HISTORIAS EN 500 PALABRAS. Marlon Brando

por Revista Sangría

Marlon en EL ROSTRO IMPENETRABLEEl volumen 8 de “Historias en 500 Palabras” invita a escribir un cuento que tenga como pie forzado al Sr. Marlon Brando, en la más absoluta libertad de estilo y elección temática. La idea es crear un pequeño homenaje literario desde Chile, a este ícono de la historia del cine universal y la cultura del siglo XX. Como siempre, la extensión del texto no debe superar las 500 palabras (sin contar el título).

Presentamos los relatos: “Con la ceja de Brando”, de Lina María Barrero; “Con tan poco respeto”, de Maritza Ramírez; “De lo que sucedió con Marlon Brando que Roberto quiso olvidar”, de Andrés Videla y “Los pasos de la negra”, de Camila Rioseco.

 

CON LA CEJA DE BRANDO

Por Lina María Barrero*

Al ir de la taza al lavamanos descubría por la ventana del baño un afiche de “El padrino”. La figura impecable de Marlon Brando mafioso sería mi única compañía matutina durante ese primer y largo invierno.

Había llegado a Santiago en Abril, muy poco tiempo para asimilar el encuentro frontal con este clima doloroso. Pero bello. Allí en el baño, único lugar donde podía sentarme a pensar durante el día, descubrí la luz blanca invernal que todo lo limpiaba. Santiago desde allí parecía como una fruta de revista: congelada y brillante. Durante ese mes, las manchas con las que desde niña el sol del trópico se  había marcado en mi rostro poco a poco se fueron desdibujando y mis labios morenos se desteñían dando paso, como nunca, a una gama de pálidos rosados.

Todo, hasta la rabia, la pasión y el melodrama se dilataban y quedaban en blanco o en negro, en limpio. Todo concreto, bien definido como la ceja arqueada de El Padrino en alto contraste.

Entonces volvía a la oficina pensando en la mafia italiana, tan lejana a la mafia que yo conocía, tan pintoreteada, forrada y peli teñida, tan mal hablada. Y yéndome en recuerdos pensaba después en el Brando joven, ajeno a la pose severa que lo inmortalizaría. El cuerpo varonil y flexible del joven esposo, Stanley en Un Tranvía llamado deseo pintoreteado por el Hollywood ocre de los años cincuenta.

Solo ahí, entre recuerdos y fantasías amatorias lograba calentarme un poquito el corazón. Y junto a ello un tecito de menta con agua hirviendo para abrigar también al estómago. Así lograba aplacarme toda desde adentro para no llorar las cuchilladas del frío.

Del invierno aprendí a disfrutar especialmente la hora del almuerzo, momento en que podía salir corriendo a algún local con calefacción y devorar unas legumbres suculentas o, mi favorito, un charquicán con huevo.

Apuraba para dejar terminada la tarea que estuviese haciendo, cerraba la oficina y entraba al baño después de toda una mañana de tomar té y aguantar las ganas para no perderme el calorcito de la estufa. El baño blanco inmaculado y gélido recibiendo la tibieza de mi orina que se helaba al contacto con el aire. El frío terminaba de salir de mis entrañas y estas volvían a ser ese lugar calientito y seguro para aliviar las cargas.

El sol de las doce del día se colaba como un cabello rubio por la ventana y rebotaba en el espejo, mejorando tímidamente la calidez del espacio. Yo disfrutaba unos últimos instantes ahí sentada y estiraba el cuello para ver por la ventanita hacia la pared del otro edificio donde estaba el afiche de Brando. Solo alcanzaba a ver la mitad de su cara y su ceja fatal que se convertía en gesto, en un cómplice guiño de aprobación para mis resistencias secretas: un sí a mi íntima acción de desapego.

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*Lina María Barrero Bernal. Doctora en literatura de la Universidad Católica. Colombiana residente en Chile desde 2010. Trabaja como docente e investigadora de cine y literatura. Además de relatos breves escribe ensayo y crítica. Entre sus géneros favoritos como lectora están la crónica urbana y la poesía.

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CON TAN POCO RESPETO

Por Maritza Ramírez*

Otra alternativa era regresar a casa, meterme en la cama y ver una película de  Marlon por enésima vez, pero esa noche tenía ganas de show, banda sonora y alcohol. Quizás todos teníamos las mismas ganas y por eso aceptamos la invitación. Nos repartimos en dos autos. La fiesta era de un amigo de un amigo en un departamento cerca de Plaza Las Lilas. Nos recibió el anfitrión, un hombrecillo de unos treintaitantos, muy bajo para mi gusto, delgado y  de patitas cortas. Como la mayoría de los petisos completó los centímetros faltantes con una verborrea que disparó como metralleta. Arriba de mis tacones yo le sacaba cabeza y media de ventaja y su mirada en linea recta llegaba justo a la altura de mi escote. Se mandó un rollo a lo Corleone: «la amistad lo es todo», con los ojos enfocados en mis senos.  Creí ver un hilo de baba.  Por suerte alguien vino a buscarlo y nosotros aprovechamos de ir directo a la zona de los tragos. Me pedí un chivas sin hielo.

Unas horas después y mientras caminaba hasta el baño por un amplio y luminoso pasillo lo vi. Me quedé patidifusa. Sin aliento. Era hermoso. Estaba enmarcado entre dos vidrios. En perfecto estado.  Era el póster publicado en España. Marlon de perfil, con sombrero vaquero, sosteniendo un revolver. «El rostro impenetrable». 1961. La única película que dirigió  y el único póster que faltaba en mi colección. ¿Sería un original? No llegué al baño. Me regresé y busqué al petiso.  Ya no recuerdo qué le dije. Me siguió con los ojos entornados.  Le pregunté que cómo lo había conseguido. Me contó que una prima de su madre había vivido unos años en España, que había trabajado como acomodadora de un cine por los años sesenta y que al regresar a Chile  había traído varios pósters y que unos meses antes de morir de un cáncer se lo había regalado. Me temblaron las rodillas. Ni una duda: era un original.  Agregó que representaba mucho para él. Pero yo ya no lo escuchaba.

Me aguanté al paticortas durante todo el resto de la fiesta craneando el robo perfecto. Pero no era lo mío. Uno de mis amigos, pensando que el petiso me estaba acosando, se acercó. Le dije para tranquilizarlo «no es nada personal, son sólo negocios». Me emborraché. De muy mucho. Demasiado. Después me ganó el Brando, como digo yo, y pensé «le voy a hacer una oferta que no podrá rechazar»  y con la misma voz traposa del Padrino encaré al petiso.

Desperté con el anfitrión en pelotas pegado a mí. Me puse la ropa sin bañarme y salí arrancando.  No fue difícil subirme al taxi con mi inmenso póster. Lo difícil fueron los días siguientes. Cada vez que cerraba los ojos,  me encontraba otra vez al petiso arriba mío, diciendo obscenidades, pidiéndome que lo llamara Marlon y yo, enferma de borracha, diciendo «¿qué es lo que he hecho para que me trates con tan poco respeto?».

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*Maritza Ramírez Suárez (1964), profesional de las ciencias sociales, diplomada en Edición y Publicaciones de la Universidad Católica. Ha participado en diversos talleres literarios. En 2013 su cuento Ariel, obtiene el Primer Lugar del Concurso de Cuentos Policiales, organizado por la PDI. También ha sido finalista de Santiago en 100 palabras.

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DE LO QUE SUCEDIÓ CON MARLON BRANDO QUE ROBERTO QUISO OLVIDAR

Por Andrés Videla L.*

El vuelo comercial de Aeropostal, que llevaría al ex cineasta y actual busca tesoros Roberto Oyarzún a Surinam, es cancelado por mal tiempo. Ante esto, la aerolínea traslada a Roberto al Hotel Fígaro para que pase la noche. Hasta acá todo bien, porque pese a que viajaría al día siguiente, nuestro protagonista estaba feliz: jamás se había hospedado en un hotel cinco estrellas. Pero lo que ocurre ahora es mejor. Por esas cosas del destino, a Roberto lo ubican en la misma habitación de Marlon Brando. Y es aquí donde comienza esta historia.

Roberto entra a la habitación y se encuentra con Brando. Disculpe, parece que me equivoqué de habi… Roberto no alcanza a terminar su texto al percatarse que frente a él, está Brando. Sorprendido, vuelve a hablar: Yo a usted lo conozco. Puede ser, responde Brando. Y Roberto añade: Sí, usted es Marlon Brando. Un emocionado Roberto empieza a aplaudir.

Cinco minutos después. Brando le pide a Roberto que deje de aplaudir. Éste se detiene y comienza a hablar. Jamás pensé que llegaría el día en que lo iba a conocer, usted es mi ídolo. Está dentro de los cinco de mi lista de preferidos, el primero para ser exactos. De hecho, me sé todo sobre usted y le podría recitar su filmografía de memoria. Roberto empieza y Brando lo escucha atento.

Diez minutos después. Roberto y Brando conversan como si fuesen viejos amigos. ¿Por qué viajas a Surinam, Roberto? Soy busca tesoros y leí que en Surinam aún quedan tesoros por encontrar, pero esa no es mi verdadera profesión, yo antes fui cineasta. Incluso filmé una película. Se llamaba “Conejos enconejados”, aunque la crítica la despedazó porque había una escena de auto felación. Después de eso, me retiré del cine. Me dolió, sí, pero lo que más me dolió fue no haber sido famoso y tener fans, así como usted. Brando lo mira y le dice: La fama no es tan buena, a veces te hace hacer cosas que no quieres, aunque siempre debes complacer a tus fans. Dicho esto, Brando pidió algo para comer.

Veinte minutos después. Tocan la puerta. Entra el mozo con la comida y dice: Permiso, aquí tienen su… Yo a usted lo conozco. Puede ser, dice Brando. No, no me refiero a usted, sino que a usted, el mozo indica a Roberto. ¿A mí? Sí, usted es Roberto Oyarzún, el de “Conejos enconejados”. Roberto mira sorprendido y el mozo aplaude, emocionado.

Cinco minutos después, Roberto le pide que deje de aplaudir. Éste se detiene y le dice: Su película es una obra maestra, siempre soñé con conocerlo y con pedirle algo. ¿Qué cosa? pregunta Roberto. Que se haga una auto felación, responde el mozo. Se produce un silencio incómodo, hasta que Brando lo rompe al decir: No te preocupes, Roberto, yo lo hago por ti. Brando se acerca a él y mientras le desabrocha el cinturón le dice: Siempre debes complacer a tus fans, Roberto.

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*Andrés Videla Labayru (1983), periodista y máster en guión. Ha trabajado como libretista para varios programas de televisión. Actualmente, forma parte del equipo de guionistas de la teleserie “Chipe Libre” de Canal 13

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LOS PASOS DE LA NEGRA[1]

Por Camila Rioseco H.*

Anoche vi a Carmen después del estreno de la obra que protagoniza, en un bar con varios amigos suyos que no conocía. Llegamos a sentarnos en una mesa del patio donde apenas cabíamos, el lugar estaba repleto, mientras avanzaba la noche iban llegando más personas que se iban sentando en los bordes de la mesa para poder estar con nosotros. No es que la obra vaya a ser un éxito de taquilla, creo, ni que todos hubiéramos estado celebrando el primer gran triunfo de la compañía Caracol, nada de eso, simplemente estábamos esa noche, no sé, gente con mucha necesidad de conversar, de conocer a otros.

No podría decir claramente qué pasó anoche, o mejor dicho, hoy en la madrugada. Por ejemplo, vi a un amigo de Carmen, a Faúndez, el pintor, cantar como Caruso en un instante mientras yo me estaba cayendo debajo de la mesa, porque la Kathy, una de las meseras del lugar, me pinchó con el tenedor y me botó de la silla. No sé si lo que estoy diciendo pueda tener sentido, pero el grito que di con el porrazo coincidió con las primeras notas del tenor Faúndez, yo creo que por eso me vio en el suelo, se acercó cantando y con un puño alzado al cielo me recogió y me sentó en la mesa: “Hola”, le dije, “muchas gracias por pararme”, y no nos separamos más en toda la noche: me presentó a su mujer, una chica parecida a Cecilia, la cantante, muy seria al principio, pero después no se hizo problemas por la amistad que hicimos con el pintor, de hecho, nos enseñó a dar unos pasos de tango.

Antes de que nos echaran del lugar, tratamos de jugar al dudo, pero ya era tarde, o mejor dicho temprano. Todos daban jugo: el Caimán se hacía el gracioso poniéndose los dados en los dientes y los escupía; la gringa se hacía la nadadora en el piso, Félix ensayaba su saque de tenis con otros, la Pilar sacaba un tampax de su cartera y lo usaba como lápiz para anotar los números de teléfono de las personas que había conocido, y varios ya dormían entre los arbustos.

Lo que mejor recuerdo es el silencio y la luz verdosa de la mañana que empezó a atolondrarnos, momento en que uno de los actores de la compañía Caracol nos pidió atención a todos: esa misma noche estábamos invitados al teatro a ver nuevamente “Memorias del último tango”, y durante todas las próximas funciones de la obra. Si llegáramos a volver, dijo, después de terminadas las funciones podríamos ir al mismo bar, “para continuar esta interminable fiesta”. Luego, otro de los actores, el más viejo y robusto, que a esas alturas estaba sin pantalón, se sacó el chicle que estaba masticando, lo pegó debajo de la mesa y se desmayó. Cuando los invitados nos retirábamos, nos despedimos en la calle diciendo palabras de buen trato como: “¿alguien va a Providencia?…un gusto conocerte… chao, que estés bien”.

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*Camila Rioseco H. es periodista y se dedica a hacer talleres y clases de cine en distintas universidades de Santiago. Ha escrito de cine y música en distintos sitios digitales. Su blog es http://ticsblock.wordpress.com

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[1] Este cuento está basado en las andanzas de Marlon Brando en “El último tango en París” (1972).

One Response to HISTORIAS EN 500 PALABRAS. Marlon Brando

  1. The 2011 tournament raised over $5,279, which helped with the purchase of a mechanical, handicappedaccessible door for Mansfield Place.The Davis Health System Foundation provides organizational support for that tournament, plus the lead sponsor is Benefit Assistance Corp.
    dillards formal dress http://www.dillarddresses.com/formal-dresses_c89.html

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