CREACIONES. La luz que parpadea

Autor: Christian Toro-Anubis

Caminaba hambriento por las calles de Quilicura, Era tarde, ya pasado de las once, y no esperaba encontrar un lugar abierto para comprar algo de comer, por lo que me dirigí a la botillería, recordando que ese lugar se mantenía activo hasta las tres de la madrugada. Negocio que con el tiempo se había convertido en un mini almacén y tienda, donde seguramente podría encontrar algo que me ayudara a callar mis tripas que rugían sin cesar.

Camine hasta  la esquina de O´Higgins con Doña Leticia, y me encontré con la desagradable sorpresa de que la botillería, la última esperanza para mi pobre barriga, estaba cerrada. Algo tremendamente curioso, dado que siempre, lloviera o temblara… este local mantenía las puertas abiertas a sus clientes. Recordé entonces que había otra botillería, no demasiado lejos, entrando por calle Doña Leticia y andando solo un par de cuadras, por lo que me dirigí hacia allí caminando lo mas rápido posible para evitar que mis huesos se congelaran por el frío. En eso, pasé frente a una pequeña plaza, donde había algunos juegos infantiles y unas cuantas  bancas. Cansado y un tanto frustrado por haber caminado tanto para llegar a la botillería la cual estaba cerrada, me dispuse a tomar un pequeño descanso en uno de los asientos y así recuperar un poco el aliento para seguir rumbo a casa.

En la soledad de esa plaza, solo oía los autos que pasaban a toda velocidad por las calles desiertas. Estaba solo, o al menos… eso pensé. De un momento a otro, el único farol que alumbraba el lugar empezó a fallar parpadeando su luz una y otra vez para finalmente apagarse de golpe. A la falta de esta lumbre, pude observar que habían tarros de basura, bolsas, cartones y ropa que la gente tiraba para que los recolectores se la llevaran, y en la oscuridad, sentí que algo se movía, de hecho… escuché sollozar a alguien, una voz débil y entrecortada en un ahogado lamento. Me levanté, y acercándome a aquel lugar comencé a sentir mucho más frío del que ya tenía… tiritando llegué al frente de aquel montón de desechos malolientes viendo con esfuerzo una silueta pequeña. En el instante cuando me faltaban sólo unos pasos como para estar junto a la misteriosa sombra que lloraba en un forzado silencio interrumpido por su respiración entrecortada en quejidos casi mudos. La luz del farol se encendió fuertemente, dejándome ver de quién era esa silueta… era una pequeña niña de vestido blanco y largo cabello rubio.

Aquella niña lloraba cabizbaja,  sin poder contener su tristeza, lo que me conmovió a tal punto que me hizo preguntarle el motivo de sus lamentos. La pequeña me miró, y en su mirada vacía noté que su dolor era más grande de lo que podría imaginarse. De un momento a otro, su piel comenzó a traslucir sus venas, como si todo su color se fuera consumiendo, la pequeña palidecía rápidamente, Su llanto se detuvo, y sus lágrimas comenzaron a ennegrecer como sangre que se comienza a coagular en una herida. Su vestido, de la cintura para abajo estaba teñido de carmesí. Entendí entonces que la niña que tenía en frente… había sido violada.

Traté de tomarla por los hombros, pero curiosamente al tocarle, mis manos se quemaron gravemente, lo que me hizo retroceder algunos pasos. Ella se mantenía seria, con una inerte expresión en su rostro. Luego comenzó a caminar lentamente hacia mí…  y mirándome empezó a sonreír. Era una sonrisa sutil, profunda y misteriosa que guardaba un secreto que no podía descifrar, una sonrisa de satisfacción y aparente paz, que no concordaba en nada con el llanto que hace un momento tenía. Las lágrimas de sangre seca en su rostro se desvanecieron en ceniza y su cara se iluminó de dicha al estar ya junto a mí. Me miró y  dijo… “ellos me han dañado, y no hay esperanza en el horizonte del abismo en que somos arrojados por los pecados de otros, pero… siempre tenemos la posibilidad de compartir nuestro dolor  para sentirnos acompañados”. Su voz resonaba en mi cabeza, una voz relajada como resignada a su pena, que en susurros me revelaba lo que le había pasado.

Al alcanzarme, la niña me abrazó fuertemente, haciendo arder el interior de mi ser. En ese momento lo pude ver y sentir todo… ella me transmitía lo que le había pasado, y podía ver  lo dolorosa de su existencia. Veía a un padre golpearla fuertemente hasta hacerla llorar, a un hermano deficiente mental que aprovechando los momentos en que estaba a solas con la pequeña y haciendo uso de su fuerza superior le forzaba a abrir las piernas, penetrándola fuertemente una y otra vez, violándola sin consideración por lazos familiares, edad, ni nada… entre enfermos gemidos que acallaban los gritos desesperados de su hermana que sangraba con su vagina desgarrada por tanta brutalidad. Pude ver una madre débil, que simplemente hacía vista ciega a lo que pasaba día a día, y que ya sin poder aguantar, acabó con todo de una vez, librando a su “princesa” de tanto sufrimiento al tomar un cuchillo de cocina calentado al fuego, y atravesar con él el corazón de la niña… luego… acabó dejando el cadáver descuartizado en una bolsa de basura, esperando que los recolectores se llevaran la evidencia de este piadoso y demente crimen.

Pude ver… que dejaban la bolsa con las partes de la niña junto a un farol… junto al mismo farol que tenía frente a mí. La niña seguía abrazándome cuando recuperé la conciencia. La luz se apagó nuevamente, y sentí como de mis brazos se deshacía ese pequeño y frágil cuerpo en los pedazos que su propia madre había cortado. Fue algo aterrador, sentir caer cada miembro de su pequeño ser.

Mi alma dejo de arder en el fuego de aquella agonía. Mi corazón latía agitado y en mi pecho sentía un calor moderado, en comparación al infierno que hace segundos me golpeaba en lo profundo de mi existencia.

Al volver la luz entre parpadeos, ya no había rastro de la pequeña. No había nada frente a mí, más que botes de basura, bolsas y deshechos que las personas que vivían en ese sector dejaban semana a semana acumulándose hasta el día en que los recolectores pasaban. Había una bolsa que parecía llamarme, para confirmar si todo había sido un mal sueño o una realidad, pero el valor no me alcanzó para comprobar nada, y en cuanto pude recuperarme del todo, salí corriendo a mi hogar. Crucé la calle y corrí sin mirar mi entorno, pues sentía que oscuras sombras se comenzaban a levantar desde el suelo, mirándome… siguiéndome.

Llegué a casa… y ya más tranquilo tomé un vaso con agua. Me senté en el sillón y comencé a escribir todo en mi diario. Ya más relajado decidí consignar esto tal cual había pasado, pero sin contarlo a persona alguna, para evitar ser tildado de lunático. Ya incluso se me había olvidado el hambre que tenía.

No sé que había sido todo lo que acababa de ver, no sé qué ha pasado realmente… no puedo asegurar nada.

Comienzo a sentirme débil, hace frío. Susurros confusos hablan en mi cabeza, ella me llama para hacerle compañía…

La luz comienza a parpadear…

2 Responses to CREACIONES. La luz que parpadea

  1. Christian Oyola dice:

    muy bien, está interesante. me gustó el relato.

  2. Izumi dice:

    Muy buen y crudo relato! :-)

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