CRÍTICA. Yo necesito amor, de Klaus Kinski

Redescubriendo YO NECESITO AMOR de Klaus Kinski

por Colectivo Miope

“Crates tenia un discípulo cuyo nombre era Metroclo. Era un joven rico de Maronea. Su hermana, Hiparquia, bella y noble, se enamoró de Crates. Hay constancias de su pasión por él y de que salió en su busca. Nada pudo desanimarla, ni la suciedad del cínico, ni su pobreza absoluta, ni el horror de su vida pública. Él le previno que vivía a la manera de los perros, en las calles, y que buscaba los huesos en los montones de la basura (…) Hiparquia abandonó la ciudad de Maronea, desnuda, con los cabellos sueltos, cubierta sólo con una tela vieja, y se fue a vivir con Crates, vestida casi como él. Se dice que tuvieron un hijo, Pasicles; pero no hay nada seguro respecto a eso”. (Vidas imaginarias, Marcel Schwob)

El fenómeno de la experiencia ajena plasmada sobre un texto documental, ya sea como biografía, autobiografía o memoria, cayó literalmente sobre mi cabeza mientras hurgaba libros en una biblioteca (en la que trabajaba) hace un par de años. Enfrentarme a ese desconocido universo de experiencias íntimas, divertidas a veces y pedagógicas la mayoría de las veces fue una escuela en sí misma inconmensurablemente superior a cualquier soporífera clase convencional. Cada repaso vivencial desde el puño mismo del vividor era una cuna de metodologías, técnicas, logros, errores y arrebatos puestos a prueba en experiencias relacionadas a la dinámica de la cual necesitaba imperativamente aprender: el cine.

Lo que prosiguió entonces fue ingresar en la lógica de las memorias, fue una búsqueda frenética por mordisquear e incorporar todo aquello, que dio como resultado olfatear en múltiples textos biográficos que fueron desde: Tras la pista de John Ford de McBride, pasando por Memorias de un amante sarnoso de Marx, Así se hacen las películas de Sidney Lumet y otros similares o incluso más inspiradores y ni tan alejados de la imagen en movimiento como los Recuerdos del pasado de Pérez Rosales o Éramos unos niños de Patti Smith…todos sin duda rebosantes de vitalidad, por ser eléctricos testimonios de experiencias inimaginables pero vigorosas para cualquiera que admire a tales autores tanto por sus oficios, desvergüenzas u obras.

“Se busca a Jesucristo. Profesor, obrero. Domicilio, desconocido. No profesa ninguna religión. No milita en ningún partido. No se le ve en reuniones públicas. El prófugo está acusado de robo, corrupción de menores, blasfemia,  profanación de iglesias, insultos a la autoridad, desprecio a las leyes, compadreo con putas y criminales…”

Kinski que comenzó actuando monólogos-recitales “poéticos” a finales de los 50s, inicia su pequeño-gran codex confesional, con este párrafo clave de su mega performance-happening-mesiánico que invadió los escenarios europeos a finales de los 60s. En éstos, berreaba con desparpajo “únicamente” armado con su voz (y su actitud)… frente a una muchedumbre que respondía sus provocaciones con algo más que solo confrontaciones cortopunzantes. Con lujo de detalle esto está retratado en el documental Jesus Christus Erlöser de 2008 y dirigido por Peter Geyer, el albacea de Klaus Kinski: “100 minutos de histrionismo, oratoria y violencia verbal en una época en que las estrellas tenían cojones y escaso miedo al ridículo”*.

Luego de una acumulación de escandalosas presentaciones, comienza otra de sus tantas tormentosas experiencias, esta vez con un tal Herzog. Kinski sale del spagetti western y vira hacia algo más en su tono: Aguirre, der Zorn Gottes (otro iracundo) y con ello un nuevo y más lucrativo giro y periplo anti-actoral:

“Herzog, el productor de la película, también ha escrito el guión y quiere dirigirla. Lo primero  que hago es preguntarle cuánto dinero tiene”. (…) (Herzog) tiene una manera de hablar plúmbea, más perezosa que un sapo, minuciosa, quisquillosa, fragmentaria; de su boca brotan cascotes de palabras, que intenta retener al máximo, como si le pagaran intereses por ellas. Pasa una eternidad hasta que por fin se saca del cerebro uno de sus mocos mentales resecos”. (…) No entiendo nada de lo que está hablando, excepto que está enamorando de sí mismo sin  motivo aparente y está fascinado por su propia osadía, que no es más que la ignorancia de un diletante”. (….) Y afirma, con el mismo descaro y ramplonería (por decir así, relamiéndose los labios, como si se tratara de un bocado delicioso), que todos los que participaran en el proyecto están dispuestos a aceptar con alegría las inimaginables fatigas y privaciones que les esperan, con tal de seguirle los pasos a él, a Herzog”.

“Los periódicos, la radio y la televisión se masturban con pretenciosos artículos sobre mí. Parece que les pone cachondos calificarme de genio”.

Con su Yo necesito amor, Kinski, tiene mucho de Crates aunque mucho más de Hiparquia pensándolo mejor…tiene mucho de los cínicos que inauguraron todo el contenido desenfreno que Sócrates no expresó “gracias” al filtro de sus discípulos más “decentes”, parcos y correctos que claramente no heredaron el lado lúdico del sabio condenado: Platón y Aristóteles.

Kinski tiene mucho de puta, como él mismo se autocalifica en reiteradas ocasiones con majadería, pues sus odiseas como errante, como mercenario del sentimiento para las más de 200 películas en las que trabajó alrededor del mundo, dan cuenta de un frenesí por vencer la muerte a través del exceso en todas sus posibilidades, llegando incluso a regurgitar intimidades y calificativos de grueso calibre, tal vez para subsanar lo nefasto que al parecer era negociar con los cineastas contemporáneos a él, todos, hoy ya canonizados. La tormentosa experiencia que padeció en el mundillo del cine se entiende porque no le hizo asco a estrujar toda posibilidad de “pagarse” cuando aceptaba las insufribles faenas de filmación elucubradas por los mas insufribles creativos de su época. El parecer efectivamente que Todo es bueno cuando es excesivo, tal como sentencia el Obispo (Giorgio Cataldi) en Saló, justo antes de dar el puntapié inicial al bacanal de sangre, mierda y sexo que constituye la tesis en el ultimo metraje de Pasolini. El finado Pier, otro excesivo a su manera que también se topó con Kinski:

 “Pasolini, que me ha mandando el guión de Pocilga, su ultima película, se presenta en la Appia con una horda de chicos jóvenes, y quiere hablar conmigo. (…) Desde luego, el argumento es un poco excesivo. El personaje principal, que debería interpretar yo, es un tipo que, impulsado por el hambre, ataca a un guerrero bien formado y lo devora. Esa historia después de todas las paridas que he tenido que rodar hasta ahora, parece soportable. Pero el sueldo no. El productor Doria es de los mejores de Italia, pero si yo cobrara en todas mis películas el salario de hambre que él me ofrece, tendría que acabar comiéndome, para sobrevivir a Doria o quizás incluso a Pasolini”.

 

En las memorias, Kinski no escatima en detalles ni ahorra en sus articuladas sofisticaciones para describir tanto su promiscuidad entrañable como su tráfico de razonamientos que sin duda convencen y estimulan a la emulación sistemática a través de la superación de la propia mojigatería. Kinski puede jactarse de su coprolalia hasta invisibilisarla, pero pocas veces las palabras articuladas tan soezmente fueron a la vez tan edificantes en su exaltación estilosa, sistemática y ordenada de barraganería, que perfilada, emergía hasta moldear una imagen de vida en perpetuo desequilibrio y urgencia por una otredad inabarcable.

Pero sin duda que no todo en Kinski es delirio y carne, con un planteamiento cronológico el autor recorre una infancia modesta y sacudida por la carencia más implacable. Rescata momentos de cierta ternura infantil, aunque no carente del contexto hitleriano que aún cuando no recalca explícitamente, está bullendo por detrás y que finalmente lo llevará a suspender su adolescencia tajantemente, sembrando más esa pulsión que en algún momento estallará.

 Los Kinski se la pasan de pensión en pensión y de hoteluchos baratos a cuartuchos piojosos. La madre cose ensordecedoramente y los hermanos unos sobre otros defecan, duermen, tosen…o al menos lo intentan:

 “Para que mi madre no tenga que cargar conmigo todo el día, paso medio día en el parvulario de la escuela primaria a la que van mis hermanos. Allí nadie se ocupa de nosotros. No hay libros de cuentos ni juguetes. A la hora de bailar en corro, nos arrastramos en círculo sin ningún interés, como viejos enanos (…) El resto del tiempo rondamos apáticos por el aire viciado y nos contagiamos”.

“Nuestro retrete es un agujero con una tapa. Cuando levantas la tapa, casi te desmayas de la peste a meados y a mierda. Resulta más higiénico mear en la calle (…) No tenemos luz eléctrica (…) Siempre tenemos hambre. Aunque pudiera robar cada día, no nos hartaríamos todos”.

A los 16 años entra al servicio militar y de pasada tiene una fugaz pero no por eso menos brutal experiencia de paracaidista en la segunda guerra mundial. Faltarían 20 años antes de que Kinski tuviera la fama que hoy cualquier cinéfilo le reconoce. Faltan 20 años de vasta acumulación de humillaciones, pellejerías, palizas, partuzas e incidentes variopintos para que Kinski emergiera tal como lo conocemos ahora.

Las 412 páginas se hacen más que suficientes para ingresar en la desbordada prosa morbosa del actor que se avergonzaba de tal denominación, pero despilfarraba vida para volver a necesitarla cíclicamente a través del goce y un tipo de amor sin duda complejo de dimensionar sólo en palabras.

Herzog por su parte, intentó oxigenar el mito y la atormentada figura de Kinski, que pudo parecer en algún momento ensañadamente monomaníaca, y explora el lado poético-humano de éste, en su Mein liebster Feind. Difícil saber si lo logra o no, su propia chacharezca especulación pasa por encima de a momentos por el actor. Todo el supuesto aprecio que intenta evacuar Werner en el metraje, se diluye herzognianamente.

En algún momento Kinski se sumerge en un amor que no siendo sexual no deja de ser carnal, parte de su flujo desperdigado es tributado en muchas páginas: su hijo. Más que sus hijas, su hijo es explorado y más aún, es elevado a un individuo casi metafísico, un efebo atiborrado de amor por Klaus haciendo todavía más compleja su propia idea del amor. En un arrebato de anhelo redentorio, Kinski sentencia en base a su propio Pesicles-Nanhoi:

“Mi hijo es mi vida. Es mi dios. Creo en su fuerza infinita. Creo en la magia de su amor. Es la encarnación del amor. La encarnación de la vida. La encarnación de la belleza. A través de él me salvaré”. Pero, afortunadamente, luego recapacita y vuelve a la cordura, a la brutal cordura: “Ahora, hoy, prefiero personalmente ser pobre, pero sin pesadillas y sin manías persecutorias, sin el martirio de la encarnación incesante y consciente. ¡Ojalá pudiera hacerlo!, ¡Ojalá dependiera de mí! ¡No quiero ser actor! ¡Quisiera no haber sido nunca actor! ¡Quisiera no haber tenido nunca éxito! Hubiera preferido ser una puta callejera y vender mi cuerpo, antes que vender mis lágrimas y mis risas, mi tristeza y mi alegría”.

Yo necesito amor, tan plagado de vida y ansiedad, expulsa el sustancioso y errático recorrido de un personaje insaciable, magullado de sus múltiples enfrentamientos carnales pero también fecundado de una cierta autoconsciencia de su despilfarro, un despilfarro en sus relaciones emotivas que incluso el parece no sabe ni quiere saber como controlar ni encausar. Ni con su hijo logra mesurar un frenesí que, ya diluido, le parece imposible identificarse como un personaje o como una nueva configuración mental sin retorno ni deseo de nada parecido a la sanación.

A lo largo de sus memorias Kinski se sitúa en muchísimos terrenos y no tiene sentido intentar llegar a una convicción sobre su atormentada y/o histriónica psiquis. Lo único ligeramente claro es que Kinski legítimamente y a sus anchas fanfarronea al tiempo que derrocha, estalla y prueba a las personas mientras no suelta el acelerador. La misericordia no era lo suyo. Siempre actuaba y a la vez detestaba su propio rol. Ninguneaba a sus colaboradores, se sensibilizaba con los animales pero trataba con infinita desconfianza y desprecio poético a toda la alimañezca y tacaña humanidad desde Fellini a Loach, de Cavani a Visconti.

Y hablando de academicismos y vacas sagradas:

“Lo que enseñan en esas escuelas de actores es una retahíla de escalofriantes gilipolleces. Al parecer las peores son las llamadas actor’s studios, de Estados Unidos. Allí aprenden a ser naturales, es decir, se repatingan, se hurgan la nariz y se rascan los huevos. A esa imbecilidad la llaman method acting. ¿Cómo se puede “enseñar” a alguien a ser actor? ¿Cómo se puede enseñar a alguien cómo y qué debe sentir y cómo debe expresarlo? ¿Cómo puede alguien enseñarme a mí la manera de reír y llorar? ¿La manera de alegrarme y estar triste? ¿Lo que son el dolor, la desesperación y la felicidad? ¿Lo que son la pobreza y el hambre? ¿Lo que son el odio y el amor? ¿Lo que son el anhelo y la satisfacción? No, no quiero perder el tiempo con esos cretinos engreídos”.

En fin, en las antípodas siempre estará la salvación.

Y sobre los premios, ya cansado, al atardecer de su vida:

“¡Y luego, la histeria que se crea en torno a esos piojosos premios! Todo por esa banda de doce ridículos jurados que se imaginan poder dictar una sentencia como si fuera verdaderos jueces (¡que más quisieran!). Desde luego, lo que más les gustaría sería poder decidir sobre la muerte o la vida de un ser humano”.

La mezcla de dinero, derroche, luces, fornicación y los problemas asociados a todo lo anterior efectivamente pueden dar una idea general de porqué hacía lo que hacía o decía lo que decía y dejando tan poco espacio para algo ligeramente parecido a la mesura.  Kinski probablemente hacía gala del concepto “familia de mal vivir”, sin embargo estrujaba tanto lo malo como lo bueno de ese estado catártico de vitalidad mortificante que parecía fomentar dicho ritmo como quien está febrilmente atrapado por un narcótico.

En Cinismos Michel Onfray tal vez sin proponérselo identifica al arquetípico Kinski describiéndolo en base a los filósofos-perros de Atenas:

“El hombre que ha llegado al pleno dominio de sí mismo tiene una sabiduría que lo protege de todo ataque y goza impunemente del placer”.

Y Plutarlo reafirma:

“Un hombre de bien, ¿no ve acaso una fiesta en cada día?”.

Nikolaus Karl Günther Nakszynski murió a los 65 años, dos años después de realizar su primera y única película como director: Kinski Paganini.

En dos meses más, el 23 de noviembre de 2011, se cumplen 20 años de su deceso.

La primera edición de Ich brauche liebe (Yo necesito amor) data de mayo de 1992.

* http://cargamaldita.blogspot.com/2011/05/jesus-christus-erloser-de-peter-geyer.html

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