CRÍTICA. Ediciones universitarias en la FILSA 2011

por Manuel Loyola

Indicar una apreciación valorativa sobre una actividad cultural amplia –como es la nueva versión de la Feria Internacional del Libro de Santiago, FILSA-, que dura un par de semanas y, que, a estas alturas, dispone de los blasones de la tradición, no es un asunto sencillo: la propia magnitud y presencia del hecho hace que nos inhibamos de realizar comentarios críticos sobre su realización, es decir, nos enfrentamos a un problema de magnitud donde la cantidad o número pareciera que encierra toda la razón. Seamos cautos entonces, y abordemos el hecho desde un aspecto particular. Esto, si bien nos facilita la tarea al centrar la mirada en un dato específico, puede, a la vez, darnos algunas pistas respecto del fenómeno más general, sin que, y digámoslo de inmediato, tenga que haber una necesaria correspondencia entre ambos. Me referiré, por tanto, a un sector editorial participante, al de la edición universitaria chilena presente en la actual FILSA, la cual representa al 10% del total de los expositores.

Desde luego, no está presente toda la edición universitaria, sino una parte pequeña de la misma. En total se pueden contabilizar una docena de sellos universitarios con stand propio: UTEM, ARCIS, PUC, UCT, UCSH, UTAL, UBB, UDP, UFT, PUCV, UCh, USACh, más la U. Alberto Hurtado incluida en el lugar de la Revista Mensaje. Claro es que no todas las universidades del país publican en soporte impreso. Del total de instituciones, alrededor de 60, al menos dos tercios son las que editan de manera impresa (el otro tercio, por lo común, no lo hace ni siquiera en formato electrónico), de modo que en la FILSA se dan cita sólo un quinto de las casas de estudios del país (o un cuarto de aquellas que editan libros o revistas). Esto es una notoria baja respecto de ocasiones anteriores, cuando el número de universidades llegó a ser la mitad de las entidades que publican ¿A qué obedece la baja? Sin duda que al deterioro que, en general, han experimentado las ediciones universitarias durante el último par de años. Señalemos sí que se trata de un deterioro dentro de un contexto de carencias y falta de apoyos que siempre ha experimentado este sector de la edición, de modo tal que la mayor precariedad actual hace aún más evidente la penurias del sector.

Frente a esto, los organizadores del evento –la Cámara Chilena del Libro- no han hecho nada. Tal vez no es su preocupación hacerlo –es tema de las propias universidades, estamos de acuerdo-, sin embargo, en lo que toca a flexibilizar su trato a fin de hacer menos difícil la concurrencia de los libros universitarios –que, supongo, sí sería resorte de su incumbencia- tampoco ha existido en promoverlo: en la práctica, se les cobra lo mismo que a los expositores no universitarios (socios o no socios de la Cámara), sin atender a las particularidades del sector en cuanto a tipo de oferta, costos, dificultades en la gestión, falta de experiencia, etc. En justicia, sin embargo, debo decir que cuando las universidades (al menos un grupo importante de ellas) han actuado de conjunto ante la Cámara, esta ha accedido a tratos menos onerosos, pero ello a condición de la reunión de las universidades, circunstancia que muy a lo lejos se logra verificar.

Además de la baja en su cantidad, la mayoría de las universidades que hoy han acudido a la FILSA son de Santiago. Se exceptúan la UC de Valparaíso, U. del Bío-Bío; UC de Temuco y U. de Talca, lo cual expresa una imagen altamente restringida de esta edición a nivel nacional. En ferias pasadas esta situación se contrarrestaba con la muestra de libros académicos en los stands regionales que se instalaban al ingreso del recinto ferial; hoy, en tal espacio se hayan diversas ofertas de servicios de la industria gráfica y de venta de textos.

Otro aspecto que refiere a lo deprimido de la actual presencia editorial universitaria, es su mayoritaria ubicación en el sector E, verdadero pabellón de los menesterosos. Si en años pasados esta área de la exhibición importaba (como ahora) una discriminación tácita por el valor de arriendo de los espacios, ahora, a tal realidad se une un total desaliño y falta de cuidado en la muestra. Ahí residen, sin relevancia ni dignidad debida, las ediciones de la UTEM, ARCIS, UTAL y la UBB, además de un lugar asignado a la U. de Chile para dar cuenta de la restauración bibliográfica ¿Qué se persigue por parte de la Cámara mantener este pabellón con tales características? ¿El puro deseo de rentar a costa de la pasividad absoluta de quienes se allegan a esta ala de la Feria? No es que haya que desechar este espacio, sólo que sería muy necesario funcionalizarlo de otro modo, por ejemplo, asignándolo bajo condiciones distintas a actuales, a las universidades.

Lo anterior nos lleva a decir algo más sobre el tipo de performance  que realiza nuestra edición universitaria en el espacio público de la FILSA 2011, es decir, sobre el modo de mostrarse o buscar ser visto, tema que podemos constatarlo en las dos dimensiones básicas de actuación que ofrece el evento: la muestra editorial, y el programa cultural.

En la muestra editorial, sin duda que lo más armonioso y logrado corre por cuenta de la P. UC de Santiago. Con una muestra completamente propia como casa editorial y de formación, dispone ordenadamente todo su material sin perjudicar, sino al contrario, las posibilidades de consulta por parte del público interesado. No hay mesones ni vendedores que se interpongan a la visita, y los materiales están claramente dispuestos por materia. Distinto es el caso del sello editorial USACH, donde a los títulos propios se agrega un atiborrado conjunto de otras ediciones (no todas universitarias) que conforman casi la mitad de la muestra. Esto denota el afán por ser visto como un ente difusor amplio, prácticamente como una librería, lo cual si bien es una apuesta interesante, facilita cierto exceso, como ocurre en este caso. Por ejemplo, se construye un parapeto de mesas que impiden una mejor circulación y entorpeciéndose la fluidez hacia las góndolas de exhibición.

Mención aparte merece la aparición en esta ocasión, de las ediciones de la Universidad Finis Terrae. Aquí se aprecia más la modulación como espacio libre, de bastante calidad y elegancia sin ser lujosa. En cuanto a sus productos, estos sobresalen por su calidad gráfica y de formatos, lo cual si bien pretende hacer atractiva y aireada la muestra, no deja de advertir cierto exclusivismo por los temas y recursos involucrados. En no poca medida, la apuesta de la Finis es por proyectar la imagen de una universidad solvente de y para sectores acomodados.

Por último, el caso de la U. de Chile es, en materia de su oferta, claramente desbalanceada. Con una relevante actuación que nutre el programa cultural, deja mucho que desear en materia bibliográfica: la presentación en un estrecho espacio del sector D de una muestra donde priman más las ediciones extraídas de olvidadas bodegas. Es  muy extraño que esta universidad aún no logre convenir con la Editorial Universitaria una actuación de mayor prestancia.

En el terreno del programa cultural, sobresalen los lanzamientos de libros, mayormente de obras recientes, aunque no faltan las reediciones. A excepción de la Facultad de Letras de la PUC, es notable la casi absoluta ausencia en este espacio de las revistas universitarias, sin duda, la edición académica por antonomasia de una casa de estudios. La preponderancia de la edición monográfica nos indica la falta de claridad en los ámbitos de la gestión editorial académica y sus líneas de productos. Nótese, a este respecto, la actuación que le cabe al sello editorial USACh, donde más de la mitad de sus presentaciones, corresponde a una colección altamente heterogénea de folletos. Pareciera que aquí importa mucho más aparecer a cómo de lugar, sin atenerse a otros criterios de presentación.

No poco de este afán por disponer de presencia pública es lo que se registra en el caso de la U. de Chile. Con el desmedido slogan “La Chile se toma la Feria del Libro”, su área de Extensión es la responsable de las acciones de opinión más significativas de la Feria, en especial por el auspicio en la presencia de Julia Kristeva, intelectual del posmodernismo que, en no pocos de sus rasgos, ya no implica mayor novedad. Como siempre, el provincianismo de nuestros medios intelectuales, hace que nos lleguen con retraso ideas y personajes que ya han dado lo mejor de sí en otros momentos. Antes que responder a una política de difusión intelectual diversa y más atenta a las circunstancias del presente, la actuación de esta Universidad en el programa cultural de la Feria está determinada por dos cuestiones bien concretas: las preferencias de la temática de género de la Directora de Extensión, de una parte y, de otra, la necesidad institucional de protagonizar un quehacer público en momentos en que se juega el destino de la educación estatal en el país, como bien ha reflejado el movimiento estudiantil de este 2011.

Para concluir, diré que, así como se están dando las cosas, no ha sido ni será el espacio de la FILSA el medio por el cual la edición universitaria nacional logre salir de sus problemas y falta de perspectivas. Si bien puede perfectamente ser un recurso para posicionar marca, como de hecho acontece con lo que realiza la U. Diego Portales –que es parte hoy de los auspiciadores de esta feria y, en consecuencia, aprovecha el punto para dar a conocer toda su oferta académica año 2012- no será sino en el encuentro de ella, en su organización y colaboración, donde podría obtener más claros logros. Ciertamente que esto no se hará con el acuerdo pleno: bien sabemos que las apuestas individualistas son muy fuertes en la mayor parte de las universidades (y no sólo de las estrictamente privadas), pero si al menos una decena o poco más convinieran en una labor de grupo, seguramente la situación iría cambiando. Está por verse.

One Response to CRÍTICA. Ediciones universitarias en la FILSA 2011

  1. José de la Fuentre dice:

    La FILSA 2011 es signo de los tiempos del Chile de Piñera ¿Qué más se puede esperar y pedir? Pero no sólo de este presidente que administra el circo de la codicia nacional, sino de los concertados y demás celadores del neoliberalismo, cuyo mito ya se colapsó y se está ahogando en el porfiado río de las demandas sociales. Tiene razón Manuel Loyola, nuestras universidades, en términos de publicaciones científicas, con algunas excepciones, no están cumpliendo con su rol. Y para qué decir en materia de revistas seriadas-arbitradas. Hay algunas que circulan refugiadas en ISI y Scielo y no son, en rigor, revistas científicas ¿Desde cuándo CONICYT dejó de evaluar las revistas de su plataforma? ¿Le interesa?

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