por Mathieu González
Los mitos y leyendas son elementos claves para aproximarse al mundo. Ya sea a temprana edad, cuando muchos de estos, en sus versiones edulcoradas, conducen al desarrollo de la empatía, la sensibilidad, la imaginación ; y muchas otras cualidades que llevan a la edificación de una persona virtuosa, ya sea en una edad adulta, que llevan a una mejor comprensión del mundo, de sus lógicas internas, de sus fuerzas profundas, de su violencia, de su hipocresía, a través de la representación desnuda de uno o más de estos elementos. Permiten sincerar los pensamientos, atravesar con ojos más penetrantes la ficción que construimos cada día. En muchos casos son los mejores medios para ello, los más directos, los más honestos y nobles.
Estos son los años de la ambición desnuda, los años en que los causantes de una crisis económica -que apenas sintieron- dan lecciones de moral y de conducta al resto mientras exigen que los inocentes paguen por el desastre que han producido. En estos mismos años, en Santiago, hemos asistido a la construcción de un atentado a cualquier concepción humana de lo que ha de ser una ciudad (lugar donde crece y se forma el ciudadano, no el consumidor) como es el Costanera Center. Sus luces nocturnas, en estos días de contaminación, parecen más cercanas a Mordor o a un panóptico encargado de recordarnos que, de una manera u otra, el gran capital está detrás de nuestras vidas y de cómo este siempre está vigilándonos. Pero las tristes declaraciones de Paulmann (ya sean la comparación con la Torre Eiffel, ya sean sobre la presencia o no de las más altas autoridades en la inauguración) son una vez más el reflejo de la falta de sensibilidad y empatía de los dueños de nuestro país y del mundo.
En medio de este panorama en donde muchas veces entrar al cine poco o nada aporta, es siempre bueno ver una película que retoma un mito con el cual casi todos hemos crecido: Blanca Nieves, y lo reinterpreta y reinventa acorde a nuestras preocupaciones actuales. La malvada bruja, Ravenna, poseída por una ambición sin mesura, se dedica a conquistar reino tras reino, acumulando territorios muertos, debido a un traumatismo infantil que la ha dejado completamente trastocada. Para ello, se apoya en su hermano albino, con quien mantiene una relación que se sugiere incestuosa. Este deseo de acumular se sustenta a si mismo en su movimiento, sin otra razón o motivo más allá de su propia perpetuación y crecimiento. Es en otras palabras, una locura, un círculo vicioso sin fin. Pero tras su poderosa magia, su inteligencia y su astucia, no hace más que tratar de escapar al paso del tiempo, a la muerte, a la vejez y a la llegada de las nuevas generaciones, aferrándose al mundo, asfixiándolo, destruyendo los brotes que reinventan la vida, negándose a aceptar las barreras naturales en las cuales debemos desenvolvernos. Es difícil no entender a Ravenna, incluso, simpatizar con ella en cierta medida. Sus miedos son nuestros miedos. Sus demonios, los nuestros.
Es por eso que cuando Blanca Nieves, tras haber pasado encerrada en su fortaleza desde su niñez, huye. Como rito de paso, debe pasar por el bosque oscuro, que se alimenta de las debilidades de cada persona. Ravenna no la persigue, el bosque está fuera de sus dominios y poderes. Blanca Nieves casi sucumbe a los miedos y temores que habitan en su seno, hasta la llegada del Cazador (magnífica idea de darle una gran importancia), quién la ayuda a superarlos. Blanca Nieves, huyendo de la objetivación que encontramos generalmente en el cine hollywoodense, no solo hace lo mismo por él, sino que por el reino en general: calmando al Troll, creando coraje donde este faltaba, curando la carne y la tierra y termina formando una pareja sana que se opone a la perversa pareja de hermanos malvados, a través del empoderamiento del elemento femenino que es ella (¡qué bueno ver una película de evidente índole comercial donde la mujer es el eje!). El paso por el bosque es el reconocimiento de sus límites, el conocimiento de lo que son, de lo que pueden ser, y a partir de ese reconocimiento, son capaces de potenciarse para actuar en el mundo exterior. Por eso es natural que a la salida se encuentren con los enanos y que estos los lleven al santuario donde las hadas les permitirán retomar con la danza, la música y la imagen de lo que debería ser la tierra (en este santuario tiene lugar un bello homenaje a Princesa Mononoke de los estudios Ghibli). El rito de paso ha concluido, ellos ya están en el mundo adulto; un mundo adulto donde las hadas existen, pero no pueden escapar de la violencia.………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………...
Es entonces cuando Blanca Nieves desarrolla su personalidad para hacer frente a este mal, asumiendo definitivamente sus obligaciones que le permitirán liberar su reino y poner fin al invierno. Preciso en su falacia es el llamado que en un momento hace Ravenna al realismo, indicando que cada reino tiene lo que se merece, justificando así su reinado y creyendo que es un argumento para mantener el statu quo. En la batalla, enfundada como Juana de Arco, Blanca Nieves probará su error, rompiendo el hechizo que le da poder a Ravenna, tomando la corona.
Tras dos horas, volví a la calle. Dos horas de una historia sólida (el triángulo amoroso que nunca despega es el único importante punto negro que le veo al guión). En algún lugar del horizonte estaba el Costanera Center. Sigue estando ahí. En nuestro mundo la ambición no se detiene en dos horas y las líneas no son tan claras, el maniqueísmo es una simplificación no solo errada, sino que peligrosa. Además, serán necesarios muchos días, semanas, meses y años de esfuerzos y de trabajo para lograr reparar nuestra tierra, pero lo fantástico no existe únicamente para escapar de nuestros problemas sino que también para asumirlos. Consciente de los límites de su mundo, Blanca Nieves y el Cazador logran dar una respuesta a los problemas de su época, que son los nuestros. Ahora nos queda a nosotros ver cómo transmutamos estas respuestas a nuestra realidad. Si no lo hacemos, seguirán multiplicándose las instancias donde el espejismo de la ambición desmedida seguirá vampirizando nuestra adultez.















