CRÍTICA. La cacería

por Piero Saavedra

El título de este relato es la metáfora que lo estructura. Cuando en su primer tercio Lucas (Mads Mikkelsen), el protagonista, aprieta el gatillo de su escopeta y fulmina a un venado en uno de sus días de caza, aun no intuye que él mismo se verá reflejado en ese animal que sobrevive y se esconde de los hombres en los parajes daneses. Que nadie se pierda: hay veces en que las diferencias se diluyen, y cualquier ente -humano o no, culpable o inocente- puede devenir de la noche a la mañana en chivo expiatorio.

Lucas vive solo, es divorciado y acaba de iniciar una nueva relación. Es un sujeto de pocas ambiciones, que prodiga generosidad en la guardería infantil donde trabaja. Un día, Klara (Annika Wedderkopp), la “imaginativa” y solitaria hija de unos amigos, le insinúa a la directora del lugar que Lucas ha abusado de ella, hecho que después niega y más tarde reafirma. La mentira crispa la convivencia y activa un conflicto de dimensiones, no penales, no judiciales, sino morales, al modo como lo hizo William Wyler con “La calumnia”.

“La cacería” se introduce entonces en ese lado de las sociedades donde la quietud es sólo una apariencia. Lucas es puesto en la picota pública y debe purgar una condena injusta: lo expulsan del jardín; matan a su mascota (otra víctima inocente); le propinan una golpiza en el supermercado… En fin: son secuencias que transmiten una violencia progresiva, que aparecen en cadena, que casi siempre implican riñas, gritos o escupitajos, y que finalmente confirman que este no es un drama “realista”.

Tal como las películas anteriores de Thomas Vinterberg (véase en especial “La celebración”), “La cacería” tiene pretensiones de alegoría social, una algo plana y denunciatoria de las imposturas del orden valórico burgués, en virtud de la cual el énfasis, el exceso y la estridencia operan como recursos expresivos necesarios para subrayar el artificio y provocar la reflexión.

A Vinterberg le interesa menos la exploración individual que el dibujo del comportamiento colectivo, y por eso la narración en ciertos momentos se focaliza en un hijo de Lucas que no vivía con él (Lasse Fogelstrøm), en la niña acusadora o en Theo (Thomas Bo Larsen), el padre de esta última, quien vive su propia encrucijada entre la norma y su conciencia. El hecho de que filme una de sus escenas más inquietantes en la parroquia del pueblo y durante la eucaristía de navidad, devela su intención de contrastar la bondad con la hipocresía, la pureza ética con el falso testimonio, la familia unida en la superficie con la quebrada en su núcleo.

Pero a final de cuentas, las observaciones e imágenes más interesantes descansan sobre Lucas, una construcción física y psicológica cuya complejidad escapa al largometraje. Sin ser una figura trágica, ésta resiste con voluntad agónica una acumulación de desgracias y sinsabores que empujan continuamente a preguntarse quién diablos está detrás de ellos, quién tiene estatura moral para juzgarlo, cuánto furia en reposo aprovechó su oportunidad, cuál es su origen y su fin…

“La cacería” vuelve a esa vieja idea freudiana relativa a lo siniestro que se engendra en los grupos de pertenencia, cuando el rencor fermenta en la familiaridad de las pequeñas comunidades y encuentra de pronto un pararrayos de descarga. Es una película dura, pero más dura por las dudas formuladas que por los estallidos de violencia que la atraviesan. Y también es una cinta cruel, pero más cruel cuando Vinterberg se contiene, toma distancia y evita la cámara manual.

Jagten

Dirección: Thomas Vinterberg Con: Mads Mikkelsen, Thomas Bo Larsen, Annika Wedderkopp, Alexandra Rapaport 111 minutos.

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