CRÍTICA. Tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas

por Piero Saavedra

Desde su título y argumento, Tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas -triunfadora en Cannes 2010 y no estrenada en Chile-, guarda las distancias con el realismo y el racionalismo cartesiano. La novela en la cual se inspira el sexto largometraje del tailandés Apichatpong Weerasethakul, cuenta la historia de un hombre que aseguraba poder rememorar “sus vidas o reencarnaciones pasadas”.

Ese hombre, desde luego, es Boonmee (Thanapat Saisaymar), un enfermo de insuficiencia renal que viaja a su granja del noreste de Tailandia a pasar sus últimos días, con la compañía de su cuñada Jen (Jenjira Pongpas) y su sobrino Tong (Sakda Kaewbuadee). Boonmee es un sujeto sereno y equilibrado, tal como la película, que espera la muerte a la oriental: sin llanterío, sin desgarro, con esa serenidad que antes transmitió el cine de Akira Kurosawa o de Kenji Mizoguchi.

Hasta que, antes del primer cuarto de metraje, aparecen las sorpresas. Durante la cena, el cuerpo de Huay (Natthakarn Aphaiwong), la difunta esposa del protagonista, se materializa en una silla. Y acto seguido, llega a la reunión Boonsong (Jeerasak Kulhong), el hijo desparecido de Boonmee, transfigurado en un “fantasma de mono”, peludo a cuerpo completo, dotado de brillantes ojos rojos, y con ganas de iniciar una insólita charla de sobremesa.

Desde este minuto en adelante, vale una advertencia: no busque coherencia, verosimilitud ni linealidad en el relato. Perderá el tiempo.

Tío Boonmee… ganó la Palma de Oro y ha llegado a celebrársele como un poema cinematográfico. Pero dejémonos de cuentos: acá no hay tanta poesía; ni sobre la muerte, ni sobre el karma, la reencarnación o la “transmigración de las almas”. Todo el aparato metafórico que la cinta despliega al respecto parece una astucia, una ironía discursiva al servicio de una clave bien gruesa.

La maniobra de Weerasethakul consiste en alertar al espectador sobre la trivialidad aparente de las imágenes –el ejemplo es la secuencia de apertura- para así constatar que el mundo se ha vuelto un lugar muy contradictorio, brumoso y multidimensional. El director usa el encuadre extrañado para subrayar los contrastes en una misma escena o secuencia: un animal conversa con humanos, un monje se pone unos jeans o el mismo Boonmee adquiere más de una figura.

En ese sentido, y tal como el mismo cineasta lo ha reconocido, el filme sostiene que es difusa, casi inexistente, la línea que separa a la vida de la muerte, a la modernidad de la tradición, a oriente de occidente. Dicho de otro modo, plantea que no existe una sin la otra; más aún, que una es, en equivalente tiempo y espacio, la otra, aun si son tratadas con conceptos diferentes.

Esta película ha dividido las aguas de la crítica, entre quienes la han subestimado o sobrevalorado. OK: hay razones atendibles para apreciar su estética y tono, pero también es agotador que en cada plano esos recursos machaquen la tesis del filme. Una idea de pocos matices sobre la cultura de la globalización, de la hibridación, del melting pot. Weerasethakul convence poco con esta alegoría, aunque le funciona en varios momentos la mirada extrañada y distanciada.

LUNG BOONMEE RALUEK CHAT Dirección: Apichatpong Weerasethakul Con: Thanapat Saisaymar, Jenjira Pongpas, Sakda Kaewbuadee, Natthakarn Aphaiwonk 113 min.

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