CRÍTICA. Interestelar

Por Piero Saavedra

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Esta película, ambientada en un futuro distópico, parte con las imágenes de un recuerdo amargo: mientras dirige un equipo espacial, el granjero y ex astronauta Cooper (Matthew McConaughey) tiene un accidente y fracasa. Despierta del sueño perturbado y camina a la ventana, que deja apreciar el impacto furioso de una tormenta de polvo en sus campos. De esa confrontación dual está hecha Interestelar, como casi todas las cintas del británico Christopher Nolan: el dolor de la conciencia versus la dureza del mundo.

La amenaza apocalíptica significa para el racional Cooper volver a la Nasa para un proyecto secreto: encontrar otro hogar para la humanidad. Los técnicos y científicos, encabezados por profesor Brand (Michael Caine), cifran sus esperanzas en un agujero negro, instalado por “ellos”, unos entes de origen desconocido. El agujero sería la puerta a una nueva galaxia, y en uno de sus planetas, tanto el hombre depredador como las almas desvalidas -los hijos del granjero, Murph (Mackenzie Fox) y Tom (Timothée Chalamet)-, asegurarían su sobrevivencia. Cooper tiene la llave de la puerta, o sea, de su redención.

Al igual que en algunas de sus películas anteriores –Memento, Insomnia, Batman inicia y El origen– Nolan usa la dialéctica culpa-odio como motor de la historia. La primera hora está dedicada a los preparativos del viaje y a las despedidas. El resto a la ordalía interestelar.

Pero avanzada la parte final, el eje de la fábula se desplaza hacia al discurso. Se multiplican los proverbios (“padre es ser el fantasma del futuro de tus hijos”, “enfurécete contra la luz que se esconde”), así como las resignificaciones del ethos americano, centradas en la segunda oportunidad -de la familia, de la paternidad-. Y cuando la metáfora se toma completamente este segmento -en cuyo centro brillan las consideraciones sobre el amor de la astronauta Brand (Anne Hathaway)-, se hace evidente que la película pudo haber sido construida para ello en vez de explorar en contradicciones interiores.

¿Y de qué trata la metáfora? Por un lado, proyecta un orden supraespiritual, que constituiría la vía definitiva hacia una sociedad moderna, epifánica, respetuosa con la naturaleza; y por el otro, propone, envuelta en el papel de los afectos, la idea de restaurar las instituciones más conservadoras (por ejemplo, la familia extendida de la Murph adulta). Es un discurso grueso, ni muy profundo ni muy original -los mayas anunciaron la expansión intelectual hace siglos-, con el que Nolan despliega su apología de la tradición.

En el desenlace, un montaje alterno de desaforado dramatismo recuerda otra vez que quien está detrás de la cámara es un campeón del artificio, un temperamento prodigio engendrado en conjunto por el cine comercial y la ciencia de vanguardia. Dueño de una visión del mundo material y espiritual, cerebral y sentimental, contingente y trascendente, Nolan busca respuesta a las grandes incertidumbres del futuro, con un singular énfasis en la noción del tiempo, la liquidez de la memoria y el control de las conciencias. Casi nunca da el ancho con las observaciones existenciales -más verbales que visuales-, pero sin duda que su ambición no queda sin recompensa.

Interestelar transmite con éxito el pesado clima de confusión que siempre suele acompañar a una misión transformadora. Bien lo sabemos hoy en Chile.

INTERSTELLAR Dirección: Christopher Nolan Con: Matthew McConaughey, Anne Hathaway, Jessica Chastain, Michael Caine, Matt Damon. 169 min.

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