CRÍTICA. Life on Mars

por Guillermo Adolfo Álvarez

Mi nombre es Sam Tyler. Tuve un accidente y desperté en 1973 ¿estoy loco, en coma o retrocedí en el tiempo? Lo que sea que haya pasado, es como haber aterrizado en otro planeta. Ahora, si logro averiguar la razón, podré volver a casa” pregona el protagonista al comienzo de cada uno de los 16 capítulos que componen Life on Mars, serie británica transmitida entre 2006 y 2007 a través de la señal de BBC 4.

Y es que justamente Sam Tyler, inspector de policía, luego de sufrir un accidente despierta en el Manchester de 1973. La historia transcurre en la ciudad, haciendo gala inmediatamente de un cuidado tratamiento a la imagen para retrotraernos a un 1973 que se distancia radicalmente de lo que el protagonista conoce. La fotografía y dirección de arte de la serie presentan un acabado detalle de cada escenario, centrándose en aquellos clásicos callejones enladrillados, patrimonio de una ciudad que alguna vez fue la más industrializada del Reino Unido, y que en aquellos años sufría el éxodo del auge económico regional, presentándonos una atmósfera con tonalidades opacas y grises que remarcan el cariz de la época.

Argumentalmente, la serie se nutre de la tradición policíaca de las series británicas de la época, como The Sweeney y The Professionals, recurriendo a la indagación de diversos crímenes cuya resolución se supedita a los recursos y conocimientos disponibles en la época, algo que confronta la mente indagatoria de un hombre del siglo XXI, quien se vale de – e integra- nuevos  procedimientos con el fin de hallar al culpable de los crímenes que se presentan en cada capítulo.

Así, Sam Tyler se integra al equipo policíaco a cargo de Gene Hunt, un jefe policial acostumbrado a métodos bastante excesivos para descubrir a los criminales. La rigurosidad investigativa de Sam y su interés de asegurar los derechos de los sospechosos en todo momento chocan constantemente con las maniobras poco ortodoxas de Hunt y su equipo (compuesto además por los detectives  Ray Carling y Chris Skelton).

La gota de claridad y juicio en este ambiente hormonalmente machista la pone Annie Cartwright, una oficial de policía que a lo largo de las dos temporadas va adquiriendo mayor protagonismo llegando a convertirse en detective, siendo la única mujer en la brigada. Además, Annie es la única a quien Sam cuenta sus aflicciones y preocupaciones por volver al tiempo real, a lo que ella reacciona amablemente brindándole su apoyo, siempre creyendo que los delirios de Sam son consecuencia de la contusión que sufrió en el accidente automovilístico al ser transferido a la unidad, y apoyándolo así para integrarse a ésta.

Haciendo referencia a la mítica canción de David Bowie, canción que justamente representa el salto temporal de Sam a esta otra época, el título no hace sino reforzar la constante búsqueda que motiva al personaje por descubrir qué le sucede y cómo volver al 2006 (año donde se sitúa el presente temporal de la serie). Esta incertidumbre sobre su situación y sobre cómo retornar a la normalidad se refuerzan con los constantes guiños que el protagonista recibe del futuro: voces que le hablan a través de televisores, teléfonos y radios, que comentan su aparente situación clínica y la imposibilidad de salir del coma, y con otros aspectos que hacen dudar si está cuerdo o todo es producto de su imaginación como los constantes encuentros con la Test Card Girl, una niña que se le aparece frecuentemente a través de la televisión y que cuestiona el sentido de realidad de Sam.

Una producción totalmente recomendable, la mezcla exacta entre un buen policial con toques de drama y el preciso humor inglés, con una excelente ambientación, buenas actuaciones y con dos temporadas que convergen en un excelente capítulo final, que no implica un cierre total sino que da pistas para lo que será la serie de continuidad Ashes to Ashes.

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