COLUMNA. Descargos cotidianos #5


por Ximena Catalán

Relativi-edad

Muchos años atrás, Einstein postuló la teoría de la relatividad del tiempo. Sin ánimo de competir con el sabio de origen alemán -porque de física no sé nada – me atrevería a postular una teoría de la relatividad de la edad o “relativi-edad”, marcada por etapas claves dentro de nuestra historia de vida.

¿Las reconoce?

1. De los mayores es el reino de los cielos

De niños, está claro, todos queremos ser grandes. Tenemos fascinación por parecer mayores y hacemos todo lo posible para lograrlo.

Nos encanta disfrazarnos utilizando la ropa de los adultos. Las niñas usan los tacones de mamá y alucinan maquillándose con sus cosméticos. Niños de cinco años hablan de “cuando eran chicos”, como si ya no lo fueran. Y por supuesto, queremos hacer todo lo que hacen nuestros hermanos mayores.

Algo más creciditos, también queremos vernos mayores, aunque pasamos de los ejercicios burdos y evidentes de la niñez, para embarcarnos en una maquinaria de artilugios sutiles y mentiras blancas.

Si vamos en segundo medio, le decimos a nuestro amor platónico que vamos en cuarto medio, bajo la convicción de que anotar un par de años más a nuestra edad nos hará más atractivos. Aquí, el cigarrillo aparece como un accesorio clave, que, según creemos, por arte de magia nos hace vernos mayores, aun cuando fumemos vestidos con un reluciente y ñoño uniforme escolar.

En esta época, deseamos cumplir pronto los dieciocho años, para restregarle en los ojos el carnet al guardia de la discoteque que nunca nos deja pasar. Y para no tener que pedir prestado de nuevo un carnet, que suele pertenecer a un ser de una fisonomía nada que ver a la nuestra, obligándonos a una tarea de caracterización adicional para poder entrar al deseado antro.

2. Los veintisiempre

Después de los veinte años ocurre el punto de inflexión en nuestra problemática relación con el devenir del tiempo. Comenzamos a aceptar la edad que tenemos y por primera vez en la vida, no queremos ser ni mayores ni menores. Se trata de la etapa más corta, por cierto, y suele terminar antes de los treinta años, justo cuando comenzamos a detestar el rito anual de cumplir años.

Hablamos de los “veintisiempre”, una edad en la que quisiéramos ser capturados por toda la eternidad. Nos gusta caer dentro de la denominación “veinteañeros” y decimos con orgullo que nacimos en los ’80. ¿Cómo no querer vivir eternamente en esta época, si todas la categorizaciones etarias dicen que la juventud se acaba a los 29 años?  Justo en el margen, dejamos de ser un “adulto joven” para pasar a ser un “adulto a secas”.

3. Forever young…I want to be

Luego, diría que cerca de los cuarenta años, comienza la etapa más compleja en la relación con nuestra edad: la lucha con uñas y dientes contra el paso del tiempo. Sufrimos con cada cumpleaños y preferimos, por el bien de nuestro presupuesto doméstico, no homologar la cantidad de velas en la torta con la cantidad de años que hemos cumplido. Algunos, de hecho, usan una vela con un signo incógnito, como amenazando a los comensales sobre el inminente riesgo que les reportaría preguntar cuántas “primaveras” acaban de cumplir.

La pregunta por la edad aparece como un tabú, e incluso, las mujeres, tenemos la potestad de tratar de mal educado al que ose plantearnos dicha interrogante. No puedo evitar decir que esta actitud me parece una soberana estupidez. ¿Cuál es la idea de no decir la edad? ¿Eso nos hará vernos menores? Yo, que estoy en la etapa dos, soy una convencida de que renegar de nuestra edad es una muestra clara de inseguridad y una pésima decisión porque siempre habrá señuelos que nos delaten, partiendo por el número con que comienza nuestro rut.  Imposible que no se nos caiga el carnet con algún comentario sobre el Festival de la Una, o, peor, sobre Alodia Corral.

4. Mejor que sobre a que falte.

Por último, cuando ya estamos recorriendo nuestros últimos años de vida, suele aparecer un síndrome similar a la etapa uno: nuevamente queremos ser mayores. El objetivo, sin embargo, no tiene que ver con que nos dejen jugar hasta más tarde en la calle o con ser más atractivo para el sexo opuesto. Se trata de una estrategia para aprovechar las ventajas que el sistema ofrece a quienes están en sus “años dorados”: descuentos en farmacias, filas más cortas en los bancos y supermercados y asientos preferenciales en las micros y en el metro. A estas alturas, es mejor que sobre edad a que falte. Un año más, ¡qué más da!.

Nuestra relación con la edad es diversa y cambiante. Los años pasan de ser un símbolo de orgullo para convertirse en pesados sacos de arena mojada sobre nuestros hombros. Cumplir un año más de vida puede causarnos alegría, indiferencia o incluso pena. Lo cierto es que el paso del tiempo es unidireccional, y por mucho que queramos otra cosa, cada día que pasa nos ponemos más viejos. Ni la leche de burra que ocupó Cleopatra, ni la sangre de vírgenes en las que se bañaba Báthory les dieron a estas vanidosas la anhelada eterna juventud.

Hasta ahora, la única máquina del tiempo que conozco es la del doctor Kilovatio (sí, se me acaba de caer el carnet).

6 Responses to COLUMNA. Descargos cotidianos #5

  1. Don Muñoz dice:

    Señorita Catalán:

    Ante todo, le cuento que no crea usted que me he vuelto su seguidor, pero considero que sus artículos son de una frescura digna de disfrutar. Sobre todo cuando en las habituales líneas de muchas jóvenes personas que escriben o ponen sus temas al fragor de las discusiones, cargan con un intelectualismo estrujado de sus propias carreras cursadas o del libro de turno sometido a lectura. Con esto no pretendo discriminar el intelectualismo (no el intelecto) de los jóvenes, pero es un vicio bastante recurrente. Lo que no incurre su persona, debido a una constatación de la cotidianidad analítica y sensible.

    En su artículo rescato una multiplicidad de factores que me permiten conectar aquel sentido nostálgico de la edad que ya transitó por nuestras vidas, con un sentido más irónico y crítico. Por lo demás, bastante bien retratado por ese tema musical de Alphaville, heredero de la exuberante y experimental década de los ochenta.

    Desde otra perspectiva, sostengo que los factores que determinan la incomodidad en asumir la edad, obedece también a factores socio-políticos más que culturales. No olvidemos que nos rige un sistema social en donde la lógica del mercado prima en cuanto a clasificaciones, categorizaciones, jerarquizaciones, etc. sometidas a la instrumentalización del dato estadístico. Un orden que premia la competividad arroja un residuo que se traduce en segregaciones que no tienen que ver con la percepción personal e intimista, sino con atavíos predefinidos y dictados por un sistema de producción y consumo. De ahí denominaciones como, lactante, preadolecente, adulto joven, adulto mayor, etc. “dime cuanto produces y que consumes, y te diré que edad tienes”. Cada ves que se instalan denominaciones sociales, automáticamente se genera un margen descifrado posteriormente como discriminación.

    Si usted se encuentra con alguien que no quiera confesar su edad, tal vez ese otro esté pensando, directa o indirectamente, en este tipo de estigmatización.

    Atte.
    Sr. Muñoz.

  2. Don Muñoz dice:

    (es vez y no ves)

  3. Ximena dice:

    Don Muñoz,

    Me aburrí del tono solemne, así que:

    Hola po’ Víctor, tocayo del bueno de Víctor Ortega.

    Escribir esta columna es un ejercicio complicado, aunque trato de no reflejarlo en su lenguaje que, intento, sea liviano y de fácil lectura.

    Tengo ese mal de volver lo simple en complicado. En otras palabras, como dice el dicho, me gusta buscarle la quinta pata al gato. Lo peor es que siempre la encuentro.

    Por lo tanto, volver lo complicado simple (que es, de hecho, lo que trato de hacer en mi columna), funciona a la inversa de los procesos a los que mi ser está acostumbrado.

    Como bien dices, nuestra relación con la edad está condicionada con la forma en que el paso del tiempo es concebido en nuestra estructura político-económica. Con el sistema capitalista, en el cual dejamos de ser personas para convertirnos en medios de producción (para que suene más bonito: “capital humano”) y de consumo. El que no produce, no sirve. El que no consume, tampoco.

    Y, como siempre, en esta problemática relación con la edad, mucho tiene que ver la publicidad, aparato cuasi-militar que protege las condiciones actuales del sistema.

    Es algo frustrante escribir sin recibir retroalimentación, por lo que agradezco sinceramente tus comentarios, muy asertivos, por lo demás :).

    Saludos,
    Ximena.

    PS: Dentro de una escritura impecable, ese VES tambien me molestaba, jajajajaj.

    PS2: No te preocupes, tengo claro que no eres mi seguidor. Sé que el único gurú en tu vida es Víctor Ortega.

  4. El Kalifá dice:

    Me gustaria aportar desde mi experiencia, en esta teoría de la relativa edad, pues mientras más viejo me pongo, más me gustan las chiquititas.

    El Kalifá

  5. Ximena dice:

    jajajaja

    también quieres ser forever young? como Hugh Hefner?

  6. Víctor Muñoz dice:

    Hola Ximena:

    (Ahora sin tono solemne)

    Respectos a mis comentarios, no tienes que agradecer nada, tus columnas dedicadas a las vivencias cotidianas son muy interesantes, y por supuesto que motivan más de una opinión al respecto. Hace poco también descubrí en tu identidad virtual quien eras, cuando dejaste un muy buen comentario en mi columna sobre “La Red Social”. Obviamente recién supe que se trataba de ti. Y también me sentí retroalimentado al saber que a alguien le producía alguna motivación mis líneas… por lo tanto, gracias.

    Espero que los procesos en que estas acostumbrada no absorban la escritura espontánea, fresca y cristalina que posees, y tengamos columnas de la Srta. (aún) Catalán para rato.

    Saludos.
    Víctor.

    PS: no tengo una escritura impecable, sí ideas sometidas a mis constantes errores y horrores.

    PS 2: no tengo gurús en mi vida, sí buenos amigos que son excelentes personas y muy inteligentes, en que día a día aprendo de ellos. (y créeme que por eso me siento muy afortunado)

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