CRÍTICA. Sobre lo sagrado.

por Paulo Pereira

 

Si bien el lenguaje en su doble capacidad tiene por fin la comunicación, es decir, posibilitar la transmisión de los contenidos de la conciencia de una persona a otra, en la práctica, esta transmisión es defectuosa e incompleta, pues aún con el mayor esfuerzo, las distintas experiencias personales van asignando a lo largo de la vida distintos valores a los sonidos a los que llamamos palabras, así, el éxito en la transmisión de un mensaje va a depender completamente del punto en común en el cual se encuentren las experiencias de los comunicantes y de la complejidad del mensaje mismo. Luego, cuando digo doble, me refiero a esa otra capacidad del lenguaje que es la de permitir traducir a signos los contenidos propios con el fin de ordenarlos y realizar operaciones con ellos. Tal es la finalidad de esta nota, que al publicarse se encuentra con las dificultades primeramente mencionadas.

Hay al menos una cosa que tengo por cierta e incuestionable: Todos sufren o tienen una natural predisposición hacia el sufrimiento. Si bien puede haber destellos de una alegría desbordante o serena, existe siempre el germen de una angustia ineludible esperando por encontrar una excusa para brotar. Si tuviese que exponer mis creencias diría que creo que son cuatro los puntos cardinales a los que debe dirigirse el ser humano: El Arte, El Amor, El Conocimiento y La Experiencia Trascendente.

Creo que los contenidos más valiosos de la conciencia humana se expresan en símbolos y alegorías, y sólo se pueden representar a través del Arte (la verdad habla por boca del poeta), lo anterior sumado a la técnica permiten que la obra artística se vuelva universal y trascienda los tiempos. Creo que todo es abarcable por el intelecto humano y que el conocimiento prioritario es el que se puede tener del ser humano mismo. Creo que la acumulación de tales conocimientos y el azar, o la intuición, permiten el desarrollo de técnicas que abren la posibilidad de entrar en contacto con experiencias profundas que podrían dar sentido a la vida y alejar el temor a la muerte e incluso, quizás dar una certeza respecto de la trascendencia; creo además que pueden existir grupos humanos que hayan desarrollado y conservado tales técnicas.

Siempre he querido encontrar en la experiencia cotidiana, en mi relación con el mundo, el sentimiento de que algo trascendente existe en el universo y se manifiesta en nuestra vida, sin embargo, si tal cosa existe, no ha mostrado sus signos en la mía. Y Dios es algo de lo cual no se puede tener certeza, como sea: cada vez que busco su presencia sólo veo signos de que el dios del que me han hablado no existe o que su voluntad no se involucra en los asuntos humanos: Si Dios existe y su voluntad es capaz de involucrarse en los asuntos humanos, entonces sería una deidad cruel que permite que los que están bien estén mejor, y que los que están sufriendo, empeoren. En tal caso, él sería una voluntad indolente y ajena a las vicisitudes humanas. Y si dios existe y su voluntad no se involucra en asuntos humanos:¿por qué tendría que preocuparme su existencia? ¿Acaso sería un ser pretencioso que espera que sus creaturas lo adoren sin conceder nada a cambio?

Creo más bien que la materia por sí misma es sagrada pues tiene la capacidad de organizarse en formas cada vez más complejas, y veo en esa voluntad intrínseca de la materia una parte de aquello a lo que hemos llamado todo este tiempo DIOS. Distinto es el espíritu humano: algo misterioso que permite que siendo sólo un pedazo de materia nos distanciemos de sus reglas y tengamos la capacidad de amar, crear belleza y desear conocer los misterios del universo.

El misterio de todo esto está en el proceso que llevó a un grupo de células a asociarse, coordinarse y especializarse de tal modo que las funciones básicas realizadas en una primera etapa, las de movilización, reproducción y alimentación, se vieron complementadas por un sistema de selección de respuestas hacia el medio cada vez más eficientes, que terminó generando el intelecto y las respuestas emotivas de adhesión y rechazo hacia las situaciones. Pero no es en ese punto, sino en la conformación de la conciencia como aparato de coordinación y registro de las funciones vitales dónde la cosa se vuelve oscura y multiplica sus posibilidades.

Está claro que la vida humana se experimenta a través de la conciencia, y es ésta la que recibe estímulos del mundo y entrega respuestas hacia el mundo conformando la estructura conciencia-mundo. Luego, con el paso del tiempo, comienza la configuración de aquella pretensión de individualidad llamada YO: un epifenómeno sustentado por tres funciones de la conciencia: La memoria, la percepción y la atención.

Hemos caído en una trampa del lenguaje, por lo que conviene hacer una pausa antes de que alejemos nuestros rumbos. La palabra conciencia suscita tantas interpretaciones como puntos de vista sea posible adoptar frente al tema. Sobraría mencionar todo lo que no quiero evocar con esta palabra, y  temo también no ser capaz de expresar con exactitud lo que tengo en mente. Cuando digo conciencia me refiero a “la estructura de coordinación y registro de las funciones vitales”, es decir, una suerte de super-ámbito en el que se registra el acontecer y desde el cual se coordinan las respuestas hacia el Mundo (tanto externo como interno), y en tal contexto, así como a las palabra mesa o casa no podría corresponder un antónimo, la palabra Conciencia no podría encontrar en Inconciencia su antípoda. Más útil sería considerar que esta estructura trabaja en distintos niveles: vigilia, semisueño y sueño; y cada uno de ellos posee características propias en cuanto al modo de estructurar la información, las fuentes de estímulos sensoriales con los que cuenta y la capacidad de involucrar la voluntad en la dirección de sus funciones. Descarto completamente en esta reflexión la existencia de un ámbito oscuro capaz de deliberadamente incidir en nuestras acciones sin que tengamos noticia de lo acontecido.

¿Será posible acaso que tras esta pretensión de individualidad exista un “núcleo” más interno e inmutable capaz de sostenerse aún en condiciones no determinadas por los procesos biológicos?

Existe en mi propia experiencia cotidiana la sensación de que mi YO se diluye hacia los extremos a medida que recorro mi memoria hacia el pasado o con mi imaginación hacia el futuro, como si aquellas cosas que recuerdo las hubiera cometido un OTRO. Me veo a la vez desde afuera en mis recuerdos, y muchas veces en mis sueños, como si estuviese mirando una película en la que me reconozco en el personaje principal: ¿Cómo es posible que me recuerde desde afuera en situaciones en que mi perspectiva estuvo siempre puesta desde mis órganos de percepción, principalmente visual, por lo tanto desde mis propios ojos? Obviando la existencia de seres insustanciales, cuya maléfica voluntad se apoderaría de las personas, y se manifestaría a través de ellas, es interesante pensar que en ciertas circunstancias pueda llegar a sustituirse el director de la orquesta de la vida por otra superestructura capaz de responder de una manera completamente distinta al medio. Quizás el YO, al igual que la personalidad, no es el último átomo de nuestra individualidad, y más allá de él, exista un núcleo desconocido aún para mi entendimiento que dé sustento a la individualidad y la existencia.

Es interesante la idea de que cada persona posee en su interior el Atman, que al igual que una gota de agua, busca fundirse en el vasto océano del Mahatman. Quizás esto mismo es mencionado por Jung cuando habla de un “otro tiempo y espacio” en el que se puede experimentar la existencia. ¿Será acaso posible experimentar ese otro tiempo y espacio del que habla Jung? Desde mi propia interpretación, ese tiempo y espacio a los cuales él se refiere, más que “momentos” y “lugares”, serían quizás ciertas circunstancias bajo las cuales se puede experimentar la existencia, una experiencia que ciertamente estaría desligada de las determinaciones propias de la vida “material” (sólo por utilizar alguna nomenclatura), lo que implicaría dejar atrás la personalidad, e incluso el YO. Como dijo Gabriela:

 

En el sueño yo no tenía

padre ni madre, gozos ni duelos,

no era mío ni el tesoro

que he de velar hasta el alba,

edad ni nombre llevaba,

ni mi triunfo ni mi derrota.

 

Mi enemigo podía injuriarme

o negarme Pedro, mi amigo,

que de haber ido tan lejos

no me alcanzaban las flechas:

para la mujer dormida

lo mismo daba este mundo

que los otros no nacidos…

 

Donde estuve nada dolía:

estaciones, sol ni lunas,

no punzaban ni la sangre

ni el cardenillo del Tiempo;

ni los altos silos subían

ni rondaba el hambre los silos.

Y yo decía como ebria:

¡Patria mía, Patria, la Patria!

 

Pero un hilo tibio retuve,

-pobre mujer- en la boca,

vilano que iba y venía

por la nonada del soplo,

no más que un hilo de araña

o que un repunte de arenas.

 

Pude no volver y he vuelto.

De nuevo hay muro a mi espalda,

y he de oír y responder

y, voceando pregones,

ser otra vez buhonera.

 

Tengo mi cubo de piedra

y el puñado de herramientas.

Mi voluntad la recojo

como ropa abandonada,

desperezo mi costumbre

y otra vez retomo el mundo.

 

Pero me iré cualquier día

sin llantos y sin abrazos,

barca que parte de noche

sin que la sigan las otras,

la ojeen los faros rojos

ni se la oigan sus costas…

 

(“La Desasida”, Lagar)

 

Ésto, además, traería consigo las siguientes consecuencias: ya que el yo se sustenta por tres operaciones de la conciencia (la memoria, la percepción y la atención) dicha experiencia difícilmente podría recordarse, o percibirse más que como un lejano resabio de algo excepcional. Es quizás este núcleo que se encuentra por detrás de la personalidad y del YO aquel que puede acercarse a ese tiempo y espacio, que podríamos llamar SAGRADO. Es quizás ese espacio sagrado lo que ha servido de inspiración a lo largo de la historia y en lugares distantes geográficamente al arte, la mística y la mitología, y que, mostrando franjas comunes, sugirió en Jung la idea de un inconsciente colectivo.

Creo que si estas interrogantes se pudieran confirmar, bien se podría generar una cierta continuidad entre sicología y metafísica. Esta dirección es la que han ido siguiendo distintas corrientes de pensamiento en distintos momentos de la historia humana: algunas veces el asunto lo ha tomado la filosofía, otras la religión y con más fuerza aún, dentro de ellas, el misticismo, y la psicología, entre otros (por no mencionar a aquellos que no podrían ser clasificados en ninguna de esas corrientes como lo fue Gurdjieff, Silo, el chamanismo y los yoguis). De cualquier modo, cuando sea que se busque las respuestas de la existencia en el interior del ser humano, y estas respuestas inspiren certeza frente a la vida y la muerte, paz en la convivencia humana, amor al cuerpo y el mundo y belleza en el arte, se está frente a un mismo corpus de conocimientos, quizás con una cáscara distinta.

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