CRÍTICA. El atlas de las nubes

por Rodrigo Salgado Boza

 

No es frecuente, pero a veces el hype tienes efectos benéficos.

Hace un tiempo se divulgó el tráiler del nuevo proyecto de los Wachowski, Cloud Atlas, a ser estrenada a fines de octubre de este año. Un adelanto de casi 6 minutos, con un elenco desalentador, zafio, directamente fome y despreciable. Auguro desolación y derrota para este filme, y no por el elenco precisamente. A pesar de ello, estas líneas no son sobre la adaptación cinematográfica, sino sobre la novela homónima de David Mitchell, publicada en 2004.

La novela está dividida en 6 secciones, abarcando un período enorme de tiempo: desde mediados del siglo XIX hasta un futuro post-apocalíptico. Desde una nave en el Océano Pacífico hasta un restaurante atendido por sirvientes clones. Entre secciones la unión es limpia y no deja lugar a sutilezas, el origen de la doble lectura. Allí donde uno deja un testimonio, el siguiente en la posta de la novela lee aquello, y el que le sigue conoció al previo… y así. El Atlas de las nubes es una cadena de errores, es una vida humana extendida por siglos, atomizada y analizada en base a la fortuita conexión con otras historias, otros nombres, otro tiempo. Despunta la tranquila cadencia, la verosimilitud de Mitchell, sorprende su prudencia, cuando teniendo en manos un proyecto tal, podría haber sucumbido a lo que los Wachowski han caído (según deja ver el tráiler): metáforas arjonianas sobre el valor de la vida o sobre el encadenamiento new age de las existencias: un Efecto mariposa peor aún, si cabe. En cambio, todo eso (y más) está sobre el tapete sin siquiera sacarlo directamente a la luz; es una posible línea de lectura, una harto huera, pero real.

Mitchell sorprende en el cambio de registro entre los seis protagonistas. Sobre todo con el viejo editor que vive en la actualidad. Sus páginas contienen observaciones sarcásticas sobre los ancianos, sobre sí mismo y su pasado, el mundo, el estado de cosas  y sobre su profesión. Lo que un anciano ácido afirmaría. El viejo editor se pone la soga al cuello diciendo: “Las autobiografías ya de por sí son infumables, ¡pero anda que las novelitas! Héroe emprende viaje, forastero llega a la ciudad, alguien persigue algo, lo consigue o no lo consigue, conflicto entre voluntades opuestas. «Admiradme, soy una metáfora»”; bromea consigo mismo con ayuda de otro: “Mire, estoy seguro que es usted una mujer sensata -el oxímoron pasó desapercibido”; o se afana en el ejercicio de la memoria: “me tumbé en la cama tratando de recordar, por orden, los dormitorios de todas mis amantes a base de mirar por el mugriento catalejo del tiempo”.

El Atlas de las nubes se emparenta con los monstruos del tipo La vida instrucciones de uso. No por lo que ambicionan, sino por lo consiguen. Por lo pronto, ambas incluyen referencias ocultas a Borges. Ambas juegan con la idea del texto como laberinto, de un único camino de lectura irremontable una vez comenzado. Tal como los clones del libro: conseguir la independencia de la conciencia es un camino de no retorno, quizás porque le viene aparejada la acumulación, la memoria como refugio, juez y guía. El Atlas consigue consistencia como novela de aventuras y diario de vida, también como roman à clef anticipatorio y nostálgico, pero por sobre todo por un catálogo de personajes bien construidos, independientes unos de otros, pero forzados por Mitchell a compartir un pasado común, que no pasa más allá de una marca de nacimiento o ciertas coincidencias geográficas.

Pero, valga la aclaración, Mitchell no es Perec. Ni se le acerca. Y lo que parece lo mejor de la novela -la pantomima del escritor tras cada personaje-, se vuelve pura artificialidad, humo, y escenario donde los actos se unen (de hecho lo hacen, ahí están los goznes y su ensamblaje) pero no consiguen formar una suite, una obra que como generalidad apunte a un final común. La misma estructura de este Atlas, obliga a los cabos sueltos, a repetir el sino del centro de las 1001 Noches: contar que se está contando. El escenario del retruécano y la espiral le acomodan, consiguiendo un relato-meseta, que estando muy lejos de aburrir no consigue cerrar como novela. La columna que sostiene la tesis tras la novela (las mentadas reencarnaciones que Mitchell propone) es débil porque está sujeta a interpretación, y dada esta era de la duda, termina cayéndose. Esto no es un yerro per se: Tolstoi puso eje ético a sus novelas, Tzará uno estético a su poesía.

Los hechos y la calma con que ocurren, lo inevitable de éstos. Tanto como leer una novela, ver una película: todo ya ha ocurrido, y Mitchell juega con el hecho (no siempre constatado) de que si es relato es porque yace en el pasado. Dicen, desde el destruido mundo del futuro que “El tiempo es lo que impide que la historia ocurra toda de golpe; el tiempo es la velocidad a la que desaparece el pasado”. Justo lo que hay que decir de El Atlas de las nubes: capas temporales que envuelven relatos dentro de sí en la forma en que se experimentaron, como historias, nunca como vivencias. La única relación posible entre los protagonistas está mediada por un relato, en el cual ellos se representan, se encuentran. Queda, claro está, el recurso facilista de invocar a la reencarnación como el nexo entre unos y otros, como el mismo Mitchell afirma. Pero acaso la hipótesis de un único narrador, maquinando historias dentro de historias, ¿no satisface? Un inmortal podría hacer todo lo que la humanidad en su conjunto. Incluidas sus historias.

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