COLUMNA. Descargos cotidianos #4

por Ximena Catalán

Micro-torturas cotidianas

Como por si no fuera poco viajar en una micro llena de gente, con asientos de estúpida ergonomía y amortiguadores casi inexistentes, este dispositivo de transporte público presenta potenciales situaciones desagradables que en el momento menos esperado pueden acecharlo.

A continuación, el ranking de los momentos mas indeseables que usted puede vivir en su viaje en el transporte público. Desde ya aclaro que se trata de trivialidades (de ahí el nombre de mi columna, es el único espacio de mi vida en el que no me voy en la profunda).

10. Entrega el asiento

Alcanzaste milagrosamente un asiento en el largo recorrido que realizas a diario (léase Maipú- Las Condes, por ejemplo). Dichoso te sientas, y te pones los audífonos para amenizar el viaje. Cuando vas en el tercer tema, de pronto la ves. Es la figura de las señaléticas, aquella a la que estás obligado a dar el asiento. Puede ser una señora viejita o una embarazada. Miras para todos lados buscando un asiento vacío, o por último, alguien más joven que tú, a quien puedas traspasar el deber. Pero no, esta vez, eres el elegido. Así que, vamos parándonos.

9. Tengo orejas de pescado

Definitivamente, no es tu día. Te despertaste con el pie izquierdo y lo único que quieres es que el día pase rápido y que, ojalá, nadie te dirija la palabra. Sin embargo, ese desconocido, aquel ser que nunca habías visto comienza a hablarte. Suele ser de género femenino y de avanzada edad. Parte con un inocuo y típico “que hace frío” para luego pasar a contarte de sus nietos, de sus enfermedades y del protagonista de la “comedia”. Los más osados llegan a hablar de política. Sin embargo, y pese a que no te interesa en absoluto lo que te está diciendo, le sonríes. Te acuerdas de tu abuelita.

8. Piernas invasoras

Vas sentado en la ventana, lugar privilegiado para aquellos pasajeros que viajan solitarios. De pronto sientes que cada vez tienes menos espacio para sentarte. El señor que se sentó a tu lado es uno de los cuantos hombres que tienen la estúpida costumbre de sentarse en el asiento de la micro como un vaquero lo hiciera en su corcel. A piernas abiertas, casi rozando los 180 grados, apenas te da espacio para poder ocupar tu propio asiento. La teoría al respecto es que se trata de una muestra de virilidad y tú darías todo porque aquel señor deje de producir tanta testosterona.

7. Le pasa algo, señor

Esto es algo que nos atañe principalmente a las mujeres, ya sea que viajen de pie o sentadas. Sientes la presencia de un objeto extraño rozando tu cuerpo, pero no quieres ser suspicaz, ni menos maleducada. Puede que no sea lo que piensas y el señor sospechoso lleve un celular en su bolsillo. O un MP4. Todos somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario, y en esos casos, de verdad, es mejor suponer una posible inocencia a contar con pruebas fácticas que acusen la culpabilidad.

6. Vómito láctico

Es domingo a medio día y vas a casa de tus padres a almorzar. Te despertaste tarde y con la caña. El día está caluroso y te queda más de la mitad del viaje aún. Sientes el llanto chillón de una guagua por largo rato, el cual termina abruptamente. Te alegras, pero tu felicidad dura poco y comienzas a sentir un olor nauseabundo que se esparce por todo el lugar. Miras el piso y lo ves: un abundante vómito blanquecino  Ahora eres tú el que quiere vomitar, pero no se vería tan bien en un adulto.

5. ¡No volverás! a dormir…

Vienes muerto de sueño después de amanecerte en un carrete. Afortunadamente, queda un asiento al final de la micro, el que no dudas en ocupar para intentar dormir en el trayecto. El viaje está tranquilo y logras “cabecear” un poco. Luego de unos minutos, como de la nada, un grupo de cuatro músicos se han tomado el centro de la micro y cantan a todo volumen una ruidosa canción andina. Serías capaz de pagarles por que se callaran, pero asumes tu mala fortuna y sigues el viaje tarareando el tema.

4. Maldigo lo perfumoso

Son las 7 de la mañana y te dispones a tomar la micro para ir a tu trabajo. Junto contigo, un tumulto de gente se sube y comienzas a sentir una mezcolanza entre colonia inglesa, perfumes de pino y colonia de guagua (que algunas mujeres siguen usando bien creciditas). En ese momento desearías haber perdido el olfato por algún resfrío, pero lo cierto es que tu mucosa nasal está más abierta que nunca y puedes distinguir como catador hasta la más leve fragancia.

3. Guerra de bachatas

Un grupo de jóvenes vestidos al estilo Alexis Sánchez sube a la micro. Uno de ellos pone a todo volumen bachata en el celular, mientras comentan los detalles mas escabrosos de su último carrete. Pasa un rato y otro grupo de jóvenes de similares características comienza a hacer lo suyo. Se miran desafiantes y luchan por ser los más ruidosos. Tú, parado en medio del combarte, piensas con nostalgia en el rock, mientras miras la entrada a maquinaria que acabas de comprar y te arrepientes de no haber echado tus audífonos a la mochila.

2. Olor a cuerpo

Si en la anterior tortura hablamos de los seres fascinados por los perfumes, ahora toca el turno de aquellos que se pasan al lado opuesto. Sobre todo en verano, somos testigos del nunca bien ponderado olor a cuerpo, principalmente constituido por el olor a sobaco (oh, existe, pensé que era un barbarismo) y en algunos casos extremos olor a “****” (llénelo como quiera). Por si fuera poco, algunos al más estilo Buffy se juran cazadores de vampiros y expelen un olor a ajo que mataría hasta al más fornido especimen.

1. El payaso, tu peor pesadilla

Esta tortura tiene como protagonista a un personaje típico de la fauna micrera, y por qué no decirlo, a un lugar común de las historias horrorosas: el payaso. En específico, el payaso del chiste obvio, amante del humor básico y machista. Se rie del chofer, de un señor gordo que va parado y de un jovencito con espinillas. De pronto, sientes los focos en tu cara. El payaso te ha elegido para subirte al columpio. Te compara con personajes pasados de moda, que no se parecen un ápice a ti. No lo encuentras chistoso, pero no puedes evitar sonreir, un poco más por vergüenza que por otra cosa. Has sido humillado por un payaso y aunque se baje en la otra esquina, no volverás a ser el mismo ante los ojos de los demás pasajeros.

Y como un ranking no es ranking si no trae su bonus:

Precaución: el timbre no suena

Este me lo sopló mi hermana y no sé cómo pude olvidarlo, ya que es uno de mis mayores temores micreros. Se acerca el final de tu trayecto en micro y te diriges a la puerta trasera para hacer abandono del lugar, usando la jerga policial. Tocas el timbre una vez, dos veces, tres veces. Nada, no suena nada, nada se ilumina. No te queda otra. Siempre tienes miedo de que te salga un gallito al gritar, así que prefieres impostar la voz. Tomas aire y te dispones a sacar tu mejor vozarrón para decir “¡LA PUERTA!”. Pero el chofer no te escucha, así que tienes que repetir la frase dos o tres veces, cada vez más fuerte y pasando de la cortesía a la sacada de madre. Obviamente, cuando por fin te escuchan, ya estás pensando en las cinco cuadras que debes retroceder para llegar a tu casa.

De más está decir que la mayoría de estas pequeñas torturas pueden ocurrir tanto en las micros como en el metro, que cada vez se ha “micralizado” más. Hay algunos episodios que, de hecho, son más comunes en el metro, sobre todo aquellos relacionados con los olores. Aplaudo al usuario del transporte público, sobre todo de aquel que viaja largas distancias, por soportar estas y otras (mucho peores) torturas cotidianas.

 

3 Responses to COLUMNA. Descargos cotidianos #4

  1. Loreto Catalán dice:

    a veces el timbre no suena… Pero otras veces no sé qué le pasa a la gente que toca como mil veces el timbre! pobre chofer xD

  2. Ximena dice:

    Antes de transantiago habían más torturas y cosas chistosas en las micros…dedicaré otra columna a eso.

  3. Matías Pollo dice:

    Mire donde la vengo a encontrar señorita Catalán

    saludos

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