CREACIONES. Nació como la última hija (…)

por Pablo Molina

PabloMolinaIMG_0315Nació como la última hija de esa familia, la menor.

Bajo el techo de una casa precaria de dos pisos en un pueblo conformado por una sola calle y un almacén, Tegualda se llamaba y así todavía se llama el lugar. Su padre, bebedor constante, la inscribió en el Registro Civil con el nombre de Myria en vez de Myriam. Los hombres del Registro Civil son muy vagos. Permiten que les arruinen la existencia a esas criaturas sin conocimiento, aceptando lo que digan los ebrios. Posiblemente así se entretienen ellos, contando la historia de gente con nombres raros o incompletos.

Toda su vida Myria trabajó en el caserío. Tenían corderos, cerdos, gansos, gallinas, vacas, fresas, frutillas, una huerta gigantesca… Myria era experta en desnucar a las gallinas para hacer sopa, todavía la recuerdo por eso.

La mayoría de sus hermanos mayores ya habían huido del hogar paterno. Myria sólo estudió hasta tercero de preparatoria. Su padre la excusó en el colegio con que debía cuidarlos ahora que se estaban haciendo más viejos, el profesor insistió, pero nada logró. Cuando la veía escribir me daba una puntada en el pecho y sentía los ojos húmedos. Todo el esfuerzo que ponía en escribir legiblemente era admirable y cuando se equivocaba maldecía todo. En matemáticas era tan buena como lo cariñosa que era, es decir, nula. Nunca fue muy amiga del abrazo o las palabras cariñosas.

Aunque nos daba dinero diciendo:

-Vayan a comprarme dulces donde la Norita.

Nos daba unas monedas y volvíamos con más dulces de los que podíamos cargar. Nos daba varios. Los comíamos todos.

Su padre un día murió de improviso. A su lado, un botellón de vino, su eterno acompañante. Prácticamente toda la gente del campo bebe, imagino que será para soportar todos los pesares de una vida tan difícil y desgraciada.

Myria se fue quedando sola con su madre, mi bisabuela, en ese caserío. Como la hija menor, por reglas que ignoro, debía cuidar a sus padres obligatoriamente, sin chistar. Nunca conoció hombre. Sólo conoció el trabajo duro.

Mi bisabuela se fue quedando cada vez más inútil y dependiente. Ciega y en cama, era como un niño pequeño. No podíamos dejar de sentir lástima por ella. De camisón largo, canosa, calavérica, con manchas en los ojos que le lloraban constantemente por tener cataratas. Si le sacaban una fotografía, sacaba fuerzas de quien sabe donde, y posaba como se solía hacer en las fotografías antiguas.

Así pasaron los años mediante la rutina. Hervir la tetera. Tomar mate. Prender la televisión en blanco y negro. Arreglar la antena. Poner baldes para las goteras. Lavar platos. Corretear a las gallinas y los gansos con palos. Darle de comer a la madre. Comprar leche fresca atravesando el monte. Cortar leña. Fumar.

A Myria, mi tía, la conocí por los viajes de vacaciones que hacíamos con mi familia. Juntando todo el año, moneda tras moneda, para atravesar medio Chile durante toda una noche en bus y llegar finalmente a Tegualda. Siendo verano o invierno, llovía casi siempre, todos los años era así. Por lo que muchas veces nos quedábamos frente a la cocina de leña, calentándonos las manos. Cuando paraba la lluvia, salíamos corriendo a subir el monte. Entre los pastizales, saltaban los grillos hacia todos lados. Un verano, nos dedicamos a juntarlos en una botella con mi hermana. Juntamos tres botellas. Dentro, los grillos de todos los colores se movían sin parar. Subido el monte, bajábamos por un camino en un bosque cercano, llegando a un riachuelo a ver los guarisapos, pero sin tocarlos, porque nos echaban miedo.

En ese tiempo ya no había ni vacas ni cerdos en la casa, la huerta era mucho más pequeña.

Mi tía era baja, desdentada, algo brusca y bruta también, pero con ojos de niño uno ve todo como más exótico o llamativo. Le seguíamos a todas partes con mi hermana, como si fuéramos su sombra. En una de esas andanzas la veíamos sacar las papas de la huerta con las manos, alejando a los bichos que ella decía si picaban podían matarla. Los pilmes les llamaban.

Junto a mi abuela, su hermana, recolectaban fresas para hacernos un jugo con exceso de azúcar, pero que a nosotros nos encantaba. Hasta ahora es el jugo que más me gusta y en el recuerdo lo guardo como inigualable.

Cortaba leña bajo la lluvia, mientras la veíamos desde la cocina. Golpeaba y golpeaba la madera, dejando caer el hacha sobre ella. Luego entraba con una serie de palos y astillas cargándolos cual si fueran bebés y dejándolos en la canasta como quien tira un saco de papas.

Riendo malévolamente nos enseñaba cómo matar a las gallinas para hacer sopa, tirándola del cuello con sus fuertes brazos, parecía que rompiese papel. Arrojaba el cuerpo todavía contorsionándose, a la olla con agua hirviendo para que se le desprendieran las plumas. Mientras, la cabeza sobre la mesa sufría espasmos desangrándose. La veía parpadeando aún.

A veces, durante la siesta de mi bisabuela, se sentaba al lado de la cocina de leña, abría la puertecilla donde arrojaba la leña y se ponía a fumar. Acercaba el cigarro al fuego, para que el humo se fuera por ahí, mientras tomaba su mate. Fumaba como si su vida dependiera de ello. Más tarde tomé esa costumbre y ella lo había dejado ya. Nos gustaba tomar mate alrededor de la cocina de leña.

Tomó a mi hermano menor como su favorito. Largos años pasaron sin que la viera. Murió mi abuela. Más tarde mi bisabuela. Cuando volví a esas tierras, ya con veinte años, vi como había cambiado todo. La casa se me hacía más vieja, como a punto de caerse. Ya no había ni un solo animal, excepto quizás esqueletos tirados por allí. De la huerta quedaba la tierra seca y un manzano apestado que dejaba caer sus frutas. Todo un monte descuidado, lleno de maleza por donde se le viera.

Mi tía Myria tenía cáncer, casi como todos mis parientes muertos. Cuando la volví a ver no era la misma que recordaba. No la reconocí más que por el sonido de su voz. Era sólo un esqueleto calvo que caminaba y que por pudor, tapaba su cabeza de pocas canas que le quedaban con un pañuelo multicolor. Su cara llena de arrugas y su piel pegada a los huesos le sumaban por lo menos 20 años más de los que realmente tenía. Tan débil, su mandíbula nerviosamente le temblaba y masticaba sin tener nada en la boca que masticar.

No sabía como contener las lágrimas ante esa visión. Esa aparición demasiado sorpresiva, demasiado chocante entre el recuerdo de ella y su situación actual.          Tampoco ayudaba recordar a mi abuela, mi pariente más cercano y querido, quien había tenido cáncer y que no la vi durante ese tiempo, no me dejaron. Frente a mi tía logré asimilar cómo debe haberse visto ella. Nos abrazamos largo y tendido, ambos estábamos tratando enérgicamente de no llorar sobre el otro.

Pasamos el año nuevo junto a otros tíos en esa casa. En la cena, pasamos del cordero al vino y del vino a los recuerdos. Rancheras y cumbias nos hacían la noche más amena, para tratar de alegrarnos, aunque todas eran letras sangrantes si las analizábamos.

Finalmente, me atreví a sacar a mi tía Myria, sólo a ella durante esa noche, a bailar cumbia. Intentaba hacerla sentir normal, darle alegría. Lloramos juntos bailando. Una congoja, un vacío sólo liberado en un torrente de lágrimas.

Cinco días después ya había regresado al hogar en Concón. Tan sólo diez días después de mi arribo, mi tía Gladys llama desesperada avisando lo inevitable. Mi tía Myria había fallecido. Entre lágrimas, la recordé nuevamente bailando pegada a mi hombro, sujeta a mis manos.

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