CRÍTICA. Miguel de Fuentesanta de Ismael Hernández

por Rodrigo Salgado Boza

A fines del año pasado José Gai, escritor superior e ilustrador, presentó su novela gráfica Capitán Garra. Este año; 1899 de Ortega y Dániel, Karma Police de Baradit y Cáceres, la remozada In Absentia Mortis y varias obras más conformarán un panorama prolífico y de calidad en la pequeña industria del cómic chileno. Sin mencionar la atención mediática que esta actividad ha merecido en las última semanas, por dos hechos no menores: la nominación de Nelson Dániel (por su ilustración a la adaptación de un relato de Joe Hill) y Gabriel Rodríguez (por Locke & Key) a los premios Eisner, y la organización de una nativa ComicCon el pasado fin de semana.

Junto a todo esto, emerge un movimiento que muchos han querido interpretar y caracterizar como una suerte de ‘renacimiento’ —respecto del cómic contestatario y clandestino de los ’80 bajo dictadura. Sin lugar a dudas hay muchos y buenos webcómics con varios centenares de seguidores semanales (Siento y Miento por Alfredo Rodríguez, Sr. Intestino de Grotesco y Juanelo por citar unos pocos), pero también publicaciones subterráneas que quizás nunca tengan la atención ni menos los lectores que buscan ni merecen. Este es el caso de Miguel de Fuentesanta de Ismael Hernández. Este narrador-gráfico (“Él dibuja. También escribe. Normalmente con dibujos”, dice de sí mismo) con estudios en España y actuales trabajos freelance, es una muestra de los beneficios directos que un fondo del CNCA puede ofrecer a la manoseada cultura chilena.

Miguel de Fuentesanta es, aparte de una buena narración, un catálogo de la mitología del fin del mundo, una novela de acción que inicia con una joven Carla viajando al sur de Chile, que luego de un accidente conoce a Miguel, montaraz español que la lleva a las profundidades desde donde el mito surgió en la olvidada noche de los tiempos. Es este encuentro, y la búsqueda de la madre de Carla —y otro, con distintos objetivos, de Miguel— la línea argumental que desarrolla Hernández, con altos y bajos, en la medida de su iniciación en este mismo rubro, y viendo sus resultados, Miguel de Fuentesanta sin duda no merece estar en un mesón de descuentos de Plaza Almagro, a mitad del precio de venta: menos aún cuando sólo hace un par de semanas había sido lanzado públicamente.

Ésta obra amerita una lectura atenta y seria, sea esta la segunda o la primera, en la medida en que propone ritmos narrativos y estéticos que tensionan y en la mayoría de los casos, sobrepasan las propuestas de buena parte de las novelas gráficas nacionales, hasta el momento. Como propuso un lector aventajado, Miguel de Fuentesanta puede ser leída como un monstruo de Frankenstein, como una obra propiamente posmoderna, en donde la sutura entre lo realmente propio y lo prestado (lo dado, por cultura lata, por aprendizaje o por ansiedad del autor como material-a-mostrar) da lugar a sus aciertos enormes y a sus yerros siempre mejorables. En Hernández el conflicto entre el texto y el dibujo es patente en buena medida, cuando el autor no sabe resolver sus preferencias, id est, cuando no puede/sabe/quiere determinar si a su narración le corresponde un globo de texto, una viñeta, o una página en la que ambas se conjuguen plenamente: los conflictos y virtudes del trabajo solisista.

Pero obviamente esto tiene sus bemoles: el final del capítulo 4 es una sorprendente muestra de las posibilidades del trabajo en solitario. El diseño de las viñetas se convierte en un trazo del mismo dibujo, le potencia hasta crear el movimiento de las páginas y la lucha que en ellas se representa, utilizando simplemente distintos tonos del gris, pasando a otros en que se utiliza únicamente blanco/negro y pinceladas precisas de rojo. Con esto, Hernández consigue ilustrar una lucha con una ondulación; realmente una larga viñeta serpenteando entre varias páginas que finalmente, concluye fuera del ojo del lector, fuera del marco de papel, recordando el final extra-large de Ronin de Frank Miller, con Miguel de Fuentesanta sellando su destino con su cara sangrante rozando el suelo.

Otro tanto se puede decir de varios paneles más, en los que Hernández pone movimiento real a sus dibujos. Pero si en una página nos encontramos con estas joyas, en la siguiente nos topamos con un personaje pobremente dibujado en sus rasgos faciales, o con un apresurado trazo. Como por ejemplo al inicio, ambas páginas con la carretera donde comienza la aventura de Carla. El color es apropiado al atardecer y al paisaje, los movimientos de Carla dan perfectamente a entender su malestar físico, pero en varias de las viñetas pequeñas los detalles son inexistentes, apenas un cuerpo tosco que corta la fluidez gráfica de esta enorme escena horizontal; y lo mismo ocurre con el primer encuentro de Carla y el Diablo. En cambio, estos defectos se comprenden en otro contexto, pasando a ser una virtud muy bien lograda: las escenas nocturnas o con poca luz, como en el Aquelarre o dentro de las cuevas de los brujos, logrando un tono espectral que se ve demasiado apurado en cuanto al guión, presentando de sopetón y sin darle mayor importancia al Gran Brujo del Sur, que podría haber rendido muchísimo más acrecentando su espacio en el argumento.

Lo mismo ocurre con buena parte de los monstruos de la mitología del fin del mundo. Todos sus dibujos están muy bien logrados, sin lugar a dudas, pero tanto el Imbunche, la Pincoya, Traiguén y el Caleuche, quedan reducidos a mobiliario gráfico, pues la verdadera lucha del protagonista es contra su propia cultura, y en este caso quiere decir, contra los demonios europeos, contra el Macho Cabrío, el pentagrama y la cruz: “Dios no existe. Y si existe, es un hijo de puta” afirma Fuentesanta. A pesar de esto, la obra es absolutamente representativa del sur de Chile, partiendo por el manejo de la cosmología y cultura mapuche por parte de Hernández, pasando por una oportuna visita a Chaitén bajo las cenizas de su volcán, y terminando por el tratamiento del color de los bosques y paisajes sureños que resulta consistente y convincente.

Casi nunca se toman en consideración ciertos aspectos técnicos de una publicación, pero en este caso la encuadernación, el corte del papel y la impresión misma dejan mucho que desear, desde el inicio, con un panel en el que deberían notarse distintos tonos de negro, pero que se ve brumoso y poco definido. El resto, quizás sean detalles que molesten sólo al fetichista, pero aquí van: no tiene título ni autor en el lomo, ni existen detalles técnicos de la impresión (ISBN/código de barras, copyright ni buena parte de estos datos).

Todos y cada uno de los yerros de esta sorprendente publicación pueden ser atribuidos al hecho de ser esta una primera publicación, y únicamente contar con el dinero de una beca para el fomento de la lectura del Gobierno, que siempre ayuda sin lugar a dudas. Por lo mismo Ismael Hernández posee la capacidad técnica, imaginación y tiempo suficiente como para entregar productos cada vez más depurados, joyitas de papel, y donarnos prodigios en viñetas tal como lo es Miguel de Fuentesanta. Hemos de esperar difusión, discusión, apoyo, pero por sobre todo, lectura, siempre lectura.

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Miguel de Fuentesanta puede ser comprado en Crazy All Comics, Antiyal y Qué Leo. Además puede ser leído en la Medioteca del Centro Cultural de España y Biblioteca de Santiago.

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