CRÍTICA. Medea o la venganza ciega

por Manuel Loyola

Son diversos los elementos y motivos discursivos que se dan cita en Medea, una de las tragedias de Eurípides, circunstancia que, al igual que el conjunto del teatro griego antiguo, vuelven su trama una lectura cautivante y una experiencia recomendable para todo lector o lectora culto/a y atento/a. Me pregunto cómo se verificará el trabajo sobre alguno de los textos clásicos en el contexto de nuestra educación media, y esto no sólo porque en mi caso nunca tuve la ocasión de que se me hiciera leer lo poco que nos ha llegado de la producción literaria helénica de los siglos V o IV a.C., sino también porque mucho me temo que el modo como se aborda en nuestros liceos la eventual consulta de obras de Homero, Esquilo o Aristófanes, apenas si roza la espesura de sus historias y el cúmulo de sugerencias interpretativas que en ellas reside.

Estructurada a base de un eje dramático central, a saber, el ánimo de venganza que consume a Medea por la infidelidad de que ha sido objeto por su esposo, Jasón, las intervenciones, diálogos, reflexiones y voces de la totalidad de protagonistas de la historia, nos remiten a una variedad de datos (“datos duros”, podríamos decir) que desde siempre han cruzado a la existencia humana: el sentido de la lealtad; el carácter del compromiso emocional y amoroso; la asunción de la venganza y la muerte como única opción de sosiego y honra; la supuesta preeminencia en la mujer del carácter pasional en oposición al sello más bien frío y calculador del hombre; la independencia de la racionalidad política en los asuntos humanos; la total inanidad de las intenciones humanas delante de los designios divinos; la superioridad cultural de la vida en sociedad políticamente organizada (polis) ante los pueblos bárbaros, etc., aluden, como ya lo advirtiéramos, a la multiplicidad de signos temáticos y analíticos que hilvanan el conflicto de la pareja central. Basado en ello, grafiquemos lo mencionado extrapolando libremente uno de los tantos motivos.

Hacia la medianía de la obra y desatada la confrontación entre los esposos dada la nueva unión marital acometida por Jasón con la hija de Creonte, Rey de Corinto, se expresa por parte de Medea una sanción que inquieta: “Tú debías, si no fueras un miserable, haber hecho esta boda con mi consentimiento, y no a escondidas de mi, tu cómplice”.

Inquieta porque, hasta antes de la dicha frase, la traición hecha por su esposo había provocado en ella una alocución que sólo atendía a la superioridad moral de su reclamo o, dicho de otro modo, el repudio y condena que hacía de Jasón, atendía por completo a la indignidad del proceder de este último: su ofensa no podía tener ninguna justificación ni atenuante, Jasón había violado, sin sustento alguno, el sagrado vínculo que lo unía en matrimonio con Medea, era un traidor y, como tal, no cabía si no tratarlo como un individuo vil y funesto. Su maldad se acrecentaba en la medida que su engaño había ido más allá de la relación matrimonial: tocaba a la absoluta entrega que ella había hecho para con aquel hombre, su vida, su patria, su familia, sus hijos, su casa y su constante apoyo para que Jasón venciera a todo tipo de enemigos, contribuyendo así a su gloria.

Medea es un personaje de carácter fuerte y arrojado. Dotada de poderes sobrenaturales, había dado muestras palmarias de su talante al actuar a favor de Jasón en contra de Pelias y otros peligros. Y como su propio marido se lo recordará, todos los actos que emprende a favor de este, los había llevado a cabo por el profundo amor que sintió por Jasón, llegando, en consecuencia, a convertirse en su esposa. De este modo, no es de extrañarnos de su reacción tan furibunda al enterarse de la conducta de su esposo.

Dispuesto de este modo su dolor y tragedia personal, la posición moral de Medea resultaba entonces elocuente, despertando en el lector una clara simpatía y solidaridad con su caso. Sin embargo, en medio del fragor de la disputa verbal entre la pareja, ella pronuncia lo que no le estaba permitido decir a riesgo de debilitar su coherencia: insinuar un tipo de complicidad –conviniendo en un enlace espurio- en vistas a los objetivos del poder político.

Proferida la insinuación, su potencia moral decae al haber estado, presumiblemente, dispuesta a transigir siempre que hubiese estado al tanto de los planes que urdía Jasón con relación a una nueva esposa. ¿Cuál era entonces el fundamento del dolor y deseo de venganza expuestos por Medea? ¿La pura y profunda desazón amorosa o sentirse marginada en cuestiones políticas decisivas?

Tal vez podríamos convenir en que tanto Medea como Jasón eran animales políticos, pero claramente difirieron en la forma de expresar sus intereses. La lógica que impera en Jasón se asemeja a la recomendada descripción que Maquiavelo realiza del Príncipe: un sujeto que, tocado por los vientos de la buena fortuna, debía ser oportuno y oportunista para aprovechar los momentos clave en la conquista y detentación del poder, debiendo, por lo mismo, ser capaz de supeditar hasta los sentimientos más íntimos con tal de obtener y conservar la gloria y el reconocimiento públicos y, en lo posible, perpetuarlos. Así, por ejemplo, cuando Medea lo recrimina por haber faltado al compromiso del lecho común, él responde con su propósito: En cuanto a los reproches que has lanzado por mi boda real, te haré ver que aquí primero he dado pruebas de prudencia, y luego de virtud, además de gran amor por ti y por mis hijos. ¿Qué hallazgo más feliz podía haber hecho que casarme con la hija de un rey yo, un fugitivo? Pero no por los motivos que te atormentan por hostilidad a tu lecho, o excitado por el deseo de una esposa nueva. Me bastan los hijos que tengo, y nada te reprocho. Yo quería educar a mis hijos de un modo digno de mi casa, y dando hermanos a los hijos nacidos de ti, colocarlos en situación de igualdad, y cifrar mi alegría en la unión de mi estirpe. Porque tú, ¿qué necesidad tienes de mas hijos? A mí me satisface que mis hijos vivos ayuden a mis hijos futuros. ¿Me equivoqué en mis intenciones? Tu misma asentirías, si no te atormentara el recuerdo del lecho. Pero las mujeres llegáis al extremo de que, si vuestro matrimonio marcha bien, creéis que lo tenéis todo (…)

En Medea, en cambio, los objetos y bienes de la política estaban mediados por su subjetividad, dimensión ampliamente reñida con el espacio público del poder. Jasón se lo señala cuando le recuerda que sólo en la polis a que llegó a vivir con él le dio (a ella) la fama y una forma de vida regida por las leyes, cuestión que por su relevancia, por sí mismo debió haberle enseñado los verdaderos códigos de los asuntos de Estado. Pero ello no fue asumido de tal forma por Medea: reconcentrada exclusivamente en el agravio a su persona, su condición de mujer unida al grupo dirigente no fue óbice para que su respuesta fuese distinta a la que finalmente se dio: la ejecución del desquite por vía de la acción homicida de sus propios hijos y de la nueva esposa de Jasón.

Se planteó así, a la luz del choque de posiciones entre Medea y Jasón, una cierta contradicción en los fundamentos del actuar político y de la política como tal, en tanto articulación del poder estatal que comenzó a sobrevenir con la constitución “moderna” de las polis griegas (siglo VI a.C.) y que, de modo sumario, podemos referir de la siguiente manera: si ella de algún modo debía avenirse con el sentir particular de los sujetos o si, al contrario, la organización de la política dispondría de una determinada autonomía rigiéndose por demandas externas a los individuos. Se anuncia, por tanto, la configuración de las esferas pública y privada de la organización social atenidas a conceptos de administración que, con el retiro de las estructuras monárquicas anteriores, empezaban ahora a yuxtaponerse a la tradición del clan familiar. Medea, en su enconada defensa del honor personal, sostenía, en poca medida, los valores de una modalidad aristocrática en retirada; en tanto que Jasón, exponente de la nueva racionalidad del pragmatismo del poder, prefigura lo que siglos más adelante consumará Maquiavelo: la autonomía moral de lo político.

One Response to CRÍTICA. Medea o la venganza ciega

  1. Francisco dice:

    Imagínate… si esa es la impresión de sólo leerlo, cómo será haberlo visto, con escenografía, y con… música!!!!!
    Ya lo decía Nietzsche, leer las tragedias como obras de teatro es un lejano eco de lo que debió ser el drama musical heleno.
    Saludos, excelente artículo, y mejor aún la idea de volver a tocar estos temas.

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