HISTORIAS EN 500 PALABRAS. La universidad

Por Revista Sangría

Foto USACH pa 500 palabras

El volumen 9 de “Historias en 500 palabras” propone escribir un cuento que tenga como pie forzado que la historia suceda dentro del espacio de la universidad, o bien tomando la universidad como concepto central. En cuanto al tema y al estilo del cuento, son absolutamente libres. Como siempre, la extensión del texto no debe superar las 500 palabras (sin contar el título).

Presentamos los relatos: “No se lo lleven”, de Carolina Reyes; “La vendedora de hamburguesas de soya”, de Christopher Rosales; “Tesis”, de Virginia Calderón y “Esquinero”, de Mario Guajardo.

 

NO SE LO LLEVEN

Por Carolina A. Reyes Torres*

En mi universidad pasaban cosas entretenidas, de partida, yo no iba la facultad, iba a la “u”, porque estábamos todos en el mismo lugar. Para llegar a la facultad de Humanidades, tenía que pasar por: la de Administración y Economía, la radio, la facultad de Química, la Carrera de Historia y casi al final de ese trayecto encontraba las dependencias que ocupaban mi carrera. Las fiestas eran otro ítem, empezaban el día Miércoles non stop hasta el Viernes y todo era motivo de fiesta; desde una fecha histórica importante para la “u”, hasta el cambio de nombre de alguno de los perros que se cuidaban dentro del recinto. Las fiestas se amenizaban con choripanes y bebidas alcohólicas, de dudosa reputación, que con mucha astucia se lograban pasar camufladamente en oportunas bolsas de plástico color negro.

No hay que pisar el símbolo de la universidad al entrar por algunas de las puertas de la EAO de lo contrario si ese día tienes prueba seguro que tendrás el rojo asegurado. Y un antídoto de eso son las estatuas de hierro de los dálmatas, hay que darles un besito en la patita eso, dicen, trae buena suerte.

El primer año uno entiende la relación cívico-policial que se tienen con las fuerzas de orden y seguridad que se resume en: entran los pacos, sales corriendo, de lo contrario no hay como zafar. Eso lo aprendí un día después de una de las tantas marchas que -históricamente- todos los estudiantes universitarios en doscientos años de vida republicana, realizamos para poner énfasis en los cambios que se requieren para nuestra educación. Pasada la marcha y yo estando tranquilamente leyendo, en la biblioteca de mi facultad, se comienzan a levantar las alarmas. Veo chiquillos correr por lado y lado de la biblioteca, y de forma veloz, la bibliotecaria cierra con llave la puerta. Entonces los veo entrar, a las fuerzas de orden, armados hasta los dientes, de seguro que ahí adentro iban a luchar con peligrosísimos terroristas disfrazados de universitarios. Había un grupo inocente estudiando a las afueras de la biblioteca, todo pasó tan rápido, no se dieron cuenta que los pacos ya estaban ahí, y cuando los vieron, uno de fuerzas especiales tenía agarrado a un flaco -compañero mío de traducción- por la espalda, sacándolo literalmente de los libros, mientras el estudiante exaltado gritaba:

-Hueón cómo me vas a llevar si tengo prueba ahora…

-No se lo lleven, nosotros no estábamos haciendo nada- Trató de intervenir una de las compañeras de su grupo de estudios-, pero el agente como un autómata no escuchó ni dijo nada entonces…

-¡¡Suéltalo paco conchetumadre!!-saltó una voz rabiosa de hombre

-¡¡Son unos asesinos!!-otro le siguió

-¡¡Súper valiente los maricones!!- otro más

-¡¡Pacos reculiaos!!- grito una chica

 -¡¡Carabinero Feo!!-¿Carabinero Feo?, me pregunté sorprendida, entonces todos estallamos en carcajadas, hasta mi compañero, llevado de espalda, por dos fuerzas especiales. Nunca se pudo comprobar, aquella vez, si la humanidad de los agentes brotó en alguna sonrisa.

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* Carolina Reyes Torres (Santiago, 1983). Profesora de Inglés y Magíster en Literatura, se desempeña como docente en la Universidad Iberoamericana de las Ciencias y Tecnología.

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LA VENDEDORA DE HAMBURGUESAS DE SOYA

Por Christopher Rosales*

Yo vi a Francisca Ceroni vender hamburguesas de soya en la facultad de humanidades de la Chile. Yo estudiaba Historia entonces y no sabía que era Francisca Ceroni y ni aunque lo supiera importaba, porque en realidad nadie sabía quién era ella hasta al acontecimiento del 2012 en Quilpué.

Francisca Ceroni no existía, existió después un poco y si es que. Solo algunos hablamos de ella cuando se supo lo de la secta y todo se fuera a la mierda, porque el fin del mundo no había sido y Antares acorralado como rata no tuvo más remedio que colgarse en el Perú. Ahí todos supimos quién era, ahí todos quisimos compartir nuestras experiencias con la mina.

Algunos comentaban que habían carreteado con ella, otros como yo, que le comprábamos hamburguesas y que nadie pensaría que era posible que ella anduviera metida en hueás así. Yo agregaba a las conversaciones que me la joteaba pero que nunca me pescó. Ella estaba en otra.

Cuando la conocí no era Ceroni, era solo una hippie rica con morral, trenzas de macramé y un cuaderno con tapa de mandala en la que dibujaba rostros de desconocidos interminablemente. Una vez le pregunté de quiénes eran esos rostros y respondió que eran personas entregadas, amigos que no volvería a ver nunca, pero que guardaban una importancia enorme para ella por su sacrificio. Creo que dijo eso, no presté mucha atención. Yo encontraba que se había ido en volá, porque sinceramente a mí ni me importaban sus dibujos, solamente quería prolongar la compra de hamburguesas,  saber si había feeling, invitarla unos pititos y que el resto fuera historia. No pasó nada.

No sé en qué momento desapareció y dejó de vender hamburguesas de soya en el ágora de la facultad. A mí me iba como el hoyo, así que congelé y no volví a comprarle desde el 2008. Aunque no la volví a ver, nunca la olvidé. Una vez, incluso, soñé que me la servía en la Fiesta de los abrazos del Parque O’Higgins. Fumábamos yerba, culiábamos en el pasto mientras Chinoy tocaba y no me podía correr. Ella se reía y yo le decía que no se burlara, que era por la yerba. Eso fue después de que dejara de ir a la U, aunque antes de que ella se hiciera famosa por lo de la secta. Cuando desperté tenía el pene duro como tabla y tuve que masturbarme.

Desde que se supo aquello de la secta no he parado de pensar en ella. En los rostros que dibujaba en su cuaderno de mandala, por ejemplo. Imagino lo peor: que son muertos, que ella los mató. Me veo entre sus dibujos y me da escalofríos. A veces creo también que sus hamburguesas de soya, las cuales siempre creí de una consistencia distinta a la normal, estaban hechas de carne humana. Intento recordar el sabor y compararlo con otras experiencias, pero no lo consigo. No obstante, ahora que lo pienso, su pebre era amargo como el ñachi.

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*Christopher Rosales Tognarelli (1989). Técnico en telecomunicaciones, Licenciado en literatura, profesor de lenguaje y mago. Autor de un libro de poesía publicado el 2008. Ganador del concurso Cuenta Providencia 2014. Algunos de sus escritos pueden encontrarse en coolguysdontlookatexplosions.weebly.com

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TESIS

Por Andrea Calderón*

El auditorio ya está  lleno de jóvenes esperanzados en un futuro prometedor, padres felices de liberarse de una obligación económica, frases de cajón, felicitaciones hipócritas y uno que otro que espera desesperado el final de la ceremonia para poder irse de fiesta.  Mientras las fallas de sonido sabotean el discurso del rector, yo estoy en una incómoda silla en medio de esta encantadora multitud, pretendiendo que mis pensamientos tienen eco, y por qué no?  Un par de oyentes desocupados.

Al fin y al cabo ¿qué es lo tan emocionante de la Universidad? Para mi fueron cinco años de pasar desapercibido, ni tan bueno ni tan malo como para que algún profesor se dignara a recordar mi nombre. Desde la tarima se escucha una voz saturada que llama a Andrés Vega, a paso lento me acerco a recibir mi diploma. Miro al público y entre ese mar de togas y birretes impacientes, sólo distingo a Mariana, quien me dedica una amplia  sonrisa de dentadura perfecta y labial rojo.

Vuelvo a mi silla torcida tratando de desenredar todos los recuerdos que me trae esa sonrisa. Los que escuchan mis pensamientos desde hace tiempo saben muy bien quien es Mariana.  A mis nuevos oyentes sólo les diré que ella es esa piedra  en mi camino con la que no puedo evitar volver a tropezar, y es que cómo me encanta tropezar, a pesar de que mi cuerpo no resista más caídas.

Ya está, ya terminó. En este momento todos se levantan a darse abrazos, tomarse fotos  con risas prefabricadas y acordar quiénes llegarán juntos a esa fiesta de graduación a la que no iré y a nadie le importa, ni siquiera a Mariana,  que no tendrá problema en encontrar con quién hablar, bailar y probablemente otras cosas más.

Ella se despide de lejos y yo en uno de mis típicos gestos de cobardía, ocupo la mirada en el tan sobrevalorado diploma, no le encuentro gracia, no tenía tantas ganas de ser abogado.  Estaré realmente feliz el día me gradúe de ella,  el día en que ya no me afecte su presencia,  porque ella es mi Universidad y  superarla sería mi tesis. Ese logro sí merece diploma, uno que colgaría en mi pared con orgullo y  ostentoso marco.

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*Andrea Virginia Calderón Araujo (1992). Estudiante de Cine y Audiovisuales de la Universidad del Magdalena, Colombia. Se dedica a la escritura de guión y realización audiovisual. Actualmente trabaja como docente de fotografía en Delhi College of Photography, India*

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ESQUINERO

Por Mario Guajardo*

Cuando murió el último ratón de la plaga que se tomó la villa de blocks donde vive mi abuela, más o menos por ese tiempo entré a estudiar Literatura (con mayúscula). Como la Facultad (sí, con mayúscula) quedaba cerca, los lunes almorzaba con ella para conversar y compartir con la más vieja de la familia, pero también para ahorrarme el almuerzo y tener más plata para cigarros y cerveza.

Ya no había ratones, pero sí los esquineros de siempre, reproduciéndose, adaptándose y mutando: evolucionar es violentarse. Un lunes iba leyendo a paso lento una y otra vez la misma página de la “Gramatología” y se me acercó un esquinero. Dijo algo que no entendí. Movió tanto el cuerpo y las manos que me pareció que bailaba. Dije perdón, no te escuché y él me dijo engancha una monea pa una pilsen, hermano. Dije ando corto, hermano, y me respondió que no éramos hermanos. Confundido, me di cuenta que debía pelear o correr bajo las faldas de mi abuela. Entonces apareció el Nico, un amigo de mi prehistoria infante. El Nico dijo tranquilo, Rata, lo conozco, el socio va donde la vieja Úrsula. El otro dijo buena onda, hermano, y volvió a la esquina. Nico me acompañó hasta la casa de mi abuela y me preguntó qué había sido de mi vida. No mucho, dije, estudio Literatura (así, con mayúscula) acá en la universidad, me dedico a leer y a escribir. Ah, buena, yo trabajo en esa universidad, me dijo. Sentí su vergüenza y cambié de tema. Dije juntémonos un día y guardó silencio. Y nos tomamos una pilsen, agregué sin saber qué más hacer o decir. Demás, hermanito, dijo, cuídate. Me dejó ante la puerta de mi abuela y volvió a su esquinear eterno.

Un día en los pastos de la universidad, mientras conversaba una aguja aceitosa con un par de compañeros, vi al Nico en medio de cuatro minas. Él me vio de vuelta y levantó la cabeza espirando el humo de un pito a todo humo mejor que el nuestro y recibiendo con la otra mano una botella de cerveza. Dije voy a saludar a un amigo, me paré y me acerqué al grupo del Nico. Me senté a su lado, saludé, intercambiamos no sé qué palabras de cortesía y una de las minas dijo algo que no comprendí; se rieron todos, menos yo. Entonces el Nico me dijo bueno, hermano, nos tamos viendo, y volvieron a reír. Yo estaba muy volado que me costó entender: el amigo del pasado me hacía la desconocida, el esquinero se avergonzaba de mí.

Volví cabizbajo junto a mis compañeros. Les conté toda la historia y se rieron. Me dijeron que el Nico vendía yerba, que seguro estaba trabajando y yo lo interrumpía. Fingí desternillarme de risa, pero en realidad me dio pena, la misma que me da cada vez que veo al Nico y nos saludamos apenas con una alzada de cabeza.

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*Mario Guajardo Vergara (1985). Magíster en Literatura, se desempeña como profesor de enseñanza media en Estación Central. Publicó “Y aquí me voy a quedar”: el paradigma del loco en la narrativa de Roberto Bolaño (2013) y actualmente prepara un volumen de relatos titulado “Las armas que no disparamos”.

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