CRÍTICA. Alteridad, justicia y democracia

por Matthieu González

“Las necesidades materiales de mi prójimo son necesidades espirituales para mí.”

Rabí Israel Salanter

 

 

Habitando en el mundo

¿Cuál ha de ser la base de una sociedad justa? Frente al contractualismo y otras respuestas similares, Emmanuel Lévinas creó otro sendero, basándose en el pilar profundo que sustenta su filosofía: el encuentro con la alteridad. Al toparse uno con la alteridad radical que es cualquier otro ser humano, la toma de conciencia en la distancia infinita que existe y que nunca podrá ser colmada, lleva a que la actitud frente a este otro sea un movimiento ético hacia el reconocimiento -y respeto- de esa alteridad no-asimilable que le es inmanente y que deriva en el ser para el otro como base ontológica de comportamiento al habitar en el mundo. Es de este habitar en el mundo y no del ser en el mundo que nace la ética que he de seguir. A partir de los rasgos únicos, particulares, de cualquier rostro, se da nacimiento a mi modelo de conducta en mis relaciones con esta alteridad. Este modelo de conducta es un movimiento continuo e incondicional de sacrificio hacia el bienestar del otro, como satisfacción de mi necesidad ética y espiritual latente en mi habitar en el mundo.

Pero en sociedad esta alteridad se multiplica por el número N de encuentros cotidianos, por lo que el movimiento se ve disperso, quebrado, anulado en su multiplicidad de infinitos que trata de colmar infructuosamente. Innumerables son los movimientos que se oponen entre sí, frustrando la posibilidad de que el movimiento ético activo primario pueda por si solo ser la manera en que se construye la morada habitable. Entonces surge la noción de justicia, como institucionalización, soporte y ordenamiento de este movimiento ético, como concretización del habitar en el mundo. Y más concretamente la justicia es encarnada por los derechos, principalmente los derechos humanos, no solo los negativos de primera generación sino sobretodo por los positivos de segunda generación, como única manera de lograr en una sociedad –especialmente en nuestra sociedad tecnológica– que el movimiento ético del reconocimiento del otro pueda ser satisfecho.

Este movimiento del espíritu pasa a reconocer que si en uno como persona hay obligaciones y deberes, en su relación hacia el resto prima el reconocimiento de sus derechos, sin buscar a ser correspondidos para ser aplicados. En consecuencia el movimiento muta hasta transformarse en una construcción habitable que garantiza el acceso a esos derechos para todos para así satisfacer esta necesidad espiritual a través una sociedad donde el primer valor es la justicia.

Pero esta construcción no puede ser dogmática o estable, debido a que el infinito de cada persona nunca podrá ser asimilado en la totalidad que es el género humano. Con inteligencia, con pragmatismo y con el sentido de lo posible ha de construirse la habitación, sin tratar de hacerla corresponder a un concepto abstracto de justicia, sino reconocer en ella la alteridad del otro en los hechos, garantizando su derecho a la salud, a la educación, a una vivienda digna, al trabajo, al reposo, al ocio, etc.

Democracia

Históricamente son las sociedades democráticas las que han estado más cerca de satisfacer esta noción de justicia. La defensa de la democracia, entonces, no pasa únicamente por su capacidad a reducir la violencia, por la libertad individual que, en parte, garantiza, o por los espacios de libertad que otorga, sino también, porque es la mejor manera de que la habitación en el mundo responda al impulso ético.

Frente al discurso conservador de una democracia restringida (con limitaciones, con deberes antes que derechos, con moral normalizadora, con la primicia de la economía y de su obsesión con el aumento de las riquezas y con el respeto a la autoridad como única manera de garantizar una vida virtuosa), pero también frente al discurso progresista (que ve en la totalidad humana un movimiento evolutivo que vale más que los individuos), o frente a un discurso populista (donde la noción del pueblo es la base de todo), esta ética es una alternativa válida.

Lévinas nos lleva a ver cómo, si nos basamos en la alteridad, estas son nociones erradas. Del lado progresista, por negar la irreductibilidad del individuo frente a la masa, del lado conservador por creer que a través de la mortificación, la privación, la reducción de esta alteridad y la garantía únicamente de los derechos humanos de primera generación, que supuestamente deberían permitir (nunca lo hacen) la igualdad de oportunidades, se puede habitar en el mundo de manera justa, lo que no es el caso.

La crisis actual

Los últimos meses han sido deprimentes para cualquiera que tiene un cierto aprecio por estas nociones de justicia. En Europa –territorio donde su concretización ha sido mayor– la democracia está retrocediendo. Desde la fundación de la Unión Europea existía en esta organización un potencial antidemocrático. Los distintos tratados firmados desde la caída de la Unión Soviética han dado vida a este potencial. Cuando Holanda y Francia rechazaron, por medio de plebiscitos, el Tratado Constitucional Europeo, la élite dirigente europea se apresuró en ignorarlo, firmando uno nuevo con solo cambios cosméticos, como es el Tratado de Lisboa, y haciéndolo votar una y otra vez a los irlandeses, único país que consultó a sus ciudadanos sobre éste, hasta obtener el voto deseado. Esto fue un claro síntoma de que la democracia europea estaba enferma.

Pero los sucesos de estos últimos días la han hecho pasar directamente a la UTI. Lo que ocurrió en Grecia y en Italia no puede ser definido de otra manera que no sea golpes de Estado palaciegos. La falta completa de reacción, en una prensa europea supuestamente libre, e incluso su apoyo masivo a estos golpes, tras la posibilidad de que Papandreu hiciera lo inimaginable: consultar a los griegos sobre lo que quieren para su futuro, es aterrador.

El mito creado en apoyo a los gobiernos tecnócratas, cuando han sido los tecnócratas mismos los que han creado la crisis, a través del Euro, del Banco Central Europeo y de la unión entre la élite política y financiera, que impuso una política basada en sus prejuicios y que ahora insiste, sin querer ver su fracaso, en aplicar todavía estas recetas, con más fuerza y vigor, sin experimentar sus consecuencias, pero hundiendo a la inmensa mayoría en su obsesión por la austeridad que parece deber más al ideal calvinista que a cualquier sentido de la realidad, es dramático. Y es trágico para los que sufrirán estas políticas, sin nunca haber podido participar en su génesis. El lobo está guardando el rebaño.

En el mundo árabe, tras su primavera, el viento recuerda cada vez más al de Teherán 1979 que al de Praga 1989. En Túnez, el país más laico, moderado y liberal, los islamistas han ganado las elecciones. Souad Abderrahim, su dirigenta más visible, supuesto baluarte de la moderación del partido, ha declarado que “las madres solteras no deberían aspirar a un marco legal que proteja sus derechos (y que son) una infamia”, rematando su intervención con “éticamente, ellas no tienen derecho a existir”. Mejor no pensar en Egipto, donde la presencia de la Hermandad Musulmana está mucho más arraigada, o de Libia, donde la terrible y brutal ejecución de Gadafi sepulta cualquier ilusión que uno podía tener en la rebelión. Al parecer incluso los pocos derechos garantizados por las dictaduras laicas van a desaparecer de esta zona.

En Estados Unidos, la situación es más compleja. Pese a que ha sido completamente insuficiente, torpe en muchos aspectos y dubitativo hasta la exasperación, Obama es el único dirigente mundial importante que ha mostrado ser competente. La reforma de la salud que logró hacer aprobar (y que será revisada en los próximos meses por la Corte Suprema) ha conseguido ampliar el derecho a la salud, garantizándolo a por lo menos 30 millones de personas más. Pero el catastrófico estado del empleo y de la economía hace temer que Obama sea remplazado por un republicano y este partido está dando un espectáculo circense en su primaria.

Por último en Chile, la situación es también diferente. El movimiento contra HidroAysén, seguido por el vigoroso movimiento estudiantil, ambos basados en la reivindicación de dos derechos esenciales para una sociedad justa, como son el derecho a un medio ambiente protegido y a una educación accesible y de calidad, han sido las mejores noticias en el panorama político chileno en años. Los distintos líderes de la CONFECH han mostrado una capacidad de liderazgo admirable y la mayoría de los halagos que han recibido son acertados. En estos meses se ha desnudado el nivel de la élite chilena que, desde muchos años ocultándose tras sus empresas que sustentan el “modelo chileno” –mundialmente envidiado, nunca reproducido–, tras su transición “ejemplar”, disimulando su pasaje de la acción pública al mundo privado, apoyándose en una prensa y unos partidos políticos serviciales, ha salido a la luz, revelando sus deformidades.

Tanto se ha hecho que puede sonar injusto decirlo, sin embargo es cierto: esto no es suficiente. Mientras sigan en el barco los Martínez, los Gajardo y el trazado institucional del Partido Comunista, nada está ganado; también mientras no se avance hacia una estructuración de centros autónomos que puedan jugar un rol de contrapeso del poder. Hay que imaginar que estas instituciones darán una nueva fuerza al movimiento sindical, avanzarán en la creación de una prensa independiente, en la difusión de un verdadero debate de ideas que denuncie una y otra vez las mentiras repetidas por el discurso oficial (la discusión actual sobre la reforma tributaria donde se repite, ignorando la experiencia mundial de estos últimos 20 años, que el aumento de los impuestos va a quitarle dinamismo a la economía sin que se escuchen voces que se basen en el estudio de la realidad, es otro ejemplo más de esta necesidad) y llevarán a la invención de nuevas formas de participación donde cada persona pueda mostrarse. Formas que hasta el día de hoy no han sido creadas y que superan, por mucho, mis capacidades imaginativas. Estos años hemos visto dolorosamente como el capitalismo financiero especulativo no ha funcionado, por lo que hay que encontrar algo para reemplazarlo, pero sin perder el dinamismo de este sistema, sus múltiples beneficios, las libertades que ha otorgado, así como la necesidad de reparar sus errores hereditarios.

Vasto programa para tan poco tiempo.

Pero por sobre todo no hay que olvidar que si el hombre que habita en esta tierra debe pasar por la política para satisfacer su necesidad de ser para el otro, esto no es más que el primer paso, el más bastardo, en el camino del reconocimiento de la alteridad y de la verdad que nacen en el rostro que tenemos al frente nuestro, en su honesta desnudez, en esas dimensiones humanas donde las banderas no son necesarias, donde la totalidad es olvidada y donde el movimiento del espíritu se activa por si mismo sin trabas nuevamente y en los cuales la política no es más que una lejana memoria.

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