HISTORIAS EN 500 PALABRAS. El paseo Ahumada

por Revista Sangría

Diego Daly

Ilustración de Diego Daly

El tercer volumen del proyecto “Historias en 500 Palabras”, propone a sus cuatro participantes escribir un cuento que tenga como locación el Paseo Ahumada, pero no como un espacio decorativo, sino como un espacio que de alguna u otra forma, interfiera en la trama del relato. El resultado es una indagación literaria sobre este lugar icónico de Santiago de Chile, con la libertad creativa y la diversidad de estilos de cada uno de los autores convocados.

Presentamos los relatos: “No somos nada”, de Leo Paredes; “Palomas”, de Geir Da Silva; “El colchón”, de José Miguel Martínez; y “Nostalgia del Paseo Ahumada”, de Víctor Hugo Ortega.

NO SOMOS NADA

Por Leo Paredes*

Con el “Polla Fernández” pasamos caleta de tardes en el Centro haciendo nada, esa nada poderosa que te envalentona ante tus hijos cuando le das consejos, esa nada que se acomoda mejor en los extremos de la vida. No éramos del mismo curso, pero si del mismo colegio y nuestra amistad se cimentó principalmente gracias a cassettes punketas que nos grabábamos. Yo tenía la mochila llena de parches de bandas como “The Clash” o “Dead Kennedys”, el “Polla” sólo tenía 1 parche grande que expresaba su fanatismo, decía con letras blancas y mayúsculas: “No somos nada”. Pasábamos después del colegio a mirar carátulas de discos al Cold 70 en el Edificio Stgo. Centro y en La Feria del Disco a la entrada de Ahumada; creo que nunca compramos uno, sólo buscábamos los nombres de canciones e integrantes que no conocíamos para luego agregar esa información en nuestras versiones piratas.  Donde sí compramos cosas era en el Eurocentro, que era una especie de sucio paraíso, puras tiendas de cultura rock, punk y metal, después llegaron los hiphoperos, los karatekas y los basquetbolistas a quitar espacio. Recientemente me paseé por ahí y ahora está lleno de tiendas de videojuegos, casi no queda ninguna de aquellas tiendas donde disolvíamos horas y pisadas. Es en torno al Eurocentro que girábamos, nos juntábamos por ahí con otros punkies más viejos que se ufanaban de sus mohicanos de colores, se burlaban de nosotros porque andábamos con uniforme, ahora recordándolos creo que eran bien ilusos, una especie de caricaturas del punk, aunque en el fondo eran buena gente.

Luego de la graduación lo vi un par de veces, luego cambié de amistades al entrar a la universidad, hice un postgrado afuera, me casé, me separé y tuve una hija. Volví a Chile hace 2 años. Ahora salgo con una mujer más joven, media jipi, bastante alegre, a ratos ilusa, como aquellos punkies llenos de púas. Nos llevamos bien por ahora, incluso me acabó convenciendo por acompañarla los sábados en la mañana a Ahumada con Huérfanos, allí nos ponemos con un letrero en alto que dice ABRAZOS GRATIS. Ella lo considera un acto sanador y poético, para mí es sólo una actividad simpática y de experimentación social. Es una experiencia bastante rara que te abrace alguien de la nada, es como un breve momento lleno de esa otra nada que vegeta en las orillas. Curiosamente, fue en esa esquina que volví a ver al “Polla”, luego de 15 años. Venía desde Plaza de Armas, terneado, con barba y un maletín. No nos reconocimos de inmediato, se acercó, nos abrazamos, y luego de un gesto de agradecimiento mientras se hacía para atrás nos dimos cuenta quiénes éramos. Me alegré -¿Cómo estás? Tanto tiempo- Confundido me volvió a abrazar, me pasó un papel, y mientras partía ligero gritó “Todo es apariencia“. Desconcertado por sus palabras, revisé el papel, un tríptico coloreado de tinte religioso que con letras negras y mayúsculas decía: “Sin Fe no somos nada”.

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*Leo Paredes. Poeta, participa activamente en la revista El Pájaro Verde desde el 2002. Autodidacta, aunque con la siempre presente ayuda de amigos y enemigos. Se estremece con los actos masivos y cuestiona el poder. El 2012 aparece su primer libro de poesía “La vitrina sin cristal”, de la Editorial La Polla Literaria.

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PALOMAS

Por Geir Da Silva*

—Hola —dijo la chica.

—Hola —respondió un muchacho, quizá un par de años menor.

La pareja se quedó uno al lado del otro un buen rato, como si el tiempo no existiera.

El bullicio de la esquina de Ahumada con Huérfanos parecía inexistente en el mundo recién creado a su alrededor.

El chico la miraba de vez en cuando mientras recordaba las palomas de su infancia.

—Te ves linda, hermosa —dijo como concluyendo. Las palomas revolotearon en su memoria.

La chica no dijo nada, o tal vez sí. Sus labios se movieron como disculpándose de algo en lo que ella no creía realmente.

Un órgano electrónico empezó a tocar una melodía que logró empinarse sobre el ruido.  La voz de un cantante ubicado unos metros más allá, llamó la atención de la muchacha. Era un hombre gordo con unos grandes anteojos negros, el pelo cano y corto. Su gordura parecía hacer tambalear el piso de madera sobre el que estaba sentado. El micrófono amplificaba fielmente las palabras que salían de los labios del ciego. «Esta tarde vi llover…» cantó emocionado y las murallas, como un coro de ecos lánguidos, repetían sus estrofas.

El hombre encargado del órgano, flaco y con un terno con lentejuelas, movió sus manos llevando la melodía de la orquesta digital. Su trabajo era colocar play o stop en el momento correcto, se sentía un músico de verdad. De reojo miró a la gente que se reunía a su alrededor para escapar del sol implacable y escuchar las canciones de una época ya perdida. Pensó que le gustaría algún día estar sobre un escenario, un gran escenario. Se imaginó tocando en Viña del Mar y la gente aplaudiendo de pie.

—Hoy no va a llover, no llueve en Enero —dijo la muchacha—. Alguien debería decirle algo al ciego.

Pateó sin ganas un papel arrugado en el suelo. Le dio la espalda a la función, sólo quería ver  al chico.

—¿Está cerca? —preguntó el muchacho. Las palomas aletearon en sus oídos, eso siempre le hacía gracia. Sonrió.

—Sí, es en este edificio, la entrada es por ese costado.

La chica levantó su mano derecha e indicó un gran arco de cemento que daba hacia el interior de una galería.

-¿Estás segura?

-Segura.

La pareja se tomó de las manos y caminó sin prisa entre la gente hacia la entrada.

El tecladista dibujó unas cuantas ondas con las manos para enfatizar el final del bolero. Detrás de su público vio como una bandada de palomas seguía en silencio a una joven pareja.

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*Geir Da Silva nació en Concepción en 1967 y fue adoptado por Quilpué en 1971. Es Físico, Ingeniero Civil Electrónico y trabaja como Fotógrafo Independiente.

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EL COLCHÓN

Por José Miguel Martínez*

Lo encontramos desangrado en Ahumada con Moneda, me dijo el paco. Estiró un papel y agregó: tenía esto, arrugado en una mano.

*

Lunes.

Ya está, nos vamos de esta esquina, me dijo Nico. Tomamos el colchón y partimos sin despedirnos de nuestras mujeres, que se quedaron pidiendo monedas con la cabeza entre los hombros. Caminamos por el paseo, un río de personas fluyendo sin fin, decididos a que este cambio serían vacaciones interminables.

Martes.

Nico empezó una pelea en el café. Le quebró una taza en la cabeza a un oficinista; a mí me rompieron la nariz. Por la noche volvimos al paseo, y pusimos el colchón fuera del portal. Se siente bien estar vivo, le dije a Nico, todavía moquilleando sangre.

Miércoles.

No sé por qué Nico decidió salirse del paseo, llevándome a pedir monedas a Estado. Nosotros no somos de aquí, le dije molesto, y él se enojó conmigo. Luego volvió a Ahumada y yo me quedé la tarde entera mirando la vida pasar.

Jueves.

No recuerdo cuál era nuestra esquina. Caminantes sin un plan, no he dormido desde el lunes, y no recuerdo bien mi nombre. Nico me lo recuerda, y luego me dice: Ahumada te pertenece. Por la noche, y sin mi permiso, Nico se acostó con mi mujer. Después me dijo que había usado condón, pero yo sé que no fue así.

Viernes.

Hoy Nico andaba con un revólver. Convencido de que los oficinistas de la pelea del martes nos estaban siguiendo, dijo que los había visto fumando en la esquina de Agustinas, y reconoció que por eso me había llevado a Estado. Por la noche nos fondeamos en la oscuridad del portal, y esperamos, esperamos a que vengan por nosotros.

Sábado.

Nico andaba paranoico. Manoseaba constantemente el revólver en el bolsillo, y me confesó que tenía bolsas de pasta escondidas dentro del colchón. Dijo que los oficinistas eran detectives de la PDI, y que por eso nos andaban siguiendo. También dijo que sabía de esto porque podía hablar con los perros callejeros.

Domingo.

Conchasumadre.

Lunes.

Ayer en la madrugada, Nico trató de asesinarme. Tuve que darle con su propio revólver. Le disparé en el brazo, luego le di en la guata. Ni siquiera me detuve a revisarlo, simplemente me puse el colchón al hombro y escapé del paseo Ahumada.

*

¿Y ese Nico? ¿Lo encontraron?

El paco me miró arqueando las cejas.

No, no, ese Nico…, dijo, y luego esperó un segundo, sin pestañar, antes de decir: ¿hace cuánto que su padre no tomaba sus remedios?

Años, respondí.

¿Hace cuánto que usted no lo veía?

Años.

El paco asintió. Déjelo así, me dijo, golpeándome el hombro, y luego apuntó al haraposo colchón: ¿quiere llevarse eso? Era su único bien.

No le respondí. Quería decirle que no, que se lo llevara de vuelta al paseo, con los perros, con los vagos, que allí es donde pertenecía. Pero terminé poniéndome el colchón al hombro, en silencio, y lo cargué en el pick-up de la camioneta.

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*José Miguel Martínez (Santiago, 1986) es arquitecto de la Universidad Católica. Obtuvo una mención honrosa en los Juegos Literarios Gabriela Mistral 2013, con la novela inédita “Buscando a Granola”, y el premio al Mejor Libro de Cuentos Inédito del Consejo Nacional del Libro y la Lectura 2012, con “El diablo en Punitaqui (Tajamar Editores), su primer libro.

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NOSTALGIA DEL PASEO AHUMADA

Por Víctor Hugo Ortega C.

Estoy sentado en una banca del paseo de sombras, de vientos traidores, de predicadores que van y vienen con gritos y me recuerdan el país en que vivo. “Acá necesitamos rezar más que en Brasil”, dice un barbón afuera del metro. No tiene nombre, pero está en su calle, que es su escenario, donde es protagonista. Acá todos son protagonistas. Incluso yo, cuando de niño conocí el Paseo Ahumada. Mi mamá me dijo: este es el centro de Santiago. Y caminamos de la mano, mirando lo que había que mirar. El contraste de nuestro pueblo con la gran ciudad.

Terminamos en el Café Paula, hablando de la distancia entre la Alameda y la Plaza de Armas. La ilusión multiplica a la gente y la distancia se ve más cercana. Nos cansamos igual. Corriendo o caminando. Es el efecto óptico del centro de la ciudad. Lo veo ahora, y me autoengaño desde otra banca, copiando el juego de mis primos de jugar a las cambiadas. Nos sentábamos con señores de sombrero que hablaban de un fantasma. El Lucho. La conversa nos asustaba y nos íbamos a jugar a los Diana. El mejor gasto de la niñez. Ayer y ahora. Aunque ahora no están los Diana. Hay puras máquinas de monedas que se ven y no se tienen.

Las bancas se mueven con la lluvia, y ahora estoy sentado frente a la Feria del Disco. Mi mamá me mostró aquí las canciones de Nino Bravo y Camilo Sesto. Me confesó que me quería poner Camilo por él, y yo la miro con la ilusión de tener otro nombre. Acá maté el tiempo al salir del colegio, escuchando discos que me sé de memoria. Acá estuvo Michael Jackson el 93. Su única vez en Chile. Es verdad. Es real. No sé si llegó por Alameda o por Plaza de Armas. Eso es una duda. Una duda anecdótica, como el Paseo Ahumada. El fantasma Lucho nos dice que la anécdota es poesía, como los viejos jugando ajedrez, como los jugos del Dominó, como los hueones enamorados de las minas en los cafés con piernas, que se espantan porque miramos más de la cuenta. Yo le creo a los fantasmas.

Estoy sentado en una banca frente a Los Pollitos Dicen. Me acuerdo de nuestras manos con grasa. No podíamos limpiarnos. El baño no tenía jabón. Corrimos engrasados desde el metro hasta el Gran Palace para ver Notting Hill. Queríamos soñar con encontrar a Julia Roberts en la escalera mecánica. ¿Vamos al Gran Palace a ver que están dando? Todavía con las manos sucias te digo que el Gran Palace ya no existe.

El fantasma Lucho me mira sentado en la banca de al lado. Me dice que los fantasmas combaten la nostalgia, aparecen y desaparecen, siempre con la misma ropa, con las mismas ganas. Me dice que le gusta el Paseo Ahumada, aunque la única vez que se lo llevaron preso fue aquí, y no en su barrio bravo. Fue por vender libros. Sus libros.

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*Víctor Hugo Ortega C. es periodista, escritor y profesor en la Universidad de Chile y la Universidad de Santiago. Es autor de los libros “Al Pacino estuvo en Malloco” (2012) y “Elogio del Maracanazo” (2013). En marzo de 2014, obtuvo el segundo lugar en el Primer Concurso de Cuentos de la comuna de Maipú, organizado por el Diario La Batalla.

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2 Responses to HISTORIAS EN 500 PALABRAS. El paseo Ahumada

  1. Roger dice:

    Víctor Hugo es un de los grandes! se ve cada día mejor.

  2. Pingback: Lugar literario: el Paseo Ahumada

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