CREACIONES. La casa de mi infancia

por Florencia  Gargiulo

 

Tibia y limpia. Tibia, suave y limpia. La cama de mamá, tendida, blanca, infinita; con almohadones dorados, ese acolchado de cebra, que me hacía pensar que un animal se escondía en el cuarto de noche cuidándome, y mirando sigiloso mis movimientos con ternura. El olor a palo santo, mezclado con incienso. Y los millones de cuartos, al lado de cuartos, y más cuartos, con sus luces chillonas y sus monstruos en el placard. La figura de la Virgen María en la mesita de luz miraba hacia la puerta, y el rosario colgado de la lámpara, mi libro de Matemáticas y la hoja de la tarea adentro, sin terminar. Los rulos de Mamá Laura, salvajes en mi cara, como la lámpara de Soledad. Rojos, como los labios de Rosario. Pasillo de ecos, de pasos vacilantes, baldosas blancas y negras. Antiguas escaleras de madera, crujientes e imprevistas. Techo alto, demasiado alto. Y el silencio… Nunca un silencio. Sólo por la noche. A veces, murmullos y risas, apagadas o contenidas. Todas brillaban, sus ojos estaban prendidos, con un halo de muerte en su iris, sus ropas cantaban mientras rompían el viento a su paso, bellos recortes de luz en la sombra.

Todas sonreían con amor, y acariciaban mis largos cabellos dorados. Me daba pudor, pero estaban cuando mamá se iba, y ella decía que estaba bien. Iban y venían, de un lado a otro, con simpatía, como en un juego de puertas. Y entraban y salían, constantemente, hombres apagados, que no reían, que reían, que tocaban mis largos cabellos dorados, pero yo no reía, me daban miedo. Cuando ellos se iban, seguían grises, pero un brillo en sus ojos yacía arremetido, yo sentía que estaban mejor. Pensaba que Rosario era un Hada, y con su polvo de estrellas, encantaba a todos los hombres que la veían en la casa. Tenía el pelo castaño, y usaba una tiara de plumas blancas. Sus ojos eran pardos.

Cuando llegaba temprano del colegio iba corriendo al lavadero y me tiraba encima de la canasta de ropa limpia, hundía mi mano hasta tocar el fondo y miraba, todo eran bombachas de colores, rojas, negras, azules, violetas. Mamá se enteró porque lo escribí en mi diario; también se enteró de un par de cosas más que había escrito en él, las puedo escribir de forma textual, aún lo conservo: “Cuando sea grande quiero ser como Rosario” Página 3: “No sé donde está papá. Nunca lo supe, quizás no tengo. Las veces que le pregunté a mamá, se puso a llorar y yo quiero saber, porque el quiosquero siempre me dice hija y yo me quedo congelada sin saber que decirle”; un  día me vestí como mamá, usé su rouge marrón, unos tacos, un vestido y grité cuando entró al cuarto “¡Soy la reina de la magia encantada!”, se quedó dura y se puso como loca. Me dijo “¡Vos no vas a ser como yo, por favor, no termines así!, ¿Qué es lo que voy hacer con vos?…” Le dije: ”¿Así?, ¿Cómo? ¿No tengo poderes?” Y el llanto otra vez. Esta vez de las dos, porque yo no entendía nada.

Pamela era nuestra vecina. Vivía en el cuarto de la derecha. El 203. Justo al final del pasillo. Mamá y yo siempre la íbamos a visitar, le curábamos las heridas, yo intentaba, pero ella no me dejaba. Me acostaba a su lado y apoyaba la cabeza en su hombro, me causaba gracia escucharla decir todo tipo de onomatopeyas “¡ah!; ¡Sjj!” decía. Siempre le dolía algo, es muy torpe pensaba, tiene accidentes re seguido. Pero mamá la miraba con pena, y ahora recuerdo que Pamela lloraba y reía cuando yo me reía de sus onomatopeyas. Una vez con una puerta, otra vez las escaleras. Mamá también se lastimó con las escaleras, Rosario, y muchas otras amigas también, tendrían que arreglar las escaleras… aunque yo nunca me caí, la inocencia de mis pensamientos me protegía, como si mi limitación fuera una salvación. Yo vivía encapsulada en la información que mis sentidos me daban, todo era una rutina, un cuento, un circo de telas brillantes.

Mamá temblaba por las noches, y yo la abrazaba muy fuerte, no hacía frío. Cuando se dormía, roncaba y ya no temblaba más. Mauro se llamaba, me miró a los ojos y dijo: “Yo soy tu papá”, pero mamá Laura lo codeó y éste se quedó callado, mirándome, no se parecía mucho a mí. No sabía como me llamaba, ni mi color favorito. Debía de ser algún cliente, que al menos no olía a vodka y vino tinto Pensaba esas cosas mientras lo miraba con desconfianza y el entrecejo fruncido. Pero deseando con todo mi cuerpo que realmente lo fuese.

Una de todas esas noches entró mamá en el cuarto, cerró la puerta con delicadeza, sin embargo me desperté, tenía un círculo enorme en la cara, y le dije “¿Mamá, te golpeaste con la escalera otra vez?” Me miró asustada, las lágrimas caían de sus ojos silenciosas y mojaban la cama, se desvistió, puso la ropa de cama, y se acostó a mi lado, me agarró la cabeza con ambas manos y la apretó contra su pecho. Hablaba muy bajito, me costaba escucharla, luego reafirmó la voz y haciéndome mimitos con sus largas uñas me contó: “En el último piso de la casa, vive un hombre muy malo. Tiene cabeza de gallina y cuerpo de caballo. Puede multiplicarse y torturar a varias personas al mismo tiempo. En el último piso hay muchos cuartos y en todos los cuartos está él. Tortura a las mujeres que se portan mal. Y yo me porté mal. A vos nunca te va hacer nada Belén”. Me lo decía con bronca y duda. Benito era mi único amigo, salíamos a andar en bici, nadie me hablaba en el colegio, decían que mi mamá era una puta, yo no sabía qué era eso. Les preguntaba, pero ellas tampoco sabían.

Deja un comentario

Buscador
Síguenos