CREACIONES. Sin tambores ni trompetas

por Rodrigo Concha

Me dolía una muela hace como tres días y mi viejo me aconsejó que fuera a su dentista. El recuerdo que tengo de estos gallos es que su consulta es encandilántemente reluciente, piso de baldosines perfectamente blancos, tecnología que para uno es la última chupá del mate, un sillón bastante cómodo con reclinabilidad en todos los ángulos imaginables y uno que otro cuadro explicativo de cómo te puede quedar la jeta si no vas a un dentista (fotos espeluznantes por lo demás). Además de un constante chorrito de agua que fluye al lado del sillón aerodinámico (para el enjuague). Todo con unos majestuosos ventanales, que abarcan de una o dos paredes, desde donde se puede sapear todo Santiago, porque las consultas están casi siempre del piso ocho hacia arriba, donde quiera que estén.

Bueno, las descritas son las consultas modernas. Yo sabía que la que me ofrecía mi viejo era del tipo old school, así que para qué les voy a andar con cuentos, igual dudé si ir. Pero al final igual fui (lógico, sino no estaría escribiendo esto).

Obvio que quedaba en el centro, en la calle Compañía. Así que me bajé en la estación Santa Lucía y me metí a una de las diez mil quinientas veintiséis galerías que hay (según censo del año 2009). El centro de Santiago debe ser uno de los lugares con más galerías del mundo, a la par con Suecia o Dinamarca; prácticamente uno desde la plaza Italia puede llegar a la Estación Mapocho, a la Plaza de Armas, a La Moneda, al Estadio Nacional o al Parque Arauco a pura galería, en serio. Y claramente también podía llegar al dentista de mi viejo.

Entonces llegué, quedaba en un caracol. Arriba de un Café Haití, ahí donde van los califas conservadores que no les da el cuero (o la moral) para entrar a un café con piernas. Dental Gatica decía en la entrada. Crucé la puerta y resonó una chicharra a modo de avisar mi llegada, no tenía hora pero no importó, así que esperé unos siete minutos en el lobby sentado en los sillones de mimbre que habían y hojeé una revista Paula de octubre de 1996. El dentista en cuestión, un señor que bordea los sesenta años, era muy similar al doctor Simi, el personaje de esa farmacia peruana  (similar al Simi jaja). Me presenté  diciéndole que era hijo de mi viejo y me hizo pasar a donde atiende la otra dentista que trabaja ahí, una señora regordeta que estaba tomando café con galletas criollitas (sí, todavía existen) y que parece que no le pega mucho al cuento porque no tenía ningún paciente.

Le dije al doc que me dolía la pieza numero dieciséis (que correspondía a una muela del juicio) y me revisó la cavidad bucal con sólo un espejito y un fierrito que era como un clip estirado. Noté que no usó guantes, y no me consta que se haya lavado las manos tampoco (guácala). Igual la hizo corta y en cinco minutos me dijo que no tenía nada, además ni me cobró por la consulta, o sea, se rajó. La cosa fue que me dijo algo fatal, que me tenía que sacar las cuatro muelas del juicio y no porque estén malas o qué se yo, sino que era porque no sirven para nada y son las primeras es dejar la patá en la boca, es decir, extraerlas (palabras que se ocupa en estos casos) para evitar sufrimientos futuros. Me dijo que me cobraba veinte lucas por muela y otras veinte por una limpieza, chhh una ganga pensé (¿no creen?) así que obvio que no podía dejar pasar esa oferta y agendé al tiro nomás una hora para la semana siguiente, no vaya a ser que se echara para atrás el doctor Simi. Igual estuve a punto de decirle que si por veinte lucas más me sacaba el apéndice también, pero después pensé que mejor no, porque esa no era materia en que se manejaba y si accedía me podía sacar quizás qué órgano vital para el correcto funcionamiento del ser humano, y dejarme la cola.

Volví el martes siguiente a las doce en punto y tuve que esperar a que atendieran a un cabro chico más revoltoso que la cresta (el Vicente), y después de ese pendejo retutetutata me tocó a mí. Fue la asistente del doctor Simi la que me llamó, la Rosita, quien tenía una evidente cara de mongólica (sin ánimo de ofender, sorry), de hecho en un primer momento en verdad pensé que sufría de síndrome de Down (o síndrome de abajo para los que no cachan inglés) y que el dentista estaba metido en alguna especie de fundación en que ayudan a insertar en la sociedad a estas personas por medio del trabajo. No les voy a mentir pero cuando pensaba eso igual me dio susto porque en el fondo la Rosita iba a ser partícipe del proceso de extracción de mi muela, y si en verdad sus capacidades mentales se encontraban limitadas debería dar un paso al costado, encuentro yo. La cosa es que eran puros rollos míos porque la Rosita era para qué más normal y además súper amorosa, era sólo un problema de caracho.

Y ahora sí que entré a la piecita donde atendía el doctor Simi, la cual era diametralmente opuesta en características en comparación a las consultas que les describí antes (¿se acuerdan?). De partida esta era no tenía ventanas y era alfombrada, además los utensilios dentísticos que ví me tincaban del año de la cocoa y yo creo que los habían ocupado para hacerle un tratamiento de conducto a Ramses segundo (talla, nunca tanto).  Lo más notable era la decoración del lugar porque abundaban fotos de personajes íconos izquierdistas como: Violeta Parra, Víctor Jara (tío de Lucho Jara), Pablito Neruda, Ernesto Che Guevara (diseñador de poleras), Chaplín (mimo con bigotín hitleriano), Salvador Allende, el Kike Morandé y Darth Vader. Descubrí también que de fútbol no podía hablar ni por las tapas, ya que en una pared se encontraba la insignia del Colo fabricada como con cobre y abajito estaba Bart Simpson echando la corta sobre un chuncho, acompañado de Homero enfermo de borracho disfrazado de colocolino. Entonces si yo le decía que era de la U capacito que el doc hubiera tomado alguna represalia contra mí, como sacarme los chocleros por equivocación, o quizás que otra atrocidad, y eso sería nada que ver igual porque después ¿Cómo voy a comer alcachofas?¿ah?.

Ah, y no estaba el constante chorrito de agua al lado del sillón (snif).

Continuando. Me recliné en el sillón y me enfocaron en la cara ese brazo robot-luz premodernista que normalmente tiene como los focos luminosos medio chuecos para no encandilar al paciente. Normalmente digo, porque esta igual encandilaba su resto. No me pusieron babero y el doc tampoco utilizó guantes esta vez (re-guácala). Luego me puso la anestesia y para matar el tiempo, mientras hacía efecto, conversamos sobre asteroides, broma (ja), conversamos sobre libros, tema en que tenía mucha más cultura que yo, y me sentí algo inferior. Por lo tanto cambié el tema y hablamos de películas, donde me manejo algo más, pero llegamos a un punto en que al doctor Simi le gustaba un film que a mí no y hubo un debate al respecto, sin embargo calmé los ánimos ya que en unos minutos este señor iba a estar con objetos corto punzantes en mi boca.

Después de sus seis minutos ya tenía el hocico entero dormido y el doc entro a picar de una (ah, miércale). Sentía cómo crujía mi calavera cuando hacía fuerza para remover la pieza, pero igual bien porque los comentarios que escuchaba eran favorables, “Está facilita, va a salir rápido” dijo. Ahí yo pensaba que esto que te saquen muelas es coser y cantar, es muy resimple. Mi felicidad duro pocazo eso sí ya que después se mandó preocupantes comentarios, “Ah cresta, se fue pa´ dentro de nuevo” y para rematarla dijo “Chuta no, no hay caso”, eso igual me preocupó y hasta me empezó a doler la tontera. Siguió maquinando un rato más, para luego pedir cambio de herramientas y fue cuando le dijo a la Rosita que la pasara el fórceps. Esa cuestión sirve para sacar fetos pensé, a lo mejor esto era un parto. Entonces, con ese aparato trato como siete veces de agarrar la famosa muela infructíferamente, era como cuando uno trata de sacar un peluche con esa mano biónica en las máquinas. Cuento corto, al final salió, igual con algo de dolor, si no me las voy a dar de bacán. En mi boca el lugar de los hechos quedó con un orificio de proporciones considerables, en donde siempre se meten los arroces cuando como y después estoy como una hora dándole vueltas con la lengua para tratar de sacarlos.

Durante el proceso en la consulta, me escuché todas las canciones de los Beatles en versión zampoña o interpretadas con algún instrumento fabricado con madera o con tapitas de bebida aplastadas, onda pandero (ahí quedaste John Lennon). El CD se reproducía en un Walkman sin tapa enchufado a una radio que tenía solo para cassette y radio AM (ja). Me dieron mi muelita envuelta en papel de regalo y pasé a un cubículo donde molesté a la secretaria para que dejara el solitario y me hiciera la boleta. La otra dentista seguía comiendo y tomando café, sin ningún paciente (pobre). Antes de irme la Rosita me dijo lo que no podía hacer en las próximas 48 horas, como andar a caballo, tirarme en Benji, comer camarones, jugar bachillerato, entre otras. Me dio un folletín informativo al respecto (de ahí se los muestro).

Y me fui del lugar después de tomar otra hora para la semana siguiente (auch). Chao doctor Simi le dije. Y como esto pasó en verdad, la historia no tiene ningún final espectacular así con explosiones, extraterrestres, o enanitos con sombrero. Solo con un joven sin la pieza número dieciséis saliendo de un caracol (fin).

One Response to CREACIONES. Sin tambores ni trompetas

  1. huincasupay dice:

    y dale… que a mi me sacaron las 4 de una sola sesión. Y de fácil, nada; dos de ellas las tuvo que romper, para sacar los pedacitos. La sesión duró 4 horas, y después me dijo que lo mío tendría que haber sido en un pabellón, en una cirugía menor. más encima se lleva las radiografías para mostrárselas a sus alumnos en la U… que yo era un “Caso Clínico”… es fatal ser un caso clínico, te pilla Dr. House y no te salva nadie.

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