CRÓNICA. Retórica peatonal de Matucana …

… y un encuentro

 

por Francisca Yévenes N.

El hombro de Leo está posado sobre un grueso pedestal de mármol. En una primera mirada se luce como un mero acto cotidiano de descanso. De estarse ahí”, de echarse “ahí”, de estar pasando el tiempo. O más atrevidamente podría pensarse que no es la estructura pomposa la que sostiene a Leo, sino que es Leo, quien sostiene ese mármol apoteósico al interior del Museo de Arte Contemporáneo.

Leo lleva trabajando en el “rubro” de los museos por más de veinte años. Ahora se encuentra aquí, en la sede de Quinta Normal. Pero antes estaba por allá, en la sede del Parque Forestal. Leo prefiere esta última. “En el forestal todo es más acogedor, más humano y más tibio. En cambio aquí, todo llega a ser tan experimental que me paso todo el día con frio durante casi todo el año”. Leo tiene tanta razón. Aquí el frío cala los huesos, mientras afuera el sol invernal vence el dicho y sí calienta.

Todo es blanco, fríamente blanco, fantasmagóricamente blanco aquí dentro. Paseo con Leo por todo el segundo piso del museo hasta que alguien, probablemente su jefe, lo llama con un solo grito desde el primer piso. Decir que fue un grito no es justo, pero sí razonable para mis sentidos situados en el silencio absoluto que el arte llega a instalar aquí. Entre tanta experimentalidad, Leo es lo único acogedor en mi entorno. Pero me lo arrebatan. Entre tanta superabundancia de estímulos, de voces extrañas saliendo por unos parlantes de un salón que son fundidas con el pitido constante que emana una estructura tipo alienígena  -no sé si de cartón o metal envuelto en cartulina o en papel confort- más alta que yo (bueno, eso es fácil) situada frente a una proyección en donde logro visualizar calles y micros… entre todo esto, tengo una profunda dificultad de pensar. Así como se lee, no me reconozco en el salón oscuro y frío del arte conceptual, me abruma el vacío y esa libertad tramposa entre cuatro paredes. Estoy segura que Leo es el indicado para comprender este sentimiento, pero no está. ¿O acaso está? Pienso entonces en el cliché de la modernidad que a pesar de su excesivo uso y abuso, no pierde para mí el más poderoso sentido: “Se está siempre y no se está nunca”.

El MAC de Quinta Normal está localizado en lo que es hoy en día en Santiago, quizás, el lugar común del circuito cultural. Delineado, trazado y contradictorio en sí mismo, esta “comunidad cultural” que busca hablarse de una vereda a otra, cruzando la avenida Matucana, está forzadamente cargada de sentido y de una imperiosa revitalización que confirme su necesidad.

Cruzando la Alameda, desde Estación Central, el olor a choripán y anticucho es tentador. Sobre todo al mediodía, cuando el cuerpo se expresa. Por una vereda se ofrece pollo al coñac, y al otro extremo de la calle, comida rápida. Fotografías en blanco y negro que dibujan en su conjunto la historia construida y demolida de una avenida, empapelan un restaurant. Mientras que en el frente enemigo, “Shoes Xtreme” ofrece zapatillas de moda en sus vitrinas acaparando a un grupo de estudiantes que termina su tránsito en la Biblioteca de Santiago.

La Estación Ferretería de Santiago defiende su honra frente a un gran galpón de artículos de abultado descuento y corta vida. Mecánicos, automóviles destartalados y mucha desabolladura y pintura se ensamblan entre sí para ajustarse a otro hábitat que intenta en su arquitectura y diseño evocar “algo” difuso. ¿Cultura? ¿Patrimonio? ¿Modernidad? ¿Mercado? ¿Industria Cultural? ¿Identidad? ¿Historia? ¿Qué de qué…?

Matucana en su tránsito viste y desviste a escolares haciendo ronda fuera de sus liceos, a universitarios rondando el Archivo Nacional, la Biblioteca de Santiago y el Museo de la Memoria;  inmigrantes, artistas y mecánicos esperando la hora de almuerzo,  madres con sus hijos reunidos afuera del Hospital San Juan de Dios haciendo hora para ser atendidos y uno que otro turista, pero poco. Lo que sí, huele mucho a estudiante extranjero de posgrado rondando por aquí, habitando en la personalidad y diseño de un tránsito cultural que a su vez define espacios, pero también fronteras.

Porque no hay duda que Matucana y su “circuito” de moda busca ser comprendido como un lugar que albergue historia, identidades y modas, y sobre todo, relaciones. Pero también se debe develar la bipolaridad que subyace tras todo centro monumental: el satisfacer las necesidades de mercado determinadas por la configuración de un control político y la voluntad “sin fines de lucro” por constituir un espacio existencial que nos coloque en relación con el mundo, a través de la interacción real (y no ficticia) con nuestro medio.

Matucana es sin duda un lugar de la memoria que alberga fragmentariamente pequeños lugares de memoria. No está claro si estos lugares se relacionan, más allá de pensarse todos como lugares “culturales”, pero existen y conviven en el enjuague de dos realidades, la construida con “el fin de…” y otra que se manifiesta en la relación ecuánime que nosotros hacemos y rehacemos con esos espacios. Ahí, todo es museo. Museo Infantil, Museo Ferroviario, Museo de Ciencia y Tecnología, Museo Nacional de Historia Natural, Museo de la Educación, museo y museo. Y junto a ello, un metro que facilita su acceso (que no es igual a inclusión social).

Una placa escondida detrás de unos arbustos en el frontis de la Biblioteca de Santiago, evoca el gobierno de Ricardo Lagos y sentencia: “La cultura es la base, el componente, la meta del tipo de desarrollo de cada sociedad, de cada país. A eso he querido apuntar cuando he dicho que la cultura no es un detalle, no es un aderezo, no es un complemento. La cultura está en el centro de toda civilización, de toda sociedad”.

Camino por un costado de Matucana 100 y siento un antes y un después. Hubo aquí mucho material en bruto que hoy ya es parte de una nueva configuración, tanto colectiva como individual. Tan sólo al observar el edificio de M100, es posible advertir su despliegue espacial y temporal proyectado desde el pasado. Sin esta proyección, sin el impulso de lo olvidado, probablemente la avenida y sus alrededores no constituirían la moda que son. Continúo el paso hasta detenerme de golpe por la presencia de cinco vehículos policiales que aparecen abruptamente frente a mí. No fui yo, pienso en voz alta.

Seis carabineros descienden de los autos para quitar del camino – de un pasaje estrecho que conecta avenida Matucana con la Universidad de Santiago-, dos neumáticos que se queman junto a unos escasos panfletos sobre el asfalto. ¿No será mucho despliegue escénico o parafernalia policial para dos neumáticos? Me agacho a recoger un papel blanco con letras verdes  y leo que la Facultad de Química y Biología advierte en dos párrafos la necesidad de pujar un cambio social y no meramente educacional. Pensar así, hoy en Chile, es sinónimo de terrorista, de quien propaga y difunde el desorden social, y probablemente, de alguien muy, pero muy violento o violenta. (¿De qué estamos hablando?)

Recuerdo al Ministro de Educación diciendo por televisión que esto era fruto de algunos individuos “demasiados ideologizados. No entiendo señor ministro, pongámonos de acuerdo. En pleno “regreso de la democracia” y con el alcance de la posmodernidad se nos decía “desideologizados” y ahora estamos  ¿“demasiados ideologizados”?. La ideología construye de alguna manera la existencia en la modernidad. Y ésta,  nos empuja a “ser sujetos” en una sociedad abyecta y eufemística. Acaso ¿no es una contradicción abusiva? No hay dominaciones justificadas, naturales o inevitables, lo que sí hay son lógicas de mercado “demasiadas ideologizadas”, señor ministro.

Advierto que entre Estación Central y Quinta Normal algo más se está quemando. No sé si ese olor que traspasa los muros de la historia, huele a olvido o progreso. A la mera creación de nuevas formas o a distancias simbólicas que nos impiden pensar el tiempo y no sólo “estar en el tiempo”. Al dejarme llevar por Matucana y evidenciar las múltiples contradicciones que pululan y se definen en la relación misma de mi trayecto en la avenida, percibo que la muestra “cultural” del “circuito” es en sí misma contradictoria y guarda un lado alentador. Reflexiono entonces por unos minutos parada en el gran emplazamiento urbano y un tanto desolador del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, que quizás el mundo todavía existe en su diversidad, más allá de la ficcionalización de éste y su apariencia des-real que continuamente se nos ofrece. Tal vez sea este mismo tránsito peatonal por Matucana, una oportunidad personal de aprender nuevamente a ver.

De regreso a la contradictoria muestra “cultural”, y más aún, de regreso a nuestra época que pone la historia en escena, el Museo de la Memoria es parte también del abultado espectáculo que desrealiza la realidad. Claro que no es lo mismo que Disneylandia, en donde el espectáculo ofrecido es el mismo espectáculo, aquí, es la producción puesta en escena de una distancia que revitaliza la memoria y la coloca en la espectacularidad. En esta vereda de Matucana, la sala de exposiciones temporales del Museo alberga “Por la vida…Siempre!”, una muestra inconclusa de la Universidad Técnica del Estado que se abrió en 1973, denunciando el momento histórico que vivía Chile y que hoy, al ser revivida, recoge –a través de una muestra visual realizada por el Taller Gráfico de Mario Navarro- testimonios actualizados e imágenes del pasado para ser incorporados, en palabras de Ricardo Brodsky –Director del Museo-, “al excitante proceso de la memoria”.

Me pregunto ¿Cuál memoria? ¿Aquella memoria dispuesta a rehacer el pasado para escribir de nuevo la historia, o aquella memoria más aferrada a su propio mito que a la historia?

Mientras, al otro lado de la avenida, Matucana 100 alberga en su teatro principal “Transeúntes: un espectáculo de circo contemporáneo”. Su descripción, que amerita ser rescatada,  dice así: “Un lugar de saturación de personas, micros y autos; un lugar por el cual todos pasamos, pero no siempre miramos; un lugar donde nacen y mueren miles de historias; donde las direcciones que tomas, señalan tu destino; un lugar que cambia según la hora del día; un lugar que se habita; siempre de formas distintas; un lugar de civilización descivilizada… este lugar es la calle, el cruce de los Transeúntes que componen esta ciudad, tu ciudad”.

Leo esto y siento que esa experiencia de la libertad de la cual se jacta la modernidad, nunca es pura y se entrega acompañada por esa otra experiencia, aquella que habla de un transeúnte que pasea en medio de una multitud solitaria, refiriéndonos a lo peor y mejor del mundo, la experiencia del vacío.

 

***

Por fin, Leo regresa. Aquí estamos los dos, envueltos en salas de arte que albergan conceptos y palabras tales como “heterocronías”, “versión ampliada para espacio vacío”, “utopías”, “tiempo histórico”, “condición de extranjero”, “distanciamiento como ejercicio crítico”, etc. De lejos se oye una voz que exclama “no hay utopías personales” y un poco más acá, en un pequeño panel informativo se lee: “La contemporaneidad del Arte, no es nada más que el reflejo de la añoranza de un pasado no vivido”.

Para Leo todo el arte es cuestión de política. Me confiesa que el titular del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, el señor CruzCoke, quiere hacer de Matucana 100 el gran centro cultural de Chile y que Francisco Brugnoli, director del museo en donde estamos detenidos  y enfriados en el tiempo (o hipermovilizados en todos los tiempos), quiere como último deseo de sus años a cargo del MAC, quitar toda la reja que delimita (y limita) el Parque Quinta Normal. Lo quiere hacer ahora ya, en el gobierno de Sebastián Piñera, y con eso se despide.

Leo es quien me cuenta todo esto.

Espacio real y virtual, Matucana arrastra consigo una historia colectiva e individual, una memoria con muchos encuentros testigos del tiempo y transeúntes que acumulan y concilian recuerdos contrastados en la existencia material de una avenida, de un barrio, de una ciudad y un país que emplazado en la modernidad, no descubre aún todo su dispositivo imaginario y sensorial para construir  vida social.

***

Nos despedimos y cruzo nuevamente Matucana. Como quien atraviesa un espacio que busca interpretar para encontrar resabios de su propia identidad o sobre una historia común que alguna vez le contaron.

 

2 Responses to CRÓNICA. Retórica peatonal de Matucana …

  1. anita herrera dice:

    Vivaz su comentario Srta. Yevenes,felicidades.

  2. hernan rodriguez dice:

    muy bueno.

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