por Fabián Escalona

Se trata de la nueva obra estrenada en Lastarria90. En la reseña de la obra se señala que es un “acercamiento sensitivo a la realidad de un hombre que va a morir”. Ese hombre es el canaca, uno de los sobrenombres con que fue conocido el chacal de Nahueltoro. Además la obra está basada en la cueca del chacal.
Efectivamente se trata de un espectáculo sensitivo (a pesar de lo ambiguo que eso suena, porque al fin y al cabo ¿qué espectáculo no lo es?): descansa más en las sensaciones que produce en el espectador que en una narración de “la historia”.
El hilo conductor está delegado en la cueca, que lo inunda todo desde el primer momento (el texto es quizá lo más débil de la propuesta). El escenario está dividido en dos: por una parte el pequeño tablado, donde se ubican las dos cuequeras (de una gran calidad interpretativa). Por otra, el lugar en que se suceden las imágenes, el espacio “actoral”. Sin embargo esta división es constantemente borroneada, y el espacio de la música va y viene sobre el actoral: la cueca se derrama constantemente sobre la escena y se convierte, a ratos, en lo central. Por otra parte el vino, que está presente a raudales en la obra, se convierte en un elemento que unifica ambos márgenes.
Como ya he insinuado, la obra no pretende contar la historia de Jorge del Carmen Valenzuela Torres, el chacal de Nahueltoro, sino que busca acercarse a la humanidad de un hombre que va a morir, sus fantasmas, culpas y demás. En alguna medida vemos su brutalidad interna y en los cuerpos de los actores (particularmente de las actrices), la miseria y el horror. Ahora bien, creo que esto no ocurre del todo: no veo una gran profundidad en los personajes, me cuestan sus matices y su evolución.
Creo también que se debe a la enorme dificultad que la misma compañía de propuso: suponiendo que la historia del chacal de Nahueltoro forma parte de la cultura popular, que es ampliamente conocida, reduce el espacio de la narración (lineal) a imágenes sucesivas, las que van armando con un collage que apela a lo que el espectador ya conoce de antemano, y que tiene en su inconsciente. En otras palabras, a la compañía no le interesa por ejemplo, contar cómo fue que el canaca mató a Rosa Rivas y a sus cinco hijos, sino que mostrarnos la brutalidad de aquél que, por ignorante y embrutecido por el alcohol, estaba más cerca de ser un animal. Para eso basta una imagen poética bellamente construida.
Justamente ahí se produce el cortocircuito: efectivamente la mayoría de las imágenes son de una calidad poética y belleza notable, efectivamente le permiten al espectador asomarse en ocasiones al alma de los personajes, pero se trata de un vistazo rápido, fugaz, que sólo se focaliza en algún aspecto: vemos a la mujer esforzada cargando con un hombre que es un lastre, vemos el temor de ser arrojados a la calle encarnado en una pequeña niña, veo la furia y el descontrol. Pero esa es sólo una parte de la historia, pues la historia el público ya la conoce. Pero ¿qué pasa si un espectador no sabe quién fue el chacal de Nahueltoro? Pues la obra se convierte en una serie de imágenes poéticas, bellas, de gran dificultad, juntas pero sin una gran conexión. Y también ocurre que los personajes aparecen casi unidimensionales, pierden densidad.
No es justo pedirle a una obra que cuente algo que no quiera contar, que haga algo que no se propone (ese suele ser uno de los errores más graves de la crítica): eso es quizá lo más bello que me ocurrió al ver Canaca, el removerme como crítico al momento de pensar en qué decir de esta obra. Indudablemente está dialogando con el imaginario popular, indudablemente es una digresión de la historia conocida ¿pero qué pasa con quien no tiene la historia en la mente? La obra no se sustenta sola. Es ese el riesgo que asumió la compañía Hanuch.
Voy a poner un ejemplo (no se trata de lo mismo, pero los ejemplos son eso, hablar de una cosa para evidenciar algo de otra distinta; hago la aclaración por los comentarios recibidos en mi última crítica): Historia de la Sangre (1990), de la compañía La Memoria, era una obra que partía del relato periodístico de una serie de crímenes pasionales, pero no se sustentaba en ellos, funcionaba como una obra que planteaba un universo propio. Eso es lo que no alcanza a hacer completamente Canaca.
Los detalles técnicos actorales (la falta de pulcritud en algunos momentos, el riesgo a ratos desmedido) son cosas que sin duda se irán afinando en el transcurso de las funciones. Me quedo con la belleza de las imágenes, de una gran factura y detalles hermosos, la gran calidad de la interpretación musical y la energía desbordante que a ratos inunda el escenario.
Los datos:
Cuándo: Del 02 al 26 de Junio 2011. Jueves a domingo 21:30 hrs,
Cuánto: general $3.000 y estudiantes $1.500
Dónde: Lastarria 90, a pasos del metro Universidad Católica, Santiago centro.
Reservas: 9 794 50 69
Ficha técnica:
Elenco: Fernando Araneda, Daniela Contreras, Catalina Rojo, Catalina Moya y Catalina Gajardo.
Dirección: Rocío Villegas Silva
Dramaturgia: Colectiva, con versos de Catalina Moya y textos de Jorge Tellier.
Diseño: Emanuel Irarrazabal.
Productora: Catalina Osorio Cerón












