CRÍTICA. Oráculo

por Javiera Anabalón

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La adaptación colectiva del libro de Lucas Estrella El oráculo del guerrero, realizado por la compañía Materia Prima, refiere al arduo proceso de autoconocimiento y de construcción de identidad  al cual debe enfrentarse todo ser humano, cuya dificultad permite relacionar la vida con una lucha y el cuerpo con la imagen del guerrero. Las distintas etapas, a las que alude la narración original, son expuestas bajo una connotación de desafío, lo cual se logra plasmar a través del lenguaje particular que ofrece esta compañía, donde se conjuga la danza contemporánea con el trabajo de acrobacia. Un excelente desempeño físico de los bailarines permite al espectador captar  este “sentido del conflicto”, el cual se posiciona como uno de los núcleos semánticos de la obra y que además se vuelve un factor de interés y aproximación para el público preadolescente al cual la obra está dirigida.

En cuanto a la estructura, Oráculo se construye por un conjunto importante de escenas las cuales, si bien  funcionan de manera autónoma,  aparecen como un verdadero desafío para el espectador a la hora de reconocer un hilo conector, sobre todo para aquellos que no conocen la obra literaria. Esta dificultad puede residir en la misma estructura fraccionaria de la obra original, o también en las contrariedades que instaura siempre un montaje de creación colectiva. Sin embargo, el suceso de integración en Oráculo se hace presente en otro aspecto, fundamental y bastante difícil de lograr, que es la presentación de una propuesta consistente en cuanto a un lenguaje corporal, lo cual se logra a través de una buena complementación entre el trabajo acrobático y la danza contemporánea. Sin posicionarse una disciplina sobre la otra, la acrobacia abre nuevos espacios escénicos  -sobre todo hacia el aire- para  la experimentación del movimiento y del desplazamiento gestual.

Resulta imposible no pensar la obra desde el contexto chileno, sobre todo por las fechas en las cuales se ofrece al público, en donde el arte aparece más que nunca como uno de los pocos espejos fidedignos de la sociedad. En Oráculo la respuesta a esta reflexión, más que a un tema de  historia política, refiere a una problemática identitaria, vinculada a  los conceptos de lo ancestral y lo mítico. La atmósfera escénica se constituye de una  mezcla de elementos orientales y latinoamericanos, lo cual lleva necesariamente a la pregunta sobre la vinculación efectiva entre Chile y un “cada vez menos lejano” Oriente, y en qué medida operan estos dos imaginarios culturales en su entrelazamiento a nivel corporal. La obra se construye sobre lo que se podría definir como actos culturales heredados, determinantes finalmente de una identidad gestual que sigue operando hasta el día de hoy, y cuya representación aparece cristalizada en la fusión de la imagen del Indio y del Monje-Zamurai.

Los conceptos de lo ancestral y de oráculo proponen fundamentalmente dos problemáticas en la obra,  una relativa a la noción de colectividad y otra a la de temporalidad. Lo ancestral habla de una idea de comunidad que trasciende en el tiempo y en el espacio; un pueblo que continúa como organismo colectivo vivo en la medida que se mantiene su cultura y su conciencia como pueblo generación tras generación.  Si bien esta obra se centra en la figura individual del guerrero, llama la atención la preponderancia de los cuadros coreográficos de uno o dos miembros ejecutantes, por sobre los grupales, que tienen en cuenta esta reminiscencia a  lo ancestral. No obstante, la obra se desarrolla en base a la alternancia de lo individual y lo colectivo, de lo cual también surgen interrogantes que ponen en tensión el sentido del imaginario mítico frente al moderno. Y dentro de esta misma tensión se posiciona la problemática temporal del oráculo, que remite a la posibilidad de la apertura del futuro en el presente, es decir, hacia una simultaneidad temporal, la cual es posible percibir a partir del trabajo escenográfico.

La atmósfera del montaje se sostiene en una andamiaje resplandeciente de paneles de luces, telas y cenitales, de una tecnología y pulcritud casi nipona,  los cuales resultan un aporte a la danza ya que resaltan de manera muy fina las siluetas de los intérpretes y sus movimientos. Pero estos elementos no operan solos sino en  contraste con la vestimenta,  música y  narrativa tradicionales, lo que genera una superposición de propuestas estéticas que, si bien a momentos puede parecer confusa  -sobre todo para un público preadolescente- finalmente en la mezcla y en lo kitsch, surge una estética propiamente latinoamericana, y chilena en particular, que salta a la vista.

Resulta  interesante  la propuesta de Oráculo en relación a la efectiva experimentación que se logra en la superposición de disciplinas y elementos tanto a nivel coreográfico como escenográfico, pero aún más interesante aparece la intención de ampliar la danza contemporánea hacia otras generaciones y hacia otro tipo de público. El concepto de lo contemporáneo tiene que ver con los códigos que son posibles de leer entre coetáneos, es decir, somos contemporáneos porque somos capaces de comprender determinados códigos o hacer ciertas lecturas de la realidad que no se hicieron ni se harán en otra época.

En mi opinión, una de las razones porque la danza contemporánea aparece tan impenetrable frente al espectador, al menos aquí en Chile, es por una curiosa necesidad en esta disciplina de sobrepasar, a como de lugar, los códigos. Esto, según observo, tiene que ver más con la necesidad de “caber dentro” de un contradictorio paradigma de lo contemporáneo, que con una seria intención de indagar en las posibilidades de movimiento o con el interés de reflexionar cómo podemos transmitir nuestra experiencia del presente y de la historia a través del cuerpo. En este sentido Oráculo, aun presentando algunos aspectos poco resueltos como montaje, aparece como un trabajo exhaustivo, honesto y humilde en cuanto a la búsqueda y focalización en el oficio de la danza, lo cual desde mi perspectiva resulta fundamental para el desarrollo de esta disciplina en Chile y para evitar un estancamiento en la categoría utópica de “lo contemporáneo”.

Ficha técnica

Dirección: 

Natalia Sabat

Intérpretes:

Bárbara Achondo

Gabriel Nilo

Juan Pablo Quezada

Paulina Rebolledo

Álvaro Valdés

Pablo Zamorano

¿Dónde verla?

En el GAM hasta el 6 Octubre

Sábado a las 17 horas y Domingo a las 12 y 17 horas

Entradas: $5000 general – $3000 estudiantes y tercera edad

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