CRÍTICA. Nebraska

por Piero Saavedra

NebraskaEl ex mecánico y veterano de guerra Woody Grant (Bruce Dern), recibe por correo una carta de lotería y cree que se ha hecho rico. En el primer plano de Nebraska, un policía lo detiene mientras camina a duras penas por una autopista de Montana, rumbo hacia el supuesto tesoro distante a tres estados. Es el principio clásico de la parodia, pero en su expresión posmoderna: no hay sardonismo ni burla estridente, sino voluntad de nostalgia. El blanco y negro es perfectamente coherente con ese objetivo

Woody comparte el protagonismo con su hijo menor David (Will Forte), un vendedor de artículos electrónicos que acaba de romper con una mujer que rechaza su inmadurez. Contra su madre Kate (June Squibb) y su hermano Ross (Bob Odenkirk), es él quien decide llevarlo desde Montana a Nebraska a “cobrar” el dinero. El filme adopta su perspectiva, y cuando de pronto desvía su auto para llegar al monumento de los padres de Norteamérica en el Monte Rushmore, es evidente que no se trata de cualquier recorrido, sino de un regreso a casa. Un trayecto circular que el director Alexander Payne ya había escenificado en Las confesiones del señor Schmidt.

El caso es que, tras un accidente que deja más débil a Woody, David decide terminar el viaje en Hawthorne, el pueblo natal de su padre. Allí aprovechan de visitar a unos cuantos tíos, primos y amigos, mientras esperan que se les unan Kate y Ross. Buena parte de estos parientes cree, a la luz de sus propias urgencias, en la gran suerte de Woody y lo empujan a repartir las ganancias. Son los pocos pasajes cómicos de un metraje en clave baja, que dedica casi íntegramente sus minutos a la idea melancólica del pasado.

A su turno también ocurren los episodios más reveladores. David descubre que no fue un hijo planificado, que su padre fue herido en Corea (aunque sólo componía aviones) y que al volver a Hawthorne, muchos abusaron de su amabilidad. De aquel tiempo ido emerge Ed Pegram (Stacy Keach), un ex socio de negocios que le refresca dineros pendientes y líos de faldas, amén de un compresor de aire perdido hace 40 años. Es una sutileza que la fragilidad intelectual de Woody, agudizada por el alcohol, no desgaste su memoria afectiva.

Las personalidades líquidas están en la identidad de Payne como cineasta. El septuagenario de Nebraska carga heridas dolorosas y sufre por un sentimiento hondo de inanidad existencial, derivada de la desproporción entre su talento y sus ambiciones. Que al final pueda cerrar ciertos capítulos de su vida y encuentre afirmación en los lazos filiales, no hace otra cosa que confirmar patrón de escritura. Un esquema que, película tras película, gana en pulcritud lo que pierde en verosimilitud.

Lo destacable, en contrapartida, es que el realizador ha afinado su ojo para componer y fundir el plano. En su descripción de territorios desolados por la contracción económica, Nebraska tiene las imágenes más líricas y sentimentales de su filmografía. La construcción subjetiva del pasado explica la terquedad de Woody en su ilusión con el premio o con un remoto compresor, y si el viaje era en principio una tontería monumental, después David lo recordará como el momentum en que esclareció sus orígenes.

El diálogo privado que Woody y su hijo establecen es el núcleo de la película, la maniobra que mueve las páginas de un olvidado álbum familiar. Quizás como nunca antes, Payne ha desarrollado un intenso afecto por sus personajes y paisajes, ámbitos que le son propios si notamos que su lugar de nacimiento le da título a esta historia. Es un gran cineasta, aun en sus defectos, y Nebraska asoma, con largueza, como su cinta más personal.

NEBRASKA

Dirección: Alexander Payne Con: Bruce Dern, Will Forte, Stacy Keach, June Squibb, Bob Odenkirk, Missy Doty. 115 minutos

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