CREACIONES. Historias de ascensor

por Víctor Hugo Ortega

Escribir un cuento que suceda en un ascensor y con un máximo de 500 palabras, fueron los pies forzados para iniciar este ejercicio literario, que esperamos se convierta en una nueva sección de Revista Sangría. 4 autores, 4 historias y 4 estilos son la consecuencia del experimento narrativo que supone contar con la referencia de un espacio físico determinado y con el ingenio para crear una historia en torno a esta locación.

Les presentamos los relatos: “Señor Gómez”, de José Miguel Martínez; “El botón número 13”, de Ximena Catalán; “Control de la misión”, de Loreto Catalán y “2.190”, de Víctor Hugo Ortega.

 

SEÑOR GÓMEZ

Por José Miguel Martínez*

 

La puerta del ascensor se estaba cerrando cuando una mano enguantada en cuero negro la detuvo y una voz gutural dijo gravemente:

    -Esperen.

    Apreté el botón de abrir puertas y la señora que iba a mi lado, una vieja arrugada con un gatito pequeño dentro de la cartera, observó con un dejo de repulsión no disimulado al tipo gordo y sudoroso que teníamos de pie enfrente de nosotros.

    El gordo, que iba vestido con una chaqueta de cuero café sobre una camisa blanca, empapada de sudor, inhaló una gran bocanada de aire antes de entrar al ascensor. Se notaba agitado por la corrida y, al dar un paso dentro, tropezó con el borde que separaba el suelo del ascensor de la losa del primer piso. Se fue hacia delante, y tanto la vieja como yo nos echamos hacia atrás. Entonces pasó.

    Un enorme revólver cayó al suelo y quedó entremedio de los tres. El gordo, la vieja y yo nos miramos, sin entender. El gatito maulló un par de veces, pero luego se calló, cuando la puerta del ascensor se cerró detrás del gordo.

    -Disculpen -dijo él, enjugándose con la manga las gotas de sudor que tenía en la frente. Se agachó, recogió el revólver con mucha naturalidad, como si se le hubiese caído el celular, y lo guardó debajo de la chaqueta. Sentí la mirada neurótica de la vieja clavada en mí, mirándome de reojo desde la derecha, pero no quise mirarla de vuelta.

    -Hace calor –dijo el gordo, marcando el piso 9. Después dirigió su vista al gatito en la cartera de la vieja. Posó una mano enorme en su cabeza peluda-. Lindo gatito –agregó, haciéndole cariño con los dedos. El gatito ronroneó.

    -¿Cómo se llama? –el gordo miró a la vieja.

    -¿Có-cómo? –balbuceó ella. La miré directamente: tenía una mueca de pavor, las arrugas tensas en la cara.

    -Que cómo se llama el gatito.

    La vieja abrió la boca para responder, pero las palabras no salieron. Surgió en cambio un quejido corto, seguido de un momento de silencio.

    -Cómo se llama, poh –insistió el gordo.

    La vieja todavía tenía la boca abierta. Dejó salir un gemido quejumbroso, levemente agudo; en eso sonó el timbre del piso 9 y la puerta se abrió.

    -Aquí me bajo yo –dijo el gordo. Salió lentamente del ascensor, y yo lo vi meter la mano con determinación debajo de la chaqueta, pero luego no pude ver más, porque la puerta se cerró y el ascensor continuó subiendo.

    Pasaron unos segundos de silencio incómodo. Ni la vieja ni yo dijimos palabra alguna.

    La puerta volvió a abrirse en el piso 11. Caminé hacia afuera y me di media vuelta para mirar de lleno en los ojos de la vieja. Seguía con la boca abierta.

    -Señor Gómez –dijo de pronto.

    -¿Cómo?

    -Señor Gómez. Así se llama el gato –dijo ella, con voz quebradiza, y luego yo pensé en decirle algo, cuando la puerta del ascensor se cerró abruptamente, en medio de los dos.

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*José Miguel Martínez (Santiago, 1986) es arquitecto de la Universidad Católica. Participó en el taller de cuento y novela de Plagio el año 2011. Uno de sus cuentos ha sido publicado en la web Suelta, proyecto latinoamericano que busca una conversación entre el arte y la literatura del momento. “El diablo en Punitaqui”, volumen con el cual obtuvo el premio al Mejor Libro de Cuentos Inédito del Consejo Nacional del Libro y la Lectura 2012, es su primer libro.

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EL BOTÓN NÚMERO 13

Por Ximena Catalán*

 

Estoy segura que eran 12 botones. Estoy segura, porque todas las veces que me he subido en ese ascensor, el único que continúa operativo del edificio, los cuento, para evadir el silencio incómodo que se genera cuando me encuentro con alguien que no conozco y no sé bien si debería o no saludarlo. De ahí mi sorpresa el día que apareció un inesperado botón número 13.

Recuerdo que era una mañana de lunes. Tuve que devolverme a mi departamento a buscar una carpeta que se me había quedado y al momento de llamar el ascensor, apareció de la nada una pareja, de unos 50 años. Estaban vestidos como si fueran a una fiesta de gala. Ella usaba un vestido largo escotado y tacones. Él, un frac gris perlado. Los miré y me saludaron con una sonrisa, a la cual no estoy segura de haber respondido.

Ante el retraso del ascensor, el hombre comenzó a  apretar reiteradamente el botón para llamarlo.

– Se están demorando demasiado- dijo el hombre, un poco malhumorado.

– No te preocupes, mi amor. Estoy segura que están preparando todo -dijo la mujer, que pese a sus años, lucía jovial en su ajustado vestido verde esmeralda.

Cuando por fin llegó el ascensor, ellos subieron primero y luego entré yo.  Marqué el 8, como siempre, pero me fijé que al otro lado de la botonera había un botón suelto iluminado en rojo. Con certeza era el botón que la pareja había marcado, pues era el único iluminado además del 8.

Fijé mi vista en el botón para tratar averiguar de qué se trataba, pero no hubo caso. En un intento desesperado, intenté pasar desapercibida y seguir en el ascensor sin que notaran que me había desviado de mi camino.  Entonces, noté que la mujer me miraba mientras susurraba algo en el oído del hombre.

– ¿No iba al 8, señorita?- dijo él, mirándome desafiante.

– ¡Cierto! Me estaba pasando-  fue lo único que atiné a decir, mientras me bajaba del ascensor

Con la mirada del hombre aún clavada sobre mis ojos, caminé por el pasillo y entré a mi departamento casi sin darme cuenta. Recogí la carpeta y cerré la puerta para volver rauda al ascensor y ver si podía averiguar algo más. Sin embargo, para mi sorpresa y decepción, el botón misterioso había desaparecido.

Pasé varios días pensando en el botón número 13, arrepintiéndome de no haber inventado alguna excusa para seguir a la pareja a su destino. Consulté a los conserjes y a un par de vecinos, pero nadie sabía nada. Me dijeron que quizás estaba trabajando mucho, que me distrajera más. Los más osados me dijeron que me buscara un pololo. Pero estoy segura de lo que vi ese día y hasta el día de hoy trato de encontrarle una explicación. Porque aunque digan que la curiosidad mató al gato, estoy segura de que la intriga le provocaría una muerte más dolorosa.

 

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Ximena Catalán (Santiago, 1984) es socióloga de la Pontificia Universidad Católica de Chile y editora de Revista Sangría desde el año 2010. A falta de dotes en las artes plásticas, desde pequeña ha volcado su creatividad en contar historias, las cuales han quedado plasmadas en algunos sitios reales y virtuales, incluyendo las columnas que ha escrito para Revista Sangría.

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CONTROL DE LA MISIÓN

Por Loreto Catalán*

 

De chico, me obsesionaban harto los medios y vehículos de transporte o, como yo les llamaba, cápsulas de transporte interespacial. Estas complejas máquinas representaban un dispositivo inalcanzable para el manejo de un niño y, por el mismo motivo se volvían particularmente deseables.

Autos, buses, aviones, trenes, botes, barcos, cohetes y naves espaciales. Desde cortos viajes interurbanos hasta impresionantes misiones de vuelo estratosféricas, estos vehículos llevaban consigo una experiencia de trasladarse de aquí para allá pero sin moverse de donde estabas parado o sentado, una sensación de dominación espacial en la cual estás libre de dirigirte hacia donde quieras tan sólo con presionar unos cuantos botones, pisar uno que otro pedal y girar una manivela hacia donde se te ocurra ir. El viaje en la cápsula interespacial comenzaba.

Ahora es fácil, me subo al auto y después de unos minutos me he transportado kilómetros. En ese momento no era nada de sencillo.

Un día, cuando mi mamá estaba en la pieza y la pillé desprevenida, salí del departamento y me paré en el pasillo del edificio. En ese instante éramos sólo yo, el ascensor y la señalética de “Piso 2” en la muralla. Inmediatamente transformé ese cartel en un “Precaución, zona de despegue”. Me instalé parado frente al ascensor con una postura y actitud tan segura que ni ahora de grande la he vuelto a replicar. Pulsé el botón para subir y esperé. Estaba a segundos de ser el piloto oficial de la misión “Viaje al último piso”.

La cápsula de transporte llegó, se abrió la puerta de acceso y, cual astronauta, me dirigí con paso firme hacia el interior. Parecieron haber transcurrido minutos durante la caminata. Ya dentro del dispositivo interespacial, los accesos se cerraron y, luego de declamar la cuenta regresiva procedí a presionar el último botón, el que me llevaría a destino.

Con el estómago en la garganta y las piernas semidobladas me daba cuenta que el despegue había sido exitoso. Viví el trayecto con orgullo y emoción, me estaba transportando rápidamente con sólo haber hecho unas cuantas maniobras automáticas. Sólo hoy me doy cuenta que no olvidaría ese momento nunca.

Llegué a la terraza del edificio, salí de la cápsula, miré un poco alrededor y me apresuré rápido hacia las escaleras para bajar corriendo a mi casa y que mi mamá no me pillara.

Ahora los ascensores son tan fomes.

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Loreto Catalán (Santiago, 1990) es  estudiante de Diseño Industrial de la Universidad de Chile. Tiene un gran interés por la creación artística en general y en especial  por las artes visuales, el diseño gráfico, la ilustración y el diseño editorial. Recientemente ha incursionado en la literatura, específicamente en la realización de cuentos.

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2.190

Por Víctor Hugo Ortega C.*

 

Te veré y no me verás. Te hablaré y no me oirás. Respiraremos en el mismo espacio cerrado y quizás no te des cuenta. Mira dónde nos vinimos a encontrar. Vas al piso 49. Yo al 45. Serán unos 35 o 40 segundos lo que durará este viaje. Dependerá de si alguien se sube entre medio. No voy a pensar en que habrá un desperfecto técnico y quedemos atrapados. No. Eso sería como la escena de “Nueve reinas”. Tu película favorita. Mi película favorita. ¿Te imaginas tu cara si pasara eso y te dieras cuenta que voy atrás tuyo? Yo sí. Sería esa cara de sorpresa que me gustaba ver. Como esa vez que nos pilló un temblor en la madrugada y me miraste asustada. Quizás ni te acuerdas.

¿Qué irás a hacer al piso 49? No estás vestida como una oficinista de este edificio. Seguro que vas a buscar o dejar algo. Yo vengo por un cheque. Una vez al año cruzo la ciudad para venir hasta acá. ¿Te acordarás de cuando cruzábamos la ciudad en las micros amarillas? La pasábamos bien. No había transantiago en esa época.

Sabes, sigo siendo rápido. Te he identificado apenas entraste. Tu pelo está más largo de lo que recuerdo. Está más liso también. Te queda bien. La blusa que llevas me recuerda a la que tenías puesta la última vez que nos vimos. ¿Será la misma? Uno siempre tiene una prenda regalona que usa por mucho tiempo. Como mi cortaviento negro con gorro. Ese del que me decías que no me lo sacaba ni para dormir. Aún lo tengo. Aún lo uso. Cuántos años han pasado, ¿Seis, siete, ocho? No sé para qué me hago el impreciso, sé perfectamente que son seis. Le pido ayuda a la calculadora del celular para saber que 365 por 6 son 2.190. 2.190 días que no te veía. 2.190 días en que tuve que mirarte en el pasado. Y aquí estoy ahora, mirando tu espalda en un ascensor.

Te veo y no me ves. Te hablo y no me oyes. Ya no queda nada para bajarme. Pasaré por tu lado, saldré y el tiempo seguirá pasando. Seguramente me seguirán preguntando que ha sido de ti. Y yo responderé que nunca más hablamos, pero que una vez nos encontramos en un ascensor de la Torre Titanium. Tal vez mienta y diga que nos saludamos. ¿Te preguntarán lo mismo a ti?

Antes de la despedida, se me ha pasado por la cabeza que también me has reconocido y me hablas en tu mente. Que también te preguntas a qué voy yo al piso 45. Será un misterio. Nunca lo sabré.

Te vi y no me viste. Te hablé y no me oíste. Las puertas se cierran y recuerdo cuando estábamos en un paradero en Plaza Italia, y nos enrostramos que no sabíamos nada del amor. Quizás era verdad. Tan verdad como que el desamor sea encontrarse 6 años después en un ascensor, y seamos desconocidos.

 

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*Víctor Hugo Ortega (Malloco, 1982) es periodista, escritor y profesor en la Universidad de Chile y la Universidad de Santiago. Investigador de temas relacionados con cine, cultura audiovisual y medios digitales. Es autor de los libros “Al Pacino estuvo en Malloco” (2012) y “Elogio del Maracanazo” (2013).

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ascensor3

Ilustración de Loreto Catalán

 

One Response to CREACIONES. Historias de ascensor

  1. Vero dice:

    2190 aplausos !

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