CRÓNICA. El persa y su contorno

por Nicolás Lazo

El persa y su contorno: La realidad en pedazos

 

APENAS LO HABÍA visitado en un par de ocasiones previas: la primera vez, acompañé a mi tía a comprar algo así como repuestos de auto; la segunda, vine con mi hermana y un amigo suyo tras la pista de sepa el Altísimo qué. No bastó para fijar en mi memoria una noción relativamente nítida del espacio. Lo más probable es que, según su costumbre en aquella época, el puberto que fui no puso demasiada atención en el entorno. Me faltaba mirar de cerca lo que aquí tiene lugar. Incluso hasta hace poco, mi única imagen del persa Bíobío me la ofrecía alguna de las ventanillas izquierdas –siempre me siento a ese lado– de la micro D07, que parte en la estación de metro Franklin, pasa por mi casa y sigue su ruta por calles de Peñalolén que sólo conocí cierta noche demencial en que me dormí a bordo de la misma.

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Pero ésa es otra historia.

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Por supuesto, no esperaba encontrar nada particularmente sorprendente. Pese a que avanzo en la lectura de una versión larguísima de Las mil y una noches cada vez que voy al baño, aún no he llegado a confundir nuestro persa capitalino con los mercados que, en esos cuentos, figuran atiborrados de lámparas maravillosas y alfombras voladoras. Como se sabe, acá es posible hallar de todo, siempre y cuando busquemos objetos perfectamente ordinarios: libros, discos, pósters, películas pirateadas, juegos de Play Station, piezas de computador y muebles del año de la pera. Al menos en apariencia, los hallazgos insólitos no tienen gran cabida. ¿O será que insisto en no mirar con detención? Como sea, lo más extraño con que me topé fueron personas y no cosas: primero, una señora que, cufifa por donde se le mirara, cantaba una canción de desamor en medio del pasaje Santa Ana; más tarde, hacia el final de mi recorrido, un grupo de cristianos evangélicos que predicaba en una esquina desierta como si ante ellos se extendiera un océano de devotos en éxtasis místico.

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2De acuerdo: el así llamado Persa paseo santa Rosa contiene innumerables chucherías singulares y, por qué no, uno que otro tesoro escondido; la primera edición de una novela, una pintura magistralmente kitsch, la figurita de una serie televisiva ochentera. Sin embargo, mi impresión es que la media docena de galpones que lo conforman se parece cada día más a cualquier puesto del centro de Santiago o a cualquier feria artesanal –¿qué les queda de artesanal?– de nuestro país. Ahí están los aros, los estuches, las carcasas; el plástico como único material posible. Más allá, decenas de poleras con estampados de bandas emblemáticas y frases ingeniosas o no tanto. Frente a ello, no cabe sino la rara constatación de que en casi todas partes venden lo mismo. Así, se entiende que quien escribe vuelva la vista hacia los restoranes donde a esta hora transmiten la final del campeonato sudamericano sub–20 entre Chile y Uruguay. Tampoco debería llamar a asombro que este cronista amateur haya sentido el impulso, oportunamente reprimido, de cruzar al Persa mujeres –una cuadra hacia el surponiente– y hacerse un mohicano en una de sus minúsculas peluquerías.

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De algún modo, pasear por el persa Bíobío es asistir a una realidad en pedazos; recorrer sus pasillos y stands equivale a internarse en una colmena algo lóbrega donde circulan y se reúnen, un poco caóticamente, los más variados fragmentos de la cultura. Tal vez en eso consiste su mayor atractivo: tanto el criterio mercantil de los locatarios como la distribución lineal de los negocios han hecho cohabitar, en un mismo sitio, productos de diversos orígenes simbólicos y, con esto, desdibujan de manera permanente las fronteras entre erudición y/o buen gusto (libros, antigüedades) e industria cultural (discos de rancheras, películas de acción y blablablá). No obstante, también hay principios que se mantienen inalterables: Cantinflas, Marilyn Monroe, El chavo del ocho, The Beatles y Jesucristo siguen poblando la galería de ídolos que anima cada rincón del persa.

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Como era de suponer, no puedo volver a mi casa sin apropiarme un par de esos escombros para, de tal forma, acrecentar la montaña de cachureos con que –producto de un no diagnosticado mal de Diógenes– libro una batalla milenaria. En cuanto lo vi, compré en tres lucas Felipe Camiroaga. El halcón de Chicureo, un volumen sin autor ni editorial visibles en que, al modo de una hagiografía pop, se le rinde tributo al animador muerto mediante un conjunto de recursos cursis que resultan, a la larga, fascinantes. Junto al libro, me llevo por dos mil piticlines un maneki–neko, uno de esos gatos plásticos que agitan la pata delantera a lo Adolf Hitler para –supuestamente– atraer la buena suerte y la bonanza económica. Vaya uno a saber: en una de ésas, la próxima crónica la escribo desde Acapulco o Rio de Janeiro o por lo menos Buenos Aires.

3 Responses to CRÓNICA. El persa y su contorno

  1. Lucia dice:

    Hola Nicolas, si bien es cierto el “persa Bio-Bio” no es lo que era antes, tu enfoque no fue en el mismo, y el barrio Franklin abarca mucho mas, y debió ser un reportaje mas extenso pienso. Ya que Persa Bio Bio no es igual a Barrio Franklin.

  2. Nicolás Lazo dice:

    Estimada Lucía, estoy completamente de acuerdo en que el Persa Bíobío no equivale al barrio Franklin, cosa por lo demás evidente. Sin embargo, la crónica es sobre el primero y no sobre el segundo. A lo sumo, anoto un par de observaciones de las calles inmediatamente aledañas; de ahí el título “El persa y su contorno”. Quizás la frase contiene cierta ambigüedad, sí. Con todo, me centré en el persa precisamente porque un texto sobre el barrio habría requerido una extensión mayor a la que me propuse aquí. Saludos y gracias por tu comentario.

  3. Pingback: Camiroaga not dead | Revista Intemperie

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