HISTORIAS EN 500 PALABRAS. Una canción de The Beatles

por Revista Sangría

El volumen 6 de “Historias en 500 Palabras” propone escribir un cuento que tenga como pie forzado, que la historia gire en torno a una canción de The Beatles, sea cual sea, pero no como un mero elemento decorativo, sino que como parte de la trama del relato. Por lo tanto, el tema del cuento es absolutamente libre, salvo por este detalle musical y por la extensión del texto, que como siempre, no debe superar las 500 palabras (sin contar el título).

Presentamos los relatos:

“Ella se fue”, de Marcelo Morales

“De cantante no la hacía y de Don Juan tampoco”, de Irma Acosta

“A pata pelá”, de Mario Guajardo

“Fresas”, de Ignasi Busqueta

“Come Together”, de Jaime Hidalgo

“365 días después”, de Andrés Videla

“Simplemente estoy durmiendo”, de Paloma Amaya.

 

ELLA SE FUE

Por Marcelo Morales Cortés*

El primer CD de los Beatles que tuve fue el Sgt. Pepper. Tenía 15 años y recuerdo que le di una copia al Ñato, mi mejor amigo.

Es curioso, pero mientras todos asocian su adolescencia con Nirvana, los Cadillacs, o qué sé yo, para nosotros las canciones de los Beatles fueron las que adornaron esos años. Para el Ñato sobre todo.

La Silvia por entonces le regaló una polera estampada con la portada del disco. Era bien ahí no más el estampado, pero él la usó mucho, hasta que se encogió por una mal lavada. Pero para el Ñato no había mejor polera, ni tampoco otra que tuviera tantas historias. Como cuando por primera vez fueron a un motel y quedó loco cuando ella se puso la polera sin sostenes y se montó sobre él. Hasta hoy tenía sueños eróticos con esa imagen.

O el día en que ella lo pateó. Sí, el Ñato iba con la polera debajo del chaleco.

Hoy mismo se acordaba de eso y lo conversamos, porque sapeando por facebook vio que ella tenía una foto con una polera con la portada del disco. Igualita.

“La marqué hueón, viste”, me dijo. Y eso qué Ñato, si ya pasaron 15 años y hasta está casada. Ya me sé de memoria que la lloraste todo ese día, que caminaste no sé cuántas cuadras con los ojos nublados. Y seguís con la misma.

“Bueno, algo quedó”. No seai cursi hueón.

Me puse cruel, tomé el viejo CD del Sgt. Pepper y lo puse. No dijo nada. Al final, era medio lógico hacerlo. La filuda guitarra de la primera pista se abrió paso.

Y ya que estábamos en eso, no quedaba otra que seguir, con una copa en la mano, acordándose de esos días donde nos la rebuscábamos para conseguir los discos y hacíamos cosas ridículas, como ir a la Feria del disco y pedir ver el Album Blanco sólo para anotar los nombres de las 30 canciones que venían en los dos cassettes que el viejo de las fotocopias nos había grabado, todo por la módica suma de 500 pesos. O, lo peor: ir a esas juntas de la llamada “Comunidad Beatle”, donde se debatía hasta quien de los cuatro cagaba más hediondo. Si incluso escribimos para unos boletines.

De fondo el CD llega a la sexta pista: She’s Leaving Home, donde las voces de John y Paul se cruzan encarnando a una joven que se va de casa y a sus padres que no entienden de su huida. Cuando la escuchamos por primera vez, también en mi casa, nos pareció de otro planeta.

Hay un silencio y el Ñato tiene la mirada perdida. Parecemos unos viejos, le digo. Nuestros recuerdos se asocian a canciones que nos doblan en edad.

El Ñato no dice nada. Sigue en otro lado. La canción acaba y la voz de Lennon susurra “bye, bye”.

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*Marcelo Morales Cortés (Santiago, 1981), es periodista, crítico e investigador de cine. Ha trabajado para el diario La Tercera, Radio U. de Chile y es creador del sitio Cinechile.cl, la mayor enciclopedia de cine chileno.

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DE CANTANTE NO LA HACÍA Y DE DON JUAN TAMPOCO

Por Irma Acosta Montiel*

Todo comenzó cuando estaba chiquillo y me enamoré de Marthita, una muchacha que vivía cerca de mi casa. -Dijo el viejo Eusebio, al joven reportero que lo apuntaba con la grabadora- Usté sabe cómo son las mujeres, ella siempre llevaba joyas de fantasía, pero un día me pidió que le consiguiera de las finas, y pos yo solo tenía algunas moneditas que me aventaba la gente cuando cantaba afuera del metro…

Eusebio se acercó al reportero y prosiguió: Dicen mis amigos que cantaba desafinado, pero eso sí: con mucho sentimiento.

¿Y consiguió las joyas? preguntó el reportero retomando el camino de la entrevista. Eusebio afirmó con la cabeza: A duras penas y con un poquito de ayuda de mis amigos, de los más experimentados. De todos modos, el esfuerzo no sirvió de nada porque una vez que las tuve, me enteré que la Martha ya andaba saliendo con otro.  Pero por ahí dicen que no solo de amor vive el hombre y mis compas me aconsejaron que las revendiera, así que dejé de chillar por ella y al final no me fue nada mal.

-¿Y así se le hizo costumbre?

Mire, recuerdo que un buen amigo me dijo: “si no te compones de esto, entonces tienes que ser el mejor” y pos elegí convertirme en el mejor. Al fin y al cabo de cantante no la hacía y de Don Juan tampoco.

-¿Entonces se siente satisfecho en su trayectoria como ratero?

Como ladrón, jovencito. Debe usté saber que en mi juventud ser ladrón era un oficio, que digo oficio, era un arte. Y pos ahora que lo dice, sí.  Sí me siento satisfecho hasta cierto punto porque pocos colegas del gremio han llegado a hacer lo que nosotros, ¿verdad?

-Es sabido que su banda se especializó en el robo a casas habitación…

Le vuelvo a aclarar que no era banda ni pandilla, era un equipo: el Pancho se encargaba de echar ojo a las casas de los más ricachones. Una vez que seleccionaba una, el Trenzas hacía el dibujo de la fachada pa saber por dónde entrar. Y ya que teníamos todo bien estudiado, yo entraba en acción: me escurría  dentro de la casa mientras el Wicho vigilaba por fuera, pendiente de que nadien nos viera. Y así como equipo fuimos perfeccionando la técnica.

-¿Así perpetuaron el robo en la casa del presidente García de Quevedo en los años 60s?

-Así mero, pero ni crea que sabíamos que era su casa, ya luego nos enteramos por las noticias. Ha sido nuestra más grande hazaña, junto con la casa de la diva del cine, la Delia Montenegro.

-¿Y qué opina su familia? Ellos nunca apoyaron mucho mi oficio, pero eso sí: me aceptaban todos los regalitos que les daba. Los que nunca me dieron la espalda fueron mis amigos.

-¿Los de su equipo?

Así es, sin su apoyo no hubiera llegado hasta donde llegué.

-Pero ahora está en la cárcel.

-Bueno… pero mañana, con un poquito de su ayuda, quién sabe.

Basado en la canción A Little Help From My Friends de Los Beatles y las hazañas del criminal mexicano “El Carrizos”.

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*Irma Acosta Montiel (1983), mexicana, amante del cine, comunicóloga y máster en guión. Ha trabajado en periodismo, gestión cultural, producción y guión. Actualmente, forma parte del equipo de guionistas de la serie “La Alcaldesa” en la productora Palta Films.

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A PATA PELÁ

Por Mario Guajardo*

En el último disco incluí la canción El flaco del auto negro. Habla de estar a la sombra y en segundo plano, pero también del cariño por lo que no fue y pudo ser. El tema cuenta la historia de un tipo obsesionado con los Beatles y a quien le gusta “culiar”, pero “enamorado, con los pies descalzos”. Cuando recién partíamos, Pablo se enamoró e insistió en que teníamos que sacarla. Apenas habíamos formado la banda y no teníamos repertorio ni para ensayar, pero él quería, necesitaba tocar I want you, la favorita de la mina. Esa tiene que ser nuestra primera canción, decía. La verdad es que nunca pudimos sacarla bien, pero sí la sacamos a nuestro modo. Le dimos el sello crudo, agresivo y lóbrego de la banda, ese que después los periodistas encontrarían hasta en nuestros peos, como me dijo Pablo la última vez que lo vi. Tocamos I want you en varios festivales. Recorrimos todo Santiago, liceos de número y colegios de nombre santo. Constantemente agregábamos más canciones al repertorio pero con esa cerrábamos y gustábamos.

Pablo contaba, de vez en cuando, el mismo chiste: según él, si nos hicieran una foto estilo Abbey Road, yo tendría el cigarro en la mano y los pies descalzos, mientras él caminaría de traje blanco, con la manos dentro de los bolsillos de la chaqueta y zapatos blancos con tacones. Yo le respondía que muy bien si le gustaba vestirse de novia, no había problemas, los de la banda éramos muy abiertos de mente. Pero un día me agarró de malas. Dijo su chiste y le pregunté qué quería decir en realidad. Si tienes algo que decir, puta dilo, le dije, cuál es la verdad detrás del chiste. Abrió los ojos fingiendo sorpresa y dijo que nada, por qué reaccionas de ese modo, no le des color. De pronto entendí todo; recibí como un golpe todo el menosprecio y la soberbia. Pero claro, dije, ahora te cacho, tú eres John; a todos los charlatanes les encanta John. Los demás miraban y me avergoncé. Nadie reía. No éramos tan buenos- nunca lo hemos sido- para jugar a Lennon y McCartney.

-A pata pelá.

-¿Cómo?

-Es muy maraco eso de pies descalzos; prefiero a pata pelá.

Desde ese momento en cada ensayo, en cada concierto toqué así, a pata pelá. Era mi marca. Pablo nunca me lo perdonó. En esos tiempos cualquier cosa parecida a la seriedad, la elegancia o la formalidad eran un crimen y yo se lo hice pagar. Al poco tiempo nos dejó, aunque prefirió decir que lo habíamos echado. Formó su propia banda, le va bien. Nos va bien, a decir verdad, porque un periodista insistió en compararnos, en decir que cada gesto de Pablo y su banda eran una pequeña venganza en contra nuestra y de ahí en adelante todos lo repitieron. Yo mismo lo creo así de vez en cuando.

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*Mario Guajardo Vergara (1985). Magíster en Literatura, se desempeña como profesor de enseñanza media en Estación Central. Publicó “Y aquí me voy a quedar”: el paradigma del loco en la narrativa de Roberto Bolaño (2013) y actualmente prepara un volumen de relatos titulado “Las armas que no disparamos”.

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FRESAS foto Beatles para Volumen 6, 500 PALABRAS

Por Ignasi Busqueta*

Andaban con el cansancio pegado en los ojos. Parecía que el tiempo se hubiese detenido en medio de la autopista. Por delante suyo, como si nada hablase de la realidad, vislumbraban el horizonte, el cielo azul eléctrico dando permiso a los rayos rojo fresa del sol, cautelosos en su retirada.

La furgoneta avanzaba cómo si origen y destino tuviesen algo de parecido entre ellos y de repente dijesen: “Si ahora estamos de acuerdo”. Y ser alguien, para Diego y Roberto, así sin más, pudiese ser más fácil. Y ya todo se habría resuelto. No importaría mucho. Diego pensaba en decirle a su mujer que le cuidaría siempre, que aunque su amor se estuviese apagando, él la seguiría queriendo. Roberto, el conductor, en silencio, se discutía dentro de sí. Sabía que no había tiempo que perder y que incluso el hoyo menos profundo no es mezquino para la vida.

Caía la llovizna enfrente del cristal y Diego fijaba su mirada en el verde de los árboles del costado de la carretera, dispersos en los campos. Un bello intento de armonizar la vida real en su mirada, aun sabiendo que jamás lo conseguiría, que no se puede escapar del sueño. Diego volvió la mirada hacia Roberto y le dijo: me voy hacer un cigarrito,  quieres uno para ti?

Roberto asintió con la cabeza, y Diego, buscando la comodidad, cruzó una pierna, sacó el tabaco de su bolsillo y se puso a liar un par de cigarrillos con el arte de un ángel caído. Los dos se pusieron a fumar. Bajaron las ventanillas. El fresco aire atravesó la furgoneta. Sacaron los codos hacia fuera y Diego prendió la radio. Subió el volumen y empezó a llegar a sus oídos “Strawberry Fields Forever” de los Beatles. Y la canción que avanzaba en sus oídos, pasados dos minutos se sumergió en recuerdo… Ellos dos escuchando la misma canción, cinco horas antes, en el instante justo del accidente. El frenesí en sus gargantas, el erotismo de la fuerza de la gravedad empujando sus cabezas contra el cristal invitando a la última gran posibilidad de la vida: la muerte.

Roberto tiró la ceniza del cigarrillo e inhaló de nuevo, giro levemente la mirada hacia Diego y afirmó: que buenos eran los Beatles.

Diego sin mirarle le acompaño: sin duda.

La canción siguió sonando en la radio. Sus cigarrillos se fueron consumiendo al tiempo que Strawberry Fields llenaba con su belleza el poco tiempo que le quedaba al sol.

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*Ignasi Busqueta (Lleida, España1983). Licenciado en Filosofía y con estudios de actor de teatro. Creador de espectáculos cortos en teatro de calle.

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COME TOGETHER

Por Jaime Hidalgo Maldonado*

‹‹En la piscina. En el segundo recreo.

Ahí nos vemos.››

Esas palabras siempre producían una descarga enorme de adrenalina, pero si venían de boca de Luis eran cosa seria. Luis era el grande del curso, el más duro, el mejor puñete.

A esa edad, puedes pelearte porque sí, solamente para demostrar que sí puedes y no tienes miedo, para defender a tu enamorada o a tus hermanos o a tu equipo de fútbol, pero no es tan común que te agarres a golpes por defender a tus músicos preferidos.

Bernardo era fan de los Stones, enamorado de la elegancia de Charlie para tocar. Entonces no tenía muchos elogios para Ringo, y de las pocas canciones que había escuchado de los Fab Four, odiaba el martilleo de Yellow Submarine. Odiaba esa canción. Y odiaba a Ringo.

Por eso, no midió sus palabras cuando se refirió a Ringo, y sus palabras llegaron al extremo del aula. Y en el extremo estaba Luis, quien sin decir nada, clavó su mirada mientras caminaba hacia él, abriéndose paso entre sus compañeros como un silencioso tornado.

‹‹En la piscina.››

Luis era un verdadero coleccionista de música y para mala suerte de Bernardo, sus héroes eran Paul, John, George, y por supuesto, Ringo, a quien le tenía un afecto especial. Luis no era mala persona, para nada, pero se había ganado su reputación con las manos.

‹‹En el segundo recreo.››

No faltó mucho para que medio colegio, enterado de lo que iba a pasar, los acompañara subiendo la escalinata que llegaba a las canchas y de ahí a la piscina abandonada. Con cada paso que daban, Berna sentía que una fuerza inexplicable llenaba sus músculos, lo hacía más y más fuerte, indestructible.

‹‹Ahí nos vemos.››

Luis no se hizo esperar, llegó segundos después, junto a una multitud que daba las más descabelladas versiones del origen de la pelea, y que mientras más absurdas eran, más reales parecían. Sin presentaciones ni palabras de por medio, se encontraron frente a frente, rodeados por risas y gritos de aliento.

Sin esperar un solo segundo, la descomunal fuerza que había reunido Berna se enfrentó a la realidad y a unos pocos golpes certeros (y bastante caritativos) de Luis. Un nuevo récord.

De regreso a casa, Berna se convencía a si mismo con argumentos imposibles de rebatir, que demostraban contundentemente que Ringo no sabía tocar la batería, argumentos que habrían evitado una pelea y el llegar con la camisa sucia y con una oreja izquierda inclinada más hacia la derecha.

Al llegar, encendió la radio, y no pasaron más de tres canciones, cuando casualmente y por primera vez, escuchó ‹‹Come Together››.

Entonces rió con ganas y pensó que sí, que tenía más que merecida esa paliza.

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*Jaime Hidalgo Maldonado nació en 1973. Ha realizado montajes escenográficos y utilería para cine y teatro. Actualmente está dedicado al diseño editorial y a la ilustración, y en su tiempo libre se dedica a escribir y preparar proyectos personales.

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365 DÍAS DESPUÉS

Por Andrés Videla*

Me compró en la zona poniente de la ciudad. Me trajo a su departamento que quedaba pasada la línea del tren. Era un lugar lúgubre, húmedo y poco acogedor. Él dormía en su habitación. Yo en el living. Extraña vez salía del departamento. Lo hacía para ir a comprar comida chatarra, tabaco y alcohol. Luego se encerraba y empezaba a beber. Al rato hablaba sólo y decía Help, you know i need someone, help, reiteradas veces.

Los días pasaron. Cada vez bebía más. Y cada vez se acercaba más a mí. Hasta que la noche del seis de diciembre me tocó por primera vez. Estaba ebrio. Se paró frente a mí, me miró fijamente y empezó a manosearme, mientras me decía Help me get my feet back on the ground reiteradas veces. Luego se sentó y yo quedé sobre sus piernas. Me volvió a mirar fijamente y me dijo Won’t you please, please help me?

Al día siguiente, hizo su maleta. Echo las cosas básicas: ropa interior, una colonia y un cepillo de dientes. Luego me tomó bruscamente y salimos a eso del medio día del departamento. Esa noche la pasamos en otra ciudad. En un hotel. Dormimos separados. Él en la habitación y yo en el living. A la mañana siguiente, despertó más temprano de lo habitual. Se notaba ansioso y no dejaba de leer un libro. Luego bebió. Bebió hasta acabar con la botella. Y se acercó a mí.  Me miró fijamente y me cogió. Sentí sus manos sudadas y temblorosas. Esta vez fue brusco. No me dijo nada y de un momento a otro dejé de verlo. Todo se fue a negro. Al rato después, sentí que salíamos de la habitación.

Durante el trayecto, sólo se limitó a repetir Help me if you can, I’m feeling down. De pronto, detuvo el motor. Pasó media hora en absoluto silencio, hasta que se bajó del auto. Yo iba a su lado. Aunque seguía viendo todo negro. Dos personas lo saludaron. Un segundo después, se produjo un sonido ensordecedor. De ahí en más mis recuerdos son confusos. Sólo sentía calor, mucho calor. Gritos, muchos gritos y la sensación de que algo malo había pasado.

365 días después. Me encuentro sola. Tengo la sensación de estar como en vitrina. He escuchado varias veces una canción llamada Help durante la mañana. Curiosamente, su letra coincide con las frases que me decía aquel tipo del departamento lúgubre, húmedo y poco acogedor que nunca más volví a ver. A este lugar me trajeron hace un par de días.  Hoy lo inauguraron. Desde acá, veo entrar a muchas personas que se pasean por el lugar, como el niño que viene hacia mí ahora. Es un niño con su padre. Están parados frente a mí. Me siento incómoda. No dejan de mirarme. Parece que el niño va a hablar. Papá ¿Y esta bala?… Esa fue la bala con la que mataron a John Lennon, hijo.

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*Andrés Videla Labayru (1983), periodista y máster en guión. Ha trabajado como libretista para varios programas de televisión. Actualmente, forma parte del equipo de guionistas de la teleserie Chipe Libre de Canal 13.

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SIMPLEMENTE ESTOY DURMIENDO

Por Paloma Amaya*

La primera vez que fuimos juntos al persa llevábamos dos semanas saliendo. Nos tomábamos fotos cómo si fuéramos turistas enamorados. Un par de idiotas que se reían todo el tiempo, indiferentes a cualquier cosa que pasara fuera de nuestra burbuja de amor. Todo asombraba, todo era interesante y ambos nos creíamos mejores personas por eso.

De esa primera ida al persa habían pasado dos años. Era medio día y caminábamos sin hablar ambos con una caña infernal de la noche anterior. Javier estaba obsesionado con tener toda la discografía de los Beatles en cd.

-¿Y por qué no en vinilo?- le pregunté

-Los quiero en cd para escucharlos en el auto…te he dicho  esto como tres veces.

En su trabajo le había empezado a ir bien pero yo sentía que siempre estaba enojado conmigo. Lo ascendieron a supervisor en medio año. Siempre se compraba cosas y se había metido en la compra del auto con ayuda de su papá

-Quiero el “Revolver”- le escuché decir.

Camino a su casa escuchamos el disco. De pronto sonó “I’m only sleeping” Una canción “muy sobre nosotros” según él. Yo no lo creí así pero asentí sonriendo. Muchas veces hablábamos de que si terminábamos, íbamos a recordarnos cada vez que sonara un tema de ellos y eso me enfermaba, porque los Beatles sonarán siempre en todos lados. Además los amigos de su banda me habían puesto “Yoko” de cariño.

Llegamos y el corrió a buscar su guitarra. Estuvimos toda la tarde cantando el tema. En la noche hicimos el amor con el disco de fondo, y al otro día fuimos a trabajar sin hablar mucho de nada.

A meses de terminar nos juntamos en un bar. No creo que nos amáramos en ese momento. Ni antes. Pero siempre nos necesitamos mucho. Y ahí estábamos, dos personas que siempre trabajaron en cosas que odiaban, con miedo al fracaso y a crecer sintiendo que no se merecían nada bueno de la vida hasta que se encontraron y por un tiempo creyeron que se merecían el uno al otro.

Hablamos pero había muchos silencios entre medio y pocas ganas de mirarnos, como si eso nos llevara a un lugar sin retorno. Las personas que se hieren tantos años estando juntos huelen el peligro inminente en la presencia del otro. Pedimos la cuenta cuando de pronto empezó a sonar de fondo “I’m only sleeping”, al fin nos miramos y soltamos una carcajada seguida de mucha ternura. Pero segundos después su cara se deformó y se puso a llorar tapándose con las manos. Y yo ahí recién entendí que la letra si era muy de nosotros. Algo contradictorio que sentimos siempre estando juntos. Esa soledad infernal…bostezos, tedio vestido de una hermosa melodía. Besos desesperados en mañanas desesperadas, huérfanos de no sé qué.

Le di un beso en la cabeza y me fui del bar llorando también.

“Please don’t wake me, no, don’t shake me, Leave me where I am, I’m only sleeping…”  Nunca más nos volvimos a ver.

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*Paloma Amaya es actriz y dramaturga, egresada del Instituto Profesional Duoc UC. Actualmente cursa un postítulo en arte con mención en ilustración. En 2008 obtuvo el 1º lugar en el concurso “Santiago en 100 palabras”. En 2013 colaboró con un cuento incluido en el segundo disco del artista nacional “Cordero Lobo”

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