COLUMNA. Descargos cotidianos #1

No mates la música

por Ximena Catalán

Si hay algo que tiene una mágica capacidad de convertir “una cosa” en “otra cosa nada que ver”[1] ese algo es la publicidad. Hemos sido cientos de veces testigos de cómo una simple cerveza puede convertirse en un elixir del éxito y la popularidad, incluso para el más acérrimo loser. Para qué decir la veces en que hemos sido persuadidos de que un desodorante en spray es capaz de hacer caer ángeles del cielo y de atraer a las mujeres más deseables del universo para besuquear a un pelafustán sin gracia.

Hay una bebida energética que incluso te da alas[2].

Existen bancos que pasan de ser una de las instancias más desagradables del capitalismo a ser el apogeo de la felicidad. Si hasta te miran a los ojos (¡y tienen los ojos verdes!).

Las compañías de seguros dejan de ser verdugos y entes desleales (que te abandonan cuando más los necesitas) para ser nuestras mejores amigas. Los autos silban y bailan por las carreteras y el maquillaje pasa de ser tiza molida a ser la forma en que una mujer común y corriente se convierte en una diosa irresistible. Los aromatizadores te hacen olvidar los problemas del machismo y de la división del trabajo en el hogar. Modelos al borde de la anorexia comen tremendos banquetes sin preocuparse de las calorías.

Don Francisco te escucha, Cecilia Bolocco no tiene arrugas y Felipe Camiroaga es simpático.

Pero este mundo de ensueño no es gratis y deja muertos en el camino. Me refiero a nuestras canciones favoritas, utilizadas por las grandes compañías para promocionar sus productos. Canciones que luego no podemos tararear sin pensar, con cierto resquemor, en la  publicidad que las utilizó, sobre todo si se trata de productos o servicios de mala calidad.

París ocupó la emblemática “Todos Juntos” (si siquiera tener autorización de los Jaivas) para promocionar la campaña del Bicentenario de Chile. Siguiendo con Cencosud, Jumbo ocupó “Such Great Heights” de The Postal Service (y luego “The Fear” de Lily Allen, aunque esa no me gusta tanto) para ambientar una rutinaria compra en el supermercado.

Jorge Zabaleta saboreó una mayonesa al ritmo de “Fluorescent Adolescent” de Artic Monkeys.

Una campaña de jeans astutamente secuestró “Blue Jean” de David Bowie.

“The Greatest” the Cat Power amenizó un comercial de colchones Rosen (?).

Lo peor de todo es cuando hacen un descarado plagio y la canción que ponen es casi igual a nuestra favorita. Me pasó con una de fondos mutuos que tenía como cortina nada más ni nada menos que una cuneteada “Obstacle 1” de Interpol. Y los covers no lo hacen nada de mal como la versión para Ripley de “Ever fall in love with someone” de The Buzzcocks, que transformó un clásico del punk rock en una melodía unplugged dulzona.

Lo que hizo Claro con “Here comes the rain again” de Eurythmics fue un asesinato frustrado, tal como lo que hace unos años hizo Movistar con “Blue Monday” de New Order. Digo frustrado, porque himnos tan emblemáticos logran sobreponerse al uso comercial y salir casi limpios. Casi.

Podría pasar el día entero citando ejemplos.

No tengo idea de cifras, no sé si todas estas compañías habrán pagado por usar las canciones, pero me da igual. Si pagaron o vendieron están en su legítimo derecho de hacer una transacción comercial. No digo que los músicos sean unos altruistas desintereados. Solo hablo desde los audífonos y desde los recuerdos.

¿Por qué no hacer sus propias canciones? ¿Les faltará creatividad o creen ilusamente que si me gusta la canción me gustará el producto?. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?

Debería haber una ley que prohíba el uso de las buenas canciones en publicidad comercial. Algo así como un ranking de las intocables. Yo sumaría unas cuantas de Radiohead y de Pink Floyd a la lista[3]. Y de paso prohibiría el uso de la banda sonora de Le Fabuleux destin d’Amélie Poulain en los reportajes de los noticieros y matinales, pero sobre todo,  demandaría al pastel de Pato Frez y sus secuaces por haber usado “J’y Suis Jamais Alle”, canción tan inspiradora con un propósito tan cerrado y discriminatorio como la “Marcha por la primacía de la familia convencional occidental religiosa biparental por los valores y la familia”. Ni autorización le pidieron a Yann Tiersen, quien no podía estar más molesto al saber para qué habían usado su canción.

Todo indica que no es la piratería la que mata la música.

PS. Por interno me acaban de avisar que en la Radio Horizonte hicieron un especial sobre este tema la semana pasada. Desde ya aclaro que hace varios meses me cambié a la maravillosa Radio Zero y nunca vi dicho artículo, de otro modo lo habría citado sin problemas. Además, el enfoque de dicho artículo es claramente inverso y mucho más buena onda. No vaya a ser que alguien, ilusamente, me acuse de plagio.


[1] No creo en los alquimistas, tampoco en eso de que Jesús convirtió el agua en vino.

[2] Igual eso es verdad.

[3] Aunque en realidad, no creo que ninguna marca comercial quiera usarlas.

2 Responses to COLUMNA. Descargos cotidianos #1

  1. Constanza dice:

    Uff, sí, ejemplos hay miles… Lo peor es cuando le cambian algunos acordes a la música o canción, para que parezca otra… Johnson abusa harto de ese mecanismo.
    Y hay tiendas que parecen tener a sus grupos favoritos, como Falabella, que le dio con God Help The Girl, y ya va por todo el disco.
    La última que escuché es la de Paris, que mató la canción de Adele…

  2. Ximena dice:

    Sí, qué atroz, lo de Adele fue triste. Ese comercial es muy malo!

    Me tincaba que la nueva canción de Falabella era también de ese grupo… God Help Falabella!.

    Saludos Coty 😀

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