CRÍTICA. Un dios salvaje

por Piero Saavedra

Un dios salvaje comenzó a gestarse en un chalet en Suiza. Arrestado allí por el caso de violación en EE.UU. ocurrido hace casi 40 años, Roman Polanski contactó a la escritora Yasmina Reza para proponerle adaptar en conjunto su popular obra teatral homónima. Una texto de carácter reclusorio que bien pudo responder a una exploración personal, sentida y, sobre todo, irónica, del director franco-polaco, pues no fue precisamente una taza de café o un pastel de frutas lo que lo retuvo, sino una orden de extradición.

La situación es esta: en un departamento de Brooklyn se encuentran dos parejas. Por un lado, el liberal matrimonio entre Penelope y Michael Longstreet (Jodie Foster y John C. Reilly), escritora y comerciante respectivamente. Por el otro, el de Nancy y Alan Cowan (Kate Winslet y Christoph Waltz), ejecutiva de inversiones una y turbio abogado el otro. La causa que los reúne está registrada en la panorámica de apertura: Zachary (el hijo de los primeros) ha sido golpeado por Ethan (el de los segundos) y ha perdido dos dientes por su culpa. Pronto los niños quedan periclitados, y las buenas costumbres, también.

Como es usual en sus películas, los personajes de Polanski evolucionan desde una aparente normalidad hacia un estado de crisis, sin escapatorias y lleno de amenazas. Una de las imágenes cruciales ocurre en el minuto 30, cuando Nancy vomita sobre varias enciclopedias de Penelope: la mujer de Alan ha contaminado los modelos de la alta cultura. Poco a poco los padres de Zachary y Ethan, en lugar de sustituir la manera infantil en que ellos resolverían el asunto, la comienzan a imitar. Y no se puede detallar mucho más de la “carnicería” que viene.

Este astuto salto narrativo, de la biología del amor (Maturana) al impulso destructivo (Hobbes), que cruza la teoría del “buen salvaje” (Rousseau) y que está presentado en los diálogos mordaces de Reza, ahora se expresa con fuerza en los cortes de los planos, en los movimientos de la cámara, en la posición exacta de los encuadres para captar gestos y dudas. Por tanto, que nadie se pierda: Polanski ha reforzado ideas verbales con gesto visual puro.

Un dios… guarda relación con la ruptura de la psiquis dentro del orden burgués –lo que la aproxima hoy a cualquier película de Michael Haneke-, por causa de la insidia inusitada del prójimo –lo que la aleja de la obra del austríaco-. Además, el director elige situar el conflicto no en cualquier estrato burgués, sino en el de la sociedad americana, reducto de los valores democráticos, y no en cualquier ciudad, sino en Nueva York. Si esto ocurre en el centro de la diplomacia mundial, imagínense lo que puede suceder fuera de sus márgenes, parece sugerir la cinta.

Sin embargo –todo hay que decirlo-, hacia el final queda claro que es en el lenguaje del teatro donde Un dios… alcanza cumbres expresivas, y Polanski ha reducido su autonomía de vuelo para asumir el desafío de traspasarla al cine. En otras palabras, este espléndido cineasta sólo puede deslizar observaciones perturbadoras, pero poco perturbadoras si se comparan con las del resto de su filmografía. No es una impresión tan rara después de apreciar el reciente logro de El escritor oculto.

CARNAGE Dirección: Roman Polanski Con: Jodie Foster, Kate Winslet, John C. Reilly, Christoph Waltz 79 minutos

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