META-CRÍTICA. De dodos y de pajarones

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por Jaques de la Brioche
@GacetaBlackout

De dodos y de pajarones
o (Crítica local sobre la crítica teatral a partir de Birdman)

 

“You can’t write if you can’t relate
Trade the cash for the beef for the body for the hate
And my time is a piece of wax fallin’ on a termite
Who’s chokin’ on the splinters”
Hernán Díaz Arrieta

 

Admito mi satisfacción interna con que Birdman haya ganado el premio a mejor película en la última entrega de los premios Oscar. Principalmente por dos hechos bastante ñoños: Primero, me hizo recitar el sempiterno monólogo final de Macbeth, que aparece de repente en una escena pesadillesca. Así me pillé murmurando (para no ofrecer un espectáculo aparte) “Tomorrow and tomorrow and tomorrow…”, como si estuviera en un karaoke shakespeareano privado. El otro punto es un personaje en particular, Tabitha Dickinson (Lindsay Duncan), la crítica de teatro del periódico “The New York Times”.

Tabitha es el principal obstáculo externo que debe superar el protagonista Riggan Thomson (Michael Keaton) en la consumación de su reconocimiento creativo. Los críticos de cine (una especie más apreciada públicamente y sin riesgo de extinción) no saben si verla como una parodia, un insulto o todas las anteriores; pero históricamente en el cine (y la ficción en general) ya hay pocos personajes de crítico y, por algún motivo, no son precisamente benévolos, por lo que ella no es ninguna excepción.

Ya que se le está exigiendo verosimilitud a su rol, usaré las cualificaciones del crítico teatral norteamericano Harold Clurman como punto de referencia. De éstas Tabitha transgrede las reglas X. (“Admitir los prejuicios y puntos ciegos”) y XI. (“Ser generoso en vez de obcecado”). Siguiendo estos mandamientos, ella no debería ser creíble como personaje ni permisible como crítica; y sin embargo en su pleno enfrentamiento contra Riggan me acordaba de un hecho de la vida real que ocurrió hace pocos meses atrás.

El pasado mes de octubre, “El Mercurio” publicó una chirriante crítica por Pedro Labra de la obra Palo Rosa (dirigida por Alexandra von Hummel y escrita por Juan Andrés Rivera), que se presentaba en el Teatro de la Universidad Católica, sala a la que en el primer párrafo le dedicó la siguiente frase: “…en el mismo escenario que vio montajes de gran oficio y vuelo artístico, se ilustra cuán poco se puede esperar hoy de la declinante producción teatral ‘universitaria’…”.  El resto del artículo tiene el mismo tono.

Las reminiscencias a ese artículo fueron instantáneas cuando escuché la primera queja que le espetó Tabitha a Riggan: “You took off space on a theater which otherwise might have been used on something worthwhile.” Ambos, guardianes culturales del diario más difundido de la ciudad, buscan oficiar como curadores a distancia, definiendo lo que es presentable o no. La diferencia con el medio local es que aquí está se está consciente  de que las críticas no afectan en la asistencia de público y que al final que nuestros lectores son los evaluadores de Fondart y festivales (si es que, yo lo tengo en duda).

Más encima, la crítica de Labra era deducible si uno lee sus críticas habitualmente:

Ya ni hace el intento de ver teatro emergente; y la estética actual, embadurnada en capas sucesivas de cine, tele e Internet, le resulta una pendejada. Al igual que Tabitha (“cartoons and pornography”), su opinión de seguro estaba coagulada a priori. La verdadera sorpresa de toda esta chuchoca fue que el Teatro UC se molestara en enviar una carta de reclamo, acto llamativo por reaccionar oficialmente ante tal tirria.

La respuesta de Riggan ante la amenaza de Tabitha repite el patrón de acusaciones que surge ante una opinión adversa sobre un trabajo artístico: Falta de comprensión (“You just label everything”), esfuerzo (“You’re a lazy fucker”) y objetividad (“There’s nothing here about structure!”). Pero por más apasionado que suene en escena, en el fondo es una falacia: Escribir algo negativo ocupa el mismo nivel de tiempo y empeño, así como algo positivo también estará inevitablemente vinculado por la subjetividad de las percepciones, sentimientos y experiencia de cada espectador.

Cuando comencé mi blog, hace un par de años, partí con las intenciones de escribir incluso cuando una obra no me gustara, pero tras los efectos posteriores de un par de críticas de obras regulares (ni siquiera malas, sólo muy regulares), opté por obviar los casos negativos porque no valía la pena gastar esas horas en escribir algo que fuera inútil. Mucho después armé lo de los resúmenes mensuales para mencionar esas obras después de temporada; porque en un ranking siempre hay cupo para un último ladrillo. (Anécdota graciosa: Hace poco, entre pisco sours, la productora de una de esas obras me confesó que me encontraba razón, pero tenía que callarse en ese entonces).

A decir verdad, en la mayoría de la prensa impresa tampoco hay una mayor presencia de críticas negativas (o siquiera positivas) por motivos editoriales de tiempo y espacio. En una charla sobre crítica teatral durante el festival Santiago a Mil 2014, Agustín Letelier de la sección “Artes y Letras” de “El Mercurio” y Alejandra Costamagna de revista “Qué Pasa” explicaban que priorizaban en publicar las críticas positivas de obras en salas reconocidas porque sólo tienen un espacio cada dos semanas y debían considerar que la obra siguiera aún en cartelera para cuando saliera la publicación.

brdman 2Con esas limitaciones, la difusión por Internet se ve como una panacea. En la película una visión similar tiene la hija de Riggan, Sam (la abrazable Emma Stone), quien intenta explicarle a su padre el poder de las redes sociales. La multiplicidad de opiniones en esa olla hirviente que es Twitter, ha logrado concretar el intangible “boca a boca” y a su vez las salas y las compañías han tenido que aprender cómo sacarle el provecho a ese ruido: El año pasado en el Teatro Nacional Chileno, durante la temporada de Por Sospecha, además de poner las críticas en la entrada de la sala, pusieron los twitteos sobre la obra, complementando la opinión especializada con el comentario popular.

Obviamente, encuentro tan válido los comentarios digitales como leer los artículos de prensa escrita. La brevedad del formato no es impedimento para establecer un juicio crítico, y si uno desea expresarse más extensamente las herramientas necesarias para hacerlo son cada vez más accesibles para el usuario. Pero aún con las opciones infinitas de esta hoja en blanco virtual hay que ingeniárselas sostener la atención en un medio inherentemente distractivo y una labor persistente para lograr la validación ajena.

Además, hay que asumir que hablar sobre teatro en Internet es un tanto árido.

En comparación con otros temas más masivos como videojuegos o series de TV, donde miles de personas conversan a partir de un hecho reiterable en común e independiente de su ubicación geográfica o temporal. La condición in situ y efímera del teatro le impide transmitir con precisión sus cualidades. Ver el registro de obras grabadas por video, aunque informativo, no tiene el mismo nivel que la energía de la interpretación en vivo.

Sumándole lo anterior, ser crítico teatral no difiere mucho de ser jurado de castillos de arena: una actividad de nicho de escasa relevancia.

Por eso me resuenan los dardos que Riggan le lanza a Tabatha: ¿Cómo se llega a ser crítico y qué se arriesga realmente en ello si no se gana ni pierde nada en eso? Más allá de las dicotomías de positivo-negativo, subjetivo-objetivo o crítica-comentario, lo que más se impone es un deseo propio de expresar una vivencia personal con otros, en especial cuando ésta nos inmersa en un territorio desconocido donde cualquier expectativa haya sido superada. Es guardar uno foto del castillo antes de que el oleaje borre todo.

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