CRÍTICA. Desde adentro

por Nicolás Lazo

sangría

Imagen: diario El ciudadano.

Sobre el último período de campañas presidenciales en Chile, habría que comenzar diciendo que no, nueve candidatos en primera vuelta no fue demasiada gente para un mismo baile. Por un lado, tal número de alternativas constituye el signo de una mayor y mejor articulación entre múltiples partidos, organizaciones y fuerzas políticas; por otro, confirma la idea de que, al contrario de lo que se suele señalar, las así llamadas “candidaturas testimoniales” –pienso en el lúcido aunque ahora cuestionado mensaje de Alfredo Sfeir– resultan útiles por cuanto permiten instalar y desarrollar temas y problemas relevantes para la discusión nacional.

Junto con ello, cabe añadir que las nueve cartas sobre la mesa no siempre exhibieron tantas divergencias como parece. Entre el liberalismo a ultranza de Evelyn Matthei y el inconformismo iracundo de Roxana Miranda, la mayoría de las y los presidenciables –entre ellos, esta última– recogieron el guante respecto a determinadas demandas ciudadanas particularmente visibles durante estos años, tales como la aplicación de una reforma tributaria, la redacción de una nueva constitución chilena y la instauración de un sistema educativo público, gratuito y de calidad.

Me pregunto: una relativa convergencia en lo grueso, ¿equivale necesariamente a una homologación adrede y perversa de los discursos? Sí y no. Más allá de la infaltable dosis de chanterío propia de toda campaña política, lo cierto es que tal grado de acuerdo es la respuesta imperfecta a algo así como un clamor civil. Quien aspira a encabezar el gobierno de un país tiene o debería tener una profunda vocación de obediencia a la voluntad popular para, de este modo, proponer un camino en sintonía con los paradigmas contingentes del marco histórico.

El vicio fundamental aflora cuando, como ocurre demasiado a menudo, esa indispensable empatía deviene un mero ejercicio demagógico en que las consignas no se diferencian del más frívolo slogan publicitario. Por suerte, el fenómeno no pasa inadvertido y, en tales casos, los ciudadanos constatamos con no poca impaciencia que la política partidista replica de manera ya naturalizada las mismas estrategias persuasivas de las que se sirve aquel mercado depredador que dice regular –o, incluso, combatir– con el máximo rigor posible. Después de todo, no somos tan libres.

Un espíritu optimista defenderá con dientes y uñas el derecho a subvertir el sistema “desde adentro”, idea que supone la existencia de un exterior puro y ajeno al veneno del poder y sus instituciones. Sin embargo, esta postura hipotética olvida que, asimismo, somos escenario de un juego omnipresente cuyas reglas envuelven nuestra realidad hasta en sus más cotidianas expresiones y, en cuanto tales, encarnamos el objeto a la vez que el sujeto de dicho poder. Ya estamos dentro, aunque no para siempre. Pese a que nos rodea como una frontera de aspecto inamovible, esa concretísima abstracción que llamamos sistema jamás podrá ocultarnos la visión de otro horizonte, así como tampoco será capaz de impedir el paso a quienes decidan atravesar los límites.

A estas alturas, nadie sensato debería desconocer que, por ejemplo, ganar espacio en la institucionalidad política representa una inmejorable ventaja estratégica. En este sentido, las candidaturas al parlamento de los ex dirigentes estudiantiles representan no una traición al movimiento, sino el paso y la consecuencia lógica en la defensa de una causa ya instalada. Como bien sabemos, el verdadero conflicto moral surgió a partir del pacto mefistofélico entre una porción de esa dirigencia y la figura que alguna vez ella misma catalogó como un enemigo de rostro sonriente.

No obstante, siempre me ha llamado la atención aquella cantaleta según la cual todos los representantes políticos constituyen un grupúsculo de corruptos sin remedio. Naturalmente, no niego que tal descripción coincide con buena parte de nuestros gobernantes y/o legisladores. Más bien, he comprobado perplejo que, frecuentemente, esa versión contemporánea del no–estoy–ni–ahí de los noventa carece por completo de un carácter propositivo. Por fortuna, pertenezco a una generación que, en su mayoría, se ha despercudido del apolitismo y reconoce el valor de la conciencia ideológica en tanto mapa dinámico de la realidad.

¿Por qué votar este 15 de diciembre? ¿Para qué molestarse si sabemos de antemano quién será la candidata ganadora? ¿Qué sentido tiene participar de un nuevo enfrentamiento entre Melón y Melame, esas dos fuerzas políticas condenadas a la inercia y el empate? Al involucrarnos en la elección más institucional y fome de todas, quiero pensar que habremos actualizado nuestro derecho a pasar la cuenta desde el 11 de marzo mismo. De paso, dejaremos constancia sobre la urgencia ineludible de edificar una Constitución vía Asamblea Constituyente, es decir, desde la raíz de la soberanía popular. Desde adentro.

Creo que conviene reemplazar aquel cliché del que reniego por un imperativo igualmente trillado que, sin embargo, me parece fundamental. Si lo resumimos, bastará con sostener que, para cultivar una acción política realmente fiel a nuestras obsesiones ciudadanas, urge fijar el punto de partida aún más adentro de todo, justo al centro de ese paisaje confuso que somos nosotros mismos. En otras palabras, se trata de alimentar una reflexión porfiada que se resista al individualismo acrítico inducido por el mercado, algo así como la certeza de que votar este domingo vale tanto como saber que no es ni será nunca suficiente.

Deja un comentario

Buscador
Síguenos