CRÍTICA. Elogio del Maracanazo

EL RECUERDO PERFECTO PARA OLVIDAR LAS PENAS DE AMOR

Sobre Elogio del Maracanazo (2013) de Víctor Hugo Ortega

 por Mario Guajardo Vergara*

 

Todos tenemos algún amigo o conocido que asocia cada recuerdo de su vida a algún evento deportivo. Emblemática es la escena de Good Will Hunting, de Gus Van Sant, cuando Robin Williams le narra a Matt Damon cómo se dio cuenta cuál era la mujer de su vida, recordando la fecha exacta, el 21 de octubre de 1975, el sexto juego de la final de la serie mundial, entre los Red Sox de Boston y los Reds de Cincinnati. El personaje tenía entradas para asistir al partido junto a sus amigos. Le narra al otro vívidamente el momento en que la serie se define. Matt Damon le pregunta si ingresó al campo de juego a celebrar junto a los fanáticos, y Williams le dice que no, que él estaba tomándose un trago junto a la que luego sería su esposa por dieciocho años. Yo mismo, por ejemplo, recuerdo cómo durante el Mundial del 94 mi abuelo paterno cayó enfermo; veía todos los partidos desde la cama del hospital primero, en la clínica después. El 3 de julio, cuando dijo que le daba lo mismo el partido entre Rumania y Argentina, mi padre lloró. El 6 de ese mes mi abuelo murió; no hubo partidos ese día; nosotros al ver a Brasil campeón pensábamos cómo lo habría disfrutado el viejo, fanático de la selección brasilera desde México 70, el primero que pudo seguir por televisión.

Esa confusión entre lo deportivo y lo entrañable encontramos en este libro de Ortega, que se convierte en un imprescindible prematuro, al poner en juego la amistad, el amor, la desesperación, la desintegración emocional y social, la muerte, el dolor, la resistencia, la esperanza y todo lo humano que se quiera agregar a la lista.

No es menor el gesto del autor con esta segunda autoedición; al margen de circuitos editoriales establecidos, autónomo en el soporte, la forma y el contenido de su texto, Víctor Ortega se atreve a explorar la narrativa del llamado deporte rey en distintas posibilidades. Un libro escrito por alguien que trabaja para el Estado, en el Consejo de la Cultura, y que se atreve a conseguir financiamiento privado para sus publicaciones, sin mermar por ello su independencia autoral. Estamos ante uno de los pocos esfuerzos en el panorama de la narrativa chilena actual de generarse a toda costa los medios para conseguir no sólo la publicación, sino que además un público lector, en una estrategia que va desde promocionar por redes sociales, hasta introducir referencias a sus libros en diversos medios de prensa, tanto alternativos como hegemónicos, y pasando por el recurso nunca bien ponderado de la venta puerta a puerta y las entregas a domicilio por el autor en persona. Y todo esto sin el apoyo de una Editorial ni fondos estatales, a pulso.

La ética de la lealtad

Alcides Ghiggia mostrando su gol

El primer relato de Elogio del Maracanazo, homónimo, nos muestra a dos amigos que viajan a Uruguay de vacaciones con el propósito de conocer a Alcides Ghiggia, en una suerte de búsqueda del padre. El Maracanazo aparece como una lección épica, una prueba de que el chico le puede ganar al grande, como David a Goliat según el mismo narrador y protagonista; además, es inevitable pensarlo en sus resonancias políticas y sociales. El relato demora el encuentro con el héroe del Maracanazo- que de aquí para siempre escribiremos con mayúscula. En una oficina prestada donde no por casualidad y sin ninguna inocencia hay un retrato de José Artigas, el “Protector de los Pueblos Libres”, se nos cierra la puerta a los lectores y se nos oculta la conversación que tanto esperamos. El narrador nos deja saber, sin embargo, que para Ghiggia el Maracanazo era “el recuerdo perfecto para olvidar las penas de amor”. Hay aquí una ética escritural paradigmática en relación a todos los relatos del volumen: el valor de la lealtad con aquello que se debe contar, pero también con aquello que no se puede mostrar, a modo de embestida y denuncia a la lógica del espectáculo, del mercado, de ese fútbol sin fútbol donde más valen los euros y los dólares.

En ese mismo sentido, en “El tiempo de Zamorano y Salas” asistimos a la desaparición de una familia cuya sangre son los pequeños rituales asociados a los partidos de la selección, como aquel momento en que nadie reparó ni quiso reparar, cuando Iván Zamorano defendió a Marcelo Salas de un jugador colombiano. Un instante que no apareció en las transmisiones de radio y televisión, una joya sólo para quienes asistieron al estadio, olvidado por la prensa que construyó un relato de enemistad casi bíblica entre ambos referentes de nuestro fútbol, pero un símbolo, una cicatriz de fuego para la historia del protagonista.

Zamorano y Salas

Zamorano y Salas

“La estatua más linda” nos muestra el horror y lo sublime, la cercanía de la muerte- peor que la muerte misma- en un accidente de tránsito y la acción poética de un equipo de adolescentes cuyo entrenador los conmina a besar en la mejilla a la estatua más linda de Chile, la de Gabriela Mistral en la esquina de Matucana con Catedral. Cuando Roberto Bolaño decía que la poesía renacería de otra manera, no podía imaginarse que esta era una de sus posibilidades.

En “Allende era de Everton”, asistimos a la rivalidad entre dos hinchas, uno de Colo-Colo y otro de Universidad de Chile, discutiendo en el Terminal San Borja sobre si Allende era hincha de uno de esos equipos o del otro. El lenguaje plagado de insultos y expresiones populares, el lugar donde se desarrollan las acciones y la revelación final de un guardia que asegura a su vez que Allende hinchaba por Everton, conforma una imagen del pueblo chileno donde la identificación con Salvador Allende- y por extensión con la Unidad Popular y la voluntad de poder que residiría en ese pueblo- es primordial; un pueblo que, unido en lo esencial, podría, de quererlo así, otorgar continuidad a ese relato perdido en 1973.

El relato “La lealtad de los árboles” nos muestra la inminente desaparición de una cancha de fútbol y la comunidad que la habita. Entre recuerdos, malentendidos y aventuras, el narrador, mientras echa una última mirada a la cancha pensando que el culpable era el millonario que compró el terreno, termina por reflexionar: “Culpables somos todos. Culpables y víctimas de la sobrevivencia. Incluso él”. En otras palabras, acompañado de un niño que en su inocencia ignora lo que ocurre, acepta la evidencia de que la descomposición de ese espacio es la descomposición de la comunidad y de sí mismo. El narrador lo ignora, así como los árboles ignoran también su persistencia, pero su lealtad duerme en el futuro de ese niño, quien deviene semilla, esperanza y recuperación de la incertidumbre y las posibilidades que laten fuera de los cálculos.

El narrador de “Historia sudamericana”- una pequeña heterotopía latinoamericana en un bar sin nombre- nos dice que la historia es sobre un “momento muerto” entre un chileno, un peruano y una argentina, el cual cobra sentido recién al otro día cuando vuelve a ver al chileno, derrotado en su intento de conquistar a la chica. El relato le otorga dignidad a esa derrota al retirarse del momento de la caída- otra vez la ética de la lealtad- y también cuando el narrador y protagonista desvía la mirada para que el otro no pueda ver el reflejo de su tristeza.

Situada en el pueblo de Tolema, cronotopo que Ortega viene construyendo desde los relatos de Al Pacino estuvo en Malloco, la historia de “La intriga de los fumadores” nos muestra el retorno del protagonista a la provincia, a los amigos del pasado que se han quedado en las mismas esquinas, recordando viejas historias. Él ya no puede compartir con ellos como antes, pues ha hecho una manda que le impide volver a fumar. No puede revelar la finalidad de la manda, lo cual lo diferencia aun más y establece una distancia insalvable entre él y los fumadores de la esquina.

El extenso cuento “El fotógrafo de Bielsa” insiste sobre la ética que despliega el libro: todo es fotografiable, pero no todas las fotografías se pueden mostrar. Ese pundonor lo representa Mario Medina, el fotógrafo de Bielsa, quien se pelea con uno de sus colegas precisamente en defensa de esa ética. Un gesto- la pelea- de resistencia al imperativo mediático burgués de exponerlo todo, cuyo antecedente primero en esta historia es el padre de Mario, quien aprendió de un gran cineasta italiano que la lealtad con uno mismo y la lealtad con los otros es una sola.

Finalmente, “Yo ayudé al Coto Sierra a hacer ese gol” cierra el libro con el vínculo místico entre un hincha y su ídolo, José Luis Sierra. Un homenaje al futbolista que hizo el gol que terminaría por clasificar a Chile a la segunda ronda del Mundial de Francia 98. Secretamente, viene a cerrar “La intriga de los fumadores”, pues es muy probable que la manda para que Sierra hiciera ese gol la pagara el mismo personaje dejando de fumar. Pero eso no lo dice nunca el narrador, nos queda a nosotros los lectores la tarea de reconstruir el porqué de ese secreto, el porqué de la voluntad de no mostrar ese vínculo entre ambos relatos.

Como Alcides Ghiggia, recordamos para olvidar penas de amor y así volver a empezar, volver a enamorarnos. Cuando Eduardo Galeano nos recuerda que el marxista italiano Antonio Gramsci consideraba al fútbol un “reino de la lealtad humana ejercida al aire libre”, lo hacía con la misma intención que este Elogio del Maracanazo se publica hoy: para exigirnos a pensar que la amalgama entre individuo y sociedad, entre la ética personal y los imperativos culturales, hace del fútbol un territorio donde pensarnos y sentirnos, una narrativa que no por masiva deja de ser reveladora, y que practicar la lealtad del recuerdo y el olvido es un acto revolucionario y de amor como el que más.

Autor: Víctor Hugo Ortega C.

Autoedición

Páginas: 136

Precio: $10.000

A la venta únicamente a través de: elogiodelmaracanazo@gmail.com

*Mario Guajardo Vergara (1985). Licenciado y Magíster en Literatura por la Universidad de Chile. Autor de “Y aquí me voy a quedar”: El paradigma del loco en la narrativa de Roberto Bolaño (Editorial Ventana Abierta, 2013). Se desempeña como profesor de Enseñanza Media en Estación Central y profesor ayudante en el Propedéutico de la Universidad de Santiago.

One Response to CRÍTICA. Elogio del Maracanazo

  1. Ferguson dice:

    buena ortega, saludos! que te siga llendo exelent. 😉

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