HISTORIAS EN 500 PALABRAS. Cumpleaños

por Revista Sangría

El volumen 7 de “Historias en 500 Palabras” propone escribir un cuento que tenga como pie forzado: que la historia suceda durante un cumpleaños. La trama y el tratamiento del cuento son absolutamente libres. Como siempre, la extensión del texto no debe superar las 500 palabras (sin contar el título).

Presentamos los relatos: “De por qué las llamadas por teléfono devastaron mi adolescencia”, de María Paz Castillo; “Festejo Decisivo”, de Alonso Garay; “A mis 18”, de Irma Acosta y “Payaso”, de Christopher Rosales.

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DE POR QUÉ LAS LLAMADAS POR TELÉFONO

DEVASTARON MI ADOLESCENCIA

Por María Paz Castillo*

Mi mamá tenía una productora de eventos cuando éramos chicos, por lo que para cada cumpleaños, quiso ponerle todo el color del mundo.

A los 5 años por ejemplo, se le ocurrió hacer una fiesta en una casa que parecía un castillo. Y aunque le cargaba todo el temita ese de las princesas, el poder producir un evento con dragones y bufones, le parecía fantástico. Nunca me voy a olvidar cuando aparecieron haciendo malabares con fuego en el patio y se le quemó el pelo a la Noe, esa niña tan bonita que me gustaba. Qué triste para ella quedar así, media chamuscada.

Sin embargo, para los 15 sucedió algo súper marcador. Súper importante para esa época, para alguien de 15 años. Esa edad en que todo parece absoluto y terrible, donde hablarle a la Valentina era algo sumamente trascendental. Porque me daba lo mismo si la Caro me whatsapeaba con caritas y si la Mili me había mandado fotos medias hot el otro día por inbox. Porque la Vale era la que me encantaba, que cada vez que me sonreía a mí como que se me calentaba el ánimo y la ingle, si cuando me rozaba a la altura del antebrazo parecía que me iba a morir.

Así que ese día-el del cumpleaños- me quedé medio dormido con el teléfono en la mano. Y medio dormido me puse a buscar el celular entre mi radio más cercano a la almohada y no lo encontré. Y de repente pillo a mi mamá con el teléfono diciéndome “le contesté a esa niña, estaba sonando hace como una hora”.

 ¿Qué chucha le había dicho mi vieja? Y cuando reaccioné, empecé a llamar de vuelta desesperado. Y a escribir por whatsapp y por facebook. Y vi leídos y doble check y nunca más me contestó.

Y nunca más la vi. No apareció, sus amigas dicen que se la tragó la tierra.

Desde ese día y para siempre, las llamadas por teléfonos se transformaron en un trauma para mí, que no he podido superar. Me ponen nervioso, me incomodan, siempre quiero cortar.

Siempre tenía la sensación de inseguridad y angustia de no saber qué pasó, de sentirme ridículo.

Mi mamá dijo que no le dijo nada, aunque le hice repetir muchas veces, con lujo de detalles qué exactamente habían hablado, sin embargo no pude encontrar en ellas nada demasiado terrible y lo que sí fue horrible era pensar una y otra vez, casi sin parar, todas las conjeturas que podrían dar paso a la verdad: por qué me había llamado ese día y sobre todo, por qué no quería volver a hablar conmigo.

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*María Paz Castillo. Productora de eventos y blogger. Dicen que hace tantas cosas, que jamás alcanza a mencionarlas todas y que es más fácil meterse a su blog para saber en qué está. http://www.mariapazcastillo.com

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FESTEJO DECISIVO

Por Alonso Garay S.*

Nunca he sido devoto de celebrarme, probablemente suena absurdo, pero no encuentro mucho sentido a tener que gastar dinero, invitar gente a tu casa, hacerlas sentir cómodas y además, fingir que la estás pasando bien cuando te preocupan muchas otras situaciones externas que ocurren el día de tu celebración. Hace años que no se me daba la idea de festejar el día de mi nacimiento, pero por convencimientos interesados, me dejé llevar, e incluso me entusiasmé un poco. Realmente el interés no estaba puesto en la fiesta, sino que en ella. No puedo negar que suelo tener pensamientos y sentimientos infantiles que me provocan realizar pruebas estúpidas, para comprobar si ella realmente estaba interesada en mí. El asunto era muy sencillo, si asistía, es porque le interesaba; de no hacerlo, era la prueba de que no sentía nada por mí y esta sería la señal para no seguir perdiendo el tiempo dentro de mis emociones sentimentales. Estaba todo dispuesto, los comensales habían sido notificados y ella, la invitada estrella, estaba confirmada, así que nada podría darse de mala manera, eso me otorgaba una incipiente satisfacción que aumentaría cuando ella cruzase mi puerta. Estaba embobado, hace pocos días que planeaba decirle lo que sentía, porque creía que ella también tenía afectos similares por mí, por lo que su venida a mi fiesta, habría sido la prueba máxima de nuestro amor. De todos modos, aunque no estaba muy interesado por lo que sucedía en mi casa, agradezco a mis amigos que se ocuparon de traer luces, música y prepararon un ambiente distendido para que yo la pasase bien junto a todos los amigos que había invitado. Pasaban los minutos y todos los que habían sido notificados comenzaron a llegar, pero ella, todavía no hacía su aparición. Me decía a mí mismo… tranquilo, ya llegará, sabes cómo son las mujeres y les gusta hacerse esperar, o tan bien acunaba la idea de que quería sorprenderme con algo especial. Las horas fueron transcurriendo y por más que me mostraba radiante y feliz por todos los chistes que contaban mis amigos, o por los bailes exóticos y candentes realizados por las primeras borrachas de la fiesta, seguía esperándola. La opción de que ella no estuviese conmigo ese día no estaba dada, me negaba a creer que no viniera. Por más que miraba a cada rato mi celular creyendo que por último, tendría un mensaje de excusa que haría que comprendiera porque en ese momento no estaba a mi lado, solo este me servía para darme cuenta que los minutos avanzaban con rapidez y que ella no llegaría. No estaría para mí y sería el fin de lo que sentía, puesto que mi corazón deseaba celebrar con ella la alegría de un nuevo año en que moriría todo lo malo e iniciaría una nueva vida. No me juzguen por lo apresurado de mi decisión, son solo pruebas que coloco para comprobar cuán importante soy para los demás y convencerme de lo que siento por las personas.

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* Alonso Garay Silva, estudiante de pedagogía en castellano de la Universidad Católica Silva Henríquez. Diplomado en cultura de la información, sociedad y comunicación digital de la Universidad de Santiago. Gestor editorial de la Revista ES! (www.educacionysociedad.org). Escribe en www.alonsogaray.cl

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A MIS 18

Por Irma Acosta M.*

Luis abrió los ojos. Le dolía la cabeza. Se dio cuenta que estaba inmovilizado, sus manos estaban atadas a las patas de un rústico horno industrial. A su lado estaba su mochila entreabierta y de su interior caía un pedazo de pastel aplastado.

Cuando levantó la mirada se encontró con los furiosos ojos de Don Eugenio, el viejo panadero del barrio, que en ese momento hablaba por teléfono con las autoridades: decía que sorprendió a un chiquillo flacucho robando en su panadería…pero logró retenerlo.

Al colgar, Luis reclamó a Don Eugenio el doloroso golpe que le había propinado en la cabeza, pero luego pensó que ese no era el tema en cuestión. En su defensa dijo que sólo había tomado un pastel…y algunas galletas. Que por favor lo liberara. Pero el orgulloso Eugenio dijo que tendría que explicarle eso a la policía que ya estaba en camino.

Después de infructuosos intentos por soltarse, Luis se armó de valor: dijo que de nada serviría entregarlo a la policía, pues siendo menor de edad lo soltarían con rapidez. En respuesta, Don Eugenio apretó con más severidad sus manos y como era su costumbre, aprovechó para sermonearlo: “Yo perfeccioné mi oficio siendo más joven que tú, uno tiene que trabajar para ganarse el pan”.  Luis se atrevió a levantar un poco la voz: “Yo trabajaba en la fonda de doña Lupe… ¡hasta que me echó para contratar a su sobrino!…desde entonces no he encontrado nada”.

Don Eugenio comentó que él surtía de pan esa fonda y no recordaba haberlo visto antes. Luis respondió que estaba equivocado, el que surtía pan ahí era el buen Arnoldo, un jovencito de su edad. Don Eugenio pareció interesado por primera vez, confesó entonces que Arnoldo era su hijo pero que se equivocaba con respecto a su edad, Arnoldo tendría 18 años y él alegaba ser menor.

Habiéndose esclarecido un vínculo entre ellos a Luis no le quedó más remedio que confesar que a estas alturas de la madrugada probablemente él también tendría la mayoría de edad: justo ese día cumplía 18 y habiendo perdido el trabajo, le había parecido fácil tomar “prestado” un pastelito para no dejar de festejar su cumpleaños en compañía de su madre y de su novia.

Don Eugenio no pudo sino sonreír ante tal descaro. Luis, queriendo cambiar el tema, comentó que hace tiempo que no sabía de Arnoldo. Don Eugenio, mucho más calmo, se acercó a desatarlo y con expresión triste dijo que hacía meses había dejado la panadería persiguiendo su sueño de convertirse en músico. Luis sólo atinó a preguntar:-¿Entonces el puesto de Arnoldo está vacante?

Eugenio rió y le dijo que se fuera antes de que llegara la policía pero antes le entregó un delantal: empezaría a trabajar desde el lunes. Además le dio un pastel nuevo como adelanto. Luis agradeció y salió corriendo dejando atrás ese extraño encuentro. A sus espaldas escuchó las sabias palabras  de Don Eugenio: “Pa ́ todos hay con tal de que no arrebaten…”

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* Irma Acosta Montiel (1983), mexicana, amante del cine, comunicóloga y máster en guión. Ha trabajado en periodismo, gestión cultural, producción y guión. Actualmente, forma parte del equipo de guionistas de la serie “La Alcaldesa” en la productora Palta Films.

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PAYASO

Por Christopher Rosales T.*

El tipo era un pervertido. Trabajaba de payaso en cumpleaños para estar más cerca de los niños. Es lo mismo que hacen los profesores de básica. No hay otra razón para incursionar en estas áreas. Vocación. Nada. Imaginar las bocas de imberbes abrazando sus miembros o repitiendo hasta confundir el sonido con el silencio de la pieza del acto, que se detenga. Alto. No más. A él le gustaban las niñas en todo caso. Las impúberes rubias de entre ocho y diez años que representan doce. Como mi hija. Un tipo que se dedica a ser payaso, que no se la puede con una mujer de verdad, que se conforma con tocar sus cinturitas a la hora de las fotos, con rozar sus piernas y nalgas cuando se sientan en las suyas al jugar al titiritero. Era un tipo despreciable y merecía lo que le pasó. Merecía la muerte. Su computador estaría lleno de pornografía teenager. Su historial no dejaría letra libre del vaticinio NSFW. Grooming de noche. Usa Tor, entra a la deepweb, se mete a foros de cebollachan. Pide CP. Se siente sucio en veces. Luego —al instante siguiente de vaciar la papelera con el contenido CP recién descargado— se repite a sí mismo que no tiene de qué avergonzarse: se enorgullece de ser quién es, piensa en prender una vela celeste en la puerta de su casa, pero teme; recuerda que está solo y que el eco rebota en su diminuta pieza de payaso o profesor o catequista o poeta que vive de sus talleres literarios alternativos-punk-hipster. Escoria. Pervertido penoso, degenerado al que no importa denigrarse con tal de conseguir una caricia, una selfie, una mostradita de hombro. Algo. Por eso este payaso merecía esto. Por eso me lo eché. Yo cazo degenerados como éste. Es el cumpleaños de mi hija y lo contraté para eso. Para matarlo a patadas. Para molerlo a palos. Para ponerle corriente en los cocos una y otra vez con este artefacto comprado en el persa Bio-Bio. Con mi hija no, culiao. Porque todos los payasos, malabaristas, magos, animadores de cumpleaños son eso: groomings, pedófilos, efebófilos, pervertidos. Y yo cada cumpleaños haré lo mismo. Cada cumpleaños un hueón caerá y pagará por ser quien es. Le cortaré la tula con un corvo. Luego lo dejaré encerrado con una pistola y una bala. Marcaré uno por uno los avisos de El Rastro y a todos les haré lo mismo. Se mearán como este payaso por la corriente. Se cagarán antes de morir. Mi hija crecerá sin nadie que quiera ensuciar su cándido pensamiento. No hablaremos de sexo hasta pasados los quince. No pololeará con nadie hasta que tenga dieciocho. No se quedará en casa ajena jamás. Mientras viva bajo mi techo no irá a fiesta alguna. No, señor. Los padres son los primeros culpables del evidente degeneramiento de este mundo. Hay que limpiar este país de perturbados culiaos como él. Tirar sus restos por partes, dejar que se los coman los perros.

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*Christopher Rosales Tognarelli (1989). Técnico en telecomunicaciones, Licenciado en literatura, profesor de lenguaje y mago. Autor de un libro de poesía publicado el 2008. Ganador del concurso Cuenta Providencia 2014. Algunos de sus escritos pueden encontrarse en coolguysdontlookatexplosions.weebly.com

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