por Piero Saavedra
En los créditos iniciales de esta película, la directora argentina Paula de Luque no omite el sesgo político que cruzará buena parte de su debut en el largometraje. Dedica su ópera prima a Leonardo Favio, peronista reconocido, más recordado en Chile como cantautor que como director de cine. Fue en esta última faceta artística que estrenó hace 13 años Perón, sinfonía de un sentimiento, un documental-testamento que alcanza nada menos que los 346 minutos.
Es 1944: en el gobierno de facto del general Ramírez, el coronel Juan Domingo Perón (Osmar Núñez), ha dejado las posiciones de tercera fila y ha comenzado a ascender gracias a sus alianzas con el sindicalismo. Mientras encabeza la Secretaría del Trabajo, conoce a la joven actriz Eva Duarte (Julieta Díaz) en un acto para condecorar a las actrices que solidarizaron con las víctimas del terremoto de San Juan. Así comienza El Amor, la primera de las tres partes de Juan y Eva.
El capítulo siguiente se titula El Odio. En éste se concentra el mayor desarrollo y es el más atendible, en tanto comienza a proyectar, desde el plano personal, el estilo de liderazgo político de los protagonistas. Un botón: Eva descubre que no es la única mujer en el entorno de Perón. Desespera, protesta, hostiga a sus posibles rivales. La pulsión erótica que comunica su romance con el coronel, recuerda a la historia de Ida Dalser y Benito Mussolini contada por Marco Bellochio en Vincere.
Hacia el último tercio, la cinta se hunde de lleno en el propagandismo. Con material de archivo intercalado, se dirige hacia la masiva manifestación popular del 17 de octubre que reclama el regreso del coronel. Es la llamada “revolución” (¿contrarrevolución?), el disfraz tradicional de los regímenes fascistas en su afán de contener al movimiento obrero e instrumentalizarlo como maquinaria de poder. El instinto mítico y épico que la directora despliega termina estropeando las figuras complejas que en algún instante el relato parecía perfilar.
OK: desde luego que las sociedades necesitan de esta clase de relatos que proporcionan piso identitario, cohesión y continuidad. También es efectivo que nadie en Argentina (o en cualquier otro país) filmaría, sin tenerles algún grado de simpatía, la vida de dos personajes que marcaron el rumbo de su historia. Pero no es menos cierto que cuando los artistas se meten con ella, quedan expuestos a su revisión y rigor. Y sobre todo con un cine tan ágil, casi televisivo y con escasa distancia reflexiva.
Es el mismo problema de La dama de hierro: muchos eventos para 110 minutos, aun cuando el metraje recorra entre tres y cuatro años cronológicos. La política de “no alineamiento” de Argentina tras la Segunda Guerra; la oposición interna coordinada por el embajador norteamericano Spruille Braden; el juramento de Perón como vicepresidente y ministro de guerra; la conspiración dentro del Ejército para desplazarlo del gobierno; su encarcelamiento en la isla Martín García; su epopéyica liberación antes de investirse como presidente. Etcétera.
Juan y Eva es una crónica y un melodrama. Por separados, en ninguno de esos niveles tiene mucho vuelo, pero en su cruce asoma la gracia de la película. De Luque establece un paralelo entre la relación privada de los protagonistas y la que posteriormente ellos consolidaron con Argentina. O sea, con algo de autoritarismo, algo de seducción, algo de violencia, y mucho de chantaje emocional. Con los ingredientes que condimentan esa ensalada doctrinaria llamada peronismo.
JUAN Y EVA Dirección: Paula de Luque Con: Osmar Núñez, Julieta Díaz, Alfredo Casero, Fernán Mirás, María Ucedo Duración: 110 minutos. Hasta el 25 de julio en Cineteca Centro Cultural Palacio de La Moneda http://www.ccplm.cl/sitio/2012/estreno-exclusivo-latinoamericano/













