HISTORIAS EN 500 PALABRAS. Los mundiales y el fútbol

por Revista Sangría

No podía ser de otra forma en estos tiempos futboleros dados por el Mundial de Brasil. El cuarto volumen del proyecto “Historias en 500 Palabras”, invita a sus participantes a escribir un cuento que tenga que ver con los Mundiales y el Fútbol, en su más amplia gama de posibilidades. Desde el hincha, desde la cancha de barrio, desde el camarín, desde el fútbol como un negocio, desde el fútbol como un pretexto, o lo que los autores estimen conveniente. La época del relato es absolutamente libre, así como la nacionalidad y locación. Lo único, es que debe estar escrito en no más de 500 palabras.

Presentamos los relatos: “Terreno de juego”, de Maritza Ramírez; “Tabla Falsa”, de Mario Guajardo; “Esperando a Godoy”, de Andrés Videla; “Café Fantasma”, de Juan Pablo Izurieta; “La Sirena”, de Carolina Reyes; y “¿Vo creí que yo soy hueón?”, de Víctor Hugo Ortega.

 

TERRENO DE JUEGO

Por Maritza Ramírez*

Rodrigo se concentra, patea su pelota nueva, la arrastra, la levanta, la sostiene entre las rodillas, la baja, avanza, retrocede, la deja quieta, se aleja y la toca de nuevo. El pasto brota bajo sus pies, crece el vello en sus piernas, ve músculos en sus pantorrillas, y escucha los aplausos. La gradería desborda. Todos gritan: ¡Rodrigo! ¡Rodrigo! Levanta la cabeza, saluda a su público con ambas manos, entonces escucha las carcajadas. El sitio eriazo aparece ante él. Mira la tierra, los palos que hacen de arco y escucha a los cuatro matones, con pinta de delincuentes, que se acercan. Traen una pelota destartalada. Le gritan unos garabatos. Él los mira de soslayo. Se burlan de él, lo imitan. Entonces siente el pelotazo, como un disparo, en uno de sus hombros. La pelota destartalada cae a sus pies. Las carcajadas suenan más fuerte, entran por sus oídos y se transforman en un torbellino de rabia. Patea con fuerza. La pelota dibuja un arco inmenso. Por la dirección del tiro, quedará bajo el camión que está doblando la esquina. Los matones gritan. Si lo cazan, lo molerán a golpes. Rodrigo echa a correr. En la esquina se acuerda de su pelota nueva. Pero no puede volver. Siente el corazón saliendo por la boca. Da enormes zancadas. Ellos se acercan. Una cuadra, jadea, dos cuadras, jadea. No mira hacia atrás. Toma una bocanada de aire, da las últimas zancadas y entra a su casa. Sube corriendo por la escalera hasta su pieza. Al tumbarse en la cama se da cuenta que lleva la pelota nueva apretada contra su cuerpo con ambas manos, como si fuera parte de su anatomía. Sonríe de satisfacción e imagina la pelota de los otros bajo los neumáticos del camión. Esta vez ha ganado.

—¿Y en serio que no te diste cuenta que llevabas la pelota? —pregunta Daniela.

—Yo juraba que había quedado en la cancha —contesta Rodrigo.

—Pobrecito, ya te imagino corriendo de esos energúmenos.

Dependiendo del auditorio femenino, Rodrigo regresa a la cancha y le da unos toquecitos a la historia. A veces el marcador no pasa de la amenaza verbal. En otras, le roban la pelota. Pero esta última versión, con su cuota de heroísmo y venganza, lo satisface. Daniela lo mira con ternura. Él bebe lento su cerveza y piensa en ese insomnio que algunas noches lo arrastra al final del encuentro, a la risa burlona de los adversarios y al dolor del contragolpe.

La madre escucha los gemidos y sube la escalera. Encuentra al niño temblando en posición fetal. Lleva la ropa sucia y desordenada. Un hematoma cerca de los labios, y sobre una ceja, un medallón sin piel, lleno de tierra. Lo han arrastrado por el suelo. Unas lágrimas caen lentas, le limpian el rostro y terminan, como goterones oscuros, en la barbilla. «Mamá me robaron mi pelota nueva» balbucea el niño con la voz temblorosa, mientras sus pequeños dedos bajan, suben el cierre y abrochan el botón del pantalón, con disimulo.

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*Maritza Ramírez Suárez (1964), profesional de las ciencias sociales, diplomada en Edición y Publicaciones de la Universidad Católica.  Ha participado en diversos talleres literarios. En 2013 su cuento Ariel, obtiene el Primer Lugar del Concurso de Cuentos Policiales, organizado por la PDI. También ha sido finalista de Santiago en 100 palabras.

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TABLA FALSA

Por Mario Guajardo*

Durante el Mundial del 94 mi abuelo terminó de morirse. Con mi hermana le escribíamos cartas y mi padre las llevaba a la UCI. Nunca fui bueno para el dibujo pero trabajé unos Striker para él, ese perro morocho, latino, con orejas separadas de la cabeza. Sin embargo, mi abuelo no estaba para cartas y las dejó todas sin abrir. Las últimas veces me recibió en silencio, tranquilo, en una soledad sostenida por su mirada frente a la tele, como esperando la aparición de su propio final, una imagen entre otras. Sin desviar la mirada, un día me contó cómo, junto a otros, había matado a un Fulano allá en Sewell.

—Yo y otros seis compañeros. Sospechábamos de él porque una cosa es ser valiente y otra ser imbécil, aunque se parezcan. Estábamos todos en la misma, menos el Fulano. Él parecía imbécil. Nunca se había atrevido a mirar a nadie a la ojos y de repente era el más entusiasta de la huelga. Al principio no nos dimos cuenta, le creímos; aunque no lo hagamos valer, todos tenemos derecho al valor. Fue su esposa quien nos alertó. En realidad alertó al Chalupa. Se juntaban detrás de la iglesia. Todos sabíamos, menos el Fulano, siempre ocupado en quizás qué reuniones. Hasta el día que su esposa dijo que era traidor, que el mismísimo González Videla lo tenía de sapo en el campamento. Pero lo único cierto era su amistad con el sereno, conocido rompehuelgas de la Braden. Nadie confiaba mucho en lo que decía la señora, porque era evidente que el Chalupa estaba detrás de la acusación. De todos modos, decidimos ajusticiarlo. Si el Fulano era sapo, moríamos casi quinientos; si no, uno solo. Un día, votamos entre veinte y siete nos ofrecimos. Lo citamos a una reunión urgente para esa noche. La tabla falsa trató de olla común, despedidos por insolencia, por desobediencia, por robar, del Departamento de Bienfregar, de una colecta para las viudas y los huérfanos de la Tragedia del Humo. Al final lo invitamos a unos tragos y le brillaron los ojos. A todos nos brillaban los ojos cuando escuchábamos el aguardiente. Fuimos al molino. Los demás escupíamos o fingíamos escupir el aguardiente, siguiendo el plan. Creo que no sospechó de nuestro silencio cabizbajo ni del refriegue exagerado de nuestras manos. Seguro lo atribuyó al frío. No sospechó tampoco de la caminata hasta el dínamo, donde lo rodeamos. Lo agarramos de las piernas y no alcanzó a darse cuenta. La cabeza chocó con la rueda y listo. Sin gritos. Al otro día nadie preguntó por él. Su esposa tramitó su desaparición. Durante el día nos allanaron a todos, pero ya estábamos acostumbrados. Días después vino la ley Maldita, la huida de todos cerro abajo. Creo que el Chalupa y la viuda del Fulano hicieron familia. A ver si aprendes algo.

Hubo silencio porque no pregunté nada. Años después aprendí. El cáncer de mi abuelo terminó en semifinales del Mundial gringo del 94.

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Mario Guajardo Vergara (1985). Magíster en Literatura, se desempeña como profesor de enseñanza media en Estación Central. Publicó “Y aquí me voy a quedar”: el paradigma del loco en la narrativa de Roberto Bolaño (2013) y actualmente prepara un volumen de relatos titulado “Las armas que no disparamos”.

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ESPERANDO A GODOY

Por Andrés Videla Labayru*

Esta historia transcurre a las afueras de un pequeño pueblo al sur de Chile. Específicamente, en un paradero de bus. Allí, Cacayo y Conato están esperando a Godoy, un viejo amigo de ambos, que los pasará a buscar en su camioneta para llevarlos al mundial de Brasil.

¿Sabes a qué hora nos va a pasar a buscar Godoy? Le pregunta Cacayo a Conato. Ya debe estar por llegar, le responde Conato, mientras escribe algo en su celular. ¿Estás chateando con Godoy? Le pregunta Cacayo a Conato.  No, estoy posteando en mi muro de Facebook, le responde Conato, y agrega: mira, lee lo que puse. Conato le acerca su celular a Cacayo, éste lee: “Esperando a Godoy hashtag modomundial”.

Intrigado, Cacayo le devuelve el celular a Conato y le pregunta: ¿Qué es eso de modomundial? Conato le responde: Es un estado anímico e introspectivo en el que las personas se ven inmiscuidas y que sólo se da durante un mundial de fútbol. ¿Cómo así, no entiendo? pregunta Cacayo. Eso, un estado donde las personas se olvidan de su entorno y sólo se concentran en el fútbol y en el mundial; y si llegan a ser capaces de desligarse completamente de la realidad, le suceden cosas insospechadas, le responde Conato.

Incrédulo, Cacayo mira a Conato y le dice: Yo no creo en esas cosas esotéricas. No es esotérico, es la realidad, de hecho a mi primo Roberto le sucedió durante el mundial de Italia 90’, le cuenta Conato. Interesado, Cacayo le pregunta a Conato: ¿Y qué le sucedió a tu primo Roberto?

Conato se dispone a contar la historia de su primo, cuando es interrumpido por Cacayo. Antes de que me cuentes, no hallo la hora de irme a Brasil. Yo también, le dice Conato. ¿Y Godoy? Le pregunta Cacayo. Ya debe estar por llegar, le responde Conato y empieza a contarle la historia.

Diez minutos después. Cacayo, impresionado: ¿Y la conquistó gracias a la selección alemana? Conato le dice: Sí, en medio del baile se acercó a su oído y le dijo: Buchwald Igner Klinsmann Hassler. Ella pensó que mi primo Roberto era alemán y que le estaba hablando en alemán, pero él lo único que hizo fue decirle los apellidos de los futbolistas alemanes. Cacayo, intrigado: Y cómo hizo eso. Conato, serio: Porque Roberto estaba en modomundial.

Cacayo asiente. Y tras reflexionar unos segundos, deduce. Entonces, Godoy también está en modomundial. Conato va a responder, cuando un niño se les acerca y les dice: Disculpen, Godoy me manda a decirles que no pasará a buscarlos.

Cacayo y Conato agradecen al niño y se miran. Cacayo se adelanta y pregunta: ¿Crees que Godoy pasará a buscarnos mañana? Conato le responde: no sé, mejor vámonos a la casa, el mundial también lo dan por tv. Cacayo agrega: qué lástima, ya me había hecho la idea de ir a Brasil, ¿Será porque estoy en modomundial?

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*Andrés Videla Labayru (1983), periodista y máster en guión. Ha trabajado como libretista para varios programas de televisión. Actualmente, forma parte del equipo de guionistas de la teleserie “Chipe Libre” de Canal 13.

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CAFÉ FANTASMA

Por Juan Pablo Izurieta*

Todos los días paso por acá y nunca lo había visto, pensaba Obdulio, mientras entraba al pequeño café.

Parecía cerrado, ya que había sólo una luz prendida al final del local y no había nadie a la vista. Mientras avanzaba se maravillaba con la estética única del cafetín, parecía como sacado de un tiempo que ya no existía.

De repente reparó en un banderín colgado en un reloj, era de la Copa del Mundo de Suiza 1954. Estaba tan ensimismado que no sintió la primera vez que le hablaron, pero ya a la segunda ocasión, además le tomaron del hombro, por lo que dio un salto y se encontró con unos bellos y profundos ojos cafés, que le volvían a decir “¿en qué lo puedo ayudar?”. Estaba paralizado y con la respiración acelerada por el susto que se había dado, por lo que exaltado dijo “Un Banderín, ¡perdón! Un café”. La muchacha sonrió y le dijo “toma asiento ya te lo llevo”.

Al no haber nadie más se sentó en la barra y como no podía más de la curiosidad, preguntó por el banderín. “¡No lo puedo creer! Eres la primera persona que lo reconoce, debe gustarte mucho el fútbol o eres un loco”. Le comentó que su afición era casi obsesiva, lo que obviamente también lo transformaba en loco para muchas personas. Le explicó que estudiaba mucho sobre el tema.

Fabiola, así se llamaba la bella mujer, le dijo que ese banderín era de su abuelo, antiguo dueño del café, y que en el lecho de su muerte le había prometido que nunca lo iba a sacar de su lugar.

Comentaron varias anécdotas sobre su querido abuelo, le comentó que había sido dirigente del club de barrio, y en algunos casos Obdulio le corregía errores de años o jugadores, pero estaba completamente feliz de mantener esa conversación, y no quería indisponer el momento con sus correcciones históricas que sólo le importaban a él.

Al mirar su reloj se dio cuenta que había pasado más de una hora y que debía volar, por lo que le preguntó a Fabiola cuanto debía, y ella sonriente dijo “tómalo como un regalo del destino, no todos los días se junta la historia y el historiador, ¿no?”. Se lo agradeció y antes de salir dio medio vuelta y prometió volver.

Llegó a su casa pensando en qué podía ofrecer para quedarse con ese pedazo de historia, hasta que cerca del amanecer ya tenía decidido un plan, que estaba seguro funcionaría.

Al día siguiente en su oficina, sólo pensaba en ir al local, conversar con Fabiola e intentar convencerla de que le entregara el banderín, por lo que a las 18:00 en punto emprendió camino al local, pero al llegar se encontró con un cartel “Se Vende”. No lo podía entender, como loco llamó desesperado al número que aparecía y le dijeron que ese local llevaba meses en venta, y era la primera persona que llamaba para comprarlo.

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Juan Pablo Izurieta (1976) es periodista con experiencia en medios escritos y radiales. Asiduo lector, ácido crítico y voluntarioso asistente al fútbol nacional, desde el barrial hasta el “profesional” de primera división.

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LA SIRENA

Por Carolina Reyes Torres*

Tenía una compañera en la universidad que anhelaba ser relatora de fútbol. La primera vez que comenzó a fantasear con esa idea, la miré sorprendida y le pregunté por qué quería eso, entendiendo que no estudiábamos para periodistas, ella despertó de su ensoñación y con una cara muy agria declaró que mi alto nivel de patriarcado cultural, que llevaba en la sangre, me impedía ver las posibilidades de que una mujer fuera relatora de fútbol,-“sería la única en el país, y lo de ser profe es compatible con ser relatora”. Bueno, igual yo en esa parte estaba de acuerdo. Su capacidad buscadora y memorizadora de relatos épicos del rey de los deportes no tenía fin. Recordaba todo, lo del “barrilete cósmico de qué planeta viniste”, en el segundo gol de Maradona contra los ingleses, en México 86. La otra  de “el Coto está pensando”, dicha cuando José Luis Sierra le tira el pase gol al Matador en Wembley, en un amistoso contra Inglaterra antes de empezar Francia 98. E incluso la parrafada ético-político-filosófica de Costa Febre, en el reciente descenso de River a segunda.

Cuando los cachorros entraban a la universidad, se desarrollaban muchas actividades, entre esas, campeonatos de baby fútbol. Como ya habíamos trabado más amistad, la acompañaba a ver los partidos, y a que practicara sus relatos. Nuestra carrera tenía una selección con los mejores futbolistas de cada año, desde primero a quinto. Se hacían llamar Real Mandril, por su afición al equipo Merengue español y su acérrima defensa de los animales. Cuando jugaban nuestros compañeros, solía animarme más y comenzábamos a relatar a viva voz para el resto de nuestra barra:

-Aquí estamos señoras y señores, con un día casi primaveral y a mi lado esta, La Sirena del Gol -A mi amiga le brillaron los ojos, me quedo claro que el mote la había sorprendido y gustado, ella continuó:

-Y empezó el partido de semifinales entre Real Mandril y la Química del Gol, los mandriles comienzan a moverse; Choco cruza un pase a Tatán y este se va por la franja izquierda centra hacia  Negro, este dispara y se la pierde distinguido público… -Ese día el equipo de nuestros compañeros perdió contra los Químicos. La verdad que yo me dejé llevar por el partido, y terminé muy ofuscada por un penal que no era más la expulsión del Negro, que se agarró a patadas con el portero del equipo contrario. Pero no vi a la Sirena tan desconsolada. Después supe por qué, ese día de forma que aún me parece inexplicable, la relatora tuvo contacto visual con el wing izquierdo de los químicos, un barbón mayor. En varios meses de estudio y pruebas, lo único que percibí un tanto raro, fue que sorpresivamente mi amiga congeló, al segundo semestre de ese año. En ese tiempo, la Sirena no quiso relatarme el tanto de media cancha marcado por el volante izquierdo, que le retrasó la carrera y el sueño de cantar los goles como un manatí.

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*Carolina Reyes Torres (Santiago, 1983). Profesora de Inglés y Magíster en Literatura, se desempeña como docente en la Universidad Iberoamericana de las Ciencias y Tecnología.

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¿VO CREÍ QUE YO SOY HUEÓN?

Por Víctor Hugo Ortega C.*

Lector, estoy en un bar, triste, porque me acaban de decir por teléfono: “tenemos que hablar”. Y sé lo que eso significa. Me lo han dicho justo en la previa del inicio del mundial, lo que es crueldad. Sí. Crueldad. Quizás por eso, sólo por eso, me he concentrado en estos dos tipos que están en la mesa de al lado. Hablan tan fuerte, que no me dejan pensar en la angustia que se viene para mí.

Tienen su mesa llena de cervezas. Para ser exacto, 7 Escudos de litro. Lector, estoy viendo una escena que me reconforta. Ellos son felices con poco. Yo no. En fin, no quiero hablar de mí. Quiero hablar de ellos.

A le dice a B que ha ido a ver una exposición de camisetas históricas de fútbol, que está exhibiéndose en un centro comercial. Está la de Maradona en Barcelona, la de Pelé en el Cosmos, la de Johan Cruyff en la Selección Holandesa y la de Zidane, utilizada en la final del mundial de Alemania. Hasta ahí todo bien. A cuenta su experiencia en la muestra, se nota entusiasmado, con sólo escucharlo puedo percibir su pasión por el fútbol. B interrumpe cada unos segundos a A, preguntándole de dónde sacará las camisetas el organizador. No sé, responde A, y continúa con detalles de la exposición, enfatizando que algunas de las tricotas fueron realmente usadas por los jugadores, y donadas para la muestra. Lector, la historia cambia de tono aquí.

B dice, a ver a ver, ¿me estai diciendo que esa camiseta de Zidane, es la que usó en la final del cabezazo a Materazzi? Eso mismo, de hecho alguien ha preguntado eso al organizador, que estaba allí en la muestra, y él lo ha confirmado, sostiene A. Hueón, a ver, prosiguió B, empinándose el concho de la séptima Escudo. Me estái diciendo que el propio Zidane, al salir de la cancha, expulsado por el cabezazo que cambió la historia de esa final, y enojado por haber perdido la oportunidad histórica de acercarse al podio que comparten Maradona y Pelé como los mejores de la historia, se habría encontrado con un desconocido rumbo al camarín, y le habría dado su camiseta para que la mostrara en una exposición. ¿Me estái diciendo eso? A dice tímidamente que sí, que es lo que escuchó.

B se toma la cabeza y sigue. Zidane, enfurecido por un dicho racista del hijo de puta de Materazzi, que habría ofendido su origen argelino, le regala su camiseta 10 de Francia, con el sudor caliente de quién rozó la copa y la perdió por ira, a un chileno que se la pide para exponerla en una exhibición en el fin del mundo. ¿Eso es? A responde un escueto sí. Mírame, sigue B, mírame bien a los ojos, porque te quiero hacer una pregunta. ¿Vo creí que yo soy hueón?

Lector, la discusión termina con gritos, pero gracias a ellos, pienso que en la vida hay que reírse de las pequeñas cosas.

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*Víctor Hugo Ortega C. es periodista, escritor y profesor en la Universidad de Chile y la Universidad de Santiago. Es autor de los libros “Al Pacino estuvo en Malloco” (2012) y “Elogio del Maracanazo” (2013). En marzo de 2014, obtuvo el segundo lugar en el Primer Concurso de Cuentos de la comuna de Maipú, organizado por el Diario La Batalla.

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3 Responses to HISTORIAS EN 500 PALABRAS. Los mundiales y el fútbol

  1. Sebastián Aldunate dice:

    Excelente iniciativa y muy buenos todos los cuentos. El que me gusto mas por lejos es el de “Café Fantasma” ya que es de una rápida lectura y entretenido de principio a fin, apto para conocedores del fútbol o sólo enamorados casuales. Ojalá en algún momento publiquen de forma física esta iniciativa y se haga un pequeño libro de Cuentos del Fútbol. Si tienen más antecedentes u otras publicaciones del autor de Café Fantasma se agradece si la pueden hacer llegar.

    Saludos,
    Sebastián Aldunate

  2. Lucho dice:

    ‘tan wenos!
    Mi favorito es Terreno de juego.

  3. Pao dice:

    Excelente iniciativa! lejos mi favorito es Café Fantasma, da gusto leer una historia bien contada, ojala Juan Pablo siga escribiendo y publicando sus cuentos.

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