CRÍTICA. Joven y bonita

por Piero Saavedra

Jeune et jolieHay muchas razones para perderse en la interpretación de Joven y bonita, la nueva película del prolífico François Ozon, cineasta que filma, alternando entre dramas y comedias, a razón de una película por año. En ciertos momentos aparenta ser una fábula más sobre la inocencia perdida, y en otros, en cambio, pareciera amoldarse al melodrama de verdades ocultas. Pero no. Este es el Ozon inconfundible, siempre más complejo de lo que los prejuicios dejan apreciar, que sólo varía los énfasis de sus temas.

Esta es la historia de Isabelle, una adolescente de 17 años la burguesía urbana francesa. El relato está dividido en cuatro capítulos, coincidentes con las cuatro estaciones; comienza en verano -vacaciones familiares-, continúa en otoño -estudios universitarios-, y así por delante, hasta completar una circularidad. Durante la primera mitad del metraje, Isabelle vive con frigidez el primer encuentro sexual; luego, bajo una falsa identidad, se enreda en la prostitución; y más tarde, después de ver morir en la cama a un hombre mayor, es descubierta por sus padres y enviada a tratamiento clínico.

En el medio está el crudo invierno: el mayor número de escenas de sexo visto en una cinta del director francés. Y, sin embargo, el erotismo no es el centro. Joven y bonita cumple con la regla general del buen cine, que siempre establece un doble vínculo con el espectador. Por encima, en la superficie, le muestra una cosa, y en el fondo, a sotto voce, le habla de otra. En la figura de Isabelle se combinan dosis de buen gusto y perversidad, de transparencia y simulación, en un equilibrio que hace difíciles los juicios morales.

Hay una cierta similitud entre la doble vida de Isabelle y la de Severine, el personaje de Catherine Deneuve en Belle de jour, de Luis Buñuel. Pero Ozon no es Buñuel. Está más próximo a Chabrol y Hitchcock, que hurgan en la sofisticación del mal y no en el esperpento. Como Marie (Bajo la arena), la escritora Sarah (La piscina), Marion (5×2, vida en pareja) y el profesor flaubertiano Germain (En la casa), Isabelle sigue el trayecto del sujeto posmoderno: empujado por fuerzas extrañas, se interna por caminos desconocidos creyendo controlar las cosas, hasta que una cadena de sucesos -en este caso siniestros, no monstruosos- hace estallar su conciencia.

Uno de esos instantes (si no ha visto la película, es mejor que lea esto después) es el diálogo final entre Isabelle y Alice (Charlotte Rampling), la viuda del hombre fallecido. Para la muchacha, Alice representará la transitoriedad de la juventud, la finitud de la belleza, el reflejo de su identidad y, al mismo tiempo, la ventana que muestra el futuro: la vejez y la muerte. Que sea en ese encuentro donde ella esclarezca su situación, y no en sesiones de sicoanálisis, confirma una vez más que el lenguaje cinematográfico comienza donde termina esa técnica científica. De modo que la terapia se sostiene en el plano detalle, en el corte prolijo, en el encuadre insidioso de la cámara que capta torsiones inextricables.

Joven y bonita trata de la seducción del mal y lo prohibido. Es una indagación en el deseo, conducida, no hacia los abismos del sexo, sino a los de la muerte. Para filmar la caída, Ozon elige un foco ambiguo y distante, aunque a menudo también explora motivaciones interiores. De esta forma, reafirma un sitial de prestigio en el cine galo actual, que comparte junto a Claire Denis, Olivier Assayas, Bruno Dumont y Jacques Audiard.

JEUNE ET JOLIE Dirección: François Ozon Con: Marine Vacth, Géraldine Pailhas, Frédéric Pierrot,  Charlotte Rampling, Johan Leysen. 95 minutos.

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