CRÍTICA. Pornografía

por Manuel Loyola T.

Hace algunas semanas, transitando por la calle Cumming en dirección a Compañía, me topé con algo que me resultó sorprendente: un sex shop. Bastante charro y colorinche, para nada quería pasar inadvertido. En sus vitrinas, un abigarrado conjunto de adminículos y carátulas de películas mostrando a unos tipos fornidos “dándole” a unas cuantas damas no menos entusiastas. Lo sorprendente, se comprenderá, no era el tipo de negocio, sino que el mismo estuviese ubicado en un barrio tan popular, de gente de condición más bien pobre. Un amigo, a quien le comenté el caso, me expuso su teoría al respecto: “es que estamos en el barrio Brasil”, me dijo, “y por aquí hay mucho motel”. Sí, así será, le respondí, pero igual me resulta un hecho inusitado ¿será que las cosas estarán cambiando?, reflexioné…

Hay temas o realidades de conducta que no sabemos cómo exponerlas delante nuestro y delante de otros; son circunstancias que por su enorme carga transgresora, nos sentimos perplejos y muchas veces las asumimos con una fuerte tensión emocional pues comportan exponernos al cuestionamiento personal y de los demás, de ahí que se prefiera negarlo u ocultarlo, de modo de hacer menos agobiante la sanción. Uno de estos problemas tiene que ver con el acceso a la pornografía, de esa alteridad que nos incita, nos disloca y que casi siempre importa fenómenos neuróticos de muy difícil resolución.

Nadie (o tal vez casi nadie) podría decir que el hecho pornográfico ha estado completamente ausente en su vida, menos hoy, cuando la informática y otros medios electrónicos, han facilitado de manera extraordinaria su consulta y uso. No por nada las mediciones de visitas de páginas web o blogs señalan que entre las más visitadas a nivel mundial están, precisamente, aquellas de contenido porno, y sea en las versiones que usualmente se busca clasificar su intensidad (de las de sexo supuesto hasta las de “sexo duro”) o, según sus protagonistas (las de tipo hetero, homo o transexual, por citar sólo las modalidades principales), lo concreto es que estamos enfrentados a un tipo de emisión de muy fácil acceso, multiplicándose por cientos de miles las alternativas de conexión con tales productos. Sin duda que el peso de los grandes números que rige la difusión porno, acrecienta, de igual manera, la problemática señalada en el párrafo anterior, suscitándose una no menos abierta contradicción. En efecto, si en la actualidad la obtención de contenidos porno es singularmente más evidente y extendido, ello debería correlacionarse con una posibilidad cada vez más libre para abordar su sentido y significado; sin embargo, ello no parece ser así y, en cambio, persistiría la tendencia a hacerse los tontos con el asunto, a escamotearlo y disfrazarlo a fin de que la cosa no aparezca como lo que es.

De acuerdo al diccionario de la RAE, la expresión pornografía alude a tres definiciones bastante escuetas, reiterativas y taxativas, a saber, al carácter obsceno de obras literarias o artísticas; a la obra literaria de este carácter; y, finalmente, al tratado acerca de la prostitución, aspecto, este último que asume la raíz griega de la expresión, donde porné era el nombre con el que se denominaba a las prostitutas en la Antigua Grecia.  Si, por su parte, ahondamos en el adjetivo repetido (obsceno) a fin de obtener un poco más de información, tendremos que –siempre de acuerdo a la RAE- por tal se entiende lo impúdico, torpe y ofensivo al pudor, donde lo Impúdico remite a sin recato y, Pudor, a honestidad y modestia.

Como se aprecia, la dificultad para dar cuenta de modo público el tema que abordamos –la pornografía- radica en el eminente sentido moralmente repudiable con que se aborda su tratamiento: el asunto refiere a su exterioridad, a su colocación en formatos observables (obras literarias o artísticas, como dice la RAE) y no así al hecho en sí, es decir, a su producción y consulta, factores estos últimos que no serían objeto de condena en tanto se hagan y consuman de modo privado o secreto. En definitiva, es la publicitación de tales productos lo que se niega –digamos, la punta del iceberg- quedando su base completa en suspensión, modalidad que sólo sirve para reiterar una y otra vez el círculo de lo neurótico en nuestra cultura.

Pero ello no es privativo de la pornografía. Ya antes, y aún actualmente, se manifiesta igual confusión al momento de enfrentar otras circunstancias desafiantes: el aborto, la masturbación, el uso de drogas o la diversidad sexual,  por nombrar las más evidentes.

Refiriéndose a la pornografía, el escritor indio Salman Rushdie, en su momento condenado a muerte por el fundamentalismo islámico, ha dicho que su permisividad pública se convertiría en un claro indicador de la modernización socio-cultural en la época contemporánea, expresión que ha sido retrucada por quienes ven ello la destrucción del orden civilizatorio. Más allá de la mayor o menor apelación a alguna autoridad divina como manera de rescate personal frente a la sensación de peligro que frecuentemente se nos presenta delante de estos temas, un aspecto es común a las posiciones conservadoras y liberales en torno a la pornografía, a saber, el problema del individuo y su capacidad para discernir respecto de lo bueno y lo perjudicial para su propia vida afectiva y sexual.

Los partidarios del control y la censura de los contenidos pornográficos –aunque, claro está, sin que nada nos confirme que no consultan regularmente este tipo de productos- señalan que el carácter grosero y muchas veces violento de las escenas e imágenes del coito que ahí se exponen, promueven la insensibilidad, menosprecian el valor del amor y atentan contra la dignidad humana, especialmente de las mujeres, por lo corriente, meros objetos de placer y sojuzgamiento del hombre. Todo ello incidiría en tomar por normal algo que no lo es, propiciándose la reproducción de tales actuaciones en la existencia cotidiana e íntima de los individuos. En este sentido, la pornografía importaría una influencia sicológica de carácter automático entre sus consumidores, de modo que resultaría necesario la constante alerta familiar y de los mayores (padres) sobre lo ven o consultan otros, en particular sus hijos/as.

En respuesta a tal mirada –y muchas veces coincidiendo con los conservadores en el sentido instrumental y hasta perverso que se da en las producciones pornográficas- hay quienes sostienen, a base de encuestas y estudios- que el impacto sicológico entre los usuarios de la pornografía no es necesariamente directo ni mecánico, y que por lo común las personas saben diferenciar los planos de la realidad, no advirtiéndose factores de violencia y disrupción de pareja entre los hombres y mujeres que la frecuentan. Es más, siendo casi completamente un asunto que se practica en privado, de modo reservado e individual (muy pocas veces en pareja), se llega incluso a sostener que la visita a expresiones porno redundaría en efectos afectivos positivos en al menos una parte de los encuestados.

Es comprensible reconocer que enfrentar estos temas genera malestar y una cierta angustia entre las personas, pues tocan a cuestiones de estabilidad emocional y social que, por lo común, no estamos dispuestos a enfrentar. Es ahí donde nuestras tendencias conservadoras afloran con rapidez en la medida que nada habría más preciado para nosotros que la seguridad de mantenernos en lo conocido, en las fórmulas y códigos de conducta que si bien pueden resultarnos molestos (y, en ocasiones, crecientemente molestos), no estamos dispuestos a cuestionar o cambiar, favoreciendo el statu quo, aún a costa del autoengaño.

Fotografías 2 y 3: http://the-youthquake.com/2011/08/29/zine-porno-giveaway/

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