HISTORIAS EN 500 palabras. La plaza Brasil

por Revista Sangría

plaza brasil volumen 10El volumen 10 de “Historias en 500 Palabras” invita a escribir un cuento que tenga como pie forzado, un lugar mítico de Santiago: la Plaza Brasil. La historia deberá ocurrir en esta locación, y el desafío para los participantes es no usarla como un espacio decorativo, sino como un lugar que influya, de algún modo u otro, en la trama del relato. Más allá de esto, el tema y el tratamiento del cuento son absolutamente libres. El requisito de siempre es que no debe superar las 500 palabras (sin contar el título).

Presentamos los relatos: “Perros en la Plaza Brasil”, de Maritza Ramírez; “Promesas”, de Cristián Gutiérrez Pino; “Lala”, de Ignasi Busqueta; “Ernesto!”, de Cristóbal de la Maza y “El diecisiete de cada mes”, de Alonso Garay Silva.


PERROS EN LA PLAZA BRASIL

Por Maritza Ramírez*

¿Una poodle? Sí, una perrita, contestó mi madre, apoyada en el balcón de mi recién estrenado departamento frente a la Plaza Brasil. Y agregó: Hacen tanta compañía. La miré con desprecio. Yo sabía que ella le rezaba a San Antonio y le estaba agradecida. Pero la idea de una mascota me pareció una temprana claudicación de su parte. O una imperdonable falta de fe en el santo. Le dije que la idea me parecía absurda y no insistió.

A los meses, mis treinta años y el orden del departamento comenzaron a dolerme. Eso de regresar del trabajo y encontrar todo igual a cómo lo había dejado en la mañana, me desarmaba. Tanto como la sordera del santo.

De aburrida comencé a ir a la plaza. La falta de un niño para columpiar o de un perro, lo solucioné con un libro. Me sentaba horas en un banco, daba vuelta las páginas  y jugaba a que leía.  A las semanas descubrí que la pareja gay, el pecoso cuarentón, el matrimonio de jubilados y la chica delgadísima, que disertaba hasta el aburrimiento sobre su dieta vegana, pertenecían a una cofradía perruna. No solo paseaban a sus mascotas, se ayudaban entre ellos como una verdadera hermandad. Mientras los dueños conversaban, sus canes se olisqueaban, se mordían las orejas, ladraban a modo de saludo y yo escuchaba con atención. En unas semanas quedé experta en razas y parvovirus, y memoricé todos los nombres de amos y mascotas.

Una noche, al regresar a mi departamento, comencé a fantasear con tener una perrita llamada Luna. Me veía llegando con ella por una de las esquinas de la plaza. Una dálmata corría a saludarme. El pecoso cuarentón levantaba una mano y me hacía señas para que me acercara.  Imaginaba que los fines de semana íbamos con Luna a casas del barrio, donde nos sentábamos entre amigos y comíamos unos asados espectaculares. En eso estaba, casi convencida de comprarme una poodle, cuando vi el cumpleaños de perros. Un sábado colgaron globos en varios árboles, instalaron una mesa con mantel largo y trajeron una torta. Luego le pusieron un gorrito de cartón a cada perro, encendieron las velitas, formaron una ronda y cantaron emocionados, sosteniendo a los animales que ladraban asustados o se retorcían para liberarse del  ridículo gorro.  Sentí una especie de vergüenza ajena, cerré mi libro y me fui.

Por semanas no regresé. Me sentaba en mi balcón y desde allí miraba a los niños columpiarse y a la hermandad celebrar nuevos cumpleaños. Una tarde en que mi soledad pegó un grito de animal herido, me fui a la tienda de mascotas y compré la poodle. Después perdoné al santo por no atender las plegarias.

Con los años la cofradía perruna desapareció de la Plaza Brasil, pero siempre hay perros nuevos paseando con sus amos. Vamos con Luna todas las tardes y se nos van las horas conversando con desconocidos. A veces, entre medio de los árboles, diviso a alguna mujer con un libro abierto, simulando leer.

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*Maritza Ramírez Suárez (1964), profesional de las ciencias sociales, diplomada en Edición y Publicaciones de la Universidad Católica. Ha participado en diversos talleres literarios. En 2013 su cuento Ariel, obtiene el Primer Lugar del Concurso de Cuentos Policiales, organizado por la PDI. En el año 2014 obtiene el Primer lugar del Concurso de Cuentos, Municipalidad de La Pintana. También ha sido finalista de Santiago en 100 palabras.

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PROMESAS

Por Cristián Gutiérrez Pino*

Mi vida gira en torno al hundimiento emocional, no encuentro salida, tal vez sea el momento de pedirle que se encuentre conmigo, de una vez por todas.

-En la plaza Brasil, cerca del gran árbol nudoso –le dije- ese que no sabemos su nombre. No recuerdo que haya confirmado la cita. ¿Era hoy a las siete? No sé si fue esa la hora en que quedé/quedó/quedamos que nos juntaríamos.

Llegué a la intersección de Brasil con Huérfanos, ahí la veo sentada en un banco, junto a esos monstruos multicolores que nos hacían tanta gracia, sumergida en un libro. En realidad vino, entonces era hoy a las siete.

Me miro en el vidrio de la panadería para revisar que esté presentable. Estoy muy nervioso. Espero la luz del semáforo y atravieso la calle, pero me vuelvo a esconder en la esquina, ya han pasado quince minutos de las siete, hora en que quedé/quedó/quedamos que nos juntaríamos. Ella siempre es puntual, sí, recuerdo eso.

Avancé, me detuve y se agolparon miles de recuerdos. Esas caminatas al departamento, paseando abrazados por el medio de la plaza, esquivando los charcos que se formaban en la arena con la lluvia, sabiendo que podríamos luchar contra todo…contra todos ¿Por qué nos separamos?, ¿Qué originó todo esto? Me devuelvo, miro, ¿Sigues ahí?

 -Volvamos a casa, hijo.

 Mi madre me toma del brazo, mi padre me mira estático. ¿Qué hacen aquí?

 -¡Recuerda, por Dios, recuerda! -me grita- Te buscamos todo el día.

La habitación en penumbras, estás llena de tubos amada ¿Qué tienes mi amor? Tu tos se agolpa y crece, no puedo soportarlo. ¿Verdad que te curarás? Recuerda que podemos luchar contra todo… contra todos, lo prometiste. Por un instante te odio, no quiero quedarme solo, tu mirada de dolor me destruye. ¿Ves mi amor?, es aquí donde duele, ni siquiera es el corazón, es un poco más abajo. ¿Quieres que el dolor cese?, ¿Me pides eso tú a mí? Quiero irme contigo, ¿Me llevarás? Me miras con dolor, me pides que me quede y a la vez quieres que todo pase. ¿La morfina ya no hace efecto, amada?  ¿Recuerdas las caminatas? Podemos hacerlas de nuevo, sólo debes curarte.

-Hijo –mi madre insiste sollozando- volvamos a casa.

  Todo mi entorno es negro el día de tu funeral mi amor. Lo recuerdo perfectamente. ¿Qué hay de malo en que me quede con su cuerpo sin vida, madre? Lo cuidaré, nadie lo sabrá, no es necesario que lo arrojen a una fosa y se llene de gusanos. ¿Quieres llenarte de gusanos conmigo, mi amor? Soportaré eso, aunque sabes que odio a los gusanos, sólo quiero que estés conmigo. ¿Lucharemos contra todo, cierto?

– ¡Madre, está ahí! Cerca de ese gran árbol nudoso que no se su nombre. Ella siempre es puntual, quede/quedó/quedamos de juntarnos hoy, aquí, a las siete. Será sólo un momento y volveré a ese lugar lleno de chiflados. ¿Me dejarás? Me prometió que lucharíamos madre, ¡Lo prometió, maldita sea!

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*Cristián Gutiérrez Pino (Santiago 1977). Técnico en Telecomunicaciones. Jefe de Proyectos en empresa Unify. Actualmente está en proceso de creación de una página web, para exponer sus escritos guardados por décadas.

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LALA

Dedicado a mis amigos/as de Santiago

Por Ignasi Busqueta*

¿Cómo se desnuda un recuerdo para luego hacerlo esqueleto y finalmente penetrar sus órganos?

Sentado en mi silla miro las estrellas como retazos de una vida no tan lejana, donde ella vivió agazapada por el mástil del tiempo de la infancia. Sus ojos son su hermosura en mi mente, su corazón es su centro y su cuerpo danzando por ella como una niña en la orilla del río. Su pelaje frondoso, hermoso, se funde con su historia transitada y cotidiana de gentes, de encuentros y desencuentros. Visualizando un éxodo de tiempo para el que sólo me queda escribir, me propongo generar el retorno de sus átomos en el espacio infinito que se da entre palabra y palabra. Y así darle la simpatía al texto de respirar con un oxígeno que no proviene de sus palabras sino de sus árboles y plantas. Ella le ladra desde aquí con un océano de diferencia, yo me reconozco paseando en sus órganos: su hígado, sus pulmones, sus intestinos, sus riñones. Me siento en ellos y levanto la mirada tres metros hacia arriba.  No quiero salir de ella. Y finalmente salgo.

Me levanto del sofá, abro las ventanas y veo que ya oscureció. Respiro el frío y permito que entre hasta los rincones de mi casa. Me sirvo té y la observo dormitando, quieta. ¿Cómo se imprime el carácter intangible de las hojas, el césped, los bancos, la lluvia, en un cuerpo que te anda y se nutre de tus secretos para aprender, crecer y jugar? Divido mi cuerpo en dos, por un lado el mío junto con mi sangre, mi… misterio. Y por el otro lado el de mis verbos, mis imágenes, mis formas,… Dónde tengo el permiso de transformarme en aquello que no soy y jamás seré. Y me particularizo en el calendario, en los años, en los días. Soy una hora concreta, en los adoquines de la Alameda, en el cartel de la parada de “Los Héroes”, en Avenida Brasil, en el humo de los autobuses. Y avanzo hasta de nuevo verme entero de carne y hueso: de pie, estando en ella, de noche con amigos lejanos, viendo cómo aparece un ser blanco, obsequio de Santiago, diminuto, hermoso, con colmillos, cola y alma femenina. Pequeña cachorra sinuosa que ahora duerme escuchando los latidos del mediterráneo. Juega sin cesar en el calor del verano mientras hablo y fumo unos cigarritos de Pall Mall rojo, cortesía de Roberto. La conversación es cálida y estupenda cuando de repente observo que se aleja más allá de mi visión y chillo: Lala prou!!! Pero no hace caso. Se escapa. Cómo mis recuerdos. Que de nuevo vuelven y también ella.  Ella, de nuevo en mi casa, se acerca hacia el balcón, sale al exterior y mira hacia el cielo cómo si entendiese que tan solo somos un soplo, un segundo para el universo. Yo la miro y me pregunto: ¿Se acordarán los árboles de Plaza Brasil del eco de mi voz, mientras tú crecías acariciada por ellos?

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*Ignasi Busqueta y franco (Lleida, España, 1983). Licenciado en Filosofía y con estudios de actor de teatro.

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ERNESTO!

Por Cristóbal de la Maza*

-Pero claro, Ernesto. ¡Es bien upeliento usté, oiga!- le dijo Don Pedro a Cristián. Aquella mirada de siempre. La barbilla estremeciéndose, apretado lo poquito que le iba quedando de labios. Los ojos nublados de cataratas, pero fijos, fijos. Inquisidores.

– No, si no es de upeliento, Don Pedro, de verdad.

– Lo que pasa es que usted es lolo, Ernesto… ¡Y los lolos no saben nada!- Sentenció Don Pedro, acercándose para mirarlo fijamente a los ojos. La cara del más joven seguía hundida entre sus manos, y los codos aún reposaban sobre las rodillas. No era la primera, ni la segunda, ni la tercera vez que repetían los dos el mismo diálogo. Todos los putos días desde hace siete meses. Plaza Brasil. Misma banca. El mismo viejo y la misma pregunta. Que si escuchaste el hit “Botas para Caminar” de la Glorita Benavides. ¡Es que la Glorita Benavides es muy re-dije!, ¡Tanto talento, la mocosa!, ¿Te gusta la Glorita, Ernesto?

– La verdad es que la cacho poco, Don Pedro.

– ¡No! ¡Lo que pasa es que tú no sabes absolutamente nada, Ernesto! ¡No te interesa nada! ¡No te fijas en nada! ¿Sabe qué?, me cansé, me voy para la casa mejor. Usted estudie será mejor, oiga. ¡Hasta mañana!- respondió Don Pedro levantándose rápidamente de la banca para acercarse una vez más a Cristián y apuntarlo con el dedo índice antes de darse vuelta, cruzar las manos en la espalda y retirarse surcando el maicillo a pasos arrastrados y cortos.

– Hasta mañana, Don Pedro- murmuró Cristián mientras miraba al anciano alejarse en un torbellino de polvo y pelotas de plástico.

No sé pa’ que chucha se levanta de un salto, si se va a demorar media hora en cruzar la cagá de plaza. Y… ¿cómo mierda puede ser un viejo tan chico y tan loco, tan requetecontra odioso?

El camino entre la plaza y su casa lo recorría Cristián por rutas distintas de ida y de vuelta. Tres cuadras de ida, dos de vuelta.

– ¿Y por qué hace una burrada así, Ernesto?- le preguntó Don Pedro cuando supo.

– Pa’ demorarme en llegar a la casa. Por hueviar, básicamente, Don Pedro.

– Grosero- murmuró Don Pedro, sin mover la mirada, que seguía entretenida en el reparto de migas de pan duro entre las palomas.

– ¡Tú ya comiste, golosa! ¡Paloma guatona amarrete! ¡Paloma facha!-

Cristián no alcanzó a meter la llave cuando la puerta de su casa se abrió.

-Muchas gracias. ¿Cómo está?- Sonrió Cristián, antes de besar la mejilla de quien abrió la puerta.

– Bien po, me junté con el Ernesto. En la Plaza. Pase.

– Qué bien, papito. Me lo tiene que presentar un día. Debe ser buena gente este Ernesto.

La cabeza del anciano se acercó a Cristián apenas cruzó el umbral de la puerta. Empinado un poquito para alcanzar la oreja y murmurar su secreto.

– No, mijito. Créame que no se está perdiendo ná…  ¡si el Ernesto es súper ahueonao!.

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*Cristóbal de la Maza (1983, Santiago de Chile), estudió en la Universidad Diego Portales y es Gerente de Auditoría en una multinacional Alemana. Vive en Frankfurt desde 2008.

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EL DIECISIETE DE CADA MES

Por Alonso Garay Silva*

Cuando te tomas una fotografía inmortalizas un momento. Ese momento puede ser banal, superficial o simplemente una foto que pronto pasará a ser una imagen que se sumergirá en el olvido. Pero existen otras fotos que permanecen con nosotros siempre. Algunas son de nuestros seres queridos que guardamos en la billetera o la tenemos en los escritorios de nuestros trabajos más como un adorno, que como algo importante para nosotros. Yo aún conservo tu foto, todos los días la observo pensando que encontraré algún detalle en ella que antes no había dado cuenta. Pero cada mirada que le doy es un dejo de nostalgia por haberte dejado partir, por haber sido un cobarde y no haber hecho algo que te demostrara todo el amor que siento por ti. Contigo me dejé llevar y di cuenta que el amor no es amor cuando uno no se entrega por completo a la otra persona. Antes detestaba esa sensación de que me dijeras quiero un café y yo babosamente te respondiera con azúcar o endulzante, grande o mediano, en vaso de cartón o plumavit, lo sé es una absurda metáfora, pero quiero dar a entender que haría cualquier cosa que me pidieras para volver a estar contigo. Ahora estoy aquí sentado en lugar de siempre, ese lugar en donde todos los diecisiete de cada mes nos reuníamos para celebrar nuestro primer beso, la primera vez que nos dimos la mano y un abrazo de amor real que se esfumó con tu partida. Plaza Brasil fue en muchas oportunidades testigo de nuestras discusiones y de nuestras conversaciones amenas que se encandilaban con la mirada de nuestros ojos. No sé porque estoy aquí, me prometí no volver nunca más, pero creo que en mi interior y mi inconsciente conservo la esperanza de que aparezca y te sientes a mi lado perdonando todo lo que te hice. No sé cuánto tiempo seguirás viviendo en mi corazón, presumo que será para siempre, aunque no puedo seguir sentado solo aquí imaginando que vendrás, así que yo iré hasta donde estas tu para al menos intentar que no me olvides ni que hagas tu vida sin mí.

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*Alonso Garay Silva, estudiante de pedagogía en castellano de la Universidad Católica Silva Henríquez. Diplomado en cultura de la información, sociedad y comunicación digital de la Universidad de Santiago. Gestor editorial de la Revista ES! (www.educacionysociedad.org). Escribe en www.alonsogaray.cl

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