HISTORIAS EN 500 PALABRAS. Catherine Deneuve

por Revista Sangría

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El tema del volumen 5 de “Historias en 500 Palabras” está centrado en un ícono del cine y la cultura del siglo XX, la actriz francesa Catherine Deneuve, por lo que el pie forzado invita a escribir un cuento que tenga relación con ella, desde cualquier punto de vista y en la más absoluta libertad de estilo. La regla, como siempre, es que no debe superar las 500 palabras (sin contar el título). El resultado de este volumen pretende ser el homenaje chileno a esta grande del cine mundial, que como cuenta la leyenda suburbana, no quedó muy contenta cuando la entrevistó el Kike Morandé en el programa de TV, “Martes 13”, en su única visita a Chile, a mediados de los noventa.

Presentamos los relatos: “Oro Falso”, de Guillermo Castro Martens; “Domingo”, de Paloma Amaya; “La otra Deneuve”, de Cristián Rau Parot; “Arco de Triunfo”, de María Aparicio y “Amar y odiar en el metro”, de Víctor Hugo Ortega C.

ORO FALSO

Por Guillermo Castro Martens*

Capaz sea yo uno de los pocos chilenos en estar tan cerca de Catherine Deneuve. Y no diré que todo fue solo un sueño. Fui un guionista novato de spots publicitarios en los 80´ que cierto día piñizcó el cielo ganando un viaje al Festival Publicitario de Cannes. Los publicistas también lamen su ego con leones de falso oro. Voy a desayunar al majestuoso Hôtel Martinez y con tanto lujo me pierdo. Intento por un pasillo y llego a la cocina. Sigo a un mozo, abre una puerta, entro tras él y abracadabra, estoy en un barcito privado: poca gente, mucho mozo elegante y el inconfundible sonido de una coctelera.

Y exactamente ahí,  f r e n t e  a  m í, Catherine Deneuve, sentada sola a una mesa, con una copa de champagne y ese icónico pelo como dorado marco de una obra de arte. La luz me recuerda la fotografía de Almendros en “Una noche con Maud”. Ahora o nunca. Y agradeciendo mis años en la Alliance me siento a su lado: …los dioses del Olimpo me enviaron para decirte que eres la mujer más hermosa del planeta cine, he visto todas tus películas y morí por ti como bella prostituta en Belle de Jour. Y agrego una frase del guión original para terminar de sorprenderla: “Amo más a mi marido trabajando en un burdel”. Me observa y en baja voz dice: palabras… palabras… la gente va al cine a ver imágenes… pero tú no eres francés, me interroga: ¿qué nación te parió? Ehhh… España digo, renegando inmisericordemente de mi pobre país: Barcelona, agrego. Lanza una sonrisa y en un castellano aceptable dice: ahh, la capital de la joda; viví algunos años ahí… no tienes un porrito? Se ríe con demasía para ser ella. Pero… digo. Pero nada, que va, no soy la Deneuve que crees, pero fui su doble, y eso, créeme, es más que ser ella misma, joder: doble de cuerpo en mil escenas, especialmente las más fogosas, fui su doble en la vida real también, asistiendo a fiestas y eventos sin que nadie se diera cuenta: yo era la de verdad; ella siempre fue un hielo, rígida, histérica. No aceptaba que nadie la tocara, si hasta me pedía que saliera yo con sus amantes. ¡Y la muy bruja no sabía que ellos también me preferían! Y con un aire coqueto que la Deneuve nunca tuvo me pregunta: entonces dime españolito ¿cuál es para ti la estrella de verdad, ella o yo? Me cuesta articular palabra: pienso que, digo, este… Ella levanta su copa me dice: ahora vete majo, que mi hombre está por venir.

Salgo. En el pasillo me cruzo con un tipo elegante con aire italiano que me resulta cara conocida: Marcello, le digo. El tipo me mira con mala cara y sigue. Era un Mastroianni ya pasado, ajado. Me recordó a Dirk Bogarde en Muerte en Venecia, creí incluso verle esa gota negra de tinta para el pelo rodando por su mejilla. Patético.

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*Guillermo Castro Martens (1944). Publicista, fotógrafo, fue profesor de creatividad en la UDP. En 2013 edita el libro de fotos “C/AMAR/A”. Actualmente participa en el taller literario de Francisco Mouat.

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DOMINGO

Por Paloma Amaya*

Estoy sola en la fila del funicular. Hace años que no pisaba el cerro san Cristóbal. Mi solitario panorama de domingo resultó ser un asco y no se me ocurre nada más interesante que hacer.

Llevo varios meses en que salgo sola a todas partes para no tener que forzar conversaciones. Y es que si hay algo que no soporto, es la tensión de una conversación fome. Debe ser por culpa de las millones de películas francesas que mi papá me hizo ver cuando chica. Esos diálogos a veces superficiales, pero tan llenos de ese no sé qué que tienen esas películas, afectaron mi cerebro y quiero que todo lo que me pase se parezca a una película francesa.

Cómo es invierno a pesar de que son las cinco y media de la tarde ya está oscuro. He vivido toda mi vida en Santiago y nunca he subido al funicular. La fila avanza lentísimo repleta de gringos y brasileros. Mientras espero estoy conversando por mensajes de texto con Gustavo. Lo conozco hace poco pero estoy esperando a que me diga que nos juntemos.

¿Pero de qué hablaríamos? Sólo se me vienen a la cabeza preguntas extrañas. Espero no salir con mis frases estúpidas de cuando estoy media nerviosa.

¿Estoy nerviosa? Mierda… creo que me gusta y no quiero. Debería irme a mi casa. O debería sólo intentar acostarme con él y luego huir. No, no puedo hacer eso, no con él.

Pero sigo en la fila aburrida con cero mensajes en mi celular, mientras unos niños muy rubios hablan entre ellos en francés, mirándome y riéndose.

Saco un espejo de mi mochila para mirarme y comprobar si tengo algo en la cara. Alguna vez alguien me dijo que me parecía a Diane Keaton por mis ojos caídos. Luego a otra persona me dijo que me parecía Helen Hunt. Sólo me gustaría parecerme a mí y nadie más. Pero todos nos parecemos a alguien. Ojalá me pareciera a Catherine Deneuve cuando era joven. Que suerte ser tan bonita. De seguro ella nunca estuvo sola esperando en una fila.

Subir en Funicular sale $2600 ida y vuelta, pero yo quiero bajar caminando para alargar más la tarde. El único chileno aparte de mí en la fila me advierte que es peligroso bajar de noche por el cerro. Ya son las seis y media. Miro mi celular, no hay nuevos mensajes.

Entonces suspiro semi aliviada pero con una punzada de decepción en el pecho. Eso me da valor y decido que bajar de noche el cerro no puede ser más peligroso que enamorarme otra vez.

Y estoy a punto de pagar cuando llega un mensaje a mi celular:

“estoy en 20 minutos, si me esperas podemos tomarnos un café…”

Me quedo mirando como sube el Funicular lleno de gente.

He ahí. Yo y un simple mensaje de texto que lo cambia todo.

Sonrío burlándome de mi misma y sintiéndome un poco como Catherine Deneuve, enciendo un cigarro reviso la hora y espero.

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*Paloma Amaya es actriz y dramaturga, egresada del Instituto Profesional Duoc UC. Actualmente cursa un postítulo en arte con mención en ilustración. En 2008 obtuvo el 1º lugar en el concurso “Santiago en 100 palabras”. En 2013 colaboró con un cuento incluido en el segundo disco del artista nacional “Cordero Lobo”

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LA OTRA DENEUVE

Por Cristián Rau Parot*

Hace quince años la cosa era distinta. No bastaba con poner en Google el nombre de un actor y, en un par de minutos, dárselas de Passalacqua. No habían ni IMDB´s, ni Torrent, ni ninguno  de estos inventos. Hace quince años, en Talca,  conseguir películas era una cosa difícil. Y eso que  no hablo de cosas sofisticadas, no buscábamos ni snuff ni a Bela Tarr; para algunos empezó con Dragon Ball Z y derivó en el manga, para otros los goles de los mundiales,  los conciertos en vivo de Nirvana o simplemente querer ir un poco más allá de Cine en su Casa o del paradigma de Cementerio pal ´Pito.

Yo tuve la suerte de ser compañero del Carrión: su familia tenía un videoclub y ahí, de raja, llegué al  El gato de las nueve colas, Holocausto Canibal o El último tango en París – la cinta (sí, ¡cinta!, aún no existían esos discos tornasoles tan modernos) apenas se veía en la escena de la mantequilla de tanto rebobinado de los onanistas arrendatarios anteriores-.

Estaba también el Blockbuster, esa transnacional auriazul, que en su auge, a fines de los noventa, ocupaba casi una cuadra en plena Uno Sur pero irremediablemente se fue achicando hasta a morir a manos de la maravilla intangible de los Netflix; ahí existía una amplia variedad de películas ganadoras del Óscar. También había otro local, un sucucho maloliente y destinado más bien a las pornos, parecido a los tugurios donde Travis Bickle decide llevar a su novia tan demócrata; estaba al lado de la también fenecida botillería El Santo (donde mi amigo El Walrus, hacía compras maravillosas). Creo que de ahí, o tal vez de manos de Vittorio Farfán, gran dealer de VHS´s,  fue que conseguí Cul de sac. “La mejor película de la Deneuve” me dijo el proveedor, mirando a ambos lados de la calle, urgido, mientras me pasaba una cinta sin más indicaciones que el nombre escrito con plumón azul sobre un papel blanco pegado en el dorso.

La reacción fue unánime:

-Tenía razón este loco. Esta es la mejor película de la Deneuve.

Claro. Incluso actúa mejor que en Belle de Jour- a lo que asentíamos sin tener idea de qué estaba hablando ese sabio del francés.

Yo, por esa rubia de ojos negros, doy la vida.

Después de la escena de la playa, será difícil ser feliz- dijo el último, antes de unirnos en un espontáneo suspiro grupal.

Un día, meses después,  el papá de alguien dijo: “pendejos ignorantes. Esa no es Catherine Deneuve, es la hermana que se murió”.

Todos asentimos mudos, mirándonos la punta de los zapatos. Nos  terminamos lo que quedaba de la promo,  escuchando la lluvia que caía a cántaros. Hace quince años, el día en que murió nuestro amor por la diva, algo se quebró y nos dimos cuenta de que empezaba la vida.

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* Cristián Rau Parot es periodista de la Universidad Diego Portales y Master en Comunicaciones de la  Universitá de La Sapienza, Roma. Es editor de la revista Medio Rural y del portal Conespuma.com.

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ARCO DE TRIUNFO

Por María Aparicio Puentes*

“Tengo que contarte un secreto” le dijo en voz baja Pierre a Catherine. Martin conducía a toda velocidad  por la Avenue Victor Hugo. Era una mañana de septiembre y vestía su tenida favorita.  Todo en riguroso negro. Sombrero que le había traído su padre Maurice en una gira por Moscú, abrigo Yves Saint Laurent corte recto dos dedos encima de la rodilla, vestido tipo chanel, guantes de gamuza, zapatos de charol punta cuadrada de medio tacón con una hebilla metálica dorada y una cartera pequeña donde cabía un cuaderno para hacer anotaciones, un lápiz, un labial rosa, cuatro llaves, documentos y algo de dinero. De fondo sonaba en la radio Biolay “Même si on ne vit que deux fois. Que le silence est beau parfois…”. Iba absorta identificando colores en los edificios. Gris plata, beige claro, mármol, crudo. Pierre dudo en seguir hablándole, temía que cualquier otro comentario se lo llevaría el aire.

“Cuando lleguemos a la Place Charles de Gaulle, dobla a la derecha y antes de que el semáforo cambie a verde, súbenos a la rotonda, salta las vallas y cruza el Arco de Triunfo”, le ordenó Catherine al chofer. Parecía una maniobra peligrosa. Solo imaginaba la bienvenida del Triunfo y la Marsellesa y el desconocido trayecto que le esperaría. El primer antecedente de semejante hazaña fue hace diez años atrás, cuando ella se encontraba con su hermana en el mismo carro conducido por Martin. En ese entonces,  Francoise decidida le dijo: “Tengo que contarte un secreto. Cuando este coche traspase el Arco y sea bendecido por el Triunfo, la Resistencia, la Paz, la Marsellesa y el Soldado Desconocido, podremos teletransportarnos donde queramos”. Esa vez Francoise la llevó a Guatemala, ya que su sueño de ese entonces era conocer el Parque Arqueológico Tikal. Fue un cálido viaje color turquesa, lleno de jaguares, templos, telares, frijoles con chicharrones, olor a güisquil y cardamomo.

El secreto de su hermana se hizo nuevamente patente y pensó rápidamente en un sitio, el más remoto de todos. Quería escapar de lo conocido, encontrar un lugar donde pudiera diluirse. El automóvil se detuvo en la Rue de Presbourg, Pierre la abrazó por dos segundos y bajó del auto en cámara lenta. La mirada de Catherine se encontraba fija en el Arco. Algo grande sucedería, en aproximadamente veinte segundos.

El coche siguió la marcha, tomó la derecha y cruzó rápidamente en diagonal aprovechando el cambio de luces y la ausencia de automóviles. Iban a cientocincuenta kilómetros por hora. Se levantó una enorme nube blanca que detuvo la acción de la ciudad entera, haciendo desaparecer en un tic tac el monumento.

Sentada sobre una banca de hormigón, Catherine fantaseaba una nueva vida entre  vapores multicolores. Mientras tanto, iba pasando en bicicleta frente a la Plaza del Aviador y como siempre lo hago, me detuve para pedir un deseo y ver una y otra vez ver el agua convertirse en amarillo, rojo y azul.  Catherine escribió un par de cosas, me sonrío en silencio y se perdió.

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*María Aparicio Puentes (Santiago de Chile, 1981) es arquitecta y docente de la Universidad de Chile. Co-fundadora junto a Claudio Troncoso Rojas de la editorial Thieves Editors. Adicionalmente, ha desarrollado trabajos artísticos en diversos medios, especialmente en la intervención de fotografías con hilos (http://www.mariaapariciopuentes.com/).

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AMAR Y ODIAR EN EL METRO

Por Víctor Hugo Ortega C.*

El metro en Santiago es una mierda. Estoy detenido hace 7 minutos en la estación Los Héroes, la peor de todas. El vagón está lleno. Hay un hueón que me está empujando con una mochila gigante que lleva de armazón. Cero opción de decirle algo. Mide 1.90 y debe pesar a lo menos 100 kilos. En la estación anterior alguien lo miró feo y él respondió con violencia. Para colmo, se han subido unos franceses, también con mochilas gigantes. Hablan un español con exceso de G y con demasiadas palabras terminadas en I. Son los únicos que ríen en este momento, mientras yo sigo aplastado desde todos los rincones. La voz femenina ha dicho una y otra vez que “estaremos detenidos más del tiempo normal, por su comprensión, gracias”.

La puerta ha quedado justo en frente de la cartelera cultural del metro, donde se anuncian obras de teatro, conciertos, exposiciones y demases. Allí, en un afiche de un ciclo de cine que no alcanzo a ver dónde ni cuándo será, hay una rubia que me está mirando a los ojos. Tiene el pelo tomado con una cinta negra y viste un chaquetón color crema. Sobre su cabeza dice con letras rosadas: “Los paraguas de Cherburgo”. No sé qué pensar. La rubia es más bonita que la chucha. Y estamos teniendo un contacto visual intenso, ninguno de los dos pestañea. Me pica mucho la nariz, pero no quiero hacer el intento de rascarme. Estoy empezando a ponerme nervioso. Quiero dar vuelta la vista hacia algún lado y salir airoso de esta tensión. Comienzo a olvidarme que estoy en un vagón de metro lleno, cuando una de las francesas me golpea con la esquina de su mochila. Me distraigo y pestañeo. Perdón, me dice sin mover un músculo. No. En verdad me ha dicho “pegdón”. La miro feo a sus ojos azules. Me mira con cara de poca empatía. Suena el pito de mierda ése que odiamos todos los santiaguinos, y que anuncia que las puertas se van a cerrar. Como suele suceder, las puertas se cierran y se vuelven a abrir. La francesa suspira aburrida. La voz femenina vuelve a decir: “estaremos detenidos más del tiempo normal, por su comprensión, gracias”. La francesa suspira de nuevo, ahora más fuerte, y mira a su amigo que acaba de golpear a otra persona con su mochila gigante. Ten cuidado po loco, le responde una voz alzada. El francés sonríe temeroso. Y pensar que por esta cagá pagamos más de 600 pesos hueón, lanza un pasajero a mi espalda. Tiene razón. Quiero mirarlo y decirle con mis ojos que pienso igual que él, pero no tengo espacio ni para el más mínimo movimiento. Los franceses hablan en voz baja con exceso de G y con palabras terminadas en I. Me aburrí. No quiero escucharlos. Me bajo del metro y me acerco a la rubia. Ahora sé su nombre. Catherine Deneuve. Lindo nombre. Quiero estar frente a ella hasta que el vagón se vaya.

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*Víctor Hugo Ortega C. es periodista, escritor y profesor en la Universidad de Chile y la Universidad de Santiago. Es autor de los libros “Al Pacino estuvo en Malloco” (2012) y “Elogio del Maracanazo” (2013). En marzo de 2014, obtuvo el segundo lugar en el Primer Concurso de Cuentos de la comuna de Maipú, organizado por el Diario La Batalla.

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