CRÍTICA. Bonsái

por Piero Saavedra

Aunque contiene seis capítulos, esta película –basada en la novela homónima de Alejandro Zambra-  está dividida en dos fracciones que alternan. El presente, que es el final de la historia y ocurre en Santiago, y el pasado, que es su comienzo y sucede en Valdivia. En el medio hay ocho años de los que nada sabemos, salvo que Emilia (Nathalia Galgani) desapareció y que Julio (Diego Noguera), el protagonista, se trasladó a la capital.

En su departamento de Santiago, Julio es un hombre-lobo. La reclusión y el rechazo hacia cualquier forma de sociabilidad serían excesivos si no fuese porque mantiene un nexo afectivo con su vecina Blanca (Trinidad González), además de algunos compromisos laborales con escritores cuyas novelas transcribe. Entre ellos está Gabriel Gazmuri (Hugo Medina), quien le pagará por transcribir el manuscrito de su último trabajo.

A Julio lo rodea la monotonía, el silencio y las rutinas que son desafiadas cuando Gazmuri le avisa que ya no lo necesita, porque otra persona le cobrará menos dinero. Esto ocurre antes de los 1o minutos del relato. Los 80 que siguen registran el choque de Julio con el presente, que lo empuja a hacer un balance de lo vivido. Entonces procede a escribir su propia versión de lo que piensa debe ser el relato de Gazmuri. La titula “Bonsái”.

El material para construirla es su romance con Emilia, la línea narrativa que abre la cinta en los espacios verdes de la Universidad Austral de Valdivia. Allí es donde Julio y Emilia, estudiantes de literatura en los años 90, se conocen e inician una relación. Sólo que ella nunca parece estar tan entusiasmada como él y el idilio parece tener su piso quizás en el “engrupimiento”, a lo mejor en las afinidades artísticas, o, con más certeza, en la búsqueda de los afectos que sus redes familiares les negaron.

Así, cada racconto es una manera de interpretar las evocaciones de Julio, los antecedentes de su vida junto a Emilia y sus proyectos asociados a la literatura. Los instantes de plenitud, mezclados con los momentos en que buscó comprender a su compañera, llamar su atención, en que asistió a sus fastidiosos carretes, en fin, en los cuales invirtió demasiadas expectativas. Bonsái se mueve, en una lectura inicial, sobre una honda frustración acumulada en el tiempo.

La estructura del relato controla y dosifica la tristeza. El drama permanece siempre pequeño, íntimo. Cristián Jiménez evita el desgarro emocional (no la gravitación) a partir del primer minuto, cuando su voz en off anticipa el desenlace de la historia: la muerte de Emilia. Luego prolonga el desapego desde el guión (“el fracaso está subestimado”, “hay cosas que tienen valor porque no sirven para nada”) y, a menudo con más intensidad, desde la posición de la cámara.

El director empatiza con su personaje a través del sentido de la edición, el lenguaje de elipsis y el diálogo fracturado. Pero también lo aleja de sus encuadres, expresando con fuerza la inescrutabilidad de su conciencia, la opacidad de su conducta y la extensión de su soledad. Su tratamiento oscila entre la empatía y la distancia, el realismo y la estilización, la lógica teatral –que predomina y le debe mucho a Noguera- y la fílmica. Desde luego que algo de esto recoge las libertades expresivas de Raúl Ruiz.

De esta forma, Jiménez profundiza en sus inquietudes como cineasta. El mundo de Ilusiones ópticas apestaba al espíritu de los tiempos, con sus valores y activismos. El centro de Bonsái, en cambio, está en uno que se hizo al lado, el que se retiró de la fiesta. Un hombre desengañado de los espejismos alimentados por la cultura popular -la literatura, en este caso- y una idea del amor que profesa buena parte de ella. Y que, lejos de torturarse por el fracaso y el paso de los años, pretende domesticarlos. Bonsái describe, en definitiva, un camino personal de autoafirmación.

Al margen de las pinceladas propias, la ceremonia con que Jiménez aborda la novela de Zambra hace que bajo una espesura de amores, libros y plantas (con esas irónicas etiquetas fue estrenada en festivales), se encubra la pérdida y el dolor, el terreno donde “escribir es como cuidar un bonsái”. Y produce también que su segunda película no supere en delirio y acidez a Ilusiones ópticas. Pero que nadie se pierda: es probable que esta misma historia en otras manos se hubiera ido directo al carajo.

BONSÁI
Dirección: Cristián Jiménez Con: Diego Noguera, Nathalia Galgani, Gabriela Arancibia, Trinidad González, Andrés Waas, Hugo Medina Duración: 92 minutos.

abr 17, 2012 | Archivado en Cine, CRITICAS and tagged with , , , , , , , .

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Un Comentario Subscribete a los Comentarios


  1. Ricardo Arancibia

    Buena critica, totalmente cierto que otro director podría haber hecho el ridículo. Lo que si creo, personalmente, es que la película es desbordante en los dialogos (no cantidad sino calidad) y en lo abstracto, pero demsiado pobre en la imagen-movimiento, tanto de la cámara como de las actuaciones. Eso creo es su punto débil. De todas formas una gran película que demuestra que Cristián Jiménez promete.

    03 jun, 2012 a las 23:37

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