CRÍTICA. La vida de Adèle

por Piero Saavedra

Inspirada en la novela gráfica El azul es un color cálido de la francesa Julie Maroh y en la novela La vida de Marianne de Pierre de Marivaux, La vida de Adèle es estrenada en Chile con el pergamino de haber triunfado en la penúltima edición del Festival de Cannes. Narra un fragmento de la vida de una joven del norte de Francia (Adèle Exarchopoulos), desde los 17 hasta los 27 años, en 180 minutos. Una forma de compresión y expansión de tiempo que sugiere que el descubrimiento de la identidad -su tema- es una experiencia tan fugaz como implacable, tras el cual las personas nunca vuelven a ser las mismas.

laviedadeleLa vida de Adèle parte en el período preuniversitario, cuando su protagonista estudia literatura francesa y pronto inicia una aventura con un chico de Ciencias, pero se siente agobiada porque, según ella, “falta algo”. No pasa mucho hasta que besa a una compañera -que después la rechaza-, y acto seguido conoce a Emma (Léa Seydoux), tras el pasaje más laberíntico e sugerente de la película, en el cual Adèle ingresa a los rincones lujuriosos de una discoteca gay de Lille y mira a las parejas homosexuales que se tocan y besan.

No cabe contar más detalles de lo que sigue, sino lo general: Adèle vivirá con Emma, estudiante de bellas artes, una áspera y carnal relación sentimental, que nunca alcanza la plenitud. En paralelo, sus compañeras de escuela la excluirán, mientras sólo Valentin (Sandor Funtek), su mejor amigo (también gay), la defenderá y contendrá. Es un pequeño esquema polar algo sospechoso que el relato propone.

Cuando esta película debutó en Cannes 2013, una controversia -artificiosa, a mi juicio- estalló en torno a la duración e énfasis de sus escenas de sexo explícito, y las actrices principales contribuyeron a ella declarando en la prensa que Kechiche las había tratado como “prostitutas”. Pero, vamos, en un largo de 180 minutos, episodios de tres o seis minutos son un pelo de la cola, ni siquiera un séptimo de metraje. Además, si lo  importante a la hora de criticar cine es la manera en que se filma, y no su duración o la intensidad actoral, un montaje de 42 planos para una escena es cualquier cosa menos pornografía.

Después de cuatro obras, el franco-tunecino Abdellatif Kechiche es un autor acreditado en el panorama europeo, reconocido por estudiar las tensiones entre el cuerpo y la conciencia. Su cámara está alerta al ardor y temperatura de los encuentros sexuales, pero también está atenta a los temores, vacilaciones y torsiones psíquicas que envuelve un viaje iniciático. El plano cercano -su recurso principal- examina la “misteriosa debilidad del rostro humano”, esa visión existencial de la vida que compartirán Adèle y Emma a propósito de un libro de Sartre, de esculturas renacentistas o de retratos impresionistas.

Kechiche insinúa en un momento, oblicuamente, que en cierto arte se compensa y simula el dolor, al modo como lo hace un amigo actor de Emma que trabaja en cintas de acción de Hollywood y que invita a Adèle a acompañarlo. Pero luego plantea que Adèle, en su vida, ya no puede ni debe simular. La homosexualidad descrita como condición predestinada es otro comentario singular de una película que llega a ser muy dura y triste, aunque hacia el final emerja lentamente la luz de la autodeterminación.

En la última secuencia de La vida de Adèle está su justificación como filme, la metáfora que expresa la razón central de contar los sufrimientos privados y secretos de una joven provinciana. Es una moral que nada más bien contra la corriente, en el sentido opuesto a la que hoy domina las carteleras comerciales. Es nada menos que la búsqueda de la verdad, vaya sorpresa de los tiempos.

La vie d’Adèle – Chapitres 1 & 2

Dirección: Abdellatif Kechiche Con: Adèle Exarchopoulos, Léa Seydoux, Sandor Funtek, Salim Kechiouche, Mona Walravens. 180 minutos.

2 Responses to CRÍTICA. La vida de Adèle

  1. Paula dice:

    Sinceramente, para que se hagan películas lésbicas como ésta prefiero que no se haga ninguna… porque mucho decir que visibilizan y normalizan pero parece que nadie ve que en realidad estamos en lo de siempre: las relaciones entre mujeres se convierten en objetos de morbo masculino y en escenitas degradantes de tetas y coños antes que en cualquier otra cosa, y eso es más un retroceso que un avance.
    Soy lesbiana y estoy muy harta de escuchar tantas alabanzas absurdas a esta película que no es más que el desahogo pornográfico de las obsesiones de un director déspota. Fui a verla ilusionadísima porque el cómic me había encantado y tenía las esperanzas de encontrarme con algo igual de bueno o quizá mejor, pero no puedo expresar mi sorpresa al encontrarme tamaña basura… Quince minutos de porno lésbico completamente gratuito e injustificado que ensucian el resto del metraje y actúan a modo de llamada de atención desesperada (así como llamada a la recaudación, a la audiencia y a la crítica masculina) para disculpar tres horas insustanciales, desaprovechadas y vacías, con lo que podía haber dado de sí una temática inicial tan fantástica. El director sólo se preocupó de rodar tijeras y cunnilingus, no hay rastro de la profundidad de la novela gráfica, de su estética cautivante, de su buen gusto, de su sensibilidad, de su despliegue en cuanto a temas y motivos… sólo sexo explícito, poses ridículas y morbo facilón para arrastrar a la gente a verla y convertirla en vouyers.
    Sin esas largas escenas de sexo la película habría ganado en dignidad y fuerza, precisamente es contraproducente a su causa este excesivo regodeo. En lugar de estas escenas (o de gran parte de ellas) se podría haber aprovechado metraje e incluir, por ejemplo, una escena de ataque homófobo de los que están tan tristemente vigentes en Francia u otros países europeos, eso sí contribuiría a una mayor sensibilización del público y no una escena como la de las tijeras con la que la película cae en el ridículo, se descalifica a sí misma y le da la razón a quienes afirman que es pornografía mostrada sólo con el propósito de excitar. ¿Cuál es la intención si no de regodearse de tal manera? ¿Si no vemos ocho orgasmos no entendemos la pasión entre ambas protagonistas? ¿O la “necesidad” de meter estos quince minutos de sexo salvaje era porque si no nadie aguantaría tres horas soporíferas viendo a una actriz con cara de empanada?
    Me pregunto cómo es posible que nadie (o muy pocos) vean lo que es en realidad esta película: una fantasía pornográfica de un director heterosexual, basándose en un juicio apriorístico de cómo follan dos lesbianas que no es más que su propio deseo puesto en imágenes (y además tiránicamente, en plan “vosotras tocaos hasta la extenuación que yo filmo mientras babeo). De haber sido dos hombres los protagonistas (o un hombre y una mujer), el director jamás se habría recreado así en una escena sexual entre ellos y la película no habría sido tan brillante para los críticos. Si la pareja hubiera sido heterosexual y si el sexo, aunque realista, hubiera sido tratado de manera más sutil, de esta película ni se habla. Y mucho menos se la premia. Pero claro, a los críticos heterosexuales les ha gustado mucho y por eso ganó Cannes…
    Por eso, lo que me escama de todo esto (aparte de que me es imposible simpatizar con un señor que ha hecho que sus actrices se sientan poco menos que abusadas…) es que el director ha reducido una historia compleja sobre el amor, la amistad, la intimidad… en una larguísima escena de sexo hecha desde el punto de vista de un observador masculino y heterosexual (qué sorpresa) que reduce a las lesbianas y a las mujeres en general en objetos hipersexualizados cuyas prácticas sexuales son y deben ser aquellas que despiertan los deseos de este público en particular. Como siempre, se reduce a las mujeres (lesbianas o no) a lo mismo. Objetos. Objetos con los que vender, comerciar, excitar… objetos masturbatorios y poco más.
    Esta película no hace ningún favor a la causa homosexual, más bien todo lo contrario.

    Si me extiendo tanto y me expreso con tanta vehemencia es porque quiero que mi punto de vista (que es el de muchas lesbianas también) ayude a entender por qué tanta indignación justificada con esta película, por eso insisto en dar explicaciones de lo que considero que es un enfado lógico (el que también siente la propia autora del cómic) y no una pura histeria “porque sí”.
    Recomiendo encarecidamente la lectura del cómic original para que cualquiera compruebe la diferencia por sí mismo en todo cuanto afirmo: claro que hay sexo, de hecho nadie niega la necesidad de que lo haya, pero está tratado de una manera completamente diferente: con buen gusto, sensibilidad y respeto. Son escenas estéticas y realistas, no tan facilonas, exageradas y burdas como en la película, donde la mirada masculina y casi onanista se delata por sí sola. La autora, Julie Maroh, también expresó su indignación al respecto. Conste, insisto, que en ningún momento se discute sobre no mostrar sexo en la película, de hecho es necesario y está justificado que se muestre, pero no ASÍ. El problema no es con el sexo explícito siempre que esté justificado y bien presentado. El problema es cuando se ha decidido mostrar una escena sexual larguísima con el único propósito de crear morbo gratuito y polémica para después querer tomar al espectador por tonto, hacerse el ingenuo y pretender venderlo como “arte”. Eso es lo indignante. Más que una relación sincera y realista entre dos mujeres parece una fantasía pornográfica bastante tópica (e incluso ridícula por determinadas posturas) de un hombre heterosexual.
    Tened por seguro que si Kechiche hubiera dirigido “Brokeback Mountain” o una historia de amor con dos hombres como protagonistas, ni de coña se habría recreado tanto. Es por este cúmulo de circunstancias por el que las lesbianas nos sentimos tan ofendidas: se nos reduce siempre a lo mismo, al mismo papel de objetos destinados a dar placer o morbo a la audiencia… Es curioso que las mayores alabanzas procedan, justamente, de hombres heterosexuales; las mujeres, heteros o lesbianas, la ponen bastante peor y son mucho más críticas. Será quizá porque la cosificación sexual de la mujer es algo tan enquistado en nuestra sociedad, en todos los ámbitos, lo tenemos tan admitido, que ni se permite darle la vuelta cuando alguien lo cuestiona (y entonces, de hacerlo, se nos tacha de histéricas, mojigatas o estrechas de mente, como si confundiéramos “abiertos de mente” con “necesidad de mostrar sexo explícito”) y, como siempre, se visibiliza a las lesbianas sólo para la consecución del placer masculino; se las muestra como objetos sexuales en la pantalla con la hipócrita excusa de que es necesario ver esas escenas pornográficas para entender la vida de la protagonista. Y así, la vida de Adèle se queda reducida a “La vida sexual de Adèle”. Una película fácil, vulgar, pornográfica, con todo lo que podía haber dado de sí (no se dedica apenas atención a la lucha interior de la protagonista, a los conflictos con sus padres y amigas ni la solución a los mismos, no se incide en la necesidad de una mayor visibilización y normalización, etc.)… Creo sinceramente que Kechiche no quiso desarrollar con la misma extensión y profundidad ningún otro tema más que el sexual, disfrazando tal cantidad exagerada de escenas pornográficas bajo tres horas de “cine” y “arte”. El director parece que sólo se dirige a un público específico para que alabe su obra. Podía haber hecho una verdadera maravilla, pero se dejó cegar por el recurso más fácil y explícito. Es verdaderamente una lástima.

  2. Karma dice:

    Esta es la película más machista que he visto en mi vida… Además de ser un bodrio de película, aburridísima, interminable, deshilvanada y absurda, tiene la desfachatez de frivolizar hasta extremos increíbles con las relaciones homosexuales entre mujeres. Toda ella me parece una predecible y tópica fantasía masculina además de perversa, tanto ella como sus intenciones, porque me parece repugnante cómo se abusó de estas dos actrices jóvenes por parte de un director ávido de morbo. Creo que no hacía ninguna falta mostrar tantísimo sexo y que si se hizo así fue únicamente para buscar polémica y audiencia, que se cargaron una novela original extraordinaria en función solo de la búsqueda de esta fantasía masculina heterosexual, que si hubieran sido dos hombres los protagonistas no habrían ido tan lejos las escenas de cama y tampoco la película habría sido tan alabada ni tan premiada y que de hecho si fue así fue porque los críticos (hombres heterosexuales, recordemos, en su mayoría) la valoraron más con los genitales que con el cerebro, ya que objetivamente es una historia bastante mediocre que no aporta nada.
    Sobre ella se ha discutido mucho sobre que si no es pornográfica, que si las escenas sexuales son gratuitas o no, que la historia original fue escrita por una mujer lesbiana y un hombre heterosexual se ha encargado de degradarla (cosa en la que estoy de acuerdo), que si en realidad está mostrando la realidad de cualquier relación, no sólo homosexual, blablablá. Pues que nadie se lleve a engaño, puesto que como suele decirse, “la respuesta más obvia es siempre la correcta”: la película puede parecer pornográfica y tener escenas gratuitamente morbosas, pero ES realmente una película pornográfica y gratuitamente morbosa.

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