar de las garras de Satanás, flaco, con una barba de náufrago, sus ojos y orejas caídas, un caminar tardo pero distinguido y su mapa de hoja de nalca a un costado.

¡Buen día!, los saludó e inmediatamente se abocó al tema que le interesaba ¿Han visto de casualidad al Mono pasar por aquí?

¡Buen día! Saludaron al unísono los Quiques. Le dijeron que lo habían visto pasar hace unos días, y que además llevaba unos quesos ¡Muy re bueno compadre León!, le recalca uno, y fue la única información que el León pudo obtener respecto al Mono, luego los Quiques comenzaron a contarle las últimas copuchas de peleas e infidelidades que habían ocurrido. Posteriormente, cuando quisieron preguntarle qué aspecto tenía Dios, qué se sentía volver del otro lado y si le había quedado alguna marca del rayo divino, el León rápidamente los despidió y siguió su camino.

¡Este flaco! Le decía un Quique al otro mientras el León se alejaba.

Caminó y caminó el León por el bosque en búsqueda del Mono, ese era su objetivo, y casi su razón de ser, en realidad ya casi no le quedaban marcas de lo sucedido en la colina, ni ardor, y al final solo perdió una uña ya que con el tiempo le crecieron dos de las que se había arrancado intentando escapar. Su ambición de comer una gran cantidad de carne lo había llevado a sufrir el castigo del dueño del almacén, y la soberbia desmesurada por encontrar al Mono a toda costa le habían hecho cambiar su temperamento, sus modales y su forma de ser. Quizá en algún rincón le quedaba aún su sencillez e inocencia de otros tiempos.

Llegó hasta una mata de Boldo y se sentó bajo su sombra a descansar, se escuchaba el viento y el sonido de unas hojas que se revolvían con la brisa, cuando repentinamente se comenzó a escuchar un pequeño tarareo de un cántico que él conocía, el León paró las orejas y sigilosamente buscó el origen de la melodía. Siguió un pequeño sendero que tomaba una curva entre unos maquis, cruzó unas matas de esquilas que formaban un arco sobre su cabeza y ahí, en un claro que se hacía entremedio de la densa vegetación, estaba sentado el Mono tarareando una tonada y comiendo a gusto unos quesos frente a un pozo de agua obscura.

El Mono estaba de espalda, así que el León no tomó ningún resguardo para llegar hasta donde estaba. Lo tomó fuerte del pescuezo y le dijo:

¡Ya Mono desgraciado, aquí te pillo y ahora sí que no te vas a escapar!

El Mono se sorprendió al principio por la precipitada llegada del León, luego más sereno agachó la cabeza y le dijo en tono de rendición:

“Pucha compadre León, oiga antes de que me mate, porque no me deja comerme estos quesitos ya me quedan estos dos pedacitos, y después me ajusta todas las cuentas”. Le dijo el Mono señalando con sus dedos dos quesos que se remojaba en el agua del pozo, y siempre con la cabeza agachada.

El León, se puso a pensar un instante mirando hacia arriba, y decidió hacer ese gesto de humanidad ya que el Mono no tenía escapatoria y no habría problema en acceder a su última petición pues después podría cobrar su venganza, y se sentó junto a él mientras terminaba de comer.

¡Oiga compadre León porque no me acompaña con un pedacito! Le dijo el Mono ofreciéndole un trozo de queso que sacó de la orilla del pozo.

¡Bueno que le hace el agua al pescado! Dijo el León, que aparte tenía dos días sin comer, y recibió el bocado.

¡Mmm! ¡Qué están buenos estos quesos compadre Mono!, ¿De dónde los sacó?, Preguntó el Felino saboreando hasta el último trocito.

“No compadre León, estos eran los últimos, ya no se pueden sacar más”, respondió el Mono con desgano y siempre con su mirada hacia el piso.

¡Oiga compadre Mono, ya pues dígame de donde los sacó!, insistía el León.

El Mono indiferente con su cabeza agachada y revolviendo la tierra con un trozo de madera respondió:

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“Noooo, compadre León, mire, yo saqué los quesos de aquí del pozo, me amarré una piedra y saqué unos pocos, pero pude sacar los de aquí en la orillita no más, como soy demasiado chico no me pude meterme más adentro, pero se ven unos muy re grande más allá compadrito.”

¡Ya! Dijo el León con determinación, buscó la piedra más grande que encontró y dijo:

¡Amárreme esta piedra compadre Mono, que yo voy a sacar los quesos más grandes!

El Mono sin decir nada, lo amarró con un nudo estrinque y le señaló al León que ya estaba listo.

¡Aquí voy, compadre Mono! El León tomó apenas la piedra en brazos y con una gran sonrisa en su rostro y un brillo en sus ojos que no había tenido desde hace mucho tiempo, se lanzó al pozo abrazado a ella.

Solo unos instantes tardó en desaparecer en la profundidad del pozo para no salir jamás.

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