CRÍTICA. Martín Warp: Ogú y Mampato en ácido

por Rodrigo Salgado Boza

Hay algunas empresas en que el método adecuado es un desorden cuidadoso
Moby Dick

 

Recurrir a operaciones intelectuales manidas, repetidas hasta el hartazgo, tiene por supuesto el defecto de no decir nada al lector, pero por el otro lado pone el tema a tratar dentro de un horizonte conocido, familiar digamos.

Por lo mismo, no se mencionará en absoluto lo de la muerte del autor, mientras se hable de Martín Warp, novela gráfica recientemente publicada con financiamiento del Fondo del Libro a través de Mythica Ediciones. Martín Warp puede ser descargada también. Sus autores insisten en despojarla de las restricciones clásicas del copyright, lo cual tiene sentido, porque aunque se descargue ilegalmente Abbey Road, el disco seguirá siendo de The Beatles y nunca mío, en cuanto a autoría.

En Martín Warp se desarrolla una historia en varios planos temporales, a los que el protagonista accede mediante el uso de ketamina: “la percepción del tiempo se altera de tal manera, que un espacio de tiempo extremadamente reducido se percibe como un momento eterno e interminable”. Los personajes habitan un paisaje sureño destruido por el terremoto de 2010, en donde la ruina es la regla en muy distintos ámbitos: las letras perdidas de los frontis de los edificios, las grietas en los muros, la locura familiar.

Martín Warp tiende al desorden controlado. «Hay que llevar en sí mismo el caos», dice en una viñeta. Por ratos desespera su secretismo, su hermética construcción ––aunque eso es claramente achacable a que este es el primer número. O quizás sea parte del mismo tenor de ignorancia que se mantiene hasta que se consume un alucinógeno. Uno potente, uno de verdad. De aquellos con los que es imposible compartir la experiencia con el que no lo ha probado. Como una comunidad de psiconautas. O de adictos a la ketamina. De viajeros que llegan a cualquier lugar mientras no sea éste.

El arte de Abel Elizondo es preciso y ajustado al guión ––y su intención perturbadora y a ratos desquiciante en el vaivén temporal. Pero caso aparte es cuando su dibujo cambia en aquel vórtice: tal como Campbell en From Hell, Elizondo partiendo de la dureza de la tinta y el blanco/negro (el presente de la narración), pasa a los niveles del gris, al difuminado sutil que señala los otros estratos donde la historia se desarrolla, o nace (no se entiende nunca nada bien). “Los años 40 y 60 están hechos en acuarela. La época de Juan Elal, casi prehistórica, se ilustra con grafitos. La tinta negra, dura, representa a Martín Quintero en el presente”, dice Elizondo a Emol.

Se intuye que Martín es autor de los grafitis que desde la portada, marcan el libro —a pesar de que nunca se le ve hacerlos, sólo declara su intención: la calle es ampliamente llana, accesible a todos, y en esa medida todo lo que en sus muros exista pasa al anonimato. Vanos son los esfuerzos ególatras (de autor) por firmar obras plásticas en muros: la calle y sus contenidos son de nadie. Y eso es justamente con lo que la industria de medios no se la puede: la autoría estará siempre resguardada, independiente de la viralización ilegal de contenidos.

O al revés, como proponía Borges: “cuando leemos Shakespeare, somos, siquiera momentáneamente, Shakespeare”; y entonces todos somos el demiurgo de cada obra humana, envilecida por el tiempo pasado o añorada en el horizonte del futuro. Martín Warp, como obra y también como producto, propone lo que Nine Inch Nails en la industria musical: distribución directa, propagación pandémica de obras potentes y, en este cómic, de trabajos en plena construcción y desarrollo.

-Martín Warp puede ser descargada desde acá: http://www.viceral.cl/. Ahí mismo puede ser comprada.
-Hay que revisar la galería del concurso de ilustración libre que organizaron los autores. Hay algunos realmente sorprendentes: http://www.viceral.cl/noticia-concurso.php

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