CRÍTICA. Verano

por Piero Saavedra

Por varias razones, Verano, segunda película de José Luis Torres Leiva, supera con largueza a su debut en la ficción, El cielo, la tierra y la lluvia. No es que haya cambiado el tono o la economía de sus trabajos. Tampoco la inestabilidad de sus personajes. Simplemente, se trata de otro énfasis en el uso de los recursos que hace madurar una vocación realista iniciada con cortometrajes y documentales casi una década atrás.

Verano es un relato que incluye 13 tramas. Todas ellas convergen y alternan durante un día en las Termas de Cauquenes y algunos pueblos cercanos. La posta pasa de unos a otros. Desde los que están de vacaciones hasta los que trabajan. De los que descansan y se relajan, a los que no tanto. Dos son las historias pivotales: una pareja que debe decidir si tener un hijo o no, y una turista argentina (Rosario Bléfari) que acaba de saber que está embarazada.

A diferencia de El cielo…, esta vez Torres Leiva demuestra más empatía hacia sus personajes. Ya no proyectan tanta tontera o rareza generalizada. Tampoco los define la seducción y el encanto. Ni tanto ni tan poco: ahora pueden llorar y también sonreír; esquivarse, pero luego abrazarse. En lenguaje político, digamos, crece su “credibilidad”. Y desde luego su densidad.

El largo plano que registra el encuentro casual de Julieta (Julieta Figueroa) y Rodrigo (Rodrigo Lisboa) en un paradero de Coya, está entre los grandes momentos del cine nacional reciente en términos de rigor expresivo. Torres Leiva tiene un ojo tan certero para captar conductas y gestos menores, para trabajar sobre los tiempos muertos, que logra convencer dejando a un lado las pretensiones estéticas que hicieron de su opera prima una cinta tan atosigante.

En Verano hay menos encuadres perfectos, pero hay más verdad. Menos cálculo, pero más sensibilidad. “Quise filmar (en las termas) –cuenta el director- principalmente porque era un lugar al que yo fui varias veces cuando era chico con mis abuelos paternos, que ya fallecieron”. Se diría que la convicción de su realizador responde más al conocimiento de lo descrito que a la fascinación por los paisajes del sur de Chile. Eso se nota.

Adicionalmente, en esta ocasión Torres Leiva ajusta cuentas con el guión. Bastante ayuda en esto que los personajes no sean tan callados. Se advierten, en este sentido, las preocupaciones habituales de un guionista (a ratos por sobre las del cineasta): los diálogos que evocan una imagen, la entrega de información que resuena en varias escenas y, en especial, la presentación natural de los símbolos.

La madre ausente (Muriel y Mariana), la que dio a luz (Gabriela), la mujer que será madre (Rosario), la que no quiere serlo (Julieta), son vertientes del misma correlación entre angustia y resolución, decepción y autoafirmación. Descontada la unidad de lugar, la línea temática sobre la maternidad y sus ondas cohesiona todas las historias de Verano, que viene precedida de una selección en el último Festival de Venecia.

Sin embargo, al final del día, las repetidas preguntas meten su cola: ¿Tiene interés un cine así en otra parte que no sea en festivales? ¿Puede conectar en Chile un cine así? Sin un hipermontaje, sin mucha carne argumental, sin muchos flujos de tensión visual, sin un “nudo central”, todo parece indicar que no. Quizás nada de eso importe mucho y lo que cabe aclarar es por qué Verano es una estupenda película y un salto mayúsculo de su director.

VERANO
Dirección: José Luis Torres Leiva Con: Rosario Bléfari, Julieta Figueroa, Francisco Ossa, Ignacio Agüero, Mariana Muñoz, Muriel Miranda, Rodrigo Lisboa

Duración: 93 minutos.

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