CRÓNICA. Mi vida con Kafka

por Pablo Molina Guerrero

4 de mayo de 1913

Siempre de nuevo la representación de un cuchillo de carnicero que con máxima rapidez y regularidad mecánica me penetra desde el lado y corta al través tajadas sueltas muy delgadas que, debido a la rapidez del trabajo, se alejan volando casi enrolladas.

21 de junio de 1913

El mundo monstruoso que tengo en la cabeza. Pero cómo liberarme y liberarlo a él sin reventar. Y, en cualquier caso, mil veces mejor reventar que retenerlo en mí o enterrarlo. Pues para eso estoy aquí; esto me resulta completamente claro.

Kafka en primera persona: Selección de los diarios de vida de Franz Kafka / Franz Kafka; Carla Cordua (traductora).

1ª ed. Santiago: LOM Ediciones; 2010. (p. 87)

Siempre he tenido un peculiar amor por los libros. No sabría explicarlo bien. Hay algo muy privado en el hecho de leer, comprender y degustar una lectura.

Kafka ha sido para mí siempre un libro de cabecera. Hay cierta identificación. Supongo.

En la Educación Básica de los noventa del siglo pasado se leía La Metamorfosis (desconozco si se continuará haciendo esto). Era parte del programa al parecer. Por lo menos a mi curso le fue impuesta esa lectura. No recuerdo en qué nivel habrá sido. Siempre era obligatorio leer libros, muy pocos lo hacían. Como de pequeño era/soy algo obsesivo con leer, nunca tomaba los resúmenes, lo cual hacía la mayoría. Y cuando digo nunca, era nunca. Era un colegio público de la peor calidad y fama. Pero la biblioteca era variada y pasaba los recreos en ese lugar, por lo menos desde séptimo o sexto hasta octavo. Antes no había ninguna sala que se pudiera llamar biblioteca. Recuerdo que me llevaba dos o tres libros cada fin de semana. Quizás por eso soy miope, quizás no.

De todas esas lecturas de la infancia, sólo permanecieron conmigo cuatro tipos de libros: los relacionados a la muerte, a la mitología, a la historia y a Kafka.

A mi parecer ese cuento que Franz escribió y que vio publicado en 1915, La Metamorfosis, no debiera leerse hasta la adolescencia, ya que ayuda a afirmar la persona, la individualidad, el ser en sí mismo a diferencia del resto, creo. Es cuando se convierte en un libro útil. Pero quizás no es necesario. ¿Quién ha dicho que un libro debe ser útil?

La tragedia de Gregory Samsa me identificaba. Entre todos esos alumnos desordenados y poco interesados en la educación, yo era un bicho. En mi hogar y entre mis hermanos, también. Por lo tanto era un individuo auto-reconocido. Desde pequeño.

Es interesante el hecho de que las letras de Kafka continúen vivas. Sean cuentos, novelas o pequeñas anotaciones. Ese sentimiento que se extrae de sus libros, esa asfixia hacia el resto, la afirmación de la identidad y el ego con sus respectivos temores.

Hasta cerca de los 18 años, sólo había leído La Metamorfosis. Sabía que habían más libros, pero no tenía posibilidades de comprar ni de encontrarme con otro. Luego, en la casa de un amigo, encontré un libro de La Metamorfosis, pero con cuentos adicionales y un prólogo de Borges. El artista del hambre, El buitre, Prometeo, Una confusión cotidiana, entre otros. ¡Fantásticos cuentos! Rápidamente lo tomé, y me fue prestado a pesar de que no era de él. El libro nunca lo devolví, casi como relato kafkiano, se olvidó de dónde vino el libro, se olvidó quién lo había prestado y quién era el dueño habrá olvidado a quién se lo prestó.

Cuando estudiaba audiovisual, había pensado en incorporar los elementos y personajes de Kafka en una o varias animaciones. Dibujé e hice una animación incorporando a los personajes del libro recibido y nunca entregado, La metamorfosis y otros cuentos. Fue un burdo intento. Ordinario. Decadente animación. No sabía mucho del movimiento fluido en la animación. Los dibujos estaban decentes a mi gusto, en lo posible.

Luego había planeado hacer en animación El buitre, cuento corto de no más de una página. La idea me rondó hasta el año pasado, ¿o mejor dicho hasta este año? La cosa es que no lo hice. Aunque quedaron anotaciones y bocetos.

Luego, haciendo uso de la Internet, bajé e imprimí hojas y hojas de cuentos de K. que encontré en diversas webs.  Pero leer en ese formato se me hace incómodo. No hay como leer un libro de verdad. Luego, en una feria libre en Valparaíso obtuve El Proceso.

Tengo un cariño especial a Kafka, creo haberlo dicho antes. Viajé a Santiago a comprar libros. Es Santiago quien tiene el monopolio de la variedad de libros y librerías, lo cual es bastante injusto, en fin. Aluciné. Calle San Diego, Editorial LOM, Librería Proyección, etcétera. Regresé con la mochila llena, dolor de espalda incluido y dos libros escritos por Kafka. Uno que se llama Parábolas y Paradojas, una serie de anotaciones y fragmentos de diarios, cartas, cuadernos de notas… y Kafka en primera persona, selección, traducción y notas de Carla Cordua, editado en LOM, fragmentos de los diarios de vida de K.

Éste último fue sin duda uno de los más interesantes libros que compré en Santiago. Para mí, leer diarios, ensayos, autobiografías y biografías es lo que más me agrada.

Así como los libros de cuentos y novelas, los diarios de Kafka tienen esa escritura ambigua. Un malestar ondulante. Consigo mismo y con la sociedad. Contradicciones y dilemas. La literatura de Kafka es Kafka en sí mismo. Personajes exagerados, pero ligados a su persona. Todos chocan contra reglas que están más allá de su entendimiento, o simplemente con el ánimo propio. Leí La colonia penitenciaria, y devolví el librito de bolsillo ése. Quizás lo compre.

Muchas veces el obstáculo más grande somos nosotros mismos. Esto lo entendió muy bien Kafka, para quien su persona siempre fue un obstáculo. Pero hay que hacer lo que más nos gusta con toda la convicción posible. Aunque seamos nosotros quienes caminando vamos arrojando, cual si fueran migas de pan frente a nosotros, las trampas que nos entorpecen el andar.

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