CRÍTICA. Idea fija

por Javiera Anabalón

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El músico, guionista, bailarín y coreógrafo argentino, Pablo Rotemberg, presenta la primera obra de danza catalogada en nuestro país para mayores de 18 años, Idea Fija, la cual ya va en su cuarta temporada y por lo tanto demuestra una maduración en términos interpretativos significativa. Resulta indiscutible la seriedad y  exhaustividad del trabajo que hay detrás de este montaje, tanto en un ámbito coreográfico como de preparación y ejecución física por parte de los intérpretes, quienes lo dejan literalmente todo en el escenario.

La coreografía de Idea Fija se construye a partir de una indagación sobre el lenguaje corporal y las cualidades de movimiento propios del ámbito sexual, pero transfiguradas de manera extrema hacia la violencia, la obsesión, el dolor y la lucha de poder. El título de la obra da cuenta de un tratamiento del sexo como manifestación de un impulso, de algo que supera los límites del cuerpo y de la voluntad, y que por lo tanto somete al individuo a un estado de profunda angustia  y enajenación.

3En cuanto a la estructura, podrían identificarse dos grandes segmentos delimitados por la declamación de un texto, además de una escena inicial y una final, las cuales se desmarcan en cierta medida del grueso del desarrollo de la obra. En lo que identifico como la primera parte, los cuerpos aparecen en una suerte de encierro físico y emocional, en donde sus cualidades de movimiento, marcadas por la repetición y la tonicidad muscular, dan cuenta de un estado compulsivo de absoluta irracionalidad. El juego con las velocidades de movimiento, da la idea de que los cuerpos estuviesen siendo observados por una cámara omnipresente y voyerista –coincidente con el ojo de la audiencia- que mira largos períodos de tiempo en cámara rápida sus comportamientos y desplazamientos semiconscientes. Puede percibirse a partir de este aspecto en este primer segmento, una cierta problematización de tipo moral sobre la idea del erotismo como una actividad exclusiva del ser humano y de su contraposición frente al sexo bruto asociado a una animalidad, con la cual no queremos sentirnos demasiado identificados, pero de la que, sin embargo, formamos parte.  Ciertos elementos escenográficos  van incorporando de manera sutil a la atmósfera la idea de sadismo y  enfermedad: vestimentas blancas y camillas recuerdan un espacio hospitalario; el movimiento repetitivo de los bailarines dentro de este contexto remite al psiquiátrico o una sala de tortura; y las puertas- lockers que marcan el límite del espacio escénico,  funden la imagen del camarín de gimnasio con el programa de televisión. De esta manera múltiples elementos se fusionan para tratar el tema del sexo desde el polo animal, bárbaro, y violento del cuerpo  humano, asociado a un estado alterado de consciencia, y por lo tanto desde una mirada que podríamos llamar “crítica” a causa de su exceso. En esta primera fracción, reside la propuesta coreográfica, rítmica e interpretativa más sólida y resuelta de Idea Fija en mi opinión.

El texto coyuntural, declamado por una de las intérpretes, termina de explicitar la idea, ya expuesta en la primera parte, de que el origen y esencia del carácter hegemónico de las relaciones humanas reside y se manifiesta en su forma más bruta en el ámbito sexual, y comienza a dar un carácter más liviano e incluso humorístico a la obra. Aun cuando el texto está muy bien escrito y muy bien dicho -cosa valorable en un/a intérprete en danza-  aparece como un balde de agua fría para el ritmo y fuerza que recién comienza a tomar la obra a esas alturas, lo que quizás podría evitarse si el mismo discurso, simultáneamente dramático y picaresco,  fuera dicho desde la danza. Sin embargo, la palabra en Idea Fija, una vez que aparece llega para quedarse, hasta que finalmente logra de algún modo conjugarse con el cuerpo a través de la canción-bailada. De todas formas, el texto provoca un giro a partir del cual la obra pierde la insinuación de una potencia que se veía venir, pero que nunca llega a consumarse.

En la segunda parte lo más interesante tiene relación con la vinculación anti romántica entre sexo y danza. Se abre un diálogo metalingüístico sobre la natural y originaria unión entre la danza y el acto sexual, pero esta vez asociado, no al ámbito que vincula al ser humano con el reino animal y su bestialidad como en el primer segmento, sino que por el contrario al contexto más propio de la civilización moderna: el consumo y la cultura de lo desechable. La danza se hace presente, tal y como sucede (no hay mayor tratamiento metafórico en este ámbito) en el sex-shop y la música popular envasada; dos elementos interdependientes que hoy en día han desarrollado todo un ámbito de entretenimiento alejado de lo que se reconoce como “Arte” desde el sentido académico del término. Sin embargo, el sólo hecho de exponer estos dos motivos juntos en un escenario, e incluirlos en un montaje de danza que se reconoce como “docto”, los desplaza como signos hacia lo que debiéramos reconocer como códigos contemporáneos. Como mencionaba, con respecto a esta segunda parte, resulta valorable el tratamiento del tema del sexo y la danza alejado de dramatismos exagerados y de cursilerías con los cuales sería fácil encontrarse en el ámbito del entretenimiento, sin embargo, esta forma de exponer la articulación de estos dos motivos desde lo ridículo y lo kitsch, deviene finalmente en lo que se podría  reconocer como una parodia más bien liviana o anecdótica  y no crítica.

Resulta curioso el hecho que la escena de mayor carga poética, mejor lograda a nivel coreográfico, interpretativo y de iluminación sea finalmente lo que más en contra juega al montaje de Pablo Rotemberg.  La obra comienza con una de las imágenes más impresionantes y bellas que personalmente he visto en una obra de danza, en la cual va dibujándose paulatinamente en la nebulosa de un cenital un cuerpo, cuyo sexo no se define en seguida y se contornea en lo que parece ser una profunda experiencia extática de dolor y placer. El intérprete demuestra un dominio absoluto de su centro de peso, de la proyección de sus extremidades y de la tensión y relajación simultánea de áreas parceladas de su cuerpo, creando una imagen de una simpleza y sutileza extremas, en donde el sexo aparece ligado a lo trascendente, a una experiencia que supera lo físico en tanto encuentro con lo divino. Pero la potencia de aquella escena se va diluyendo a lo largo de la obra y nunca vuelve a retomarse lo que en ese medio minuto (o quizás dos) se logra dilucidar. La vara queda puesta demasiado en lo alto en cuanto a expectativas de la obra, y probablemente por eso se percibe una pérdida de potencia que quizás no tomaría lugar ante la ausencia de este primer cuadro. La última imagen también alberga cierta densidad y carga poética, pero tampoco logra evitar la idea de disolución que provoca la apertura de la obra.

4Idea Fija, es una obra que despierta en sus espectadores reflexión, opinión y diálogo, lo cual habla inmediatamente de una potencia particular del montaje, y creo que eso es uno de los componentes más importantes que debe albergar cualquier obra de arte –no creo que haya  algo peor que la obra que deja indiferente a sus espectadores-.  Independiente de cómo sean tratados a nivel estético los temas del sexo, la danza, la violencia y las relaciones de poder, Idea Fija es a mi parecer una obra de danza contemporánea de indiscutible calidad, con una propuesta poco convencional  y de alto impacto en relación a todos los componentes que constituyen una obra de danza. Creo que es muy positivo que en la danza aparezcan intérpretes con tal compromiso y profesionalismo, al igual que obras que propongan  y expongan el cuerpo y sus temáticas desde una estética radical y directa como lo hace  Idea Fija.

Estuvo en Santiago en:

Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM)
30 y 31 de mayo – 1 y 2 de junio 2013
Miércoles-Sábado 21 hrs. – Domingo 20hrs.

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