CREACIONES. El suicidio de un personaje maniático

por José Miguel Martínez

Ilustración_Felipe Goldsack

Ilustración: Felipe Goldsack

Escribir un cuento que tuviera como tema el suicidio de un personaje maniático, y un máximo de 500 palabras, fueron los pies forzados en esta nueva versión del ejercicio literario de Revista Sangría, donde cuatro autores abordan el tema planteado desde distintas escalas y perspectivas, propias al estilo de cada uno y a la libre mirada sobre el tema, pudiendo ser el personaje en cuestión principal o secundario, y el tema del suicidio no tomado como un imperativo a suceder necesariamente, sino abordado en cualquier fase de su desarrollo, ya sea el simple planteamiento del acto o el hecho mismo del suicidio.

Les presentamos los relatos: “Acuérdate no más de los kaiowas”, de Mario Guajardo; “El casi suicida”, de Víctor Hugo Ortega; “Alzaré por un minuto mi cara hacia el cielo”, de Camilo Arancibia; y “Cerrojos”, de José Miguel Martínez.

Nota de la edición: Queremos dejar en claro que la elección del tema de este ejercicio literario, fue propuesta de manera casual, y no tiene ninguna relación con la contingencia mediática que se está viviendo en Chile, a raíz de los suicidios acontecidos en los últimos días.

ACUÉRDATE NO MÁS DE LOS KAIOWAS

Por Mario Guajardo Vergara*

Ahí está el Moncada, ese que está junto a los indios, entre ellos y los árboles. No me acuerdo exactamente de la noticia, pero tiene que ver con una carta donde amenazan con un suicidio masivo. Sí, yo también me acordé del escuadrón suicida de “La vida de Brian”, me cagué de la risa; yo creo que de ahí sacó la idea.

Acuérdate que el weón empezó con esa canción de Sepultura, cuando estábamos en ¿primero, segundo medio?, por ahí. Él pedía siempre que nos fijáramos, que la canción no era una canción pero de todos modos hablaba, tenía otra fuerza. Acuérdate de su cara, de cómo abría los ojos cuando pedía atención al final del tema. Sí, la canción tenía onda, pero era como mucho, estaba trastornado, se notaba, hablaba, hablaba y hablaba de los kaiowas. Yo me sorprendía que supiera tanto, después de todo, ¿a quién chucha le importan esos indios? Ni siquiera son del país. No sé, sería mejor que se hubiese preocupado de los de acá, que hace tanto tiempo tienen la cagá en el sur, ¿o no?

Ahora que me acuerdo, en la universidad viajó a un congreso con una ponencia sobre los kaiowas y los mapuche. Había elecciones y toda la universidad estaba pendiente de eso, menos el Moncada. Un día le pregunté qué tenían que ver esos otros indios con los mapuches y se enojó. Se dice mapuche, me dijo, ya está en plural, y yo me hice el weón y le pregunté más detalles sobre su trabajo. Me habló de suicidios colectivos; se mataban en solitario, pero finalmente era algo colectivo. Se cuelgan de la viga de la maloca o de la rama más baja de un árbol, me dijo. Yo me hice el weón pero después tuve que averiguar qué chucha era una maloca y pensé que las casitas esas estaban re piola, y los encontré más bien malagradecidos con su pacha mama, ¿o no? De lo que sí me voy a acordar pa siempre va ser de la foto que me mostró. Tres indias colgaban de distintos árboles, de las ramas más bajas, aunque sin colgar realmente: imagínate, con la cabeza y las rodillas dobladas así, los brazos caídos, parecía que estuvieran sentadas, pensativas y cansadas. Me la mostró y me dijo que mirara bien y con respeto, pues habían muerto de manera voluntaria; sacrificio, esa fue la palabra. Eso sí que es política, me dijo, acuérdate no más de los kaiowas. Ahora que recuerdo, esa vez fue él quien mencionó los escuadrones suicidas, seguro que por eso me acordé. Dijo que la buena política es suicidio; y un buen suicidio es político. Se rió. Debo haber puesto una cara que le dijo sin palabras que estaba loco, me di media vuelta y me fui. De ahí en más lo evité cuanto pude. Desde que terminamos la carrera que no lo veía. No sé pa qué recorté la foto, mejor no acordarse de weones.

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*Mario Guajardo Vergara (1985). Magíster en Literatura, se desempeña como profesor de enseñanza media en Estación Central. Publicó “Y aquí me voy a quedar”: el paradigma del loco en la narrativa de Roberto Bolaño (2013) y actualmente prepara un volumen de relatos titulado “Las armas que no disparamos”.
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EL CASI SUICIDA

Por Víctor Hugo Ortega C.*

El lugar de los hechos fue la estación del metro Los Héroes. Gastón lo apuntó con el dedo y se largó a reír. Buena po Rodro, le gritó a unos 100 metros de distancia. Él corrió rápidamente hacia nosotros. Se abrazaron animosos y me lo presentó como un viejo amigo de la infancia. Me miró fijo a los ojos, saludándome con un fuerte apretón de manos y una sonrisa amplificada. Se preguntaron por sus familias, por sus estudios, por sus mascotas, pero el vagón interrumpió la conversa. El tipo partió en dirección a San Pablo. Nosotros caminamos hacia la línea 2.

Aplastados por el tumulto de gente rumbo a Recoleta, no me aguanté la intriga y le pregunté a Gastón por su amigo. Se llamaba Rodrigo Hernández y era, igual que él, oriundo de Melipilla. Habían sido compañeros durante toda la escuela y solían viajar juntos en el bus que los conectaba con Santiago. De la nada le propuse a Gastón que lo invitara alguna vez a tomar unas cervezas, pero reaccionó con una rotunda negativa. Este hueón es entero loco, mejor que no, me dijo. Pregunté curioso los detalles de su afirmación, y supe ahí, en un vagón de metro repleto, la historia del Loco Rodro, como le llamaba su entorno.

El tipo tenía una extraña costumbre, que lo había hecho famoso entre sus conocidos. Allí mismo donde lo conocí, en el metro Los Héroes, el Loco Rodro caminaba de un andén a otro, en el momento en que los vagones no pasaban. Era una gracia que hacía al menos una vez a la semana. La primera vez que lo vi haciendo esa hueá, quedé mal, pensé que se iba a electrocutar, pero no le pasó nada, recordó Gastón. En el metro ya era conocido por los guardias y los cajeros. A algunos les parecía chistoso. Otros no lo pescaban.

Escuchando la historia, me di cuenta que la buena onda entre ambos era absolutamente superficial, por lo que me animé a cuestionar a Gastón. No se demoró en responderme. Argumentó esa simpatía como el respeto al pasado, a la niñez compartida, a la camaradería de la adolescencia. Luego quiso cambiar el tema, pero no lo dejé. Quería saber algo más, quizás lo que más misterio me causaba. ¿Por qué el Loco Rodro hacía lo que hacía? Gastón lanzó un tibio no sé, aunque después de un rato recordó una borrachera juntos, en que Rodrigo le había dicho que quería oler la muerte, antes de enfrentarla. Lo escuché y me quedé en silencio unos segundos. El metro llegó a la estación Einstein y nos separamos. No volvimos a hablar del tema.

Desde aquel día y hasta ahora, cada vez que veo en un diario que hubo un suicidio en el metro, pienso que puedo encontrarme con él. La última vez estuvo cerca. Aterrado, leí que la nota empezaba así: “El lugar de los hechos fue la estación del metro Los Héroes”. Pero no. La víctima no se llamaba Rodrigo Hernández.

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*Víctor Hugo Ortega C. (Malloco, 1982) es periodista, escritor y profesor en la Universidad de Chile y la Universidad de Santiago. Investigador de temas relacionados con cine, cultura audiovisual y medios digitales. Es autor de los libros “Al Pacino estuvo en Malloco” (2012) y “Elogio del Maracanazo” (2013).
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ALZARÉ POR UN MINUTO MI CARA HACIA EL CIELO

Por Camilo Arancibia*

I
Lo que cae son mujeres sobre autos.
Caen también niños y pedazos de concreto.
Unos y otros se azotan en el piso y yo miro todo desde el piso 50 de un edificio.
Estoy solo en mi oficina porque quiero comprender la Vida Nueva que se alza.
Las calles se amontonan sobre las personas y todo va formando un magma que se inicia en la esquina norte de la avenida principal y termina en la contraria, al sur.
Somos quienes miran esto con una sonrisa en los labios.
Somos muchos, en todas partes, los que coordinamos la operación.
Estamos en las torres más altas.
Somos quienes tienen nuevos ojos.

II
Las bombas han sido puestas en zonas claves.
El primer edificio derrumbado está a diez cuadras del mío.
Gestos, niños, piedras, momentos, tierra, ojos, perros, todo cae y fluye nuevamente.
Ordeno carpetas, planos y otros objetos para ocultar los rastros, pero río por el esfuerzo inútil. La encargada de la torre de al frente, me mira y se ríe también. Me saluda con los ojos abiertos.

III
Mañana no habrá noticias porque se acaban las noticias.
Mañana empieza todo otra vez.

IV
Las largas columnas de fuego azotan los bosques y playas.
Las personas han preferido mantenerse quietas.
Ya nadie corre.
Entienden que no hay dónde.
Sus caras amplias han dado paso a una serenidad contemplativa.
Han reparado en las grietas de la calle.
En las cúpulas de las iglesias.
En los árboles de la plaza cercana.
En los gestos que los niños dejan atrás.
Se han subordinado a los hechos puros.

V
Es la oración que guía nuestra idea:
“Alzaré por un minuto mi cara hacia el cielo”.
La repetimos en los cientos de entrenamientos.
Y la grabamos en nuestros brazos.
Leo con alegría la frase.
Reluce con cada nuevo rayo azul.
El cielo como una pintura blanca.
Que se deja acariciar.

VI
Mi edificio se derrumba y el plan toma fuerza.
Comienzo a caer junto a la estructura de concreto y vidrio.
El color rojo de la tarde hace su trabajo.
Y yo pienso en el mármol que recubre las estatuas.
En cómo nos empieza a cubrir.
Somos los ídolos futuros, dispuestos al sacrificio.
Inicio el aprendizaje y escucho las enseñanzas
Del viento negro (humo, sangre) de las dieciocho horas.

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*Camilo Arancibia Hurtado nació en Viña del Mar, Chile, en 1985. Es abogado y profesor de la Universidad de Valparaíso.
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CERROJOS

Por José Miguel Martínez*

Ayer volví al departamento, pero solo por un par de horas. Íbamos a picotear quesos y otras porquerías; la conversación fue fría, cortante. No había malicia entre nosotros, solamente un vacío, entremedio, la distancia de años que separa el amor del agotamiento.

Y no había malicia, tampoco había cariño: era el epílogo de la pelea del jueves, en que me tiraste los libros por la cabeza, sin achuntarme, y yo te llame loca de mierda, te dije que me iba, y cuando estaba haciendo el bolso, me dijiste que no me fuera. Pero ya era muy tarde. Tú lo sabías, y yo también, y te dije: me voy. No esperes que me quede, no después de los libros en el suelo. Me dijiste que era un ficus, un viejo de mierda, que tenía que conectarme con mis emociones y ver a un especialista, para tratarme lo de las obsesiones. Dijiste que papá moriría pronto, y que yo no sentiría nada, porque era un ficus, y que cuando pasara, estaría ordenando mis libros, o abriendo y cerrando el cerrojo de la puerta, veinte veces, como era mi costumbre. O no dijiste eso, sino que dijiste que sí sentiría dolor, pero sin expresarlo durante cuarenta años, porque durante cuarenta años seguiría pegado con mi rutina, con cada una de mis manías. Lo dijiste golpeándome el pecho con un dedo, como un matón cualquiera, y entonces lloré. Yo no quería llorar, pero no pude evitarlo, y luego te fuiste a trabajar, cerraste la puerta, dando un portazo, y te escuche decir ahora abre y cierra los cerrojos veinte veces, pero yo decidí ignorarlo, dejar que tuvieras la última palabra.

Y ayer no había malicia, solo la distancia, que separa a unos ficus de otros ficus. Te pregunté si el vino estaba bueno, la botella a medio tomar que estaba arriba del refrigerador; me dijiste no sé, que yo había comprado la botella cuando fuimos a la vega. Yo olí la botella, un perfume agrío me impregnó la punta de la nariz: te quería decir que el vino estaba malo, pero en cambio dije: hoy traté de suicidarme. Me miraste sin expresión, y luego preguntaste qué fue lo que hice. Te dije que había salido ayer, después de dejar lista mi rutina, y me había dirigido a la oficina, que había subido al último piso del edificio, que me había parado al borde de la azotea. Me preguntaste por qué no salté. Te respondí que me había dado cuenta que, en el apuro y excitación de mi salida, no había pasado los cerrojos de la puerta veinte veces, sino diecinueve.

Entonces te quedaste callada, y como no decías nada, agregué que el vino estaba malo, que lo iba a botar. Está bien, dijiste; me fijé que tenías ojeras, cuando dijiste eso. Yo fui a la cocina con la botella, y dejé caer el vino sobre el lavaplatos. Me quedé mirando cómo el líquido rojo se esparcía, y luego suavemente se iba por el drenaje.

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*José Miguel Martínez (Santiago, 1986) es arquitecto de la Universidad Católica. Obtuvo una mención honrosa en los Juegos Literarios Gabriela Mistral 2013, con la novela inédita “Buscando a Granola”, y el premio al Mejor Libro de Cuentos Inédito del Consejo Nacional del Libro y la Lectura 2012, con “El diablo en Punitaqui (Tajamar Editores), su primer libro.
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