CRÍTICA. Cinema Paradiso

 por José Luis Arredondo

 

Para Damari… 

 

Tarde o temprano todas las películas encuentran su sitio. Millares hallan su lugar en el olvido. Otras tantas, anidan en el gusto del público por diversas razones, que van desde el aprecio a sus cualidades como obra fílmica a motivos sentimentales. Un puñado, gracias a sus méritos artísticos y/o técnicos, quedan en el lugar reservado a las obras maestras del género.

Algunas películas recorren un silencioso camino hasta convertirse en clásicos, un camino en el que van madurando y creciendo como obras a medida que pasa el tiempo. Como un vino o como un libro, cada vez que las volvemos a ver nos dicen algo nuevo o nos hablan reafirmando alguna antigua verdad. Es el grupo de las películas por las que sentimos una especial preferencia, por lo que nos evocan o por lo que nos hacen sentir; son cintas que con el tiempo se transforman en un objeto que sentimos personal, casi propio. Y nos sorprende y alegra cuando encontramos a alguien que comparte este sentimiento hacia la obra, aunque las razones de este apego sean distintas a las nuestras, porque sentimos que en el fondo estamos compartiendo algo común, un “mensaje” que por distintas vías entró en nuestro gusto y se quedó ahí.

Dentro de este grupo de filmes, en mí, ocupa un lugar de gran preferencia la película Cinema Paradiso. Escrita y dirigida por Giuseppe Tornatore, es una aguda reflexión sobre la vida en la Italia de posguerra y la profunda influencia del cine en la vida de los seres humanos. La cinta está estructurada como un largo racconto: Salvatore (Jacques Perrin), en la década de los ochenta, recibe una llamada de su madre que lo hace retornar a su pueblo natal después de treinta años de ausencia.  Ella le comunica que Alfredo, una persona muy ligada a su vida de niño y joven, ha muerto, hecho que gatilla en Salvatore un sinfín de recuerdos de niñez y juventud. Así, retrocede a sus primeros años de vida, cuando, maravillado con las películas que se exhibían en la sala Cinema Paradiso,  huía de una vida en la que los problemas ahogaban el hogar que compartía junto a su madre y su hermana menor. Alfredo era el proyeccionista del cine y Toto (Salvatore de niño), a fuerza de insistir y perseverar, logra convertirse en su asistente.

Aquí Tornatore pone el acento en el cine como un entretenimiento popular que distrae y alegra la vida de una sociedad devastada por la recientemente finalizada segunda guerra mundial, un pueblo que repleta la sala de cine en busca de sueños y evasión a una vida dura y complicada (aspecto que no ha diferido mayormente en distintas épocas y latitudes). También asoma la censura, aspecto que ha acompañado al cine casi desde sus albores, representada por el cura del pueblo, quien revisa previamente las cintas y ordena cortar todas las escenas en que hay alguna connotación erótica, incluso los besos. Alfredo va guardando estas escenas y este hecho marca un aspecto central en la película, ya que Toto se lleva a casa esos trozos de celuloide y los observa con delectación antes de dormir; vemos aquí como Tornatore introduce el elemento romántico y amoroso como eje central del relato encarnado en la vida y los sueños del Salvatore niño. Toto, ya convertido en asistente de Alfredo, encuentra en el cine un hecho y un propósito: también quiere ser proyeccionista. Esto se puede leer como una clave de qué pretende ser él: un “vehículo” que transporte el lenguaje del cine hasta nosotros. Se trata de su antesala como director, significa tomar, de alguna forma, parte activa en el “fenómeno” cinematográfico. Toto se deslumbra con lo que ve en la pantalla, esta “otra” realidad, que fue como un bálsamo a su niñez carenciada. Los personajes resultan reconocibles y cercanos en su simpleza; aun cuando la mayoría son más bien esbozos, están tan bien perfilados que son fácilmente reconocibles y cada cual representa un aspecto muy claro de todos los prototipos que podemos ver habitualmente en una sala de cine de cualquier época.

Cada película a la que asisten es una lección de múltiples significados: por una parte, asisten al desarrollo de un conflicto “ajeno”, pero que a la distancia se toca con sus propios conflictos, para producir, en lo íntimo, una identificación llena de múltiples significados y lecturas. Esto también los hace muy cercanos a nuestra cotidianeidad, ya que aunque la película que veamos provenga de otro tiempo y otra cultura, lejana y distinta a la nuestra, siempre asoma en ella una suerte de “constante humano” que la acerca a nosotros por distintos caminos. En cada uno de los personajes de Cinema Paradiso encontramos aspectos, en mayor o menor medida, que nos hacen identificarnos y sentir de ese modo una profunda empatía con ellos.

La narración esta estructurada como si fuera un fresco o un mural, en el que vemos a los personajes, que representan una variopinta fauna, en distintos momentos de su vida, siempre con las películas como el gran y permanente fondo. Cuando Toto llega a la juventud, Tornatore introduce otro elemento esencial al desarrollo: llega al pueblo una joven que capta la total atención de Toto. Así, el elemento “romántico” que el niño, ahora joven, ha visto en las películas, cobra vida en la realidad. El primer y gran amor a su vida, un amor intenso y sufrido, ya que interfieren en él diferencias sociales. Es en estos momentos que la cinta cobra una fuerza especial y se convierte en la cinética que impulsa al joven Toto a su objetivo. Ya maneja una cámara y sus primeros “aprontes” como director son filmando a la joven Elena en la escuela y camino a casa. Así, las distancias se acortan entre el modesto Toto y la hija del banquero, y el cine es el puente que facilita el encuentro de esta historia, que en sí, trasunta muchos elementos del genero romántico, como si el director nos dijera en esos momentos: “la vida imita a las películas”.

Toto debe hacer el servicio militar, por lo que el contacto con Elena toma espacio y se dificulta, sus cartas son devueltas, o quizás no entregadas. Al regreso, y luego de varias consideraciones, su partida del pueblo se hace inminente. La vida más allá de Cinema Paradiso,  lo espera. Es Alfredo quien impulsa esta partida, como diciéndole que  la vida no esta en las películas, o al menos no en el viejo Cinema Paradiso. Salvatore deja su pueblo, y con él, parte fundamental de su historia personal. Se queda la magia del celuloide y el gran amor que no pudo ser, pero el mundo se abre a su paso y él lo toma como mejor puede.

Su regreso al pueblo se produce para asistir a los funerales de Alfredo, atendiendo, como hacía tiempo no lo hacía, al llamado de su madre. La vida en el pueblo ha transcurrido con algunos sobresaltos, el tiempo ha pasado y las personas que fueron el marco de su historia han envejecido. El “progreso” se hace presente y el viejo cine será demolido para dar paso a unos estacionamientos, destruyendo con ello parte fundamental de todos quienes dejaron buena parte de su vida en esas butacas. Salvatore busca, y se busca a sí mismo, entre los restos del viejo cine, como quien recoge fragmentos de su pasado para reconstruir su propia historia, su propio filme autobiográfico.

Entre las cosas que dejó Alfredo hay una muy especial destinada a él, su “herencia”: una vieja lata de película que Salvatore, hoy prominente personaje ligado al mundo del cine, verá en una sesión privada.  Este regalo de Alfredo es lo que Salvatore ve en la última escena del filme, un trozo de película que viene a encerrar parte fundamental de su pasado más lejano y que cobra más actualidad que nunca en la vida del exitoso profesional en el que se ha convertido.  Ahí vienen a fundirse en un par de minutos toda la magia, la ensoñación, el romanticismo y la fantasía del cine que cautivó su vida desde niño, es el reencuentro con lo que fue y la confirmación de lo que hoy es. Salvatore observa conmovido este breve metraje, parte fundamental de todo lo que amó y ama esta representado ahí, los recuerdos cobran vida y su propia existencia encuentra un ajuste con su niñez y juventud. El cuadro se completa, la pincelada que faltaba la pone Alfredo con su regalo, un regalo que es lisa y llanamente lo que Tornatore ha descrito en su filme: El Cine, con mayúsculas, puede ser, más que un trozo de vida, una vida completa.

Al igual que a muchas personas más, cinéfilas o no, esta película me causó una profunda impresión desde la primera vez que la vi. Algunos motivos he podido conceptualizarlos y otros permanecen, y creo permanecerán, en el terreno de lo inefable; como toda gran obra, esta cinta contiene aspectos que al tocar intimas fibras de nuestro ser se quedan ahí y es difícil traducirlas en palabras, son emociones y sensaciones que van más allá de lo que podemos “explicar”. Me parece normal que pase porque, en el arte, no todo ha de poder decirse con palabras. Por eso, cuando una película nos toca, quedamos en silencio un buen rato después de verla. Mientras más nos ha impactado y conmocionado lo que vimos, mas largo será ese silencio.

Lo primero que me sedujo de Cinema Paradiso fue el tema de la película: una cinta que trata “de” y “sobre” cine. El cine, como un arte profundamente enraizado en el inconsciente colectivo y en la cultura de masas, si nos atrae profundamente como lenguaje, es capaz de anidar en nuestro gusto para siempre. Si somos cinéfilos, todo lo anterior se acrecienta y logramos entrar en la propuesta de la película de un modo mucho más claro, fuerte y directo.

Por las características de la trama es un filme profundamente emocionante, una cinta romántica y ensoñadora, apoyada en una de las más bellas bandas sonoras compuestas hasta hoy. Por estas dos circunstancias, argumento y música, logra calar hondo y directo al sentimiento. Resulta difícil abstraerse al conflicto de Salvatore o Alfredo, y es casi imposible, sobre todo si la música te hace vibrar, no conmoverse en lo más hondo con sus conflictos, que emanan desde unos espíritus sensibles con los cuales comulgamos desde un comienzo. Durante toda la película flota una sensación de nostalgia y crepuscular belleza: esa sensación de vieja sala, como las que ya no existen, las películas antiguas, los artistas ya desaparecidos, que marcaron a fuego la historia del cine,  y la historia de amor del joven Salvatore, que queda suspendida en el espacio de “lo que no fue”, nos causan una profunda emoción que se revive cada vez que volvemos a verla.

Cinema Paradiso es una gran y hermosa película que ha recorrido un silencioso camino hasta convertirse en un clásico del cine, por lo que dice y por lo que calla, porque trata de películas y de amor y porque se apoya en una música de intima, profunda y colosal belleza. Una película que sigue emocionando como la primera vez cada vez que la vemos, porque nos habla de un arte que pinta de manera sin igual el alma humana y porque nos dice con sencillez que el cine es un trozo de vida que puede ser también, y al mismo tiempo, una vida entera.

Cinema Paradiso (1988) guión y dirección: Giuseppe Tornatore. Con : Philippe Noiret, Jacques Perrin, Salvatore Cascio, Agnese Nano y otros. Musica de Ennio Morricone.

dic 21, 2011 | Archivado en Cine, CRITICAS and tagged with , , , .

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Un Comentario Subscribete a los Comentarios


  1. charlis alvarez

    muy buena la pelicula me gusto, muchisimo me encanto la pelicula!!! muy buena

    23 jul, 2012 a las 19:02

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